[1 MES DESPUÉS, 9 SEMANAS DE EMBARAZO]

Si Otabek dijera que todo marchaba de maravilla desde aquel día, estaría mintiendo.

Los cambios repentinos de ánimo en Yuri eran recurrentes, porque por más que aquella noche dijera con tanta seguridad que quería tener al bebé, era muchas las veces en las que se tomaba el tiempo de dudar, de quedarse mirando la nada dejando que el miedo le consumiera y le soltara preguntas repetidas, cómo si es que acaso le seguiría queriendo cuando su cuerpo comenzara a cambiar, luciendo un poco más femenino de lo normal.

A pesar de que escuchara cada día esa pregunta, el kazajo le seguía respondiendo siempre lo mismo, con la misma dulzura de la primera vez.

Sí, incluso más que hoy...cada día más.

Las crisis de ansiedad, las pesadillas durante las noches y los días en los que se negaba a levantarse de la cama se seguían repitiendo, pero al menos no con la frecuencia de antes.

Eran muchos los temores que el ruso tenía, pero aún así trataba de mantenerse fuerte en lo posible y los cariños del mayor le ayudaban bastante en ello. La decisión que había tomado no era fácil, no lo sería jamás y todo se complicaría más aún cuando su embarazo comenzara a volverse más notorio.

Su estado significaba dejar de hacer muchas cosas que le gustaban (una de ellas, el patinaje) y también significa tener que aguantar todo tipo de comentarios desagradables al salir a la calle, sólo por aún no tener una marca en su cuello.

Entendía perfectamente el peligro que corría al seguir con su embarazo y por eso se estaba cuidado muchísimo. Al salir a la calle usaba un collar, tomaba sus vitaminas regularmente y comía lo que más podía, pero por más que intentara subir algunos kilos no lo lograba, incluso sentía que estaba más delgado que antes por las repetidas náuseas y las mañanas en el retrete devolviendo todo el contenido de su estómago. Jamás en su vida se había sentido tan agotado, lo único que quería era dormir, y dormir...

No le gustaba que Otabek le viera en esas condiciones, tan débil, pero sabía muy bien que no podía ocultarle nada porque sería en vano; él siempre sabía como se sentía, él era la única persona que podía derrumbar ese teatro que armaba para fingir que todo estaba bien, sólo el podía sacar su verdadera personalidad a la luz.

Otabek sabía casi todo de él, incluso se atrevería a decir que le conocía más de lo que se conocía a sí mismo.

Su unión era muy fuerte por ser almas gemelas, e incluso a pesar de no estar enlazados ambos podían saber lo que él otro sentía de una manera muy sutil, pero lo suficiente para ayudar a Otabek a poder entender y saber cuando el pequeño ruso se sentía mal o le ocurría algo.

Este era uno de esos momentos en donde esto quedaba en evidencia.

Otabek se había despertado cuando recién comenzaba a amanecer, agitado y con un sudor frío recorriendo su espalda. La luz brillante del sol que se colaba por la ventana le encandilaba impidiendo que pudiera ver correctamente.

Aún adormilado buscó con sus manos a la personita de cabellos del sol que había estado durmiendo en su pecho hace unos instantes, pero se dio cuenta que ya no estaba ahí; sólo había logrado encontrar vacío y unas sábanas desordenadas que tenían la mezcla de menta-vainilla en ellas.

Le llamó por su nombre una vez, pero la única respuesta que obtuvo fue el ruido de unas arcadas que hacían eco desde el baño; otra vez estaba vomitando.

Esto ya era común en la madrugada y al despertar, se repetía ocasionalmente, pero a pesar de que fuera algo normal durante el embarazo, para el kazajo era una preocupación más y no lograba acostumbrarse a verlo tan pálido y agotado todos los días.

Se levantó de la cama lo más rápido que pudo, entró en silencio al baño y ahí le encontró, sentado a un lado del retrete con la cabeza recostada en su borde y con una de sus manos sobre la palanca. Se le veía tan débil, como un pequeño gatito mojado y demasiado delgado.

Se arrodilló a su lado para comenzar a peinar con sus manos los rubios cabellos para evitar que estos se ensuciaran y comenzó a masajear su espalda, recibiendo como respuesta una débil sonrisa y unos ojos esmeraldas llorosos, ojerosos por su mal dormir.

Las arcadas siguieron por un buen rato, a pesar de ya no había nada que pudiera devolver.

Otabek continuaba con las caricias en la espalda de Yuri tratando de consolarlo, sorprendiéndose de los huesos que sobresalían de ella y que le hicieron correr un escalofrío por todo su cuerpo. ¿Siempre había sido así de delgado? Tal vez ya era demasiado.

