NdA: como siempre, espero que os guste el capítulo. ¡Este es el penúltimo!
LA ARMADA MÁS GRANDE
Hacía poco menos de veinte años, reyes, nobles, eclesiásticos y plebeyos se habían volcado a rezar por el éxito de una expedición naval. En esa ocasión, los españoles se unieron a una confederación de estados católicos que se enfrentaron al enemigo más poderoso del último siglo. Una batalla que se resolvió —en teoría— en Lepanto.
Ahora, por decreto real, como en reflejo de esa gloriosa victoria, habían salido a la calle numerosas procesiones por el éxito de la invasión. El papa Sixto realizó una indulgencia especial para todos aquellos que se unieran a la Armada y a los que rezasen por su triunfo. En El Escorial, la familia real se sumaba a las súplicas de toda una nación, relevándose cada tres horas.
En medio de todo este fervor, el 25 de abril de 1588 se consagró la bandera expedicionaria. En mayo se dio una revista general a la flota reunida en Lisboa.
El 28 de ese mes, el duque de Medina Sidonia condujo a la Grande y Felicísima Armada por el Tajo y salió a mar abierto.
La Armada estaba compuesta por 129 barcos del más diverso origen, casi 2.500 cañones, 7.707 marineros y más de 18.000 soldados.
Jamás se había visto una flota tan majestuosa recorrer el océano Atlántico.
Junio de 1588, Londres, Inglaterra
—¿A dónde se dirige la Armada? —inquirió Isabel.
Su consejo privado rumió varias respuestas. Gracias a sus espías, y al interminable retraso de Felipe a la hora de organizar la flota, habían podido averiguar sus principales destinos tras hacerse con un par de copias del plan que había ideado en 1586 Santa Cruz, el anterior Almirante. Y, aun así, dos años más tarde, nadie estaba seguro de si pretendía atacarles desde el sur, desde Escocia o Irlanda.
—Todavía no lo tenemos claro, Majestad —intervino Walsingham, que dirigió una mirada a John Hawkins. El ministro asintió con lentitud—. Pero la flota se ha visto impedida a la altura de Galicia por vientos contrarios. Además, su avance es terriblemente lento.
—¡Pero llegarán!
—Eso nos da tiempo para reaccionar, Majestad. Si me dais su venia para hablar…—Hawkins se incorporó.
Inglaterra le miró de reojo, con el ceño fruncido, y se masajeó el cuello. Estaba molido de viajar por la costa para asegurar las defensas. Siempre había sido consciente de lo poco cuidadas que se encontraban sus fronteras, pero hasta que hubo que empezar a recopilar datos y a forzar a los pueblos a abastecer a su flota e invertir en la construcción y reparación de puertos y murallas, no vio la tétrica realidad: si los españoles alcanzaban la costa, sería muy difícil expulsarlos. Por no decir que tendrían casi vía libre hasta Londres.
Se estremeció de arriba abajo.
—Hablad —exigió Isabel.
—Mi Señora, es el momento de atacar: cuanto más tiempo pase en puerto la Armada, más vulnerable será. Sabemos que sus provisiones se pudren, que sus barcos no pueden navegar a la misma velocidad y que eso les lleva a abrir grandes huecos por los que se podría atacar. Si les dejamos partir incólumes, será… Difícil vencerlos. No con nuestros navíos, majestad. Sin embargo, si les atacamos ahora, el rey español tendría que pagar todos los desperfectos, sin olvidar que les obligaríamos a detenerse durante más tiempo. El gasto de los españoles se incrementaría al menos en un cuarenta por ciento. Y todos sabemos que no es que la Corona española se encuentre muy boyante.
Y aun así han conseguido organizar todo esto, pensó Inglaterra, con cierta admiración, a su pesar.
Isabel le observó con frialdad. Inglaterra sabía que estaba todavía más cansada que él; a pesar de las noticias, había intentado desesperadamente contactar con el duque de Parma para proseguir las negociaciones a la vez que coordinaba los esfuerzos de defensa. Además, no debía haberle sentado bien saber que, entre la flota que se dirigía hacia sus aguas se encontraban muchos católicos ingleses que querían expulsarla del trono, y que conocían las calas y fondeaderos de la isla.
No era fácil decidir qué hacer. En ocasiones como aquella, Inglaterra no podía evitar pensar que se alegraba de no haber nacido rey.
Isabel bajó la mirada, ignorando cómo sus consejeros la examinaban, cada uno con diferentes expectativas. Al fin y al cabo, sólo era una mujer. Nadie creía que ella debiera entrometerse en asuntos de guerra. Pero era la reina.
—Enviad a Sir Drake contra la Armada española —ordenó Isabel con voz ronca.
Hawkins asintió, complacido; otros tantos consejeros no parecieron muy satisfechos con la decisión, si bien se cuidaron de decir nada.
Se discutieron los detalles y se decidió que la flota partiría de Plymouth al mando de Sir Drake. Después se enzarzaron en temas de defensa, abastecimiento y reconstrucción, que eran los que realmente traían de cabeza a Inglaterra. Si la Armada era tan inmensa como afirmaban los informes, en ese caso su flota, por rápida que fuera, no tenía nada que hacer. Por eso debían concentrarse en proteger a todas las poblaciones posibles.
La sesión se levantó poco después e Inglaterra se apresuró a marcharse, irritado por haber perdido tanto tiempo cuando su presencia resultaría mucho más útil en otros lugares como Plymouth, uno de los principales puertos del reino. Además, allí se estaba concentrando la flota y había que mejorar el puerto a cualquier precio.
En cierta manera, estaba agradecido por la insensibilidad que se había adueñado de él desde que se supo que los preparativos de la Armada continuaban adelante. Una parte de él siempre había esperado ese resultado; a la otra se apresuró a reprimirla y negarle ningún tipo de atención. Ya se había complicado suficiente la vida al dejarse llevar por sus sentimientos cuando la vida le había enseñado que las cosas tendían a salir mal.
