Disclaimer: Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece.

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Hola, ¿cómo están? Espero que bien. Bueno, como prometí, y como todos los días, acá está el capítulo 3 de esta historia; la cual no sé como habrá resultado hasta ahora, pero espero que hasta el momento les esté gustando... y en fin, no voy a aburrirlos más. Como siempre, quería decirles gracias a todos aquellos lectores. Y más aún a aquellos que se toman la molestia de hacerse conocer por medio de sus opiniones. ¡Gracias! De verdad. Y ya saben, cualquier cosa o duda, o cualquier crítica constructiva que tengan siempre será aceptada con gusto. Con tal de mejorar. Espero este capítulo les guste... Nos vemos y besitos.


El legado de Viento y la voluntad de Fuego


III

"Control"


Contempló bajo sus largas pestañas índigo el carmín del ocaso reflejado en sus ojos níveos. Sobre sus cabezas, el cielo parecía un lienzo blanco coloreado con cientos de pinceladas que oscilaban entre las tonalidades de los anaranjados, los áureos, tonalidades rosadas y carmesíes. Bajo sus pies, el calor de la arena dorada se desprendía lentamente y se elevaba para mezclarse con el aire freso característico de la noche del desierto, creando un ambiente ideal en lo que a temperatura refería. Habitualmente, el desierto era adusto. Durante el día, su calor abrasador era cruento y hacía casi imposible el desplazarse por este o por la aldea sin correr el riesgo de sufrir un golpe de calor o una insolación (lo cual sucedía a menudo cuando no se utilizaba la túnica adecuada). Durante la noche, el frío era tal que se calaba hasta los huesos. Sin embargo, había un punto medio, un instante. Dos, realmente, y esos eran el amanecer y el atardecer. Y Hinata debía admitir que ambos se habían convertido en sus momentos del día favoritos en el desierto. En Konoha, siempre había sombra bajo los árboles de los bosques y la brisa soplaba constantemente por lo que no había de qué preocuparse: Cada instante era adecuado para entrenar, para descansar o para pasear por la aldea; cada instante era agradable. Aquí, por otro lado, no. Aún así, Hinata no podía decir que le disgustaba. El paisaje durante esos efímeros momentos era lo suficientemente bonito como para compensar todo lo demás. Aunque, debía admitir, era algo triste el no poder ver flores coloridas como solía haber por doquier en su hogar. O la presencia de aves y animales, o la fresca corriente de un arrollo acompañando el camino donde pudiera mojar sus pies.

La voz de Shikamaru, que hasta el momento había permanecido silente, la sacó de su estado de fascinación con el colorido firmamento y de repente el dónde estaban y hacia donde se dirigían se hizo demasiado real, demasiado obvio y un poco atemorizante —Ahí está la entrada.

Aún así, intentó disimularlo. Intentó ocultar su nerviosismo. No obstante, sabía que estaba fallando terriblemente en el intento. Estaba temblando, si bien ligeramente, y su rostro había palidecido repentinamente. Además, estaba demasiado conciente –una vez más- de sí misma. De su cuerpo, del sudor rodándole cuesta abajo por la nuca y de las gotas que emanaban de las palmas de sus manos, de que sus pasos eran más pequeños conforme se acercaban a la entrada de la aldea y de que su boca se había secado, y probablemente hacía demasiado ya que permanecía de esa forma. Asimismo, no podía dejar quietas sus manos, y se entretenía aferrándose al dobladillo de su chamarra y tirando de este hacia abajo, jugando nerviosamente, doblándolo y alisándolo; hasta que una mano se posó sobre la de ella, deteniéndola al instante.

Al voltearse, notó que se trataba de Kiba, quien miraba fijamente hacia delante, con la mandíbula ligeramente tensa —Deja eso.

—L-Lo siento... —se disculpó, sintiendo una suave calidez escurrirse bajo la piel de sus mejillas.

El Inuzuka chasqueó la lengua —¡Pff! ¿Por qué te disculpas? Yo solo lo decía por ti, ¿verdad Akamaru? —en respuesta, el animal blanco soltó un gran ladrido.

