- Mi meta es que te sientas tan cómoda conmigo como te sientes con André.- dijo Fersen tendiéndose en la cama de sábanas blancas, poniendo los brazos tras la cabeza. Oscar, que estaba vestida, agazapada en la silla más lejana de la cama, y muda, asintió levemente, como si todas sus vértebras se hubieran vuelto un solo hueso.

André entró abriendo la puerta de golpe como si esperase una escena espectacular: para su alivio, el único en la cama era Fersen, que parecía muy cómodo descalzo y con la camisa desabotonada, mientras que Oscar estaba tan relajada como si Fersen fuera la bestia de Gevadaún metida en su cuarto.

- Traje la cena.- dijo André, colocando unos platos cubiertos en la mesita a los pies de la cama.- Oscar, ven a comer, no pruebas bocado desde la tarde.-

- Mm, cerezas al azúcar.- dijo Fersen echándose una a la boca y observando a Oscar mientras la mordía, el jugo enrojeciéndole los labios. Se los lamió, esbozando una ancha sonrisa mientras tragaba, y Oscar se retrajo detrás de la silla mientras André bufaba.

- Por el amor de Dios, Fersen!-

- Qué? Es pecado animar las cosas?- Fersen se tragó la cereza al fin.- Me estoy sintiendo un poco ofendido. Normalmente cuando me quedo en una habitación femenina, no estoy solo en la cama... y no me miran como si fuera un erizo.-

- Fersen.- dijo secamente Oscar, poniéndose más seria.- Me vas a hacer el hazmerreír de Francia cuando nos casemos, verdad?-

- Te refieres a si seguiré saltando en cama en cama? No; te doy mi palabra. Ya te dije que mis votos serían verdaderos. Sólo estoy bromeando.- dijo él sentándose y sonriéndole. La magia de su sonrisa siempre tenía el don de calmar los nervios de Oscar, que salió de detrás de la silla y se sentó a los pies de la cama, junto a Fersen, para coger un panecillo de la bandeja.- ven, sírvete un té y trata de relajarte.-

André le arrebató la taza y le preparó un té a Oscar, cargado y con limón como a ella le gustaba, ostensiblemente dejando al sueco prepararse el suyo propio. Oscar inhaló el té y le dio un sorbo, y luego le sonrió a Fersen con cierta timidez.

- Me estoy portando como una niña, verdad?-

- La inocencia tiene su seducción. A mí me parece muy afrodisiáco.- soltó Fersen, con lo que Oscar sacó té por la nariz y André lo miró indignado.

- Lo haces a propósito!- ladró el sirviente, Oscar enjugándose con una servilleta monogramada.

- Por el amor de Dios, es que nunca has tenido un novio? Un amigovio? Algo?- barbotó Fersen, abrazando un cojín en el regazo como si fuera un peluche y acomodándose como para intercambiar secretos.- Oscar, yo a los trece ya no había nada que enseñarme… yo pensaba que tú y André compartían su compañía desde adolescentes.-

- Siempre hemos estado juntos…- dijo Oscar con firmeza, mientras André empezaba a sonrojarse al darse cuenta adónde quería ir Fersen, lo que Oscar, mojigata como era, no se había enterado.

- Entonces, porqué te espanto tanto…?- Fersen empezó a perder la seriedad al ver la cara en blanco de Oscar y la cara furiosamente roja y cada vez más suplicante de André.- Aah. Me refiero, querida Oscar, a que André podía ayudarte a liberar tus frustraciones…-

- Sí, hace eso.- dijo ella asintiendo enfáticamente.- Practicamos esgrima cuando tengo un día malo.-

- No te atiende cuando hace frío?- Fersen sabía que se iba a ir al infierno por ser tan malvado, porque André empezaba a verse miserable en serio.- Se ocupa que no te resfríes?-

- Por supuesto, siempre se preocupa que esté calentita, verdad André?- Oscar los miró a ambos sin entender.- A qué viene esto?-

Fersen al fin tuvo compasión cuando André ya empezaba a retorcer el asa de hierro de la tetera entre los dedos engarfiados.- Oscar, muchos nobles que no desean tener relaciones con otros nobles, desfogan sus necesidades físicas con sus sirvientes. Como nunca te he visto con otra persona que no sea André, pensé que era tu amante…-

André contuvo el aliento, petrificado, sonrojado y mudo. Esperó que Oscar explotara en furia: no lo hizo. Esperó que quizá, se quedara tan roja y avergonzada como estaba él: no lo hizo. Pero la voz de Oscar fue tranquila y resuelta, aunque tintada de acero.