Si había algo de lo que se arrepentía y que no podía dejar de repetirse una y otra vez era haber aceptado ver a España.
Y haberse acostado con Antonio.
No porque no le hubiera gustado, sino porque lo había vuelto todo tremendamente más difícil. La gente podía decir lo que quisiera de Inglaterra y él mismo, después de tantos siglos, sabía bien de lo que era capaz para defender su propio territorio. Pero si algo tenía claro era que no se acostaba con nadie para luego enfrentarle en combate sin más.
Y menos si de ese combate dependía su futuro.
Recorrió el pasillo a toda velocidad, casi huyendo de sus propios pensamientos al notar cómo las dudas volvían a apoderarse de él. Entonces se percató de que unos pasos se le acercaban por la espalda. Giraba por un pasillo, rezando porque no se tratara de un mensajero de la reina, cuando una mano firme se cerró en torno a su brazo y le obligó a frenar en seco.
—¡Pero qué haces…! —Se calló al ver que se trataba de John Hawkins. Aun así, le dirigió una mirada fulminante y luego se desembarazó de su mano de un tirón—. ¿Qué es lo que queréis?
—Como habéis salido tan intempestivamente, no me ha dado tiempo a preguntaros si he de guardaros un puesto en la flota. —Sonrió el hombre.
Lanzó un resoplido.
—No, gracias. Tengo muchas cosas que hacer. —Le dio la espalda, deseoso de abrir una buena distancia entre ambos.
Sin embargo, las palabras de Hawkins lo contuvieron:
—Tal y como había imaginado.
—¿Qué queréis decir? —preguntó con suavidad.
Le satisfizo ver cómo Hawkins se ponía en guardia ante su tono; a veces no venía mal recordarle a la gente que él era un maldito reino y que no se iba a dejar mangonear sin más. Sin embargo, para su irritación, Hawkins se recompuso rápidamente y respondió con una sonrisa desdeñosa:
—Vuestra actitud durante los últimos años ha sido… demasiado inclinada hacia un bando. No sé si soy lo suficientemente claro.
—Quizás sois demasiado claro —respondió sin molestarse en reprimir la hostilidad de su voz—. ¿Me estáis acusando de traición?
Hawkins amplió su sonrisa, pero no contestó. En vez de ello, empezó a caminar con lentitud. Sus pisadas resonaban en medio del vacío pasillo. Al mirar a su alrededor, Inglaterra comprobó que se encontraban a solas. Apretó los puños y se preguntó cuánto tiempo llevaría Hawkins queriendo tener aquella conversación con él.
—Es… sospechoso que defendáis de forma tan ferviente la paz.
—Al contrario que otros, sufro en mis carnes las consecuencias de la guerra —dijo arrastrando las palabras, fulminando a Hawkins con la mirada. No le gustaba que diera vueltas a su alrededor; era como estar siendo rodeado por un perro de caza—. No me gusta luchar sin motivo. No cuando no tenemos todas las de ganar y mucho menos cuando el enemigo nos supera de una forma tan dramática.
—Comprendo… Y, sin embargo… —Hawkins estaba a su espalda e Inglaterra se contuvo para no darse la vuelta—. ¿Por qué, ahora que la guerra es inminente, no partís para defender a vuestro querido pueblo? Vuestra pasividad es… sorprendente. A veces nos hacéis pensar que…
Inglaterra rechinó los dientes. Sabía a dónde quería ir a parar Hawkins. Pero no pudo reprimir un golpe de miedo: porque, en parte, tenía razón.
—…Es como si quisierais que los barcos de los españoles llegaran a nuestras aguas.
—¡Qué! —exclamó; su protesta fue más débil de lo que hubiera debido ser. Tuvo la impresión de que Hawkins también se percató de ello—. ¡Cómo os atrevéis!
—Como comprenderéis, mi deber es defenderos. A vos y a toda la gente que forma parte de vos. Mi deber es sospechar. —El hombre se detuvo delante de él e Inglaterra, al retorcer ligeramente, tocó la espalda contra la pared. Al saberse acorralado, un escalofrío le recorrió la columna al mismo tiempo que una ola de fuego, repleta de indignación y de desprecio, le ascendía por el pecho—. ¿Y qué más sospechoso hay que no queráis arriesgaros a encontraros con vuestros enemigos? Casi como si estuvierais esperándolos, más que intentando detenerles.
Inglaterra dio un paso al frente y esta vez fue Hawkins quien tuvo que retroceder para evitar que ser arrollado. Los dos hombres se sostuvieron la mirada con frialdad; la sonrisa había desaparecido del rostro del antiguo pirata.
—No te atrevas a volver a acusarme de traición a su Majestad.
—¿Y qué vas a hacer?
—Te sorprendería —siseó— saber la cantidad de cosas que se pueden hacer con ministros que vienen de lo más bajo de la sociedad.
Al instante se dio cuenta de que, si en algún momento había pretendido reducir la hostilidad que albergaba Hawkins contra él, acababa de borrar la esperanza de un plumazo. Lo vio en la indignación de los ojos del ministro: a nadie le gustaba que le recordaran sus propios orígenes.
Hawkins hizo amago de golpear e Inglaterra se echó intuitivamente hacia un lado, lanzando la mano hacia la empuñadura de su espada. Pero no hizo falta desenvainarla: Hawkins se había contenido en el último segundo y mantenía un puño en el aire. Lo siguió con una mirada cruel, bajando el brazo con lentitud, y el joven no pudo evitar estremecerse cuando le escuchó decir:
—Por tu propio bien, deberías decidir de parte de qué bando estás. A nuestra reina le gusta mucho jugar sin decidirse por nadie y ya ves en la situación que hemos acabado. No es buena idea seguir su ejemplo.
—Gracias por el consejo —escupió.
Hawkins sacudió la mano y le dedicó una oscura sonrisa.