Hinata asintió, sonriendo ligeramente. Kiba tenía razón, no debía continuar actuando de esa forma. No debía continuar comportándose como una tonta. Aún así, era difícil. Era difícil concentrarse en sus pensamientos de ánimo cuando su corazón colapsaba tan violentamente contra sus costillas que resonaba en sus oídos. Era difícil pensar e intentar tranquilizarse cuando estaba prácticamente hiperventilando. Y la situación empeoraba a medida que estaban más y más cerca de la entrada de la aldea. Y estaban cerca, ya no podía intentar pretender que tenía tiempo, no cuando las formaciones montañosas a ambos lados de la entrada proyectaban una enorme sombra sobre ellos. Y-Yo puedo... Se dijo, alzando con cierta vacilación el mentón. No cruzaría el límite apocada, no era esa la impresión que quería dar a penas tuviera la oportunidad de verlo. No quería volver a lucir como la pequeña niña que no quería el mundo porque era tenebroso y ella era pequeña y débil y temía ser aplastada. Esa ya no era ella. Había empezado a dejar de serlo el día que había intentado proteger a Naruto de Pain, a pesar de saber que seguramente moriría, y había dejado de serlo definitivamente el día que Gaara se había marchado, un año atrás. Y aún cuando sabía que la niña continuaba allí, dentro de ella, porque jamás sería capaz de arrancarla, porque era parte de ella, se había prometido mantenerla encerrada, enterrada. Se había prometido no volver a ser esa niña nunca más. Y no lo sería.

Con algo más de confianza, miró al frente; solo para sentir al instante una pequeña oleada de tristeza y decepción al no verlo. No estaba. Por más que mirara y mirara, no podía verlo. Allí, en la entrada, solo se encontraban dos guardias, y Temari y Kankuro aguardándolos, probablemente tras ser comunicados de que llegarían a esa hora. Sin embargo, intentó lucir menos desanimada. Con su padre, en su casa, se había vuelto casi una experta en lucir que no estaba abatida, que estaba bien, aún cuando no lo estaba del todo. Y ese instante particular no sería la excepción. Después de todo, no era únicamente obvio que él estuviera allí, no era imperativo que fuera a estarlo, ya que como Kazekage probablemente estaría ocupado en asuntos de la aldea, y no tendría tiempo alguno para ir a recibirlos. Además, no era como si el campo que pisaban estuviera libre de minas o despejado. Desde aquella vez, hacía un año, solo había vuelto a verlo vagamente en un par de ocasiones, y ella no era realmente alguien importante. Solo ella, solo Hinata.

Al acercarse, los guardias hicieron una leve reverencia dirigida a todos y algo más particularmente a ella, lo cual la hizo sentirse bastante incómoda. ¿Por qué hacían eso? —Bienvenido equipo de Konoha, Hinata-sama.

Los ojos blancos de la joven Hyuuga se abrieron desmesuradamente y el rubor comenzó a amontonarse rápidamente en sus redondeadas mejillas, tanto que el rostro le ardía. ¿Acaso habían dicho lo que ella había oído? H-H-Hinata...-sama? —¡N-No...! Yo n-no... por favor s-solo... ummm... s-solo H-Hinata... Yo n-no... soy... i-importante...

Kankuro, que había observado todo en silencio con una gran sonrisa socarrona, soltó una ruidosa carcajada. Temari, a su lado, negó con la cabeza. Por supuesto que decirle a los guardias que la llamaran de esa forma había sido idea de Kankuro, solo para fastidiarla y hacerla avergonzarse. Y, debía admitir, que había cumplido exactamente su cometido. La pobre chica estaba tan roja que parecía haberse insolado, en vez de estar únicamente sonrojada —Kankuro... —le reprochó, cruzándose de brazos. Este pareció calmarse ligeramente, al punto de dejar de reír pero sin borrar la sonrisa arrogante de sus labios pintados de morado.

Hinata, nerviosa, se removió en su lugar. Si había tenido, en algún momento, algo de coraje éste se había desvanecido por completo en ese preciso instante —Yo... e-esto... Buenos días, T-Temari-san... Kankuro-san...

Ambos asintieron. La rubia, por otro lado, sonrió de lado al ver al joven miembro del clan Nara —¿Cómo estás, bebé llorón?

Shikamaru metió ambas manos en sus bolsillos —¡Tsk! Las mujeres son tan problemáticas... no pueden olvidar algo que pasó hace mucho tiempo...

Temari solo continuó con la amplia sonrisa plasmada en su rostro. Eso, hasta que Naruto atrajo la atención de todos decidiendo hacer la pregunta que Hinata misma tenía en su cabeza pero que jamás se animaría a preguntar, no en voz alta. De hecho, se sonrojaba de solo imaginarse a sí misma vocalizando sus dudas —¡Oy, ¿dónde está Gaara?