—Ya paso, ya paso...—le repetía con voz suave. —Tienes que lavarte la boca...vamos, arriba.

Con delicadeza le ayudó a ponerse de pie para guiarlo hacía el lavamanos. Yuri no se resistía a nada por más vergüenza que le diera que le viera en ese estado, y es que aunque quisiera no podría, no tenía fuerzas para hacerlo; sólo se dejaba que Otabek le lavara la cara y que le limpiara los restos de vomito en el borde de su boca. Agradecía de verdad que estuviera ahí para él, incluso aguantando algo tan desagradable de ver pero que a él no parecía importarle en absoluto.

—¿No...no te da asco? —le preguntó con voz débil, mientras que el mayor le sacaba con la toalla su pálida carita.

—¿Qué cosa?

—Ya sabes, verme así, vomitando. No sé como aguantas tanto por mí, incluso el otro día me ayudaste a limpiar el piso cuando no alcancé a llevar al baño...también lavaste mi ropa...

Otabek sólo le sonrío, no podía creer hasta que punto Yuri se preocupaba de no molestarlo o incomodarlo. Todo eso era lo más mínimo que podía hacer para pagarle toda la felicidad que le había entregado todos estos años.

—¿Cuando será el día en que al fin entiendas que soy capaz hasta de morir por ti?

No era propio del kazajo ser tan directo, tampoco que dijera cosas tan cursilonas como esas; pero esto cambiaba siempre que estaba con ese chico de cabellos dorados que le había robado el corazón. El único problema era que ese chico aún no lograba acostumbrarse a esas palabras, y menos si le tomaban por sorpresa. Estaba tan rojo como un tomate y se le atragantaba en la garganta lo que quería decir, lo único que logró hacer fue empujar suavemente a Otabek.

—Idiota. —le dijo con voz de un niño amurrado. —¿Por qué tienes que ser así?

Para ese idiota verlo hacer esa carita tan tierna le provocaba unas ganas incontrolables de abrazarlo, apretarlo y llenarlo de besos por todos lados.

Al contrario de ofenderse por el suave empujón, se dejó llevar por sus deseos y le estrechó contra su pecho tomándolo de la cintura repartiendo besos en su cuello blanco. Se sentía satisfecho por lograr esa reacción en él y por más que se quejara y le repitiera que lo soltara, sus suspiros involuntarios le contradecían. El sentir de esos labios le provocaba un cosquilleo en su estómago, no quería que se detuviera, quería sentirlos cada vez más.

Estuvieron ahí un buen rato, hasta que las piernas flacuchas de Yuri se comenzaron a cansar por estar tanto tiempo de pie obligándolos a finalizar con su abrazo. Además la garganta herida del omega comenzaba a quemar por el líquido ácido de su estómago, obligándolo a volver a enjuagarse la boca ante la mirada preocupada de Otabek.

Mientras Yuri se lavaba los dientes frente al espejo, el kazajo no se resistió y le abrazó desde atrás hundiendo su cabeza en el hueco de su cuello, embriagándose de su aroma.

Cada día que pasaba, el olor de su omega se intensificaba debido al embarazo volviéndolo adicto a esa piel porcelana, tan suya. Pero había algo que le encantaba más que eso, y era sentir como su vientre crecía cada día un poco más.

Era algo muy leve aún, casi imperceptible a simple vista, pero que al posar sus manos se sentía perfectamente. Era un leve bultito que ahora le impedía a Yuri ponerse los pantalones que tanto le gustaban y que le traería muchas más mañanas en el retrete.

La paz que le provocaba sentirlo era única, la mezcla de ese aroma con el tacto sobre la piel pálida le llenaba el alma y le hacía sentirse el alpha más afortunado de todo el mundo. Ya quería que pasara el tiempo para tener a su hijo ahí a su lado, para cuidar tanto de él como de Yuri y asegurarse de que nunca les faltara nada, jamás.

Era primera vez que se sentía de esta manera, normalmente siempre tenía ese deseo de proteger a Yuri de todos los peligros pero ahora era mucho más intenso a medida que pasaban los días y su estado era más evidente. Ponía todo de su parte para que así fuera, incluso le protegía del frío de las noches arropándolo y envolviéndolo en el calor de su cuerpo, incluso lo protegía de las escaleras y de hasta las posibilidades de tropezones, pero había algo que le resultaba muy difícil...y eso era protegerlo de sí mismo.

