La historia no es mia, es una adaptación y los personajes son de Stephanie Mayer

Una semana antes de la boda, Edward estaba junto a Charlie Swan en la terraza de los jardines privados de los Swan contemplando a Bella circular entre las personas elegantemente ataviadas que su madre había invitado. La fiesta se daba en honor de la pareja comprometida, pero en cierta forma parecía haberse convertido en la fiesta de Bella.

Alegres farolillos arrojaban atractivos reflejos sobre la reunión. Las tormentas se habían sucedido por la tarde, barriendo, temporalmente al menos, parte del típico bochorno de agosto. Se oía el tintinear de los vasos y el hielo mientras los invitados daban cuenta alegremente de las costosas bebidas de Charlie Swan y los exquisitos canapés de Laurent Richards.

Edwrad, con actitud pensativa, dio un sorbo a su escocés y se recordó por enésima vez en la velada que en una semana estaría casado con la vivaz criatura que estaba en el otro extremo de la terraza. Cubierta con un vestido de noche, simple hasta la exageración, en seda color rubí, audazmente escotado por la espalda y recatadamente subido en la parte delantera, el pelo limpio y sedoso, Bella se había convertido en la anfitriona de la fiesta desde el primer momento. Edward la vio sonreír y sintió una punzada intensa. La deseaba. Llevaba tres semanas deseándola. Parecía una eternidad. Por un instante se abandonó a la liberadora fantasía de arrinconarla en un descuido, echársela a los hombros y huir con ella en medio de la noche. Tres semanas de contención no debían haberlo afectado tanto, se dijo irónicamente. Era un hombre, no un chico. Dio otro sorbo al escocés y contempló a su futura esposa. Bella estaba ocupada conversando con el tímido Carlisle Masen.

-No había visto nunca a Carlisle tan animado en una fiesta –observó humorísticamente Charlie Swan. Echó para atrás la manga de la chaqueta que llevaba para mirar el reloj de pulsera-. Suele decir que tiene que estar en la cama a las diez y ya son las once.

-Estás cautivado por Bella. Como todo el mundo esta noche.

-Te dije que sería la anfitriona perfecta del Hacienda, ¿verdad? -Charlie sonrió complacido y miró al hombre más joven-. Con tu inteligencia y la natural habilidad de ella para manejar a la gente, vais a convertir este hotel en el mejor lugar de Arizona.

-¿Cómo supiste, Charlie, que se le daría tan bien la gente? Renee y tú lleváis dos años diciéndome que estuvo a punto de volveros locos antes de irse de casa.

-Sí, pero incluso entonces hacía lo que quería con los empleados. Yo la reprendía por ponerse a nadar con un minúsculo biquini delante de los huéspedes, y a los dos minutos estaba en la cocina atiborrándose de galletas y refrescos mientras los camareros y los cocineros la consolaban. Siempre supe que tenía la inteligencia y la fuerza de voluntad para llegar a donde quisiera, y me ponía frenético ver que solo utilizaba su encanto fácil para conseguir sus fines.

-Parece que en los últimos años ha desarrollado inteligencia y fuerza de voluntad -observó Edward-. Se ha labrado un nombre por sí misma en los círculos de la administración de hoteles antes de decirte que volvía a casa. No se consigue esa reputación solo con encanto.

Charlie rio entre dientes.

-Lo sé. En realidad, ahora es mucho más peligrosa que cuando era niña.

-Encanto e inteligencia puede ser una mezcla explosiva -asintió Edward.

-Y tú, Edward, eres el hombre indicado para manejar esa mezcla. ¿Por qué crees que he insistido tanto en este matrimonio? Juntos formaréis el equipo perfecto.

-Creo -murmuró Edward en tono un tanto hosco-, que cuando seamos oficialmente un «equipo» tendré que hacer que regale ese traje al Ejército de Salvación.

Charlie sonrió.