Kankuro se encogió de hombros, contemplando de lado hacia las calles de la aldea —Ya debería haber venido... se debe haber retrasado...

¿R-Retrasado...? Entonces... G-Gaara-kun, ¿v-vendrá? Pensó, intentando disimular el rubor y la ligera sensación de alivio que la invadió. Pero antes de que pudiera siquiera despejar el pensamiento de su cabeza, algo impactó bruscamente contra su pecho. Parpadeando, notó una pequeña pila de papeles que Temari había forzado contra ella. Dubitativa, alzó la mirada a la altiva rubia —¿T-Temari...-san...?

Esta sonrió de lado, de forma torcida, como habitualmente solía hacer —¿Sabes? Gaara se retrasó. ¿Puedes llevarle esto? Nosotros debemos indicarle al resto de tu equipo donde se alojarán.

La piel comenzó a arderle una vez más —¿Y-Yo?

Temari asintió, ignorando la mirada desconfiada de Shikamaru. ¿Por qué era que las mujeres tendían a hacer ese tipo de cosas? ¿Involucrarse aún cuando no se les era requerido? Pero, suponía, también que era inevitable. A Temari, como a Ino, cuando algo se les metía en la cabeza nada ni nadie se lo sacaba. Y él menos que nadie era capaz de disuadirlas. Simplemente no tenía el don, y era demasiado problemático —Claro, ¿puedes?

—Y-Yo... esto...

Naruto, una vez más, parpadeó desconcertado —¿Huh? ¿Por qué Hinata?

Y esto fue suficiente para disparar la temperatura de su piel a niveles ridículos una vez más. Kiba, al lado de la chica, se abofeteó la frente indignado. Sabía que Naruto era despistado, ¿pero podía ser acaso tan idiota? Lo había creído imposible, pero ahora empezaba a creer que había estado equivocado —¿En serio, un año y todavía no te das cuenta? ¡Cielos, ¿cuan estúpido puedes ser?

—¡K-Kiba-kun! —exclamó, avergonzada; pero este la ignoró, así como tampoco le prestó atención alguna Naruto.

—¡¿A quién le dices estúpido, perro-ttebayo?

—¡¿Qué dijiste?

—¡Perro-ttebayo! —repitió. Y Hinata, presintiendo un momento incómodo, tomó los papeles, hizo una reverencia cordial a ambos hermanos de la arena, a los guardias, se despidió de su equipo y se marchó, dejando atrás los gritos e insultos que Kiba y Naruto se proferían mutuamente. Sin embargo, cuando estuvo lo suficientemente lejos de todo, se detuvo y nerviosa, tamborileó con los dedos sobre los papeles. A su alrededor, cientos de personas en túnicas de diferentes formas, tamaños y colores, iban y venían por las calles de la aldea. Algunas, al notarla, al notar su protector, se quedaban observándola por un instante con curiosidad pero luego retomaban su rumbo. Ella, por otro lado, no pudo retomar el suyo. Al menos no por unos instantes. Necesitaba calmarse, recuperar el aliento, intentar recuperar también el color natural de su piel pálida y armarse de valor. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo había visto, y desde aquella vez no habían sido muchas las veces (dos), por lo que Hinata había encontrado difícil acostumbrarse a su presencia, al hecho de tener que volver a enfrentarlo tras tanto tiempo. No, nunca se había acostumbrado realmente, por lo que cada vez era como la primera vez. Como aquella vez. Y aún entonces ni siquiera había sido capaz de actuar tranquilamente, al menos no desde el principio.

Suspirando, se dispuso a mover su pie. A dar el primer paso. Solo para darse cuenta que no sabía hacia donde debía dirigir dicho paso, no sabía dónde se encontraba él. Temari no le había dicho nada y ahora debería encontrarlo ella por su cuenta, lo que le provocaba enormes deseos de regresar junto con su equipo, con quienes se sentía más segura y confiada, y permanecer allí, con ellos. Pero no, no podía hacer eso.

—G-Gaara-kun n-necesitará esto... —susurró, contemplando los papeles que mantenía aferrados fuertemente contra su pecho, como si fueran lo más importante del mundo, y armándose de valor para preguntarle a alguien el paradero de Gaara. Finalmente, logró dar el primer paso hacia una joven mujer que se encontraba cerca. Esta, al verla caminar hacia ella, se detuvo—. E-Esto... ummm... h-hola...

