La primera vez en que ella y Doyle compartieron una noche juntos, fue tres semanas después del primer y último contacto del cuarto grupo de la misión Lázaro. Él cable informativo, que arribó en la madrugada de un domingo de abril, reveló dos informaciones clave para el proyecto: la primera, un breve registro audiovisual, y la segunda, la recepción de tres señales radioemitidas en desfase. Curiosamente, ambos cables arribaron al mismo tiempo, pese a que sus fechas de registro diferían en la fecha de creación. El mensaje audiovisual se había grabado minutos a posteriores de cruzar el agujero de gusano, mientras que, las radio señales, habían sido emitidas tiempo después.

En el video, el Dr. Mann mencionaba a la cámara la confirmación de un dato teórico: la existencia de un agujero negro masivo, que denominó: Gargantúa. De ese modo, agregaba, la penúltima misión Lázaro había logrado llegar más lejos que todas sus misiones antecesoras. Según explicaba (las imágenes parecían grabadas dentro de una cueva, por la poca iluminación), los datos entregados por la tercera misión estaban en lo correcto, ya que habían logrado ubicar a los 3 planetas en órbita más cercanos al agujero negro. Ahora bien, sería tarea de Miller, Edmunds y él comprobar su aptitud para la vida humana.

El registro audiovisual se proyectó al grupo de científicos en una sesión privada, dentro de una sala donde la mayoría permaneció de pie para oír la voz entre cortada del Dr. Mann, que lucía serio y concentrado explicando detalles numéricos. Mientras hablaba, explicó que las transmisiones, debido a una falla en la antena sur, no habían podido transmitirse hasta ese momento y que, desafortunadamente, tampoco lograron rescatar más detalles de las misiones anteriores en el trayecto (hace años que nadie osaba preguntar por las vidas de los astronautas, tampoco).

Amelia contempló la proyección apoyada en una muralla, lejos del grupo principal, quienes anotaban datos en sus libretas de notas y murmuraban conclusiones. En su mente, no registró ninguna de las palabras del científico y sólo se dedicó a observar la calidad del video, que presentaba intervalos de oscuridad, como sucedía en el pasado, cuando una cinta de cine estaba dañada por uso prolongado. Entonces, escuchó decir al Dr. Mann que daría un momento a los demás astronautas para hablar. Primero, apareció la Dra. Miller, quien explicó frente a la pantalla su emoción al proseguir con la misión y sus saludos al equipo, pidiendo que se comunicaran con su madre para afirmar que se encontraba bien. Y luego, ella misma giró la pantalla para enfocar a Edmunds.

El hombre no sólo tenía una barba frondosa, sino también lucía más delgado. Estaba de pie con unos papeles en la mano y, en breves instantes, comenzó a hablar de los detalles de su próximo arribo, ya que él sería el primero de la tripulación en emprender vuelo hacia su planeta designado. Lucía sin ganas de hablar, dubitativo. Sin embargo, luego de un suspiro, levantó la cabeza y saludó con una mano a la cámara. Otra pausa silenciosa, y un gesto típico de cuando se sentía nervioso: cruzar sus brazos en el pecho. Ojos brillosos, también. Ojos que miraron fuera de la cámara, al mismo tiempo que humedecía sus labios. Finalmente, una sonrisa junto a un "adiós".

El video se fue a negro y los presentes en la sala permanecieron sin hablar. Del fondo de la habitación, el profesor Brand encendió la luz y carraspeó con fuerza, trayendo nuevamente la atención de todos. Al mismo tiempo, el hombre se arremangó la camisa y trajo una pizarra blanca, trazando una serie de datos y dibujos a los cuales Amelia no logró prestar atención. Mientras su padre esbozaba números y ecuaciones alrededor de un círculo, ella sintió una perfecta mutez en su cabeza, donde aún estaba Edmunds, con sus ojos brillantes y la incapacidad de hablar por la emoción.

Ella lo conocía muy bien para saber qué ocurría. Algo no andaba bien, algo no había funcionado como se esperaba. Mientras contemplaba cómo su padre hablaba a la multitud, pensó que, en cierto sentido, todos lo sabían. Todos los presentes tenían claridad de que ninguno de ellos volvería a la tierra. Ella no era la excepción, por supuesto. En cierto sentido, ella lo supo al momento que el Dr. Mann seleccionó a su novio para participar en la misión. Sin embargo, una cosa era la teoría... y otra la realidad.

Amelia no demoró en dejar el salón y cerrar lentamente la puerta tras de sí. Apoyando su espalda en el metal frío, la mujer sintió cómo en su estómago comenzaba a abrirse un agujero enorme, dejándole una sensación de ingravidez, incluso de pie. Tapó su boca con las manos e intentó ahogar las ganas de llorar, respirando por la nariz. ¿Por qué le afectaba tanto?, hoy se cumplían dos años desde que el tercer grupo Lázaro había emprendido vuelo.