-Es un poco escotado en la espalda, lo reconozco. Renee intentó decirle algo al respecto antes de la fiesta, pero hoy en día mi hija hace lo que quiere. Afortunadamente para los que nos preocupa, la mayoría de las cosas que hace ahora son las mismas que los demás queremos para ella. Pero de vez en cuando impone su voluntad. La diferencia es que ahora sus modales son firmes y tranquilos y no pataletas. Es una mujer.

«Y va a ser mi esposa», se dijo para sus adentros Edward, tratando de contener la loca excitación que el pensamiento despertó en él.

-¡Papá, estás aquí! -Alice Swan, la menor de las hijas Swan, apareció delante de Edward y Charlie-. ¿No es una fiesta maravillosa? -la cara le resplandecía de placer-. Claro que han venido a ver a la hija pródiga, pero se quedan porque lo están pasando estupendamente. Bella los tiene a todos comiendo en la palma de la mano. ¿No es gracioso?

-Muy divertido -asintió riendo Charlie-. ¿Dónde está Rose?

-Por allí con su esposo. Solo vine a buscar uno de esos deliciosos canapés de Laurent. Ha echado la casa por la ventana para la fiesta, ¿verdad?

-Bella ha logrado que crea que es el mejor chef que ha habido desde el inventor del soufflé de queso -gruñó Edward.

Alice sonrió.

-Más vale que esté encandilado con mi hermana; así no se irá con alguien de la competencia.

-Tiene razón -afirmó alegremente Charlie-. Lo mejor es que siga bajo el hechizo de Bella. ¿No querrás que se vaya ahora?

-No, no quisiera que se fuera ahora. Excusadme -dijo Edward, haciendo una pequeña mueca-, pero parece que he perdido de vista a mi prometida. Será mejor que la busque -y con una ligera inclinación de cabeza hacia Alice y Charlie, Edwrad se alejó entre la multitud.

Había aprendido a vestirse en el estilo desenfadado de Arizona, pero aunque llevaba una chaqueta clara y camisa sin corbata, algo en la forma de llevar la ropa lo distinguía de los demás hombres. La cualidad vagamente distante, determinante en su naturaleza, simplemente se negaba a ceder al efecto desenvuelto de la ropa. La gente en torno a él le respondía con la misma actitud. Lo saludaban amablemente con la cabeza, le hablaban con respeto, pero había una cierta cautela en ellos. Nadie sabía muy bien cómo tratar a Edward Cullen.

Sin embargo, esa situación cambió cuando finalmente encontró a Bella y se puso a su lado. La gente, al responder al natural encanto de ella, también se sentían más cómodos con Edward.

-Buenas noches, Cullen –Carlisle Masen lo saludó de forma más jovial que de costumbre cuando Edward le entregó a Bella la copa de Chenin Blanc que había tomado de camino.

Edwrad le hizo un gesto cortés con la cabeza. No se engañó ni por un instante. Masen no solía ser tan amistoso y la cordialidad de aquella noche se debía estrictamente a Bella.

-Hola, Carlisle. Me alegra ver que disfrutas.

Bella sonrió radiantemente. -Carlisle y yo hablábamos de la época en que yo practicaba con mi moto en su finca. Olvidé pedirle permiso a Carlisle -sacudió la cabeza en gesto pesaroso de disculpa-. Lo que pasa es que tu finca estaba tan a mano, Carlisle. Yo ni siquiera sabía dónde terminaba el Hacienda Swan y dónde empezaba la tuya.

-Edward sí lo sabe, ¿verdad, amigo mío? -preguntó Carlisle, enarcando una hirsuta ceja tras sus gafas de aro.

-Reconozco que he estudiado el asunto -replicó Edwrad un tanto incómodo. Era el último tema del que quería hablar aquella noche. Después del matrimonio sería mucho más conveniente. Pero Bella ya lo estaba mirando con expresión de curiosidad.

-¿Me he perdido algo?

-Solo un pequeño asunto de negocios -se apresuró a tranquilizarla Edward-. Nada que haya que hablar ahora.

-Tu futuro esposo tiene algunos planes para los acres míos que bordean la finca del Hacienda Swan -le confió alegremente Carlisle a Bella.