—De nada. Será una lástima no tenerte en la flota. Pero creo que a mi primo le gustará que no andes cerca; más gloria para él… Ante los ojos de su Majestad. —Recorrió el mismo camino por donde habían venido, si bien antes de doblar la esquina se detuvo un momento y dijo con un tono casual—: Ah. Le comentaré que, si se encuentra con España, le de recuerdos de tu parte. Lleva mucho tiempo queriendo darle una lección.
Inglaterra se obligó a contener el instinto de atravesar a aquel hombre por la mitad. En lugar de ello, se apartó un mechón de pelo de la frente y dijo con una sonrisa mordaz:
—Por supuesto. Que lo haga. Si es que puede.
Hawkins crispó los labios. Sin embargo, no añadió nada más y se marchó. Inglaterra no se atrevió a respirar con normalidad hasta que lo perdió de vista.
—Joder —masculló—. ¡Joder!
28 de junio (1), San Martín, capitana de la flota de Portugal. La Coruña, Galicia, reino de Castilla
—¿Don Alonso? —España golpeó la puerta del camarote con firmeza, para que se le escuchara por encima de las voces y el trajín de la cubierta.
—Adelante.
El camarote era estrecho, tenía los muebles clavados al suelo y a las paredes, y estaba lleno de mapas, papeles y pequeños libros de navegación. España echó un discreto vistazo antes de saluda al duque de Medina Sidonia con un gesto neutro. El almirante, que casi rozaba los cincuenta años, se pasó una mano por el pelo que empezaba a canear y le ofreció asiento con un gesto. Tenía delante de él una carta a medio escribir.
—Me alegra que la reunión saliera favorable a vuestra opinión —reconoció España, para romper el silencio.
—Me sorprendió gratamente. Excepto don Pedro de Valdés, todos estuvieron de acuerdo conmigo. —Alonso de Guzmán sonrió con cansancio. El gesto se esfumó de su rostro, sin embargo, cuando bajó los ojos hacia la carta y se transformó en uno serio, casi decaído—. Ahora sólo queda esperar que su Majestad comprenda la urgencia y…
—…decida suspender la operación —completó la frase por él con voz ronca.
Al mirar aquel pequeño pedazo de papel, que albergaba tantas esperanzas acumuladas, experimentó una serie de sentimientos contradictorios.
Estaba convencido de que Felipe se negaría a aceptar su petición, pero, aun así, no quería rendirse sin intentarlo. No quería arriesgarse a lo que pudiera pasar sin saber que había hecho todo lo necesario por impedirlo, aunque supusiera traicionar en cierta manera a la promesa que había hecho al rey de dar todo de sí mismo para conquistar Inglaterra. Por suerte, se había negado en rotundo a jurar que tomaría el reino entero. La experiencia le había enseñado a no prometer nada que no pudiera cumplir.
Era cierto que gobernaban la flota más impresionante que se había visto y que se sentía orgulloso cada vez que contemplaba la infinidad de barcos perdiéndose en el horizonte. Sin embargo, había vivido lo suficiente entre barcos para saber cómo funcionaban y tener claro que, por bien organizados que estuvieran, los problemas que iban a sufrir serían interminables. Es más, por los informes que habían recibido, estaba convencido de que su mayor obstáculo para cumplir la Empresa de Inglaterra sería precisamente mantener unida la Armada.
Las dificultades no se habían hecho esperar: casi de inmediato acusaron numerosos retrasos por culpa de la distinta velocidad de las naves; la mayoría de sus abastecimientos resultaron estar podridos cuando llegaron a la altura de Galicia, lo cual, para gran irritación de soldados y marineros, obligó a reducir al mínimo la ración de carne y, como colofón, el viento proveniente del norte les impidió dejar atrás la Península, por lo que tuvieron que recalar en un puerto gallego, dejando a la Armada en una posición tremendamente vulnerable mientras se reunían todos los barcos.
Don Alonso había tomado medidas de inmediato, centrándose en primer lugar en la comida: Galicia les había asegurado que repondría las provisiones, pero eso llevaría tiempo. Después tuvieron que preocuparse por todos los desperfectos que había causado el mal tiempo y ponerse a trabajar a destajo en numerosas reparaciones. Al fin y al cabo, hasta encontrarse con Parma en Flandes era difícil que volvieran a entrar a un puerto y necesitaban estar a punto.
Si es que llegamos.
Todos estos problemas habían llevado a que, durante el consejo de guerra del día anterior, nueve oficiales superiores insistieran en que la Armada estaba demasiado débil para continuar su avance y que lo más conveniente era desmantelarla antes de que perdieran todos los barcos.
Esa misma petición era la que iban a hacer llegar al rey por medio de la carta.
—¿Qué crees que responderá? —preguntó don Alonso, mientras continuaba rasgueando el papel con la pluma.
España frunció el ceño.
—¿Siendo sinceros? Que sigamos adelante. Hemos invertido demasiado tiempo y esfuerzo. Y… luego está el prestigio. Su Majestad me insistía mucho en ello —suspiró—. No es fácil para un rey… reconocer… —Miró a su alrededor. Sabía que no había nadie, pero, aun así, sabía que lo que iba a decir se podía considerar traición. Por eso bajó la voz hasta que casi se convirtió en un murmullo—: Sus errores.
Don Alonso le sonrió con lástima.
—Como yo.
—Señor…
—No, no digas nada, España. Los dos sabemos que hago lo que puedo, pero hay otras personas que podrían haber hecho mucho más de haber recibido este cargo. No tengo la suficiente experiencia para dirigir la Armada.
España meneó la cabeza; no podía negarlo sin mentir. Santa Cruz habría sido un hombre mucho más apropiado. Sin embargo, para la inmensa carga que se había volcado sobre sus hombros, don Alonso lo estaba haciendo extraordinariamente bien. Y eso era lo que importaba. Que se atreviera a mandar aquella carta era la prueba de lo mucho que la Armada le importaba al duque. Pero había algo que ponía nervioso a España:
—Don Alonso…—Se inclinó hacia delante—. ¿Os dais cuenta del riesgo que corréis? Si enviáis esta carta os arriesgáis a que el rey se vuelva contra vos.