La mujer la observó desconcertada. Probablemente pensando que Hinata era rara, y Hinata estaba segura que ese era su exacto pensamiento en aquel preciso momento. De hecho, ella misma se sentía incómoda en la situación —Umm... —pero debía hacerlo— me p-preguntaba si... sabía... ¿d-donde se encuentra... Gaa- esto... el Kazekage-sama...? P-Porque yo debo… t-tengo... esto —su voz fue empequeñeciéndose— para e-entregarle... —hasta casi un susurro. Tanto que Hinata se preguntó si realmente la habría oído. Afortunadamente para ella, un pequeño suspiro escapó de sus rosados labios al ver que la mujer le respondía; lo cual implicaba que, de hecho, sí la había oído. Y eso era un alivio. Al menos lo era dado que el haberse hecho oír le había dado algo más de confianza, algo más de valor, aún cuando la mujer continuara contemplándola de forma que le daba a entender que sí la consideraba extraña.

—Me pareció verlo seguir ese camino —señaló, alzando su mano hacia una dirección particular.

Hinata, observando con timidez dicho lugar, asintió suavemente. Luego, como era propio en ella, se inclinó en una cordial reverencia y agradeció la bondad de la mujer. Después de todo, ella era una extranjera allí, una extraña de la que desconfiar y bien podría dicha persona no haberle respondido. Especialmente, porque estaba preguntando el paradero del que era el líder de su aldea. Y ante la sola idea se sonrojó. Gaara era el líder de Sunagakure, el Kazekage. Y si bien siempre lo había tenido presente, nunca antes se había detenido a pensar en el hecho en particular. Quizá, porque su sola personalidad era intimidante y no necesitaba hacer gala del título para lograr el efecto, o quizá porque él nunca había hecho sentir a nadie la superioridad de su posición. De una forma u otra, no lo había pensado. No realmente. Y ahora que lo pensaba detenidamente, se sentía aún más ínfima en relación a él. Más pequeña e insignificante. Después de todo, ella no era nada fuera de lo ordinario. Una kunoichi más de Konoha, una chuunin común y corriente. Ni siquiera era aún una Jounin, aún cuando estaba contemplando el examinarse para lograr el título, no lo era.

—¿Oye, estás bien? —la cuestionó la mujer, observándola con preocupación. Hinata, desconcertada, asintió muy suavemente con la cabeza—. ¿Segura? Porque estás roja... Los extranjeros no están acostumbrados al clima de aquí y puede que quizá vayas a descompensarte.

Comprendiendo a qué se refería, negó apresuradamente con la cabeza. No quería dar la idea equivocada. Además, Gaara necesitaría probablemente los papeles que Temari le había pedido que entregara y si era enviada al hospital por una tontería su misión sería un fracaso. Y eso era inaceptable —¡N-No...! Estoy b-bien... muchas g-gracias... por t-todo... —y sin decir más se marchó.

Al tomar el camino que la mujer había señalado, notó que este se alejaba del centro de la aldea. ¿Acaso era ese el correcto? Se preguntó, deteniéndose al inicio y observando hacia atrás y hacia las dos paredes de roca rojiza que se alzaban a ambos lados. ¿Y si la mujer le había dado mal las indicaciones? N-No, negó rápidamente con la cabeza, ¿por qué haría ella algo así? Además, parecía amable. Y se había esforzado por responderle, por lo que no debía despreciar el gesto. Asimismo, era más probable que ella hubiese entendido mal a que esa persona le hubiera mentido deliberadamente. Por lo que ignoró sus dudas y continuó. Si resultaba que no estaba allí siempre podría retornar por el camino por el que había ido, sin perderse, y preguntarle a alguien más. Si, eso haría si resultaba que Gaara no estaba allí, hacia donde se dirigía. Pero, de todas formas, ese no era el momento para preocuparse por eso. Al fin y al cabo, ni siquiera sabía si estaba allí o no. Pero... ¿y si estaba?

—Me p-pregunto... —susurró, contemplando los papeles que aún aferraba firmemente contra su pecho—, ¿q-qué pensará G-Gaara-kun...?