-Entiendo -Bella traspasó a Edward con la mirada-. ¿Qué planes? Edward contuvo la irritación que le producía que hubiera salido el tema.

-Había pensado que podríamos utilizar esos terrenos para un campo de golf privado para el Hacienda –le dijo a ella en tono brusco.

-¿Habías pensado? ¿Y qué opina mi padre?

-Bella, hablaremos de eso más tarde –agarrándola con firmeza del brazo, Edward hizo una ligera inclinación de cabeza hacia Carlisle masen-. Lamento llevármela, Carlisle, pero Charlie la busca. Por favor, discúlpanos.

-Desde luego, desde luego. No se debe monopolizar a la invitada de honor -asintió con un ademán elegante. Le sonrió de nuevo a Bella. Ella logró corresponderle con una sonrisa despreocupada, pero en cuanto se hubieron alejado lo suficiente para no ser oídos, se zafó de Edward.

-¿Qué diablos es todo eso? -preguntó entre dientes, saludando amablemente a los invitados con los que se cruzaban.

-Nada más que un asunto de negocios. Tendremos tiempo de sobra de hablar de eso más tarde.

-¿Querías poner un campo de golf privado para los huéspedes del Hacienda Swan?

-Pensé que sería una atracción añadida para el hotel. Todo el mundo viene a Tucson a jugar al golf en invierno. -Edward suspiró, sabiendo que ya no era posible eludir el tema.

-Pero nuestros huéspedes tienen privilegios en casi todos los campos de golf importantes de la zona. No veo la necesidad de proporcionarles uno nuestro. ¿Qué dijo mi padre cuando le contaste la idea?

-Bella, luego hablaremos de eso. Se supone que esta noche tienes que departir amablemente con los invitados, ¿recuerdas? Tu familia no quiere que te preocupes con asuntos de negocios hasta que volvamos de la luna de miel.

-Lo sé -dijo torvamente ella-. Está siendo bastante molesto. Papá ni siquiera quiere hablar de los detalles de cederme las riendas a mí. Cada vez que saco el tema, no para de hablarme del buen equipo de dirección que tú y yo vamos a formar. Hasta ahora he aguantado los esfuerzos de todos por mantenerme al margen del negocio hasta después de la boda, pero estoy empezando a estar harta. Me muero de ganas de asumir mis nuevas funciones. Edward, quiero tanto este lugar y hace tanto tiempo que sueño con volver y ocupar el puesto de papá... Después de tantos años es estupendo volver al negocio familiar. Hay una sensación de herencia y tradición que he echado de menos en California.

Edward tenía una expresión pétrea. -Ya tendrás tiempo para aprender tu nuevo rol después de la boda, Bella. Ten paciencia. Sabes que tu familia se siente muy dichosa de que aceptes todo esto -saludaba con la cabeza a la gente de alrededor.

-Te preguntas cuándo terminará esta fiesta, ¿verdad, Edward? -bromeó ella.

-Alternar no es mi fuerte.

-Lo he notado. Alégrate. La gente empezará a irse en una hora. Vamos a ver si queda algo de las delicias de Laurent.

Pasó hora y media antes de que los primeros invitados empezaran a irse; dos horas antes de que se hubieran ido todos. Pero al final Edward tuvo que arrancar a Bella de una animada charla con su madre sobre lo bien que había resultado la fiesta.

Cuando llegaron al sendero que conducía al chalé privado de Bella, él tenía la intención de persuadirla de que pasara primero por el de él. Dos años atrás, cuando llegó allí, Charlie le había dicho que eligiera uno de los elegantes chalés. Escogió uno de un dormitorio. Hasta la fecha, Bella solo había entrado allí dos veces, una para invitarlo a darse un baño con ella en la piscina y otra para comunicarle que su madre lo invitaba a que se uniera a los Swan para tomar un cóctel antes de la cena. En ambas ocasiones solo se había quedado unos minutos.

