Inaccrochable
Disclaimer: Haikyuu! pertenece a Furadate Haruichi
Anteriormente: Akaashi envía a Tsukishima un libro antes que lo necesite, y adosa una nota pidiendo disculpa por unas frases resaltadas que no existen, y que Tsukishima encontró en un libro de Kageyama.
IV. Recuerdos y Corazonadas
En Tokio, cercano a la medianoche, Akaashi pasó una mano por su frente y luego observó sus dedos.
Akaashi diría de sí mismo, que es una persona simple. Fácil de entender y complacer. Antes de entrar en detalles sobre su simpleza, se justifica siempre del mismo modo:
—Bokuto-san quien es una persona simple, me entiende y complace sin que para él sea un misterio cómo hacerlo.
Esta justificación tiene validez solo si se conoce a Bokuto. Afortunadamente, da la casualidad que Bokuto es amigo de medio mundo. Y Bokuto es una persona simple, fácil de entender y complacer. Si el rey de los simples puede entender y complacer a Akaashi, por deducción lógica, podría decirse que Akaashi es igual de simple que Bokuto o incluso más. El razonamiento simplista de Akaashi es otra prueba más de su carencia de complejidad, y si su deducción lógica está bien o mal planteada da igual, porque de estar mal, corrobora aún más su punto de simplicidad.
Akaashi meneó los dedos de su mano y luego extrajo el smartphone del bolsillo.
Al pasar la yema por su frente, sintió las gotas de sudor que le provocaba el estudio, la falta de aire acondicionado, y el calor que liberaba su casa por las noches. Pero también sintió otra cosa que no debía estar allí. Una línea larga y delgada, áspera, rugosa, cruzando su frente de sien a sien. Una cicatriz.
Se limpió el sudor con el antebrazo y se fotografió la frente. No había ninguna cicatriz. Volvió la vista a sus yemas, y tampoco había nada allí. La alarma de su reloj sonó. Medianoche y el calor no menguaba. En ese momento en que él estudiaba, suponía que Karasuno estaba por abordar un bus rumbo a Tokio. Akaashi limpió el sudor de su mano en la camiseta y volvió la vista a su cuaderno. Polinomios. Qué manera de hacerlo sudar.
Una de las cosas que a Akaashi no le gustaban, era el álgebra. Pensar en abstracto, multiplicar letras en lugar de números, reducir expresiones en paréntesis, interpretar gráficos, etcétera, etcétera. Llevaba enfrascado en una guía de ejercicio más de una hora y no entendía qué hacía.
Comprendía el sentido e importancia del álgebra cada vez que encendía el televisor y sintonizaba programas de construcciones. Sin álgebra por ejemplo, los puentes colapsarían en mitad de un atasco, o su casa se vendría abajo con temblor grado cuatro. No le asustaban ni atascos ni temblores porque confiaba en el ingeniero calculista de la empresa inmobiliaria tras los puentes y edificaciones, quien seguro era apoyado con una calculadora gráfica, que pesaban dos kilos y dibujaba funciones complejas. Akaashi tenía una calculadora en forma de tikachu, de esas que venden a 500 yenes en Akiba, y su cabeza insistía que las letras no tenían sentido dentro de las matemáticas. Quizá las matemáticas evitaban tragedias a gran escala; pero también, provocaban tragedias a menor escala. Un reprobado por ejemplo, podía significar todo un año más de instituto. Akaashi se moriría si aquello pasaba.
—No va a pasar —se recordó. Aún si reprobaba álgebra, sus notas en historia compensaban. Lo máximo que podría pasar, serían clases de recuperación y tal.
Intentó concentrarse y volver a su estudio, pero su móvil sonó en ese momento. Bokuto, cómo no.
[00:05] Bokuto: ¿Sabes quién ganará la liga este año?
[00:05] Bokuto: Ahh no, verdad que no funciona así.
[00:05] Bokuto: Pero si te enteras ¿me lo dirás? Di que sí.
[00:06] Bokuto: Suerte mañana capitán Akaashi, iré a verte aunque digas que no.