La salud mental de Yuri era un caso muy delicado, porque pedirle que olvidara todo lo sucedido de la noche a la mañana era imposible. Sabía perfectamente que jamás sería capaz de olvidarlo, menos teniendo al fruto de ese día el resto de su vida, pero aún así lo intentaba, intentaba hacerlo entrar en razón durante sus crisis y le recordaba lo mucho que le quería todos los días, lo agradecido que estaba con la vida de haber podido coincidir con él y que por siempre velaría por la felicidad ambos, de su hijo y él.

No había sido fácil, pero se podía notar un leve avance y el hecho de que hubiera accedido a salir tan seguido de casa era la prueba de ello.

—Yura, ¿que te parece si vamos a dar un paseo? —le preguntó sentado en el borde de la cama una vez de vuelta en la habitación. —Ya ha pasado mucho tiempo desde la última vez que salimos, además no es bueno que te quedes encerrado tanto tiempo.

Yuri estaba de pie frente al armario buscando algún pantalón que le cruzara, cuando esa pregunta llegó a sus oídos haciéndolo voltear como si hubiera escuchado la idea más descabellada del mundo. Y es que la verdad aún tenía miedo de salir a la calle y sólo lo hacía cuando fuera realmente necesario.

—Entiendo, si no quieres no voy a insistir con eso. —habló rectificándose de la idea anterior al ver la cara de espanto en el omega, lo que menos quería era hacerlo sentir incómodo.

Pero al contrario de calmarlo, los ojos de Yuri seguían mirándolo fijamente pensando en si sería una buena idea o no; después de todo, necesitaba salir para comprar ropa nueva que le entrara y también cotizar los valores de todo lo necesario para el bebé, no quería dejarle esa tarea a Viktor por más que le hubiese insistido. Era su bebé, y quería hacer lo que más pudiera por su cuenta; sólo aceptaría la ayuda de Otabek y de nadie más que él.

—Buenos, vamos.

—No te fuerces a hacerlo, podemos dejarlo para otro día cuando te sientas mejor.

—Está bien, quiero ir. —le respondió acercándose a la cama junto a él. —Pero con una condición.

Otabek le miraba embobado como caminaba hacía él moviendo sus delgadas piernas y le sonreía. Sus ojos verde-azules le miraban fijamente cómo los de un gato cazando a su presa y se sentía como dentro de una película. Yuri sabía muy bien como sacar partido de su belleza, y por más que sabía que siempre que actuaba así era porque quería obtener algo de él, no podía evitar caer en su juego como un auténtico idiota. Y es que cómo no hacerlo, cómo no si le miraba de esa manera...

—¿Cuál... cuál sería esa condición? —le preguntó nervioso, tragando saliva al sentir como los brazos del omega le rodeaban su cuello.

Yuri audazmente tomó las manos del mayor y las colocó al rededor de su pequeña cintura; quería estar lo más cerca posible de él. Le abrazó fuertemente, dejando caer sus rubios cabellos hacia un costado de su cabeza y le reveló aquella condición en su oído izquierdo, suavemente, como un susurro.

—Quiero...quiero que mañana me acompañes a patinar por última vez, por favor.

Todo su show hubiese marchado a la perfección, si no fuera porque el instinto protector del kazajo era más fuerte que sus ganas por complacerlo en todos sus caprichos. Suavemente este le apartó tomándolo por los hombros y soltó un suspiro. Y es que podía aceptar cualquier otra cosa, menos que pusiera su salud en peligro, eso jamás.

—Ya hablamos sobre eso, ¿por qué sigues insistiendo en ponerte en peligro? —le respondió acariciando sus mejillas con sus manos, como asegurándose de que no estuviera herido por ninguna parte. —No tienes idea de como me sentiría si te ocurriera algo, no lo podría soportar.

—Por favor, será la última vez...algo así como una despedida. —insistió. —Sabes que no puedo vivir sin el hielo mucho tiempo, además prometo no hacer ningún salto ni ningún movimiento riesgoso. Vamos, por favor...

—Yura...

—Por favor, ¿o acaso me obligarás a arrancarme e ir solo?

Otabek no dudaba de que esa amenaza se cumpliera, lo conocía lo suficiente para saber que era capaz de eso y más con tal de conseguir lo que quería. Cualquiera de las dos opciones que tenía le parecían peligrosas, pero el hecho de acompañarlo y asegurarse de que no le ocurriera nada era mucho mejor que dejarlo ir por su cuenta.