—Lo sé… Pero es lo correcto. No quiero cargar con miles de vidas en mi conciencia. No sin saber que antes hice todo lo que estuvo en mi mano.
Conmovido, susurró:
—Gracias.
Pocos pensaban como aquel hombre. Si hubiera más nobles así…
Medina Sidonia terminó de redactar la carta y firmó. España extendió la mano para pedirle la pluma.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy —afirmó España con serenidad—. No es la primera vez que hago este tipo de viaje, pero la última ocasión fue porque necesitaba defendernos de un mal muy superior a Inglaterra. Y tampoco sirvió de mucho —añadió con un timbre de amargura en la voz—. Soy el primero que entiende que estas empresas sólo traen pérdidas.
—Pero su Majestad…
—Su Majestad necesita saber que estoy de acuerdo con vos. —Sonrió España, cogiendo con suavidad la pluma y firmando junto al nombre de Don Alonso—. Es poco, pero espero que baste.
España había abierto las ventanas de par en par, incapaz de conciliar el sueño por culpa del bochorno, para dejar entrar la brisa del mar, mucho más húmeda y fresca que la del sur. El aire hinchaba las cortinas y las sábanas de dosel, le recorría la parte superior del cuerpo y le removía suavemente el pelo, que se le había pegado a la piel debido al calor.
Se preguntó si haría verdadero frío en Inglaterra. Las pocas veces que estuvo allí, el tiempo no le gustó demasiado: nubes, viento, lluvia… Y un sol tímido en comparación de su tierra.
Aun así, lo recordaba como un lugar hermoso al que le habría gustado volver, por mucho que no estuviera dentro de su red de intereses inmediatos…
Suspiró. Hacía dos días que había partido la carta. Con el viento a favor, no debería tardar demasiado en llegar a manos de Felipe.
—Sabes que no va a ceder. Lo sabes —dijo en voz alta, como si así las palabras tuvieran más fuerza, más peso—. Vas a luchar.
»Vas a ganar.
Se dejó caer de espaldas sobre las sábanas, se cubrió los ojos con las manos y trató de dormir. Pero no podía: su mente trabajaba sin descanso, repasando todos los detalles que debían arreglar, todos los problemas que habían surgido y que debían resolver cuanto antes. Le asaltaban las náuseas de sólo pensar en el futuro. Se suponía que su destino era reunirse con Parma en Flandes, pero Felipe no se había molestado por los detalles; no sabían cómo encontrarse y esa era la mayor debilidad de la Armada si continuaba adelante. Tardarían días, incluso semanas, en recibir respuesta a las cartas que habían enviado a Parma…
Tantas cosas por planear. ¡Y ni siquiera estaban hablando de invadir Inglaterra!
España había hablado con varios ingleses católicos, que insistían en que la gente que se rebelaría, sobre los hombres a los que había que eliminar… Realmente creían en la Empresa. Estaban convencidos de que les iban a salvar.
Y quiero salvarte, Inglaterra. De verdad que quiero.
Era eso a lo que se aferraba, al deseo de devolverle la fe católica y terminar con sus luchas internas.
Pero luego se preguntaba qué pretendería Felipe. En un principio había querido la corona para sí mismo, ahora había aceptado cederla en manos de alguien de fiar… Lo cual, claro, significaba que Inglaterra quedaría gobernado por un aliado de los españoles.
¿Qué sentiría él en el lugar de Inglaterra?
Odio, frustración. No querría ser el muñeco de nadie, ni que su tierra sirviera a los intereses de otro reino.
Es tan… complicado…
Con todas aquellas ideas dándole vueltas por la cabeza, se fue quedando adormilado.
Le pareció escuchar su respiración. Entreabrió los ojos y le vio a través de las pestañas, dormido sobre un brazo, con una expresión relajada, tranquila, completamente diferente a la seriedad o burla que se esforzaba por demostrar cuando estaba despierto. El pelo rubio le caía sobre la frente y se le pegaba al cuello. Tenía alguna que otra marca de la noche que habían pasado juntos en la garganta y en el pecho.
Extendió una mano para tocar su piel suave y blanca, que creaba una ilusión de fragilidad. Inglaterra era enjuto y nervudo, rápido, ligero. Pero no frágil.
Arthur suspiró y entreabrió los ojos verdes, que parecieron refulgir en medio de la oscuridad. Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—¿Te gusta mirar a la gente mientras duerme?
—¿Te molesta? —preguntó España.
—…no. —Inglaterra extendió una mano hacia él y delineó la forma de su clavícula con los dedos, causándole un agradable cosquilleo—. Aunque prefiero hacer otras cosas.
Inglaterra se arrastró suavemente hacia él, acariciándole la mejilla, con una mirada que prometía muchas cosas.
España experimentó un escalofrío de expectativa y cerró los ojos.
Cuando los abrió, Inglaterra había desaparecido y estaba en su cama. La vela se había consumido y, por la posición de las estrellas, supo que habían transcurrido un par de horas. Lentamente se puso bocabajo y se pasó las manos por la cara. Sintió un profundo resquemor contra Inglaterra, por aparecer en sus duermevelas y hacerle sentir culpable por cumplir con su deber.
Pero… le echaba de menos. No podía mentirse a sí mismo. Esa noche en Calais había sido hermosa. Habían olvidado todo y se habían limitado a estar juntos. A demostrar que eran algo más aparte de dos reinos a punto de entrar en guerra.
Poco a poco, una idea se fue asentando en su interior.
Y era que, si quería volver a repetir una experiencia así, debía ganar.
No podía volver a dudar.
Como si se hubiera quitado un inmenso peso de encima de los hombros, España se relajó y el cansancio lo arrolló, haciéndole caer en la inconsciencia casi de inmediato, ahora que sabía que tenía un objetivo.
Con todo, lo último que deseó fue que la respuesta de Felipe les ordenara acabar con aquella locura.