-¿Te gustaría pasar por mi casa a tomar una última copa? -dijo cuidadosamente Edward. Lo último que deseaba en aquel momento era que ella se sintiera presionada sexualmente. Ya había ido demasiado lejos tachando la cláusula de los seis meses del acuerdo. Desde entonces había cuidado mucho sus movimientos, permitiéndose solo besos superficiales de saludo y unos cuantos besos de despedida delante de la puerta cuando por las noches la acompañaba hasta su casa. Sabía que no podía correr el riesgo de alarmarla.

Una semana más.

-De acuerdo.

El rápido asentimiento lo pilló por sorpresa. Quizá debería haberle hecho antes la invitación. Edward sintió una punzada de ansiedad. Existía la remota posibilidad de que ella fuese a aceptar sin aspavientos la atracción sensual entre ellos. Eso simplificaría mucho las cosas. Con firmeza, la guió hacia otro sendero, al que conducía a su chalé.

-Fuiste la reina de la noche -dijo él tras unos instantes de padres estaban muy orgullosos de ti. Alice y Rose estaban fascinadas. Les encantó la forma en que te metiste a todo el mundo en el bolsillo.

Bella suspiró suavemente.

-Todos los que aparecieron esta noche lo hicieron por dos razones. Una, quieren a mis padres y no deseaban ofenderlos, y dos, querían ver en qué me había convertido yo -lo dijo en tono seco, pero no amargo-. Puesto que pienso ocupar mi lugar en esta comunidad, tuve que darles una buena representación.

-No creo que haya sido una representación. Te encuentras en tu elemento tratando con la gente, Bella. Es espontáneo en ti. Los haces sentirse cómodos, haces que hablen. Es un don muy valioso. Me gustaría tener un poco. -Por lo que me ha dicho mi madre, tu talento para las finanzas y los negocios compensa con creces cualquier falta de habilidad con la gente que puedas creer que tienes.

-Muy diplomática -aprobó él-. ¿Te molestará, Bella?

-Molestarme, ¿el qué?

-Estar casada con un hombre que no se siente tan cómodo con la gente como tú. La contempló mientras consideraba la cuestión.

-No. Para serte sincera, creo que podría ser abrumador dos personas tan sociables.

-Tienes tanta inteligencia como encanto –murmuró él, reconociendo para sus adentros que la respuesta de ella representaba un cierto alivio.

-¿Es un cumplido? -preguntó ella en tono alegre.

-Es una observación que tu padre hizo esta noche.

-Ah, mi padre -ella asintió en silencio, complacida-. Se siente satisfecho con lo que he llegado a ser, ¿verdad, Edward?

-Mucho.

Tuvo la sensatez de no añadir que él mismo estaba complacido. Ella podría encontrar paternalista el comentario. Tenía que ser muy cuidadoso, muy controlado. Incapaz de resistirse, Edward le puso la mano en la cintura, buscando la sedosa piel donde el traje la dejaba al descubierto. Ella no se apartó. Recorrieron el resto del trayecto hasta la casa en silencio. La cálida noche los envolvía y el aroma de los jardines era potente y embriagador. Casi tan embriagador como el aroma de la mujer que iba a su lado, pensó Edward. Casi de modo inconsciente, movió la mano y sintió la delicada línea de la columna vertebral de ella allí donde desaparecía bajo la tela. Hizo un esfuerzo sobrehumano para no meter la mano por dentro.

-Me queda algo de coñac -dijo Edward al tiempo que abría la puerta principal y le daba paso.

-Estupendo. Cielo Santo, estoy agotada -soltando un delicado gemido, se dejó caer en el confidente de cuero negro que estaba delante de la chimenea. Como era verano, en la boca de la chimenea, habían colocado un ramo de flores secas. No era nada extraordinario. Las mismas doncellas que habían puesto flores en la chimenea de Edward, las habían puesto en las chimeneas de los demás chalés. En invierno, pondrían leña para las frías noches. Ventajas de vivir en un hotel de primera.

Por el rabillo del ojo, Edward vio que Bella se quitaba las sandalias de altísimo tacón que había llevado toda la noche. El pequeño gesto íntimo le indicó que ella se sentía cómoda. Un ligero temblor de inconfundible satisfacción lo recorrió. Terminó de servir el coñac y se lo llevó, pasando por encima de la alfombra de artesanía navaja.