—Esta bien, esta bien, pero sólo prométeme que no intentarás hacer ningún salto, sabes que tienes que cuidarte mucho los primeros tres meses

La carita blanca del ruso se iluminó y esbozó una gran sonrisa. Tenía muchas ganas de patinar una última vez, esa sensación que le provocaba era similar a estar flotando y la extrañaba demasiado, quería volver a sentir volar y la idea de imaginar que su bebé sentiría lo mismo lo entusiasmaba demasiado. ¿Sería eso posible?

Sin delicadeza alguna se lanzó sobre Otabek haciéndolo caer sobre el colchón y le besó en los labios mientras reía.

—Beka, ¿ya te he dicho lo mucho que te quiero?


El frío de la carretera era intenso por la fecha en la que se encontraban y el viento se sentía como afiladas cuchillas al rozar la piel, pero al único que parecía preocuparle esto era a Otabek y ni siquiera por él mismo, si no que por Yuri, quien iba sentado en el asiento trasero de la motocicleta bien aferrado a su espalda. El frío no le hacía bien para el embarazo pero no parecía importarle demasiado, él sólo iba disfrutando del paisaje que le brindaba la ciudad de San Petersburgo.

El cielo se dejaba ver tímidamente a través de las nubes, las que esporádicamente cedían el paso a los débiles rayos de sol que impactaban sobre el agua del río Nevá. Era un escenario magnífico, algo que no había visto después de mucho tiempo sin salir del departamento; el frío no era más que un insignificante detalle.

Habían recorrido gran parte de la ciudad buscando un lugar donde tomar un café para pasar el frío y saciar las ganas de comer algo dulce por parte de Yuri, pero la mayoría estaban a tope debido a la hora.

Dieron vueltas durante un buen rato hasta que encontraron un pequeño lugar algo escondido en un callejón que lo único que avisaba de su presencia era un cartel escrito a tiza en la entrada. Los precios lucían bastante bien y servían una gran variedad de pasteles, los suficientes como para emocionar al omega que sentía que estaba al borde de un desmayo por la falta de azúcar.

El momento fue bastante agradable para ambos, tanto que se quedaron un buen rato dentro de la cafetería por el ambiente cálido. Ver a la gente que pasaba por afuera del ventanal los hacía estremecerse del frío, todos iban bien cubiertos y el vapor que salía de sus bocas era bastante; la temperatura había descendido abruptamente de un momento a otro.

Al momento de salir Otabek trataba de cubrir lo que más podía al omega, envolviéndolo en su bufanda hasta la altura de su nariz rosada por el frío, y es que sería un problema que se resfriara, tenía que tener mucho cuidado. Yuri sólo pensaba que estaba exagerando.

La segunda parada del día era el centro comercial, que para su suerte no estaba tan lleno de gente y el aire acondicionado estaba a una temperatura justa; algo bastante bueno si lo que se quiere es comprar ropa, todo se haría más fácil al buscar y probarse las prendas.

Habían muchas opciones de ropa para el embarazo y Yuri creía estar en el paraíso. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que entraba a un centro comercial y de que se arreglaba para lucir lindo. Se sentía un poco desorientado entre tantas cosas que le gustaban, pero el animal print siempre le ayudaba a aclarar sus dudas entre estampados y colores, eso jamás cambiaría; además ahora tenía otra ayuda extra, y esa era Otabek, quien miraba encantado como se probaba la ropa frente a el espejo y luego se volteaba para preguntar su opinión. Pero había un problema, y es que para el kazajo todo lo que se pusiera le parecía perfecto en su cuerpo, cada cosa que se colocaba le hacía lucir hermoso.

Ver como su vientre se marcaba con la linda jardinera que se decidió por comprar le parecía lo más dulce del mundo. La forma en la que se movía frente al espejo para ver su mejor ángulo, la forma en la que recogía sus hebras rubias y hacía caras graciosas le provocaba una cálida alegría en su pecho; no lograba entender como era posible que cada día que pasaba se enamorara más de él.

Luego de algunas horas al fin habían terminado con las compras para Yuri y a pesar de que no eran demasiadas cosas las que habían en las bolsas estas pesaban bastante.

El omega había tratado de controlar en lo posible a su bestia de las compras que había permanecido dormida durante mucho tiempo, y es que ahora tenía un motivo mucho más importante y que lo emocionaba más, y eso era ir a comprar cosas para su futuro bebé.

La sonrisa en el rostro al ver la enorme cantidad de objetos tiernos en la sección de bebés no se la borraba nadie y miraba todo con curiosidad. No podía creer que los trajecitos de cuerpo completo fueran tan pequeños, tanto así que verlos le provocaba un temor algo inocente, pero bastante acuerdo a su casi nula experiencia.