Bump... Un paso, bump... Otro, bump... otro, ¡BUMP!, otro. Con cada paso, su corazón arremetía violentamente contra el interior de su caja toráxica, con fuerza, con innecesaria impetuosidad. Y el solo repiqueteo la estaba poniendo más nerviosa. No era la primera vez que se sentía de esa forma, no por supuesto porque en su vida había sentido algo similar en demasiadas ocasiones, pero eso no significaba que algo fuera a cambiar. No por haberlo sentido previamente sabía cómo reaccionar al respecto. Porque, de hecho, no lo hacía. No tenía idea. No tenía idea de cómo actuar, cómo mostrarse o qué decir. No tenía idea de si debía siquiera estar allí, si sería bienvenida –por así decirlo. Temari había dicho que sí, que estaba bien que fuera ella la que le entregara aquello que él tanto necesitaba, pero Hinata no estaba del todo segura. En el pasado, aparecer sin anunciarse no había sido algo que había causado particular agrado a Gaara. De hecho, aún recordaba aquella vez en Konoha –aquella primera vez durante los exámenes chuunin del año anterior- cuando había ido a buscarlo a dónde se habían estado alojando, para disculparse. Esa vez, Temari también le había autorizado a buscarlo también, pero Gaara no se había mostrado del todo complacido de verla allí. Al menos esa no había sido su reacción inicial. No, no había estado complacido de verla allí. ¿Qué haces aquí?, habían sido sus adustas palabras. Y los ojos de ella simplemente se habían abierto desmesuradamente. Esa vez... esa vez él había traspasado el límite por primera vez, y ella solo se había paralizado, solo había aguardado inmóvil la situación, el quiebre, insegura de las intenciones de él. Eso era, hasta que perdió vergonzosamente el conocimiento, solo para despertar horas después, aún en presencia de él.

—Eso... —alzó la mirada tímidamente, sintiendo el rubor entibiarle las mejillas— eso n-no volverá a p-pasar... —se prometió, dando otro paso.

¡BUMP! ¡BUMP! Finalmente sus pies se detuvieron. ¿D-Donde estoy...? Frente a ella, una gran pared de roca del color de la arena, como un acantilado escalonado que se alzaba hacia arriba, empezó a verse. De alguna forma, era similar a las dos formaciones rocosas que cuidaban la entrada de la aldea. Sin embargo, había pequeñas piedras de tonalidades más claras en la base de esta y al final del camino. Y éstas, a diferencias de las demás rocas que había esparcidas por todo el desierto, parecían talladas artesanalmente, por manos de seres humanos. Al acercarse un poquito más, pudo ver que se trataban de rocas memoriales. Lápidas, dedicadas a honrar la memoria de aquellos habitantes de la aldea fallecidos. Y, de hecho, las tumbas tenían la forma del símbolo característico de la arena. Así como en Konoha, las lápidas lucían grabado el símbolo de la Hoja.

Tragando saliva, desvió la mirada a un costado. Allí, inmóvil, erguido y con los ojos completamente cerrados se encontraba él. Su semblante, tal y como lo recordaba, reflejaba escasa emoción, salvo por la sensación de paz que emanaba de verlo a él parado allí, sumamente quieto –inhumanamente quieto- frente a una roca en particular. Con la excepción de su corta y despuntada cabellera carmesí, la cual se mecía a duras penas a causa del viento, dándole aún más la sensación de estar en absoluta paz. E inmediatamente, Hinata se sintió fuera de lugar. Fuera de sitio. Era evidente que aquel era un momento privado para él, un instante donde desearía estar solo y el lugar un lugar sagrado en el que seguramente ella no debería estar, dado que pertenecía a la aldea y a las personas particulares de allí. Y ella no tenía nada que ver con ellos. No era de Suna y por tanto no era correcto que estuviera entrometiéndose en los lugares más recónditos y privados de la aldea. Por lo que, conteniendo la respiración –como si eso fuera a hacer la diferencia- intentó dar un paso atrás, solo para notar que en todo el tiempo que había estado allí, había sido incapaz de dejar de contemplarlo. Incapaz de arrancar sus ojos níveos de él. Y es que la imagen era extrañamente cálida, extrañamente conmovedora. En el pasado, rara vez había sido capaz de verlo tan apacible. Serio, si; solemne también, pero nunca de esa forma. Nunca tan apacible, tan calmo y sereno, nunca sin ese característico aire grave y formal que mostraba todo el tiempo. Nunca sin el caos de su mirada aguamarina, esa que se ocultaba ahora tras sus párpados negros.