Bella se enroscó en el asiento, metiéndose los pies por debajo de la falda. Agarró la copa, mirando a Edward por encima del borde.

-Por nosotros -dijo él, haciendo chocar suavemente su copa con la de ella.

-Y por el Hacienda -contestó ella, dando un sorbo a su bebida-. Ha sido una larga noche.

-Sí.

Edward se sentó junto a ella, rozando con su muslo la rodilla de ella. La sensación acrecentó la inquietud que él sentía, pero anhelaba el contacto. «Como un adicto», se dijo lúgubremente. «Cuanto más estoy cerca de ella, más la deseo».

Una semana más. Aquel pensamiento lo había estado rondando toda la noche.

-¿Crees que es necesario que vayamos unos días a Santa Fe, Edward? Después de todo estamos viviendo en el tipo de sitio a donde la gente va de luna de miel –dijo Bella en suave tono jocoso.

Él se quedó callado, contemplando el coñac. No era la primera vez que ella manifestaba dudas respecto a que se fueran de viaje. A él le habría gustado saber exactamente lo que ella pensaba. Cuando la besaba podía sentir el inicio de una reacción, pero no había forma de saber si ella cedería a esa reacción la semana siguiente, el mes siguiente o seis meses después. Era posible que Bella Swan hubiera sido en un tiempo una criatura de impulsos apasionados y rebeldía belicosa, pero Edward sabía que ella ahora se dominaba con vigor y determinación. No podía ser otro el precio de su triunfo en California y su fría serenidad. Pero él tampoco habría llegado a donde estaba de no haber pagado el mismo precio. Y en su caso, con más riesgo. No contaba con una familia rica que lo recogiera en caso de fracaso. Como Bella, sabía conseguir lo que se proponía, pero a diferencia de ella, había jugado más rudamente.

-Tu familia espera que nos vayamos unos días -señaló él, esgrimiendo el argumento más poderoso de que disponía. Ella parecía tan ansiosa por complacer a su familia... ¿Estaría algún día tan ansiosa por complacerlo a él?-. Lo mismo que el personal.

-Supongo que sí -se encogió de hombros-. Creo que puedo soportar Santa Fe por unos días. No he conocido ciudad más empeñada en ser pintoresca y encantadora, excepto Carmel. Podemos recorrer galerías y asistir a algunos conciertos. Puede ser un respiro agradable para los dos antes de volver y prepararnos para la temporada alta.

Edward levantó la cabeza, expresando en su cara parte de la molestia y frustración que no era capaz de reprimir del todo.

-Esperaba que fuera una luna de miel, no un respiro.

-Edward...

-Bella, te he dicho que no voy a obligarte a nada. Pero a cambio, espero que dejes que las cosas se produzcan naturalmente.

-«Naturalmente» para un hombre por lo general significa meterse en la cama en la primera ocasión, ¿no?

Estaba de broma, pensó él. Era imposible saber exactamente lo que ella pensaba. Las únicas ocasiones en las que él confiaba en su interpretación de las emociones de ella, era cuando la tenía en sus brazos. Sintió la tentación de penetrar en las barreras de serenidad y confianza en sí misma.

-¿Por qué te resistes, Bella?

-Porque hay algo en ti que no termino de comprender. Algo que no sé de ti. No puedo explicarlo más claramente. Solo sé que necesito tiempo.

Él dominó la impaciencia que sentía y le acarició la mejilla.

-También hay cosas que yo no sé o no comprendo de ti. Pero creo que si somos sinceros el uno con el otro en ese nivel... -dejó la copa a un lado, se inclinó hacia ella y le rozó intencionadamente los labios-. Creo que si somos sinceros en este nivel -continuó con voz enronquecida-, el resto viene solo.