—¿Realmente el bebé será tan pequeño cuando nazca? —le preguntó a Otabek, mostrándole uno de los trajes que tenía en sus manos. —Me da miedo imaginar que le puedo hacer daño, no soy muy delicado que digamos...

El kazajo no pudo evitar sonreír ante aquella pregunta y le dedicó una mirada enternecida.

—Tranquilo, yo sé que al momento de tenerlo en tus brazos vas a saber exactamente que hacer. —le respondió acariciando su cabecita rubia. —Por ahora sólo deberías preocuparte de cuidarte.

—¿No crees que estás exagerando? Sólo estoy embarazado, no estoy enfermo o algo así.

—Lo sé, pero sabes que no puedo evitarlo.

Ha Otabek no le importó estar en medio de un angosto pasillo, menos la gente que pasaba por su lado y les miraba curiosos, él sólo le apretujó entre sus brazos fuertes y le beso la frente pálida, calmando todos esos temores en Yuri y tratando de hacerle entender sin palabras el porqué lo protegía tanto, de todo.

Para el kazajo, ese chico de cabellos dorados era el mundo entero y le amaba como nunca pensó hacerlo. Imaginarlo otra vez sumergido en esa oscuridad, en la pena, le hacía nacer un nudo en su pecho, por eso lo cuidaba en exceso, por el miedo que tenía de otra vez verlo sufrir.

—Me gustaría mucho que se pareciera a mí. —comentó de la nada el omega con un tono algo triste, aferrándose un poco más a la chaqueta de cuero de Otabek. —Pero sólo físicamente, no en la personalidad...sería difícil tratar con una pequeña copia mía.

—Será tan hermoso o hermosa como tú, estoy seguro de eso.

Finalmente se habían decidido por comprar ese pequeño traje de cuerpo completo que Yuri escogió, además de unos pequeños zapatos con dibujos de animalitos. Todo era de un color amarillo, algo neutro porque aún no estaban seguros del sexo de su bebé y prefirieron esperar. Por más que hubieran querido comprar más cosas, la hora les había alcanzado y la noche había llegado, estaban a punto de cerrar.

El día se les pasó muy rápido, demasiado, y ambos estaban agotados después de tanto caminar; con suerte les alcanzó la energía para cenar en la mesa junto a Viktor y Yuuri, y para darse una ducha rápida antes de irse a la cama.

La noche estaba bastante ruidosa por el viento que chocaba contra la ventana y provocaba ese silbido característico de las películas de terror. El pronóstico era tormenta, pero aún se estaba formando, aún no llegaba dejándose caer sin piedad.

El ruso había estado esperando a Otabek allí cubierto hasta la nariz con las mantas a que saliera del baño, no podía dormir sin el calor que le brindaba su cuerpo durante las noches frías, más ahora que la temperatura de su cuerpo era un poco más baja de lo normal debido al embarazo; además, el miedo que le provocaba el viento sonar lo hacía temblar, o quizás eso último sólo era una excusa, tal vez sólo era su necesidad de todo de él que le hacía imposible dormir solo, tal vez le había mal acostumbrado demasiado.

El sueño ya le estaba por vencer, pero cuando al fin le vio cruzar la puerta con sólo una toalla amarrada a su cintura, todo atisbo de somnolencia se le quitó al instante. La verdad es que le había visto muchas veces en esas condiciones, pero creía jamás terminar de acostumbrarse a tanta belleza, a tanta masculinidad.

Debido a la vergüenza se ocultó completamente bajo las sábanas y se maldecía por los pensamientos que cruzaban por su cabeza, no podía dejarse vencer por ellos, sólo tenían que permanecer ahí en su cabeza, nada más.

—¿Acaso me estás provocando? —le preguntó juguetón, oculto.

—Tal vez.

En realidad eso no podía ser más mentira, Otabek sólo le había respondido siguiéndole el juego. Lo que menos intentaba hacer en ese momento era incitarlo a algo, menos en la situación en la que se encontraba. No quería apresurar nada, todo a su debido tiempo, pensaba.

Otabek reaccionaba ya en modo automático debido al sueño, y sin pensarlo más se acostó en la cama abrazando por la cintura al omega avergonzado, posando sus manos grandes en su vientre abultado. Yuri al sentirlo había pegado un salto por la sorpresa, pero a medida que el tacto suave de sus manos continuaba sentía relajarse cada vez un poquito más, disfrutando del calor tierno que le provocaba sentir su cuerpo pegado a su pequeña espalda. Esas caricias eran nuevas, estas eran las caricias de un futuro padre, tan dulces como un caramelo de miel.