G-Gaara-kun se ve... t-tan tranquilo... Pensó sonrojada, pero inmediatamente negó suavemente con la cabeza. Debía marcharse, ¿qué pensaría él si la viera allí, entrometiéndose en sus asuntos, en su instante más reservado y personal? ¿Entrometiéndose en, posiblemente, el lugar más sagrado de su aldea? Ella, que no tenía derecho alguno de estar allí. Menos aún, frente a quien fuera el Kazekage de la Arena, más allá de las excepciones. Q-Quizá... d-deba irme... N-no quiero ser u-una molestia... E inmediatamente se volteó, lista para dar el primer paso para alejarse de allí. No obstante, se sobresaltó al ver una pared de arena bloqueándole el paso y evitando que saliera de allí y regresara. Nerviosa, aguardó de espaldas a las rocas memoriales –y a él-, esperando de esa forma ocultar la sensación de intranquilidad que la había invadido repentinamente. ¿C-Cuando...?

—¿A dónde ibas? —con la garganta seca, Hinata intentó pensar algo qué decir. Pero no podía pensar realmente en nada. Una vez más, tenía la mente en blanco frente a él y de hecho en todo lo que podía concentrarse era en la voz profunda y terriblemente seria de él, esa que no había oído en mucho tiempo. ¿Acaso estaría enfadado con ella? ¿Le habría molestado que estuviera allí? Temía que sí, temía haber hecho algo mal; pues con él, nunca era capaz de saber realmente qué pensaba. Por lo que, en un acto de valor, intentó vocalizar la verdad. Por tonta que esta sonara, y por ridícula que esta la hiciera sonar a ella misma.

—Y-Yo... l-lo siento Gaara-kun... no q-quise... m-molestar... yo solo... —suspiró— no s-sabía que este lugar... ummm... era...

El pelirrojo alzó la vista al cielo y se cruzó de brazos, aún de espaldas a ella, y conciente de que ella estaba de espaldas a él tartamudeando como habitualmente lo hacía. Probablemente moviendo sus dedos, particularmente sus índices, chocándolos y haciéndolos girar y ligeramente sonrojada. Aún cuando no podía verla, estaba seguro que sus costumbres extrañas no habían desaparecido. Esas mismas costumbres que él había registrado aquella vez que la había encontrado en el bosque -donde se había desmayado-, y que aún continuaban a pesar de todo. Por su parte, Gaara no podía decir que la sensación punzante al verla hubiera desaparecido. Ella aún era causa de caos entre sus pensamientos, cada vez que aparecía, y no estaba del todo seguro que la sensación le agradara. De hecho, lo descolocaba completamente aún entonces. Su inocencia, su bondad indiscriminada –particularmente hacia él-, su mirada blanca y distante. Todo estaba allí, con ella, cada vez que aparecía y las líneas del pasado y del presente desaparecían todas de nuevo. Ella lo borraba todo, y en parte le causaba cierta inquietud. Cierta incomodidad que no manifestaba, pero que estaba allí. Latente. Bajo su defensa de arena. Que no podía ignorar.

—C-Creo... que n-no debería e-estar a-aquí... —susurró finalmente. Y la arena de él que formaba el muro se disolvió inmediatamente y se retrajo a su calabaza que permanecía en el suelo, apoyada contra la tumba que él mismo había estado visitando. Sin embargo, la arena no permaneció allí retraída e inmóvil, sino que abandonó el agujero de esta nuevamente en dirección a Hinata. Tras unos segundos, se enroscó –ya no tan bruscamente como solía hacerlo sino con más suavidad- alrededor de la cintura de ella. Hinata, sonrojada, permaneció en su lugar—. E-Esto... ummm... ¿G-Gaara-kun...?