- Fersen, si crees que soy el tipo de persona que fuerza a otra persona que no puede negarse debido a su posición a permitirse ser usada de esa forma, es que no me conoces.

- Sé con quién estoy intentando casarme.- dijo Fersen tras una pausa en voz baja, y aunque miró un momento a André, que volvía a colores humanos, acabando de servirles esa especie de cena y merienda, se volvió a Oscar, sentado muy cómodo en la cama con las piernas cruzadas. – No te ofendas. Es que me parece increíble tanta decencia en la corte de Francia, cuando aquellos que nos critican a María Antonieta y a mí tienen tanto más de lo que responder.- agregó, mordiéndose los labios. André inspiró y al fin le preparó un té, mientras Oscar, más calmada, miraba por la ventana y se acababa el suyo con un gesto resuelto.

- Muy bien, lo que hago, lo hago bien y de una vez o no lo hago. Fersen, qué es lo que propones para acelerar la capitulación de mi padre?-

- No tienes que forzarte.- dijo Fersen amablemente. – Pero quisiera verte más cómoda. Con que pase la noche en tu cuarto bastará para que a tu padre le dé un soponcio, pero lo que me gustaría es que me des tu mano.- dijo extendiendo la suya. Oscar dejó su taza en el marco de la chimenea y le entregó su mano, que Fersen tomó entre ambas suyas y la llevó a sus labios. Oscar se tensó, pero no la retiró, y aunque por un momento frunció el ceño, luego se relajó y permitió que su mano quedara entre las de él.

- Tenemos que hacerlo creíble, supongo.- dijo ella en voz baja.

- Eso mismo.-

André, que estaba tenso como una resorte en la esquina del cuarto, se giró con la bandeja en un movimiento violento, listo para salir. Pero la voz de Fersen sonó conciliadora, casi cálida.

- André… no te vayas. Siento si te ofendí.- agregó soltando a Oscar y levantándose la cama, su cuerpo de raza, esbelto y delicado ágil al colocarse frente a André. El conde sueco era más alto, de miembros más largos y rostro más cincelado: André era más ancho de hombros, y se movía con más destreza, pero estaban casi a la misma altura con el conde descalzo, los dos de pie en la alfombra.- Sólo quiero saber si alguna vez has dormido con Oscar.-

André se puso color ladrillo y dio un paso brusco que hizo tintinear todas las porcelanas, pero la voz de Oscar sonó tranquila.

- Varias veces mientras éramos niños, y en algunas ocasiones nos hemos quedado dormidos charlando frente al fuego o bebiendo… una vez acabamos dormidos en el suelo junto a mi bañera. Porqué preguntas, Fersen?-

- Eso pensé.- dijo Fersen, clavando ojos grises muy tranquilos en los de André, que de súbito parecía avergonzado.- Ya que en su compañía no te sientes amenazada, sugiero que se quede esta noche. Podemos beber y charlar hasta que nos dé sueño, y así te acostumbrarás a que yo tampoco soy ninguna amenaza.- acabó, yendo a avivar el fuego.- Qué te parece mi idea, André?-

André parpadeó, sin saber si quería asesinarlo o agradecerle: así que salió a escape, llevándose lo que quedaba de la comida. Oscar, que los miraba con algo en los ojos, se quitó el casacón que llevaba y las botas, y tras una pausa, se abrió el cuello de gasa que decoraba sus hombros.

- No alteres a André, Fersen. No te perdonaré si intentas tomarle el pelo.- dijo de pronto, con una voz mucho más ronca y peligrosa. Fersen, que la miraba de reojo sólo extendió su sonrisa antes de volver a la cama y tenderse en un costado cuan largo era, con algunos movimientos como para probar su blandura: y mirándola desde debajo de su flequillo, habló con voz calmada.