Akaashi refunfuñó. Su amistad con Bokuto era también simple de comprender. Bokuto era un estridente, y Akaashi nunca entraba en su juego. Fin. Sin embargo, vía mensajes, Akaashi era aún más simple.
[00:07] Akaashi: No puedes ir a verme.
[00:07] Bokuto: Ehhh no seas amargado.
[00:08] Akaashi: Irás solo a distraerme, no gracias.
[00:08] Akaashi: Me estás distrayendo ahora.
[00:08] Bokuto: ¿Álgebra?
[00:08] Akaashi: Adiós.
El móvil de Akaashi vibró apenas envió su último mensaje, y el rostro de Bokuto ocupó toda la pantalla. Akaashi lo puso en altavoz y tomó su bolígrafo, intentando continuar con la guía de ejercicios.
—Bokuto-san, de verdad que estoy ocupado.
—Akaashi, es medianoche, deberías estar durmiendo.
—Entonces no me llames.
—Iré a Fukurodani de todas maneras. Van a ir los de Karasuno ¿no?
—¿Y qué con eso?
—Nunca los veo. ¿Te acuerdas que Tsukki y Hinata son nuestros amigos cierto?
Típico comentario de Bokuto. Akaashi se concentró en su ejercicio. Multiplicaciones de polinomios, qué desgracia su vida.
—¿Sabes algo de polinomios, Bokuto-san?
—¡DUÉRMETE YA AKAASHI!
No se acordaba. Qué se iba a acordar. Seguramente nunca supo. Pero Bokuto jamás reprobó nada en toda su vida. De algún modo u otro, el rey de los mentes simples se las ingenió para pasar todos sus ramos con decencia mega. Quizá Bokuto no era tan simple después de todo.
—Si quieres que duerma, entonces no me llames. Buenas noches Bokuto-san. —Y Akaashi cortó.
Volvió a pasar su mano por la frente y examinó sus dedos. Era difícil de explicar aquella corazonada, pero intuía que la sensación áspera en sus yemas, guardaba relación con el chico largo de Karasuno, Tsukishima.
Empezó hace unas semanas, durante la temporada de exámenes parciales. Akaashi despertó veinte minutos antes que pitara la alarma debido a una gotera sobre su cabeza, y con el malgenio de alguien de mal despertar, culpó al ingeniero calculista que apretaba mal los botones de su calculadora gráfica.
—¡Papá! —gritó. Su padre, con el rostro lleno de espuma y una navaja de afeitar, asomó la cabeza a la habitación; Akaashi apuntó al techo—. Tenemos gotera.
El padre apremió a su hijo a que trajese un balde. Akaashi vació el contenido de su basurero sobre el escritorio, ayudó a su padre a arrimar la cama contra el armario y dejó el basurero bajo la gotera.
Tip, tip, tip…
—Maldición. Todavía tengo que sacar cosas del armario —recordó Akaashi hijo.
Empujaron la cama hacia la ventana. La habitación ya era un desastre, y todavía no comenzaba el día.
—Al regreso del trabajo arreglaré esto.
—Llama a un fontanero, por favor.
—Los fontaneros no arreglan goteras, Keiji. Lo haré yo.
Vivían en una casa en los suburbios, y su padre, que no era ni tacaño ni le escaseaba el dinero, consideraba falto de hombría relegarle a un tercero las tareas domésticas. Un hombre debe procurar el sustento de su familia, en el sentido más amplio de la palabra. Akaashi padre combatía humedades, pintaba paredes, y destapaba cañerías, pero no lograba hallarle el punto a las goteras. La gotera en habitación de Keiji reaparecía todos los años con la temporada de lluvias, y Keiji, mientras se ataviaba con el uniforme de la escuela, empezaba a pensar en lo patética que podía llegar a ser su vida.
—Patética —repitió cuando pasó por la puerta corredera de la biblioteca de casa.