Una pequeña arruga apareció entre los ojos del pelirrojo, el cual mantenía el agarre sobre ella firme pero ligero al mismo tiempo, a la vez que se debatía si debía soltarla finalmente y permitirle marcharse si eso deseaba o buscar una tercera opción que no estuviera entre las contempladas. Aún con el ceño fruncido, cerró los ojos. ¿Por qué era tan difícil? ¿Los lazos? ¿Por qué era incapaz de comprenderlo todo por completo? Seguro, gracias a Naruto y a ella misma ahora entendía un poco más. Entendía de lo que había estado hablando Yashamaru desde el inicio. Sin embargo, su tío no le había advertido antes de morir los efectos secundarios de esa medicina, no le había advertido el peligro y la conflictiva sensación de dependencia que generaba. No le gustaba, de hecho, odiaba parcialmente sentirse de esa forma. Y parcialmente no podía evitar hacer lo que estaba haciendo. Reteniéndola allí, un instante más, por su propio egoísmo. Y ese era el conflicto eterno que enfrentaba, y que había enfrentado desde el instante en que ella había puesto un pie en su camino. Temía aplastarla, dañarla, y no poder controlarse alrededor de ella; pero, a la vez, no podía evitar esa especie de compulsión que tenía a ella. Similar a la que el Shukaku solía provocarle, pero no exactamente similar. De hecho, no era en nada similar, con la excepción de que lo era ya que lo hacía, de alguna forma, dependiente de ello, como lo había sido en el pasado. Y eso era lo que le causaba cierto conflicto. Su lealtad, en primera instancia, debía estar con su aldea. Con las vidas de las personas que había decidido cargar sobre sus hombros cuando había aceptado ser Kazekage, y no podía –según entendía él- ceder parte de sí mismo a algo más. Naruto era otra cosa, era un lazo –su primero y uno de los más importantes-, pero de una intensidad diferente. Y eso era lo diferente con ella, lo que lo había llevado a permanecer más tiempo allí en vez de acudir a la entrada de la aldea junto con sus hermanos.

Suavemente, soltó el agarre de la arena alrededor de la cintura de ella y la retrajo, con un tenso movimiento de los dedos, a la calabaza —No respondiste mi pregunta.

Su voz, como siempre, sonó impasible y seria. Hinata, dubitativa, balbuceó —Y-Yo... solo... pensé... yo s-solo quería...

—No estás a gusto aquí —sentenció él, no era una pregunta. Aún a aquellas alturas, no sabía qué esperar de todo aquello. No sabía qué tipo de lazo era el que mantenían, y no comprendía del todo las reacciones de Hinata. Así como encontraba dificultoso articular ciertos aspectos de su personalidad a ella y a sus respuestas complejas.

Hinata, preocupada de que malinterpretara todo, negó tímidamente con la cabeza, finalmente volteándose a verlo, solo para ver que él la observaba ahora fijo desde el rabillo de su ojo —¡N-No... no es eso Gaara-kun...! Yo quería... y-yo quería volver a v-verte... —confesó, completamente enrojecida. ¿Acaso había cometido un error? ¿Qué pensaría él de ello? Después de todo, desde aquella vez, solo había vuelto a verlo en dos breves ocasiones, y ninguna de las dos había sido suficientemente esclarecedora para saber dónde estaba ella en relación a él. Si es que estaba de alguna forma posicionada en relación a él, porque Gaara no compartía sus pensamientos. O lo hacía escasamente. Y ella no era particularmente hábil interpretándolos cuando estos se filtraban. O quizá solo era demasiado insegura para querer saber qué significaban—. ¿Gaara-kun...?

Él volvió la vista a la lápida nuevamente, volviendo a cruzar sus brazos sobre su pecho —¿Por qué mantienes una distancia prudente?

—Yo... —musitó, ¿acaso eso significaba que quería que se acercara? ¿o simplemente la estaba interrogando?— n-no entiendo...

Gaara cerró los ojos, recordando aquellas primeras veces en que entró en contacto con otros genin y chuunin de la aldea durante el tiempo que decidió trabajar en un escuadrón normal –a pesar de que Kankuro le había dicho que solo sería un esfuerzo penoso de parte de él ya que sería difícil que los demás lo aceptaran-, lo cual había sido el paso previo a convertirse en chuunin y en Kazekage —La gente solía pararse a esa distancia, y a alejarse a mi menor movimiento. No se estimaba mi existencia en la aldea, por eso...

—N-No...

—...pero eso no pareció ser un inconveniente en el pasado, contigo —y por alguna razón, la forma en que lo dijo le causó cierto estremecimiento, como una especie de descarga que descendió por su espalda. De hecho, había algo en la forma en que había pronunciado la palabra que no condecía con el tono fáctico que estaba utilizando en el resto de las palabras—. Ahora mantienes tu distancia...