- Es a ti a quien voy a tener el derecho legal de tomar el pelo, Oscar.-

Oscar soltó la risa, y Fersen se le unió. Cuando al fin se acercó, un poco lento, y se sentó junto a él en la cama, a los dos aún les bailoteaban los ojos de risa, y cuando sus manos se encontraron, ninguno de los dos se dio cuenta que sus dedos se habían entrelazado.

El amanecer los sorprendió profundamente dormidos, y fue con esfuerzo que André emergió del profundo sueño al oír lejos la campanada del reloj del corredor anunciando las seis de la mañana. El fuego se había acabado, y una tenue luz rosa era todo lo que le permitía orientarse en la habitación: pero cuando intentó moverse de pronto se congeló, porque la memoria le había despertado tarde y sólo entonces se dio cuenta en dónde había dormido.

Tendidos a través de la cama, Oscar estaba dormida a su izquierda, su pecho contra su brazo, la cabeza rubia hundida en su mar de rizos recostada contra su costado, sus rodillas contra la suya, los brazos aferrando el suyo con infantil posesión. Y a su derecha, Fersen roncaba suavemente, extendido como una estrella de mar, sus piernas enlazadas a la suya, un brazo sobre los ojos y buena parte de su camisa desabrochada enredada a la altura del cuello.

Sacré Dieu, cuánto habían bebido la noche anterior?!

- Fe... Fersen... Conde Fersen.- se corrigió, sintiendo que tenía la cabeza llena de agua y que en cualquier momento las ideas se le ahogarían como pajaritos.- ...tiene que irse... el general sale a las siete, si no se va ahora no valdrá la pena...-

- De acuerdo, ya voy...- balbuceó Fersen, sentándose en la cama y mirando alrededor con la expresión perdida de un niño de cinco años tras la primera siesta en la guardería. Un momento luego estaba buscando sus botas, con tal jopo de pelo despeinado que André supuso cruelmente que iba a hacer que el peinador de la Reina se muriese de envidia respecto a su altura.

- Tu casaca, póntela!- André se la quitó tras verlo observarla como si no supiera qué extremidad meter en los hoyos y se la puso él mismo, antes de sentarlo de un tirón en la cama para ponerle las botas. Fersen lo miró ahí de rodillas ayudándolo, y luego paseó su mirada aún adormecida por Oscar, que se había vuelto un gatito y envuelto en su propio edredón.

- Es muy bella cuando está tan quieta... si la vieras así siempre, nunca dudarías que es una chica.- dijo Fersen dulcemente, apartándole el cabello y besando su frente. André le apretó más de lo necesario la correa de la bota de tacón, pero el conde se enderezó de inmediato y frotándose la cara fue hacia la puerta, abriéndola una rendija para asegurarse si el general ya estaba despierto.

- Tienes que moverte rápido, que el General es muy bueno con la espada.-

- La idea es que me vea!-

- La idea es que no te mate!-

-...-

Fersen asintió y se preparó para salir corriendo con la camisa artísticamente desabrochada, pero André le agarró el brazo.

- Qué ahora?-

- … Si la comprometes ahora no habrá marcha atrás.- susurró André con voz lenta pero urgente.- Espero que hayas pensado bien lo que estás haciendo.-

Las cejas de Fersen se fruncieron, primero desconcertadas, luego coléricas, y finalmente comprensivas.

- Parafraseando a Oscar, si crees que la dejaría en la estacada a ser el hazmerreír de Francia, no me conoces.-

- Se lo hiciste a Elinor Crawford!-

- No a ella.- dijo Fersen, soltándose al oír al General emerger por el pasillo bostezando.- Nunca a Oscar. No se te ha ocurrido nunca, André, que puedes amar a más de una persona a la vez?-

- Eso no es amor.- respondió André muy seguro.- El amor es exclusivo!-

Fersen no respondió, lanzándose por el pasillo, el bramido de furia y la persecución subsiguiente del General haciendo retemblar la casa y despertar hasta a los pichones del tejado. Pero mientras Fersen huía como un zorro a lomos de su potro blanco, André se volvió, sintiendo un temor extraño en la base de su estómago, quieto allí mientras Oscar se volteaba dormida, hundía la cabeza en la colcha y con un gruñido se envolvía completamente en la tela, su sueño profundo. André se dejó caer en la cama y se sentó junto al bulto inconsciente, y le acarició lo que parecía la cabeza, contando una cuenta regresiva. Por supuesto, era cuestión de tiempo antes de que...