Apartó un poco los labios, y observó la emoción que afloraba a los ojos color chocolate. Ella lo deseaba, se dijo él, exultante. Lo único que tenía que hacer era encontrar la forma de liberar la represión que ella se había impuesto. Quería liberar a la rebelde apasionada que debía haber en su interior. Deliberadamente, volvió a posar sus labios sobre los de ella, deleitándose en el ligero temblor que la recorrió. Los de ella sabían a dulce promesa femenina y a coñac, a la calidez de la noche cerrada y a barreras no tan firmes. Y cuando metió la lengua entre los dientes de ella, Edward supo que saboreaba el comienzo de la pasión. Lentamente se echó hacia ella, le quitó la copa de las manos sin apartar la boca de la suya. Ella hundió los dedos en la tela de su chaqueta y, cuando él gimió, metió las manos por dentro.

-Me gusta sentir tus manos en mi cuerpo -murmuró él sobre su boca-. Me encanta.

-Edward...

-Tranquila, cariño. Iremos despacio. Lenta y suavemente. «Pero iremos hasta el fin», se juró en silencio mientras el deseo alimentaba el fuego que había estado bullendo en él toda la noche. Llegarían hasta el final, por completo. Y cuando hubieran terminado, ella le pertenecería. Manteniéndole la boca suavemente cautiva, empezó a explorar la atrayente curva que se formaba allí donde la garganta y el hombro se unían. Era intrigantemente vulnerable en aquel punto. Al contacto, se retorció un poco, no estaba seguro si como reacción o como invitación. La suave curva de sus pechos se oprimió contra él y Edward tuvo la certeza de que el atrevido vestido no llevaba sujetador incorporado. Pero ya le echaría después un sermón sobre el traje. Por el momento estaba disfrutando mucho de su atavío. Se acercó más a ella, deseando sentirla cuan larga era bajo él. Ella pareció hundirse obedientemente en el confidente de cuero, adaptando su suavidad a los dedos planos y ángulos de él. Abriendo la boca sobre la de ella, la invitó a entrar, y cuando la lengua de ella aceptó vacilante la sensual invitación, a Edward se le aceleró el pulso. Frenando el impulso de hacerle jirones la seda del vestido, metió la mano por debajo, buscando la dulce redondez del pecho. La sintió contener el aliento cuando él le rozó tentadoramente el pezón endurecido.

-Eres tan maravillosa -murmuró él. La urgencia de ver la curva fascinante que estaba acariciando hizo que le bajase los tirantes del traje de seda. Unos minutos después, Bella estaba desnuda hasta la cintura. Edward sintió una gran duda en ella y levantó la cabeza para encontrarse con la mirada velada e interrogante de ella.

-¿Te gusta que te acaricie, Bella? -con el pulgar le frotaba ligeramente el pezón.

-¿No es obvio lo que me hacen tus caricias?

-Me gustaría oírtelo decir -dijo él con voz ronca, consciente de su propia urgencia.

-Sí -dijo guturalmente ella-. Me gusta que me acaricies -le pasó los brazos por el cuello en brusca exigencia, y un gemido ronco salió de los labios de Edward cuando ella tiró de la cabeza de él hacia la suya. Con la cabeza dándole vueltas de placer anticipado, Edward hundió los labios en la garganta femenina y le tomó la punta de uno de los pechos con el pulgar y el índice. Ella dio un respingo al sentir la caricia y él supo que estaba cada vez más excitada.

-Si estás así de sensible ahí, me consume la impaciencia por saber lo sensible que estás aquí -le soltó el pecho y bajó la mano hasta la cintura y más allá.

-jEdward! Oh, Edward... -arqueó el cuerpo y él dejó que el calor de su palma se fundiera con el calor del cuerpo de ella. La fina barrera de la seda no era suficiente escudo.

-Dios mío, mujer. Vas a volverme loco. Mira cómo me has puesto -impulsó la pelvis hacia los muslos de ella, dejándole sentir su punzante dureza-. Te deseo Bella. Te deseo con todas mis fuerzas.

Edward, yo... -sacó la lengua menuda para humedecerse los labios entreabiertos mientras trataba de encontrar las palabras-. No podemos. Todavía no. Es demasiado pronto.