Era la palabra que solía usar el chico de Karasuno, Tsukishima. Y al pronunciar aquello, tuvo su primera corazonada. Bokuto fue quien le enseñó a utilizar aquella palabra. Entonces Bokuto tenía diez años y Akaashi nueve, y a esa esas, un chico de diez conoce mucho más del mundo que uno de nueve, y Bokuto acababa de aprender la palabra corazonada luego de ver una película de samurais de bajo presupuesto, transmitido por la NHK.
—Se siente más como un recuerdo —insistió Akaashi.
—No, no, no, Akaashi. Un recuerdo es una memoria de algo que ya ocurrió. Si no ha ocurrido, no hay nada qué recordar.
—¿Entonces?
—Es una corazonada.
—Pero no es algo cardiaco.
—¿Qué te parece pálpito?
—Peor. Bien, corazonada será.
Y corazonada se quedó.
Tenía la corazonada que Tsukishima esperaba la llegada de un libro de su biblioteca. Recorrió el librero con la mirada, y sus ojos se detuvieron en un delgado ejemplar de tapa blanda. Kamen no kokuhaku. Akaashi lo tuvo que leer el año anterior. Lo sostuvo entre sus manos y meditó un momento.
Quizá sí se trataba de una memoria. Recordaba a Tsukishima pidiéndole aquel libro, solo que no podía precisar cuándo fue. Recordaba su voz dubitativa, al otro lado del teléfono, pero solo eso. Akaashi agitó la cabeza. Tal vez lo soñó, y la gotera del mal le hizo olvidarlo y confundirlo con un recuerdo. Sin embargo, no se sentía precisamente como un sueño. Al hojear el libro, casi murió de un verdadero pálpito cardiaco.
Frases, frases resaltadas en una primera edición. Y allí, una corazonada auténtica: el inconsciente de Bokuto no tenía respecto por los bienes ajenos. Genial…
Dejó la novela sobre el escritorio de la biblioteca, volvió a su habitación en busca de papel autoadhesivo, y redactó allí mismo una nota de disculpa por el estado del libro. Al releer las frases resaltadas, añadió una anotación extra, por si acaso Tsukishima hacía preguntas al respecto. Luego volvió a la biblioteca, pegó la nota en la primera página, y revolvió los cajones buscando algún sobre donde guardar el libro, pero nada. Examinó tras el librero por si había papel para envolver, y se encontró con un rollo de papel de estraza. Con eso bastaba. Llamó a Bokuto cuando aún no eran las siete de la mañana, y sin ninguna clase de rodeo, porque no estaba de humor y tampoco le quedaban demasiados minutos al teléfono, le preguntó si se sabía la dirección de Tsukishima.
—Akaashi, ¿sabes qué hora es?
—No rezongues que estoy bastante molesto contigo.
—No te oyes muy molesto. ¿Qué hice ahora?
—Estropeaste una primera edición.
—Akaashi sabes que yo nunca haría eso. ¿Una corazonada?
—No. Sí. Quiero decir… —al otro lado del auricular, Akaashi pudo oír risas—. Da igual eso ahora. ¿Te sabes la dirección de Tsukishima?
—¿Para qué la necesitas?
—Para nada importante. ¿Te la sabes? —repitió.
Bokuto, todavía atolondrado, le respondió que no sabía, no tenía idea dónde vivía Tsukki, pero que lo averiguaría así, en un splish-splash. Y en un splish-splash, Bokuto volvía a llamar a Akaashi.
—¿Tienes donde anotar?
—Un momento —Akaashi volvió a registrar los cajones del escritorio hasta hallar un estilógrafo. No rallaba. Siguió escarbando hasta hallar otro, idéntico al anterior y con tinta recargada—. Ahora sí.
Bokuto le dictó la dirección, y Akaashi la escribió sobre el papel de estrazas con su letra pequeña y apretada. Entonces Akaashi ya no sentía tanto sueño, el malhumor mañanero se hubo disipado, y le preguntó a Bokuto si todo iba bien con él. Bokuto respondió que todo le iba bien. Las mañanas son un caos para ambos; se despidieron bajo la promesa de verse en un día de estos, sin ponerle fecha al asunto, y eso fue todo, de momento.