- OOOOSCAAAAAR!-

Solamente el que la cena con los pretendientes se hubiera programado para esa tarde evitó que el general convirtiera a Oscar en una berejena rubia, pero su furia era tal que tomó toda la persuasión de Herminde de Jarjayes que no desinvitara a Fersen. ( o fuera a desinvitarlo con un hacha)

Mientras en la casa Hermine supervisaba los preparativos, que incluían un vestido para Oscar ( al que Fersen le había aconsejado no resistirse, para suavizarle el ánimo al General) la coronel y su fiel sombra se habían largado a Versalles a cumplir sus tareas, tras una escapada no menos veloz que la de Fersen, escapada que tenía los rizos de Oscar en un estado tan lastimoso que se los había atado con una cinta.

- … y Gérard de Louville está en cama con gripe, por lo que he puesto a su hermano Mountjoy a suplirlo.- dijo Girodelle cerrando el libro en donde se registraba la minucia de la Guardia.- Comandante, se encuentra bien?-

Oscar asintió y ahogó un bostezo. Aprovechando el tiempo soleado, Girodelle había dado su informe junto a una de las fuentes del jardín, y Oscar lo había escuchado sentada en su margen, disfrutando del dulce perfume de las rosas. Ahora se humedeció la mano en la fuente y refrescó sus sienes, preguntándose cómo iba a mantenerse despierta esa noche en la cena.

- Pasó una mala noche, mi estimada Comandante?-

- No, Girodelle... y mejor no preguntes más.- dijo Oscar secamente.- Me parecen muy bien las decisiones que has tomado, excepto la de colocar a Mountjoy frente a la cámara de la princesa de Lamballe: te garantizo que antes de mañana le habrán dado una paliza por sus atrevimientos. Cámbialo por Leon Villiers, que está a medio rosario de hacerse abate, y ocúpate que el paseo al atardecer de la Reina esté bien vigilado. Yo tengo que retirarme temprano hoy.-

- Se lo encargaré a Stefano. Yo también debo retirarme temprano hoy, si me lo permite.-

Oscar se volvió a Girodelle, cuya cara muy seria era extremadamente formal.- No me lo habías dicho. Para qué necesitas el permiso? Está todo bien?-

- Necesito cambiarme de traje para asistir a una cena.- dijo Girodelle, mirándose los pies. Oscar abrió la boca para preguntar cuál pero se atragantó al darse cuenta, y se quedó boquiabierta, mientras Girodelle parecía completamente incómodo.

Así los encontró Andre, que los miró desconcertado un momento.
Desde el duelo que los habìa presentado, Girodelle se habìa tomado con marcado buen humor el haber sido derrotado por una mujer, y con la misma gracia la había aceptado como su superior, sin jamás hacer un comentario peyorativo o irrespetuoso, a pesar de que tenía una lengua afiladísima: lo habían escuchado virtualmente mutilar al conde Mirabeau por un chiste sobre su pelo,y Girodelle, que era un presumido de cuidado y se pasaba horas arreglándose para estar siempre a la última moda, había retrucado con un comentario tan cruel y agudo sobre Mirabeau que al augusto conde aún lo llamaban "Conde cara de "
Sin embargo, con Oscar siempre era agradable, alegre e ingenioso: era un compañero agradable y relajado, sin que siquiera la permanencia de André incluso en las reuniones de la Guardia le hiciera levantar una ceja. Girodelle parecía un petimetre, y lo era: y Oscar lo había reprendido alguna vez por su excesiva superficialidad y su obvio desprecio por los convencionalismos: pero siempre era ùtil tener a un experto en los rumores de palacio y en las modas, que cambiaban tan rápidamente como los gustos caprichosos de María Antonieta lo permitían.
Girodelle siempre había parecido despreocupado y predecible, pero ahora había sorprendido tanto a oscar que no sabía qué decir ni qué cara poner.