Hinata dio un paso hacia él, decidida, pero algo tímida y luego otro paso, notando que Gaara no apartaba la vista de ella, ni siquiera para parpadear. De hecho, el joven pelirrojo aún permanecía inmóvil, de cara a la lápida, observándola por el rabillo del ojo en silencio. Pero, mientras él no le pidiera que se alejara de él –como había hecho aquella vez en la aldea de la Hoja, y ni siquiera entonces ella había sido capaz de alejarse-, Hinata no lo haría. No se apartaría, siempre que él le permitiera, ella continuaría acercándose a él. Quizá por todas las razones que había creído en el pasado, o quizá por otras nuevas. No importaba. Con él, y desde el inicio, se había sentido distinta. Si, había balbuceado incoherentemente y hablado en susurros y vacilado demasiado en sus palabras. Había dicho tonterías –probablemente- y se había sonrojado casi tanto como cuando Naruto estaba cerca o presente. E incluso se había desmayado, en aquella sola ocasión. Y aún hacía la mayor parte de todas esas cosas. Pero se había sentido distinta, confiada con él, solo porque a Gaara no parecían importarle todos sus rasgos más extraños como el de juguetear con sus dedos. Solo porque él no parecía tener nada que comentar al respecto de ellos. Hinata se sentía menos rara, menos tímida y menos sola, como sabía que él mismo se sentía en ocasiones. Con él, el mundo se sentía un poquito menos solitario, un poco menos triste. Con él cerca, ella era un poco menos débil, y un poco más fuerte. Sentía que podía lograr lo que deseaba si se esforzaba como él lo había logrado. Y sentía que no quería apartarse de su lado. Como con Naruto una vez, quería caminar junto a él. Junto a Gaara. Quería que la viera. Quería ser notada, reconocida. Y quería ser útil frente a sus ojos.

—Yo... —se detuvo frente a él, temblando muy sutilmente bajo su mirada, jugando con el dobladillo de su chamarra, pero él la detuvo de continuar aquello con un pequeño monto de arena. Nerviosa, levantó la mirada—. ¿Gaa-

Solo para ser completamente silenciada por los labios de él forzándose algo bruscamente sobre los de ella. Aún así, Hinata no se retrajo y él no avanzó, no colocó siquiera una única mano sobre ella. De todas las veces que la había visto, solo una única vez la había tocado realmente –más allá de un efímero roce-, solo una única vez se había permitido hacerlo y esa había sido el día previo a abandonar Konoha por primera vez, cuando había comprendido realmente de qué se trataba aquella sensación que sentía en su presencia. De qué se trataba aquello que sentía al estar cerca de ella. Amor es tener el corazón limpio y puro porque quieres ayudar...a aquellas personas cercanas y valiosas para ti. Amor. Eso le había explicado Yashamaru, palabras más, palabras menos. Y le había perturbado ver en ella la materialidad de lo que él había dicho. Ella era eso, era todo eso. Pero él nunca la había vocalizado, la conclusión a la que había arribado y suponía que ella tampoco conocía ese pensamiento suyo. Por esa razón, había creído seguro únicamente atenerse a establecer contacto con Hinata de la forma en que lo estaba haciendo en aquel preciso momento –y de la forma en que lo habían hecho durante esas vagas ocasiones durante el período de un año. Aunque, siendo honesto consigo mismo, tampoco encontraba del todo seguro hacer aquello, pues cada vez que lo hacía temía perder el control y dañarla, o simplemente perder el control del propio caos que tenía en su interior y romper el lazo incomprensible que los unía. Por lo que, al final, siempre terminaba conteniéndose. Dominándose a sí mismo. O, al menos, eso era algo que lograba la mayor parte de las veces. Y eso era lo que le perturbaba de todo aquello. Porque para tener el control se estaba alienando, una vez más, de su propia fracturada conciencia. Esa que constantemente le advertía que estaba el riesgo de que aquello no terminara bien, como en el pasado había sucedido con Yashamaru, y esa que lo ayudaba a mantenerse centrado en su deber de Kazekage y en su deseo de convertirse en alguien como Naruto. La misma que no parecía tener ningún valor cuando se acercaba demasiado a ella, y eso era en efecto lo que le causaba inquietud. Ella, su especie de debilidad, era lo que le causaba inquietud. Pero en el momento no podía detenerse. Simplemente no podía. Porque aún entonces, y aún después de todo ese tiempo, ¿Cómo puedo curar esto...? ¿Qué debería hacer para librarme de este dolor?, ella lo hacía desaparecer. La soledad.