1 de julio, barco Santa María de la Rosa
España se había quitado el elegante traje que solía llevar, que lo hacía parecer como si fuera un oficial más de la tripulación aunque no tenía un cargo como tal. En pantalones, descalzo y con el torso al descubierto, se afanaba con el resto de marineros en reparar el palo mayor del barco. Estaba empapado de arriba abajo de sudor y todos sus músculos rechinaban de sobreesfuerzo, pero se sentía pletórico. Le encantaba arrimar el hombro con su gente y sentirse útil, por lo que aquellas casi seis horas seguidas de trabajo reparando el mástil no le supieron a tiempo perdido. Sobre todo cuando en seguida pasó ser uno más de los hombres que trajinaban de un lado para otro, trasladando madera, trayendo brea, portando martillos y cinceles.
Formaron una fila para sujetar el cabo que levantaría el palo mayor y, todos a una, siguiendo las órdenes de uno de los oficiales, comenzaron a tirar. Sus pies resbalaron por la ardiente superficie de la cubierta, los brazos de los marineros se tensaron y, nervudos, resaltaron contra las cuarteadas y bronceadas pieles. Lanzando tacos, rugidos y maldiciones, la fila de hombres consiguió erguir el mástil a cambio de despellejarse un poco las manos. Pero todos ignoraron este molesto detalle entre aplausos y gritos de satisfacción.
España, después de palmear unas espaldas, estrechar manos y reír, alegre, se dirigió hacia el castillo de proa, desde donde el duque don Alonso había supervisado toda la tarea, que había estado plagada de inconvenientes.
—Buen trabajo. —dijo, tendiéndole una botella con agua.
Agradecido e incapaz de responder por tener la garganta seca, España aceptó el agua que le ofrecía el duque y bebió con tanta ansiedad que se atragantó. Después se volcó lo que quedaba por encima y se limpió el sudor de la frente.
—¡Por fin hemos acabado! ¡Pensaba que nos llevaría todo el día! —exclamó, apoyándose contra la baranda con un resoplido. Sólo entonces se percató de que don Alonso lucía una expresión sombría—. ¿Qué sucede?
—Tengo la respuesta de su Majestad.
A pesar de que su piel era puro fuego después de haber pasado tantas horas al rayo del sol, una oleada de frío le recorrió las venas. Se le formó un nudo en el estómago y le miró con ansiedad. Don Alonso meneó la cabeza de un lado a otro.
España se pasó una mano por el cuello, tratando de disimular su decepción.
—Su Majestad ha sido muy amable y asegura que nuestras preocupaciones le conmueven. Sin embargo, y en eso tiene mucha razón, nos recuerda que cuanto más tiempo pasemos en puerto, más peligro habrá de que nos ataquen los ingleses. Y si abandonamos la Armada, no podremos obligar a la reina inglesa a negociar.
—Es decir, que sigamos adelante.
—Eso es.
España se volvió lentamente y le dio la espalda. El sol brillaba en lo alto del cielo, abrasando todo lo que se encontraba a su paso, y sólo los marineros, herreros y unas cuantas gaviotas se atrevían a enfrentarse a él. Pocas veces había visto un mar tan límpido y claro como aquel.
—Que así sea.
31 de julio, en la Ark Royal, capitana de la Navy Royall, frente a Plymouth, Inglaterra
El silencio se propagó por toda la flota inglesa, interrumpido únicamente por el romper de las olas contra los barcos, el chasquido de la madera y los latigazos de las velas, sacudidas por el feroz viento.
Los barcos se fueron perfilando poco a poco en medio de la calima y, lentamente, comenzaron a llenar todo el horizonte, hasta el punto de que Inglaterra y sus hombres tenían que girar el cuello para abarcar la completa extensión de la Armada.
—Que Dios nos asista… —escuchó murmurar a Lord Howard.
Sus dedos engarfiados se clavaron en la madera de la barandilla y tuvo que descansar todo su peso sobre la misma cuando le sobrevino un violento mareo. Conocía las cifras de antemano y estas habían poblado sus pesadillas desde hacía meses. Pero una cosa era saberlas y otra muy distinta… que la realidad se presentara ante sus ojos.
¡Y de qué forma!
¡Al menos ocuparía tres kilómetros de flanco a flanco!
Incluso abrumado por un pavor que le cortaba la respiración, no pudo evitar que la admiración lo embargara. Contempló los rostros sobrecogidos del capitán Lord Howard y de sus principales oficiales. Después tuvo que volver a mirar: no podía apartar la vista. Era un espectáculo magnético.
A medida que se aproximaba la Armada, Inglaterra fue distinguiendo las formas de los soberbios galeones, las pequeñas pinazas, los barcos mercantes; mil y un tamaños diferentes… Y todos endemoniadamente bien organizados. Se mareó al pensar en la cantidad de dedicación, de planificación que habría hecho falta para sacar adelante una flota tan colosal. De pronto, que hubieran tardado casi dos años no se le antojó tan ridículo. Y lamentó profundamente no haber invertido mejor ese tiempo regalado.
—Si Drake hubiera conseguido atacarles en Galicia… —siseó para sus adentros.
Dos veces había intentado atacar el corsario y, para regocijo de sus adversarios, en ambas ocasiones el viento le había impedido bajar al sur.
El mismo viento que ahora había dado alas a los españoles para llegar hasta Inglaterra.
Tendría que haber ido con Drake. Dios mío, ¿cómo hemos podido esperar a que se nos echara esta monstruosidad encima?
—Es imposible que nos enfrentemos a algo así —masculló un oficial—. Eso… Eso es un jodido bastión móvil.
Inglaterra le dio la razón en silencio y miró con desazón hacia sus propios barcos. Sesenta. Dios santo, eran poquísimos. Y todos pequeños, con escasa potencia de fuego. No había nada que hacer nada frente a esas bestias. Era imposible.
Tomó con manos temblorosas su catalejo y trató de buscar las naves capitanas, con el pulso desbocado. Buscó una figura conocida. Seguro que había traído su alabarda; siempre la llevaba para las batallas importantes. Es más, si no se había dignado a traerla consigo, Inglaterra pensaba darle una buena paliza.