-¿Cómo puede ser demasiado pronto cuando nos deseamos tanto? -tratando de que se diera cuenta de la pasión creciente en ambos, le metió la pierna entre los muslos, subiéndole el vestido y dejándole al descubierto la blanca piel de los muslos. Le hizo una caricia en la cara interior de la pierna. Ella jadeó y se revolvió bajo él.

-Edward, prometiste que no me meterías prisa -dijo con voz tensa.

-Tenemos toda la noche. No te meteré prisa. Te lo juro.

-No, Edward.

Él sintió la fuerza de voluntad de ella se sobreponía a la pasión creciente. La sintió y la respetó, pese a que deseaba hacerla suya. Podía, se dijo. Podía ahogar sus protestas con besos, quitarle el vestido y tomarla. Ella respondería. Terminaría respondiendo. Toda esa pasión escondida en ella saldría a la superficie si él pudiera destruir la barrera de sus dudas. Ella todavía tenía la piel caliente y húmeda de caricias. Un poco más...

-Hablo en serio, Edward. Por favor, déjame ir -lo dijo como si realmente no esperara oposición. Como si creyera que solo necesitaba ponerse firme para que él retrocediera. Tenía plena confianza en su habilidad para conseguir que él se comportase como un perfecto caballero.

Saber que ella tenía razón, que él se plegaría a sus decisiones aquella noche, fue salvajemente frustrante.

-Maldita sea, Bella, podría haber sido tan maravilloso.

-No esta noche.

Él vaciló, buscando desesperadamente argumentos válidos, una lógica sensual que le hiciera reconsiderar su decisión. Pero no había nada que pudiera utilizar, a no ser pura fuerza física, y eso no era una opción.

Aceptando lo inevitable, Edward se apartó y se sentó. La copa de coñac medio vacía le llamó la atención, así que la agarró y apuró su contenido mientras Bella se arreglaba la ropa. Lúgubremente, dejó que el fuego del estupendo brandy combatiera el fuego del deseo insatisfecho, curioso casi de forma impersonal por ver cuál ganaba la batalla.

-Será mejor que me vaya -Bella terminó de ajustarse el vestido y se puso de pie. El pelo echado hacia adelante le ocultó la expresión por unos instantes críticos. Cuando se puso el pelo detrás de las orejas, su rostro había recuperado la calma y el sosiego. Solo en la mirada se apreciaban restos llameantes de pasión.

-Te acompañaré a tu casa.

-No es necesario. Los vigilantes hacen su ronda, y Dios sabe que no se cometen muchos delitos por aquí -le recordó con decidida despreocupación. Se pasó ligeramente la mano por el pelo y se encaminó a la veré en el desayuno, Edward. Papá y mamá querrán seguir hablando sobre la fiesta y estoy segura de que desean tu compañía.

-Te acompaño a tu casa, Bella. -Edward se puso en pie, se adelantó a abrirle puerta y tomó a Bella de la muñeca. Si ella podía recuperarse tan rápidamente, él también, aunque se estuviera muriendo-. No quisiera que pensases que no soy todo un caballero.

-Nunca se me hubiera ocurrido semejante idea -aseguró ella sin mucho énfasis.

Él la acompañó en silencio por los jardines y la dejó delante de la puerta, tal como ella deseaba. Permaneció callado en las sombras mientras ella se despedía con una sonrisa y entraba. En vez de marcharse enseguida, espero a oír que pasaba la llave.

¿Cerraba siempre con doble vuelta o se protegía de él en particular?

Una semana más.

Al darse la vuelta, a Edward se le ocurrió que una parte de él deseaba que ella hubiera cerrado con llave por cierta cautela primitiva hacia él.. Quería que ella pensara en él esa noche, que recordara la pasión que había surgido entre ellos. No quería que se metiera en la cama y soñara con llevar las riendas del Hacienda Swan. Si ella había cerrado con llave podría significar que no podría sacárselo de la cabeza aquella noche.

Una semana más y sería su esposo y estaría en condiciones de cerciorarse de que él fuera lo último en que pensara todas las noches.

Aquí esta el siguiente capi espero que os guste

gracias