Otabek estaba a punto de ser vencido por el sueño al igual que el chico entre sus brazos, cuando su celular comenzó a vibrar repetidas veces en la mesita junto a la cama. Soltó un suspiro cansado, no podía creer que alguien le llamara tan tarde por noche.

Apurado salió del cuarto a contestar al pasillo, no quería interrumpir el dulce sueño del omega con su conversación.

—¿Diga?

Esperó un momento pero no hubo respuesta alguna, sólo se escuchaba el ruido de autos pasar y el viento impactar contra el micrófono, el característico bullicio de la ciudad. Volvió a insistir un par de veces, incluso pensó que se trataba de una broma o alguien que se había equivocado de número, pero al momento que iba a terminar la llamaba leyó el nombre del contacto, y no era nadie mas que su amigo canadiense.

—¿Jean?

Le parecía demasiado extraño que le llamara a esas horas y que además no le respondiera nada, pero sabía que estaba ahí, se escuchaba como respiraba pesadamente.

—Hombre, ¿por qué me llamas a estas horas, acaso ocurrió algo? —insistió con más preguntas, pero nada.

Otabek se masajeaba las sienes con una de sus manos tratando de calmarse, y es que odiaba que le interrumpieran su sueño, más si era por una llamada sin sentido. Espero unos segundos, pero cuando estaba a punto de colgar le escuchó hablar al fin.

—Otabek, necesito hablar contigo, tengo que decirte algo muy importante. —su voz se escuchaba rara, algo congestionada y rasposa, como la de alguien acababa de llorar.

—¿Acaso no te das cuenta de la hora que es?

—Sí, lo siento por eso, pero necesitaba...necesitaba oír tu voz.

Bueno, eso había sido bastante extraño, tanto que el kazajo no pudo evitar separar el celular de su oído por la sorpresa. En el fondo quería creer que todo se trataba de una simple broma, tal vez estaba borracho...sí, debía ser eso.

—Em, está bien, ¿que es eso tan importante que tienes que decirme? —le preguntó ignorando completamente lo que le había dicho anteriormente.

—Reunámonos mañana, temprano.

Otabek realmente no podía entender como le había aguantado tanto tiempo. Le desagradaba bastante cuando Jean creía que las personas disponían de todo el tiempo del mundo para él.

—Tengo cosas que hacer mañana, dímelo ahora de una vez.

—Dime donde estarás, tengo que decírtelo en persona. —insistió. —No es fácil, no es algo que se pueda decir por teléfono, prometo ser breve y no quitarte mucho tiempo.

—Bueno, bueno, está bien. —le respondió algo molesto. —Yo te llamaré para darte la dirección, ¿está bien? Ahora vete a tu casa, no deberías andar deambulando por ahí a estas horas, es peligroso.

Hubo un silencio algo incómodo hasta que le llamada finalizó, Jean le había colgado.

La actitud extraña de su viejo amigo le había dejado pensando un buen rato ahí de pie en el pasillo, tratando de adivinar que seria eso que le tenía que decir con tanta urgencia. Tal vez se había metido en algún lío, no sería la primera vez que tendría que ayudarlo a salir de ellos, pero quería creer que no tendría que golpear a nadie otra vez.

En silencio regresó a la habitación abriendo la puerta con cuidado de no hacerla sonar y tratando de pisar en la oscuridad, pero cuando volvió se encontró a un Yuri despierto, con las rodillas pegadas en su pecho mientras miraba el cielo gris por la ventana, en cualquier momento este parecía querer llorar.

—¿Yura? —le llamó, pero el nombrado ni siquiera se volteó a verlo, seguía ahí mirando fijamente, algo asustado.

Se acercó a él y se recostó nuevamente en la cama, tomándole de una de sus manos llamando su atención y así haciéndolo voltear. Otabek sabía, sabía que se encontraría con esos ojos esmeraldas brillantes, bañados en lágrimas.

Ya era normal que ocurriera esto de vez en cuando, que repentinamente se despertara durante la noche debido a una pesadilla y que comenzara a llorar. La herida que Yuri tenía no era fácil de sanar y lo sabía, porque esta era una herida del alma, esas que se llevan para toda la vida y que por más amor que le entregara, siempre estaría ahí y que sólo podría mejorar transformándose en una terrible cicatriz. Así que lo abrazó, lo abrazó como siempre lo hacía, acariciando su cabello tratando de calmar su angustia, ni siquiera intentó preguntarle de que se trataba esta vez, no quería hacerlo recordar algo desagradable; pero no estaba en sus planes que él solo comenzara a contarle lo que le acomplejaba.