En el camino a Fukurodani, Akaashi tomó un desvío hacia la oficina de correo. Se detuvo en la entrada. Seguía inquieto respecto a un punto. ¿De verdad Tsukishima le pidió aquel libro?
Ya podía imaginarse a Tsukishima murmurando «patético», como en sus recuerdos. No le iba a dar en el gusto, a Akaashi no se le subestimaba ni sobre estimaba, se le respetaba y punto. Compró en la misma oficina un sobre y una esquela, y redactó una segunda nota.
—Ábrelo cuando me lo pidas —murmuró mientras escribía. Tenía el presentimiento que así sería.
Y así ocurrió, más o menos. Una semana después, quizá abrumado de tanto estudio, más los efectos la gotera, Akaashi cayó enfermo y Bokuto decidió cumplir con la promesa no firmada e invitarse para hacerlas de enfermero. Se trajo consigo a Kuroo, por algún motivo, y luego de desordenar la cocina, subieron a la habitación de Akaashi cargando una bandeja llena de frutas picadas.
—Los alimentos frescos te harán bien —dijo Bokuto muy seguro. Un remedio de abuela, que conocían todos los Bokuto.
—¿De dónde sacaron tantas frutas?
—Hey, hey, hey, Akaashi. No cuestiones y come.
Kuroo encendió el televisor y se acomodó a los pies de la cama. Se hubo preparado su propio cuenco con frutas y no tenía interés de hacerlas de enfermero. Bokuto acercó la silla giratoria del escritorio de Akaashi, se apropió de sus palillos, y le dio de comer como si fuese un crio. Akaashi no objetó nada y se limitó a abrir la boca. Dejó que Bokuto le hablara de lo trivial y lo poco importante, porque era más fácil sobrevivir sin batallar tanto; y mientras él hablaba, Kuroo hacía alguna que otra aportación a la par que cambiaba los canales sin decidirse por ninguno. Se detuvo finalmente en una película muy antigua de dinosaurios, con monstruos que en realidad eran personas disfrazadas, y juegos de cámara para que las iguanas se vieran del tamaño de personas.
—Ese no es un dinosaurio —dijo de pronto Bokuto.
Y Kuroo se engrifó.
—Vas a saber tú más que la película.
—Es un Dimetrodon, es un reptil.
—No te creo. Cómo es posible que lo sepas.
—Una etapa dino-fan. Akaashi, dile.
Akaashi, con los analgésicos surtiendo efecto, no dijo nada. Quería que Bokuto y Kuroo se desvanecieran, para él arrebujarse y dormirse en un parpadeo. Y por un momento, se durmió, hasta que Bokuto lo remeció sin piedad por los hombros y gritó:
—¡Akaashi ven! ¡Es Tsukki…shima!
Akaashi recibió el móvil y tapó el auricular.
—¿Tsukishima?
—Karasuno es un colegio pobre y les faltan libros. Anda, ayúdalo.
Akaashi no lo comprendió hasta que le preguntó a Tsukishima qué libro necesitaba.
—Kamen no kokuhaku —titubeó Tsukishima.
—¿Kamen no kokuhaku? —Repitió incrédulo. La voz de su corazonada. De pronto, le invadió el nerviosismo, e intentó improvisar algo —¡Ah! Kamen no kokuhaku, claro... Debería llegarte en estos días, te lo envié la semana pasada.
Y Tsukishima le respondió que sí lo recibió, y Akaashi despertó del todo. ¿Realmente le hizo caso a la nota ? La escribió casi que como defensa.
—¿Y no lo has abierto?
La respuesta que le dio nunca la oyó. Akaashi estornudó y su cabeza se azotó contra el cuenco de la fruta, y su frente y cabello quedaron bañados en restos de piña, banana picada, y lychee en conserva. Kuroo y Bokuto estallaron en risas, y Akaashi nunca supo qué con Tsukishima. Se levantó de la cama y fue al baño a examinar el daño, con el móvil en mano, y por cambiar de tema, mientras se quitaba la fruta del cabello, le preguntó a Tsukishima qué tal la capitanía. Tsukishima se quedó callado.