En ese momento, la puerta del salón volvió a abrirse y de ella emergió nada más y nada menos que Doyle. Él, parecía estar buscando algo, cuando finalmente sus ojos se cruzaron con la mujer, quien ahora se encontraba en una esquina, sin decir palabra. Al verla, el hombre relajó sus hombros, suspirando. Acto seguido, el científico cerró la puerta con lentitud y dejó su palma izquierda apoyada en la superficie de metal, con los labios entreabiertos. Ella, por su parte, no pudo evitar que dos lágrimas resbalaran por sus mejillas y sólo se mantuvo de pie, contemplándolo, con la mente vacía.

Luego de un momento, que pareció una eternidad, Doyle comenzó a acercarse, tragando saliva, como si no quisiese espantarla o quebrar el silencio. Una vez que estuvieron de frente y a centímetros de distancia, Amelia notó sus ojos azules, el mentón pronunciado y una pequeña cicatriz sobre su ceja izquierda. A la vez que respiraba entrecortado, sintió su vaho masculino rozar su nariz, señal clara de la proximidad. Brand bajó sus brazos y percibió cómo un escalofrío la cubrió desde el cuello hasta los dedos de sus pies. Tragó saliva, creyendo que los ojos azules de su acompañante terminarían por absorberla por completo.

Segundos después, la puerta del salón se volvió a abrir. Claramente, la sesión informativa había terminado y la estación hoy ya tenía una nueva misión que planificar.

Ahora que lo pensaba bien (más de 100 años más tarde, de hecho), ése había sido el momento en que las cosas tomaron otro rumbo para ella y Doyle. Ese breve instante de vulnerabilidad y silencio. Lo que había sucedido después entre ambos, solo se enlazó a un camino natural, tal como una ola precede a otra ola, tal como después de la noche, hay día. Por supuesto, esa noche no logró dormir, tampoco la siguiente. Las últimas imágenes de Edmunds la cubrían cual sombra en su habitación, negándose a abandonarla, a dejarla en paz. Al tercer día, Amelia no apareció en el laboratorio y se quedó sentada por sobre su cama, abrazando sus piernas, pensando y durmiendo a tientas. Casi al término de la semana, el sonido de dos golpes en la puerta sacó a Amelia de un trance que parecía haber dilatado el tiempo.

Tras de la puerta, descubrió la mirada de su padre, quien se encontraba de pie junto a una bandeja de metal. Sin decir nada, le dejó pasar, quedándose al lado del dintel, cruzada de brazos. Una vez el hombre dejó la bandeja sobre su mesa pequeña, la destapó, dejando al descubierto un plato de comida, pan, jugo y postre. Luego, colocó sus manos en la cintura, sin girar a verla: "Es hora que salgas y enfrentes lo sucedido, Amelia. Tú lo sabes más bien que nadie: la muerte no es a lo que tememos-"

Tememos al tiempo. Completó Brand, en su mente.

"Tememos al tiempo", cerró su padre, con voz profunda.

Ahí de pie, mientras el hombre giraba y comenzaba a hablarle de frente, Brand se abrazó a si misma con los ojos humedecidos, sin procesar nada de lo que se escuchaba salir de los labios de su progenitor. Al revés de eso, sólo trajo a su mente las pocas veces que su padre la visitó en la universidad, donde él solía llegar de sorpresa a su cuarto de la residencia, para hablarle sobre la importancia de su titulación, de su futuro trabajo y la necesidad de contar con su colaboración en proyectos de NASA. Hoy, nada parecía haber cambiado.

"Te traeré unos informes que necesito analices ahora. Espero que comprendas la situación".

Cuando la puerta se cerró tras de él, Brand quedó con la espalda apoyada en la pared, mientras pasaba una mano empuñada por sus ojos. Con los brazos rodeando su cuerpo, dio un vistazo a la pequeña ventana de su habitación, aún incapaz de procesar algo en su mente. Luego, dos golpes en la puerta. Tragó saliva y deseó no tener que abrir, ser como cualquier otra persona de este mundo, con una vida normal, un trabajo común y silvestre, que le permitiera recluirse del mundo las veces que quisiese, sin tener que ver a su padre en un buen tiempo. Quitando un mechón de cabello, Amelia abrió la puerta, dando un respingo.

Doyle pareció igualmente sorprendido que ella, abriendo su boca para murmurar unas palabras. Pese a ello, se quedó quieto, dándose tiempo para contemplar el aspecto de mujer. Brand, por su parte, tampoco pudo hablar y solo sintió su corazón galopar bajo su garganta con un ritmo profundo. Él lucía su usual camisa celeste, unos pantalones azul marino y la bata blanca con el bordado: J. Doyle. Todo lo anterior, le recordó su propio aspecto descuidado, producto de días de reclusión en una habitación de tres metros cuadrados. Por instinto, bajó la mirada y quitó un par de lágrimas florecientes.

"Dr. Doyle", se escuchó del fondo del pasillo.

Ambos giraron y contemplaron como el Dr. Brand se acercaba con una carpeta de color verde bajo el brazo.