Pero eran, simplemente, demasiados barcos. Tendría que estar más cerca para reconocer a sus tripulantes.
Y eso era lo último que deseaba.
El silencio se alargó varios minutos más hasta que Lord Howard maldijo, se irguió y comenzó a dar órdenes. La fuerza en la voz del almirante abofeteó a Inglaterra, obligándole a volver en sí. Se sacudió como pudo el estupor de encima y mostró los dientes, furioso por haberse derrumbado, aunque sólo fuera por unos momentos.
Todavía quedaba esperanza.
¡No iba a quedarse de brazos cruzados!
¡No pensaba convertirse en la marioneta de Felipe!
A bordo del San Martín
España escuchó, junto al duque, los disparos del pequeño barco inglés que luego se apresuró a regresar a la formación oficial. Con eso, la guerra quedaba formalmente declarada.
Los barcos empezaron a moverse. España cerró la mano en torno a su larga alabarda, que había traído más como adorno y para ser reconocido que por verdadera utilidad; al fin y al cabo, era muy improbable que los ingleses consiguieran abordar el San Martín. Los nervios que había experimentado durante el viaje se disiparon de un plumazo y, casi sin quererlo, se concentró única y exclusivamente en la batalla.
Lo primero que vio fue que la formación enemiga era extraña.
—¿Están… marchando en hiladas? —dijo arrastrando las palabras, como si no acabara de creerlo.
¡Eso era una estupidez! ¡Todos los tratados aconsejaban marchar en una línea, no en filas! (2)
Las galeras capitanas inglesas comenzaron a conducir el ataque, rodeando a la armada, volviéndose de costado lentamente, luchando con el viento para que las proas de los veleros partieran el agua y avanzaran en zig-zag. Les estaban ofreciendo los suculentos lados de las embarcaciones que, en cuanto estuvieran dentro de su rango de alcance, serían destrozadas por los cañones de la Armada. Sin embargo, España supuso que no iban a correr el riesgo de acercarse tanto.
Pronto la formación perdió organización, pero España, incluso acostumbrado como estaba a que siempre se respetaran las mismas normas —excepto con los piratas— en seguida comprendió que esta no era necesaria: los navíos secundarios protegían a la nave capitana, que podía moverse como quisiera.
Entonces estallaron unos cañones a lo lejos. España pegó un respingo, se dio la vuelta más rápido que nadie y corrió a trepar por las cuerdas de las velas, sabiéndose todavía seguro de los disparos enemigos.
—¡Qué está ocurriendo! —gritó don Alonso.
España trepó e hizo visera con una mano, ignorando la peligrosa caída que le esperaba si no se aferraba bien a los cabos. Vislumbró unas pequeñas figuras atacando a la retaguardia de Recalde. Se quedó sin aliento.
—¡Nos atacan por la retaguardia! —gritó entonces el vigía.
De pronto sus palabras quedaron ahogadas por el disparo de los potentes cañones del barco de Recalde. España bajó apresuradamente y saltó a la proa para enfrentarse al duque:
—Voy a ir.
Don Alonso frunció el ceño, pero no se negó.
—¡Preparad una pinaza! Dile a Recalde de mi parte que confío en él. —Le puso una mano en el hombro y apretó—. ¡Aplastad a esos ingleses!
Pero no les aplastaron. Como tampoco los ingleses pudieron hacer verdadero daño a los españoles. Se limitaron a realizar violentas escaramuzas en las que los cañones británicos —mucho más sencillos y de más largo alcance— acertaban a menudo a los galeones españoles, casi no se hacían sentir. Y es que no se atrevían a acercarse a los barcos verdaderamente débiles de la armada, que marchaban en el centro de la formación, protegidos en los flancos por los inmensos galeones. Si trataban de arrimarse demasiado a la formación luna que tenían los españoles, los brazos de la flota los habrían encerrado y habría sido su final.
De modo que la estrategia de los ingleses terminó por ser la de perseguir desde lejos a la Armada, agobiándola con picotazos. Jugaron con las distancias, avanzando como podían cuando el viento se levantaba en su contra. Para su angustia, los españoles pudieron continuar sin problemas su rumbo hacia Calais, a pesar de que perdieron algún que otro navío por el camino: pero eso, en comparación con su inmenso número…
No era nada.
Con todo, los españoles sufrieron grandes pérdidas, como la captura de Pedro de Valdés a manos de Sir Drake. Inglaterra estalló en cólera, junto con el resto de capitanes de barco, con el corsario, que había abandonado su posición al frente de su flota en plena noche para capturar por su cuenta el barco y hacerse con sus tesoros. Así, había dejado sin farol de popa que sirviera de guía a los ingleses, provocando que los navíos se dispersaran, lo cual otorgó la importante ventaja a los españoles de casi un día entero.
Aprovechando la distancia, ambos bandos repasaron la cantidad de munición que se había gastado. Los ingleses se quedaron horrorizados al comprobar que pronto tendrían que ir a tierra a reponer. Los españoles, en cambio, a pesar de la disparidad de sus cañones —rápidamente reunidos en cuestión de meses, muchos de ellos verdaderamente antiguos—, apenas sí habían tenido que emplear balas, ya que su potencia les permitía acertar a menudo a sus enemigos y dañándolos severamente con pocos disparos.
Entre tanto, Inglaterra recibía noticias de la capital y su ansiedad no hacía más que crecer: hacía menos de dos semanas que la reina había despachado las primeras órdenes para movilizar las unidades de soldados al sur y sus milicias no tenían nada de pertrechos. Para colmo, la barrera que habían estado construyendo en el Támesis se había venido abajo con el primer golpe de corriente. Tillbury, el principal bastión de las defensas inglesas todavía no había comenzado a fortificarse y no tenían plataformas para artillería. Por si fuera poco, las tropas de Dover habían empezado a desertar en cuanto escucharon que la Armada se acercaba. Todo porque no tenían dinero, ni tampoco había forma de pedir préstamos por culpa de la recesión comercial que había provocado la guerra…
España, por su parte, estaba nervioso: desde el momento en que partieron, Medina Sidonia había enviado numerosos mensajeros en busca de Parma para informarle de sus avances para que tuviera preparado el ejército que deberían embarcar una vez llegaran a Flandes. Pero no habían recibido ninguna respuesta. Ni una. España presionó al duque hasta que se celebró un nuevo consejo de guerra en el San Martín.