—Beka, creo...creo que soñé con el bebé.

El mayor continuó con las caricias en su cabello dorado, tratando de entender porque un sueño como ese lo haría sentir tan mal, tan triste.

—¿Quieres contármelo? Tenemos toda la noche si quieres.

Yuri se escabulló de sus brazos y se acomodó recostándose en el colchón para quedar de frente a él, mirándolo fijamente a los ojos para comenzar a contarte su sueño, su pronóstico de tormenta que no lograba descifrar.

''El cielo estaba inusualmente soleado, pero sentía mucho, mucho frío, jamás había sentido tanto frío en su vida. Ni siquiera estaba seguro de estar en su ciudad, todo se le parecía tan extraño, tan nuevo y se sentía perdido, desorientado, como si estuviera completamente desnudo en medio de una selva esperando a ser comido por bestias salvajes, vulnerable.

Los edificios le rodeaban por todas partes, las luces de neón estaban encendidas a pesar de ser de día y podía escuchar anuncios en un idioma desconocido a lo lejos. No tenía la menor idea de donde estaba, pero aún así decidió caminar por la calle desolada de asfalto que lucía tan caliente por el sol...quizás sólo era él quien se sentía congelar.

Caminó por un buen rato tratando de encontrar algo, a alguien que le dijera como regresar, que le dijera donde diablos estaba y como había llegado hasta ahí, pero no había nadie, sólo tiendas vacías y basura que se arrastraba por el suelo dejándose llevar por el viento.

Daba vueltas y vueltas por la misma cuadra que le parecía eterna, y a medida que asumía que no existía una salida comenzaba a angustiarse, a sentir como su pecho se le apretaba y un nudo nacía en su garganta.

—Beka, ¿donde estás? —dijo entre sollozos al viento, el cual se llevó sus palabras lejos de ahí.

No había forma de que le escuchara, pero aún así insistió, insistió en llamarlo porque sabía que sólo era él quien podía ayudarlo, quien siempre estaba ahí para él y que lo protegería, que lo cuidaría y le besaría calmando todos sus miedos como siempre lo hacía.

En ningún momento se detuvo, seguía caminando a paso rápido por las calles que lucían todas iguales de forma desesperada; cuando de pronto, sintió que algo había chocado con él, algo que no había podido ver.

Cuando bajo la mirada, sintió que la sangre de su cuerpo se congelaba al encontrarse con unos ojos idénticos a los suyos que le miraban curiosos, con la inocencia característica de un niño pequeño que parecía recién bordear los ocho años de edad.

—¡Oh, eres tú! —le llamó aquella pequeña personita con voz chillona. —Es la primera vez que nos encontramos por aquí.

A pesar de que era la primera vez que lo veía, el niño le hablaba con una confianza desbordante que le llamó la atención y le hizo tratar de recordar de donde lo conocía, pero nada, no había ninguna imagen similar en su cabeza. La única persona que conocía que tenía los ojos de ese color era su madre, pero esos cabellos oscuros no le recordaban a ningún niño que hubiera visto antes.

—¿Acaso te conozco de algún lado? —le preguntó con un tono algo fuerte, pero que al pequeño no pareció importarle en absoluto, al contrario, siguió sonriéndole con la misma confianza de antes.

—Claro, yo siempre he estado aquí.

—Pero...pero si esta es la primera vez que estoy en este lugar, es imposible que te haya visto antes.

Las respuestas que el niño le daba lo hacían confundir aún más de lo que ya estaba, era cómo si estuvieran hablando en diferentes idiomas, porque por más que le preguntara cosas seguía respondiéndole frases no acordes con la conversación, ignorándolo completamente.

—Hay alguien que quiere conocerte, tenemos que ir rápido. —le dijo tomándolo de las manos y echándose a correr. —Yo sé que te llevarás bien con él, es un anciano muy amigable.

Yuri ni siquiera entendía porque le estaba siguiendo el juego a ese niño, pero aún así siguió corriendo entre las calles tomado de esa pequeña mano que le jalaba con fuerza. El paso era lento por sus cortas piernas, tanto así que le había dado tiempo de mirar hasta los más mínimos detalles del lugar donde se encontraba. Todo lucía normal, como una ciudad americana de las películas, pero de pronto vio algo a lo lejos de manera fugaz que le hizo parar en seco, haciendo al niño tambalearse.

Había visto su propio reflejo en el ventanal grande de unas de las tiendas vacías, y simplemente no podía creerlo. Se miraba, se miraba y sí, lucía como él, era él Yuri de siempre, pero ahora su vientre se notaba mucho más abultado que antes y tenía su cabello rubio crecido hasta la mitad de su espalda.