—¿Tsukishima?
—Akaashi-senpai, los de tercero aún no se han retirado
Entonces le tocó el turno a Akaashi de guardar silencio. El propio Tsukishima le confesó, durante otra conversación telefónica, que lo nombraron capitan de Karasuno.
¿Cuándo precisamente?
Uuhh, no podría decirlo. Sin embargo aquello era un recuerdo muy claro en su memoria. Va más o menos así:
Akaashi está recostado en la cama haciendo nada cuando su móvil zumba y brilla a la distancia. Akaashi corre hasta el alfeizar de la ventana, y ve el rostro pálido de Tsukishima ocupar toda la pantalla.
—Kei —contesta Akaashi.
Y Tsukishima, al otro lado de la línea, responde:
—¿Keiji-san?
El corazón de Akaashi late rápido. La voz de Tsukishima se oye suave, pero fatigada. Un largo silencio se prolonga entre ambos, y entonces…
Entonces Akaashi se dio cuenta que aquella llamada claramente no había ocurrido nunca. Nadie le llamaba Keiji, salvo sus padres. Mucho menos Keiji-san. Pero cuando quiso replicar algo a Tsukishima, él ya se hubo despedido, y la conversación le dejó aturdido. Observó confuso su reflejo en el espejo del cuarto de baño, lleno de piña y bananas, y decidió echarle la culpa a la fiebre, los mocos, y el remedio casero de Bokuto.
Sin embargo, los días pasaron, y los recuerdos que podían ser corazonadas, continuaron.
Al pasar por fuera de una librería de segunda mano, recordó caminar detrás de Tsukishima, y contemplar su espalda delgada. Tsukishima le preguntó qué hacía, y Akaashi apuró el paso.
Durante un receso, tendido en el césped de la escuela, el roce del pasto largo le recuerda al cabello de Tsukishima. Tsukishima le pregunta si sabe cortar el cabello. Akaashi le dice que puede intentarlo. El resultado es aceptable y Tsukishima sonríe. Es la primera vez que lo ve sonreír con tanta naturalidad y aquello le hace estremecerse.
Al llegar a casa y encender la cafetera, el olor le transporta a una residencia universitaria. Se siente como un extranjero, y sus manos tiran de las mangas de una sudadera que le va grande. Tsukishima le dice que se ponga cómodo, y Akaashi pilla asiento entre dos torres de folios.
Y al recibir su examen parcial de álgebra, escucha la risa burlona de Tsukishima en su oído, y un escalofrío recorre todo su cuerpo.
A veces intenta ir más allá del recuerdo y se concentra en intentar contextualizar lo que en ningún caso pudo haber pasado. Pero lo único que consigue es oír a lo lejos una radio desintonizada, y sentir un sabor metálico entre sus dientes. Allí acaban sus memorias.
Eran las 00:25 en Tokio, y Akaashi repasó su frente por última vez en la noche.
Keiji-san, dijo Tsukishima. ¿Y ese exceso de confianza mezclada con respeto? Pero se supone que es Bokuto el que piensa cosas innecesarias, no él. Akaashi es una persona simple.
¿Cierto?
Una persona simple que no distingue recuerdos de corazonas. Corazonadas es una pésima palabra.
Se rindió frente al estudio. Cerró el cuaderno, se desnudó, y se metió a la cama. Karasuno llegaría a Tokio en no muchas horas, y quizá reencontrarse con Tsukishima le aclarase varias corazonadas suyas. Se durmió con aquella idea en la cabeza, y despertó sin recordar nada.
No recordaría hasta más tarde cuando en efecto, llegara Karasuno, y lo primero en que repararan sus ojos fuera en una larga y delgada cicatriz atravesando toda la frente de Tsukishima.
Tikachu es Pikachu, pero supongo que reconocieron la referencia.