—Deberíamos aguardar en la isla de Wight hasta que el duque de Parma nos informe de sus avances —dijo España con seriedad.
—¡Pero tenemos a los ingleses encima!
—Si Parma no está preparado para cuando lleguemos, tendremos que navegar de norte a sur por el Canal una y otra vez para hacer tiempo. Y eso será imposible con los ingleses persiguiéndonos —insistió España.
No se tomó ninguna decisión concluyente.
Al mismo tiempo, los ingleses temían que la Armada se refugiara en la isla de Wight.
—Debemos evitarlo —masculló Inglaterra, mientras paseaba por el camarote principal de la Ark Royal. Miró al almirante con angustia—. Pero, ¿cómo?
Howard suspiró y se masajeó el puente de la nariz, pensativo.
—No tenemos otro remedio que ir minándoles poco a poco. Arrancarles sus plumas una a una. —Se acercó a Inglaterra y le puso una mano en el hombro—. Lo conseguiremos. No tenemos otra opción.
No. No la tenían; quedaba meridianamente claro que, si España desembarcaba, no habría forma de evitar que se hiciera con el control del sur del reino: sólo con que se hiciera con Kent sería suficiente.
Y, sin embargo, era mucho más fácil hablar que actuar.
La Armada era demasiado compacta, demasiado fuerte: podía ser golpeada, pero no destruida. Inglaterra lo probó en sus carnes cuando trataron de capturar una urca rezagada, llamada Gran Grifón. Inglaterra se quedó ronco de tantas veces que gritó «¡fuego!». Más de cuarenta impactos sufrió el Grifón, que aun así resistió con gallardía el ataque. No sabía si rugir de frustración o de admiración al ver cómo los soldados españoles se mantenían firmes en sus puestos, preparados para abordar a los ingleses en caso de que se aproximaran demasiado.
Ese día el aire se llenó de tanta pólvora que costaba respirar sin romper a toser. Una de las balas del Grifón, que se defendía con rabia, alcanzó al barco de Inglaterra. La explosión lo ensordeció y lo lanzó por los aires, dando casi una vuelta entera de campana antes de estamparse de bruces contra el suelo. Sin aliento, intentó incorporarse, pero las piernas le fallaron: todo daba vueltas, la gente corría de un lado a otro, gritando. Trastabilló, trató de llamar a alguien y la visión se le emborronó de sangre. Se llevó una mano a la frente y comprobó, aturdido, que tenía un inmenso tajo. A su lado un hombre yacía con una inmensa astilla de madera atravesándole el cuello. Inglaterra escupió y se puso en pie, gritando órdenes.
Fue entonces cuando vio que varias galeazas se aproximaban para ayudar a su compañero rezagado. Se preguntó, como hacía siempre, si España marcharía en una de ellas.
Lo hacía. Pero Inglaterra no tenía manera de saberlo.
Es más, España fue quien, asomado a la borda y buscando con un catalejo, localizó el Revenge de Drake. Con una fría mirada, bajó el catalejo y se volvió hacia el capitán para gritar:
—¡Apuntad a Drake!
No le hizo falta decir más. Todo el mundo conocía las correrías del pirata. Pocas veces había visto a nadie cargar las balas con tanto entusiasmo. Uno de los artilleros le cedió el puesto a España para que prendiera fuego a un cañón. Mientras esperaba a que el odioso barco estuviera a tiro, el reino pensó:
Esto va por Galicia y por Cádiz.
Y disparó.
El proyectil silbó al cortar el aire y todos aguantaron la respiración por un instante. Entonces, el mástil mayor del Revenge saltó por los aires.
La galeaza estalló en gritos de entusiasmo.
Inglaterra, en su propio barco, maldijo mientras incorporaba a uno de sus marineros, herido en una pierna. Mareado y cansado, comprendió que si seguían así, no tardarían en entablar combate directo. Y su flota no podía arriesgarse a ello ya que, al contrario que los españoles, no habían traído soldados.
Cuando Howard dio la señal de retirada, experimentó una punzada de alivio y desesperación al mismo tiempo, mientras veía como los barcos de la Armada se reorganizaban en su impenetrable muralla y continuaban, inmisericordes, su rumbo.
6 de agosto, frente a Calais (3), Francia
—Y aquí estoy de nuevo… —dijo España apoyando la barbilla en ambas manos.
Calais era una ciudad regida por un gobernador católico y, teniendo en cuenta que ahora mismo el Duque de Guisa tenía en su poder la mayor parte del reino, se suponía que estaban a salvo. Sin embargo, la Armada no se atrevía a entrar a puerto por completo por miedo a que los ingleses intentasen aprovecharse. Además, a nadie le gustaba tener tantos soldados cerca: no era difícil imaginar que los franceses debían estar contemplando, aterrorizados, la flota desde sus hogares. Así que mejor mantenerse alejados de la ciudad, al menos por el momento.
Entrecerró los ojos. Si hubiera sabido que acabaría perseguido por Inglaterra en esa misma ciudad…
De pronto restalló un cañonazo que le hizo pegar un bote y que el corazón se le subiera a la garganta.
¡Los ingleses!
Se precipitó hacia el otro extremo del barco, adelantando a marineros y soldados, y se asomó por la amura; estaban disparando a una pinaza que se balanceaba peligrosamente sobre las aguas. España escudriñó sus banderas y se dio cuenta de que estaban subiendo apresuradamente una. ¡Una española!
—¡Alto el fuego! —rugió—. ¡Son de los nuestros!