La verdad es que no entendía absolutamente nada.

—Vamos, apresúrate, no tenemos mucho tiempo. —le dijo el niño volviendo a tomarlo de las manos, interrumpiendo su asombro y conduciéndolo hacía un lugar incierto.

—Espera, espera...no estoy entendiendo nada, ¿cómo es eso que no tenemos mucho tiempo? Yo jamás te he visto en mi vida, no sé donde estoy y tampoco sé como llegue a este lugar, además, ¿que hay con eso de que hay un anciano por aquí? No he visto pasar ni un alma en todo este rato. —le hablaba apresurado, algo molesto —Por cierto, ¿quien diablos eres tú? Vamos, dime.

El niño se quedó mirándolo y su expresión se había tornado algo triste ante aquella pregunta. Bajo sus ojitos hacia el suelo y comenzó a jugar con sus manos tras su espalda.

—Yo siempre he esperado aquí, todo el tiempo. —le respondió. —Tú deberías saber quien soy...porque yo soy parte de ti, ¿de verdad no me recuerdas?

¿Ah?

—¿C-Cómo sería eso posible? —río nervioso. —Niño, dices cosas muy extrañas, no estoy entendiendo nada...

Yuri seguía mirando para todas partes, tratando de encontrar algo, alguna señal o respuesta a todo lo que estaba ocurriendo, se sentía mareado y sólo quería marcharse de una vez, quería regresar.

El niño continuó tirándole de su mano izquierda, repitiéndole que no alcanzarían a llegar, pero el ruso se resistía como un burro desobediente, como un perro cansado que no quiere salir a pasear; no podía seguirlo sin saber cuales eran sus verdaderas intenciones.

Se quedo ahí tratando de sacarle alguna respuesta sobre el lugar donde estaban durante un rato y sin éxito. La situación ya comenzaba a enojarle, tanto así que ya se disponía a largarse de ahí por su cuenta, pero de pronto, un sonido ensordecedor de unas campanas le interrumpió sus planes y le hizo caer al suelo de rodillas, obligándolo a cubrir sus oídos.

El ruido estaba a punto de hacer explotar sus oídos, sin embargo, el pequeño seguía ahí de pie como si nada, cómo si fuera lo más normal del mundo aquel estruendo. Lo único que cambió fue su expresión, ahora parecía querer llorar en cualquier momento.

Aún al borde de las lágrimas se agachó a su lado y le envolvió en un cálido abrazo, como ese que se le da a alguien no regresará nunca más, como el de una triste despedida.

—Ya es tarde, tengo que regresar. —le dijo un costado de su cabeza, haciéndolo temblar del miedo. No entendía como esa voz chillona la podía escuchar perfectamente incluso si tapaba sus oídos...nada de lo que ocurría era normal.

El niño hizo una pausa, y antes de continuar le tomo del rostro, pegando su pequeña nariz junto a la del ruso.

—Sabes, la verdad es que...

Me hubiera gustado mucho haberte conocido."

Luego de escuchar aquel extraño sueño de Yuri, Otabek no logró conciliar el sueño en toda la noche. Tenía un horrible presentimiento instalado en su pecho que le clavaba como miles de agujas, pero no sabía que ocurría, no sabía que podía estar mal si tenía a su omega y a su futuro hijo ahí entre sus brazos disfrutando de su calidez, de la seguridad de su nido de mantas.

Sumergido en el mar de sus pensamientos se quedo ahí, escuchando a lo lejos la lluvia fuerte caer contra los tejados de las casas.

La tormenta ya había comenzado.


Según yo el capitulo resultó algo lento, pero era necesario para darle sentido a lo que va a pasar más adelante :c ah, y si acabas de quedar con cara de wtf con el sueño de Yurio, te invito a que te tomes un tiempo en buscar el significado de algunos sueños que se tienen durante el embarazo (sólo si quieres, claro). La verdad es que hace algún tiempo yo creía que era la única que había soñado con bebés de otras personas mucho antes de que estas quedaran embarazadas, pero después de buscar no me sentí tan loca xD leer experiencias de otras mujeres me ayudó a escribir esto y a definir el futuro de la historia.

Estaba entre dos ideas, pero finalmente me decidí por el camino difícil, el que tiene harto drama jaja3

El cansancio que tengo durante la semana a veces no me deja escribir y termino cediendo ante mi cama, pero trataré de actualizar lo más pronto posible. Muchas gracias por leer y hasta pronto :D