Podían ser unos espías, pero entonces eran unos estúpidos por ir al corazón de la Armada. Además, no procedían de la misma dirección que los ingleses…
España pidió una pinaza para sí mismo y, acompañado de unos cuantos soldados, fue al encuentro de los agredidos. En seguida reconoció el uniforme de los Tercios y experimentó un golpe de alivio: ¡por fin recibirían noticias de Parma! Incapaz de esperar a los saludos formales: saltó a la borda de la pinaza vecina y se apresuró a estrechar la mano del asombrado capitán.
—¿Vienen ustedes de parte del duque de Parma? —Se adelantó España.
—Sí, así es. —Para su sorpresa, el hombre no parecía muy complacido mientras echaba un vistazo a la Armada. Incómodo, España frunció el ceño y escudriñó la escena: de acuerdo, había bastantes desperfectos. ¡Pero incluso a él le seguía pareciendo impresionante! No pudo preguntar porque el hombre escarbó en una faltriquera y le entregó un sucio rollo de papel, aplastado y maltratado por el camino—. Hemos venido lo más rápido posible una vez supimos que la Armada acababa de arribar.
—¿Qué…? —farfulló España, tomando el mensaje.
—Habéis llegado demasiado rápido —replicó el soldado, encogiéndose de hombros—. El mensajero nos ha llegado hoy mismo.
España se quedó de piedra.
—¿Perdón? ¿El mensajero? ¡Enviamos varios!
—Hasta donde yo sé, sólo nos ha llegado uno. Debéis comprender que han sido unos meses muy atareados para el duque, que no ha hecho más que trasladarse de un lado a otro y que ha habido muy mal tiempo (4). En cualquier caso, aquí tenéis la respuesta.
Bajó la vista hacia el rollo lacrado y tragó saliva. Se pasó una mano que empezaba a cuartearse por culpa del sol por la cara y se mordió el labio inferior. Debería llevárselo a don Alonso y aguardar a que él le diera permiso para abrirlo. Sin embargo, no fue capaz de esperar; rompió el sello y leyó apresuradamente.
El alma se le vino a los pies. Parma afirmaba que, al no estar al corriente de los avances de la Armada no había hecho nada. «Todavía no he embarcado un barril de cerveza, y menos aún un soldado», afirmaba. Por ello… Tendrían que esperar al menos hasta el viernes siguiente para que trajera al ejército.
Es decir, deberían aguardar seis días en Calais.
Tuvo que sentarse cuando las piernas le fallaron.
Tanto esfuerzo. Tantas prisas.
Y habían fallado en lo más importante.
Ahora estarían a merced de los ingleses (5).
Notas:
(1) En realidad la carta que se menciona en este fic fue escrita el 24 de junio, pero como Medina Sidonia esperó a reunirse con los demás altos cargos de la Armada para enviarla, la sitúo en el 28: así es más fácil describir las distintas posturas.
(2) Básicamente, los españoles se formaban en tratados como el de Oliveira, A arte da guerra do mar —el primer manual de guerra naval publicado— que aconsejaba una formación de combate ideal con una única línea recta, armas pesadas en la proa y las piezas más ligeras en los costados. Alonso de Chaves, castellano, advirtió en contra de las formaciones en hilera —unos barcos detrás de otros— ya que sólo podían pelear los que fueran al principio de la fila. Pero esto fue lo que hicieron los ingleses, según lo que he leído, protagonizando el primer ataque en hilera de la historia naval europea. Algo lógico teniendo en cuenta que no podían competir contra la potencia de fuego española y, por tanto, no podían usar sus mismos métodos para pelear: se aprovechaba así la movilidad y capacidad de fuego de los veleros armados en el costado.
(3) Debido a los bancos de Flandes, bajíos frente a la costa flamenca, accidente natural que los holandeses habían vuelto todavía más traicionero al eliminar las marcas de navegación y boyas de la costa y riberas antes de la llegada de la Armada, la pesada fuerza de intervención de Medina Sidonia no pudo acercarse más a los puertos de embarque de Parma, obligando a aguardar fuera de Calais. De no haber estado la flota inglesa a menos de un kilómetro en orden de batalla, tal vez podrían haberse despachado galeazas y galeones a desalojar los barcos de bloqueo holandeses.
(4) Ninguno de los correos despachados desde la Armada alcanzó Flandes a tiempo. El oficial enviado para establecer contacto con Parma el 31 de julio, por ejemplo, cuando la flota estaba en Plymouth, no pudo hacerse a vela hasta la mañana siguiente y no alcanzó Flandes hasta las primeras horas del 6 de agosto. Ese mismo día llegaría un segundo mensajero que había sido enviado por Medina Sidonia el 4 de agosto. Pero para entonces la Armada ya estaba en Calais, y hubo de pasar otro día hasta que esta posición se conociera en Flandes. Para el ejército del duque de Parma, habían llegado demasiado pronto; para la Armada, su viaje había sido demasiado largo.
(5) Aun así, es importante señalar el inmenso trabajo de Parma, que tuvo sus frutos: durante meses se dedicó a ir de un lado para otro, desconcertando a los holandeses y sus aliados, obligándoles a bloquear distintos puertos y, por tanto, a dispersar sus barcos. Tan pronto como recibió noticias de la llegada de la Armada frente a Calais, Parma comenzó a trabajar para embarcar sus tropas en los puertos flamencos con tal organización que lo logró en seis días y, además, ordenó a ciertos barcos en el Escalda que actuaran como cebo para atraer a más navíos de bloqueo holandeses. El plan funcionó; nadie sabía cuál era el objetivo de Felipe II y cuando fue demasiado tarde, el gobierno federal holandés no pudo concentrar más barcos frente a Flandes porque los dirigentes políticos de Holanda y Zelanda seguían temiendo que, en realidad, Felipe II quisiera atacarles a ellos. Parma ha sido muy criticado por su falta de preparación para la Armada, pero lo cierto es que logró su principal objetivo: sorprender a los holandeses y mantener dispersas sus fuerzas.
