:— 04 —:

—Espera, espera, espera. ¿Quieres decir que ya has investigado un caso como este? —Preguntó Jane.

—Así es —asintió Helena.

—Habla. Ahora —demandó la detective.

—No podemos… —empezó la morena para ser interrumpida de inmediato.

—Me importa una mierda si es clasificado o no. Este es mi caso y quiero saber qué es lo que sabes al respecto.

—Jane, ese lenguaje —le reconvino Maura.

—Ahora no. Quiero respuestas —miró con dura intensidad a las dos agentes, la agradable cena de la noche anterior prácticamente relegada al fondo de su mente.

—Antes debemos consultarlo con nuestro superior —dijo Myka, si Helena se había encontrado antes con aquello, solo podía significar una cosa—. Maura, ¿podemos usar tu oficina para hacer una llamada?

—Claro.

—Que sea rápida. Quiero esas respuestas o de ninguna manera os voy a dejar meter las narices en mi caso —les advirtió Jane mientras entraban en el espacioso despacho de la forense y cerraban la puerta tras de sí.

—¿Cuál es su problema? —Inquirió Helena al tiempo que Myka se apoyaba contra la mesa de la forense y sacaba el Farnsworth del bolsillo interior de su cazadora; una de las condiciones de Artie para darles aquellas vacaciones es que llevasen el comunicador consigo por si necesitaban contactar con ellas de modo seguro.

—Es una cosa entre policías y federales. No lo tomes como algo personal —le explicó Myka sonriendo de medio lado—. No es la primera vez que nos pasa.

—Ya, pero ella nos conoce, esperaba un trato menos hostil al ofrecerles nuestra ayuda —Helena se colocó a su lado para que ambas aparecieran en la pantalla redonda.

Línea Pete, ¿qué puedo hacer por vosotras? —Les respondió Pete desde el Almacén.

—¿Dónde está Artie? —Inquirió Myka algo confusa al encontrarse la cara de su compañero al otro lado de la línea.

—Ua, Mykes, yo también me alegro de verte —dijo Pete sarcástico—. Ni un ¿cómo estás? Ni…

—¡Pete! Lo siento, pero es importante, necesitamos hablar con Artie —le cortó Myka.

—Ok, ok, ¿ha pasado algo? —Preguntó en un tono más serio.

—Es posible que tengamos un caso relacionado con un artefacto —contestó Helena.

—Hm, ¿pero no estabais de vacaciones?

—Ya sabes cómo es este trabajo, un momento estás disfrutando de un día tranquilo en Boston y de repente te encuentras con un ping —dijo Myka encogiéndose de hombros.

—Aquí no ha saltado nada —vieron la mirada de Pete vagar en algún punto frente a él, presumiblemente sobre las pantallas de los ordenadores.

—Si es el artefacto que creo que es, tiende a pasar desapercibido hasta que ya es demasiado tarde —contó Helena—. Pete, por favor, llama a Artie.

—En seguida, señoritas —dijo y levantándose, desapareció de la pantalla.

—Pareces bastante segura de saber lo que es —comentó Myka mientras esperaban.

—Eso me temo, querida. Pero preferiría contároslo a todos al mismo tiempo.

Myka asintió y un par de minutos después, la cara de Artie llenó la pantalla del Farnsworth.

—¿Qué tenéis? —Preguntó su jefe yendo directamente al grano.

—Un artefacto que induce al suicidio —contestó Myka y pasó a contarle sobre los seis suicidios en el corto espacio de tiempo y las sospechas de Jane sobre que parecía haber algo que no terminaba de encajar.

—Suena como uno de los nuestros, sí —comentó Artie.

—Helena cree saber lo que es.

—¿Y bien? —Las pobladas cejas de Artie se arquearon al dirigir su mirada hacia la inglesa.

—Estoy segura de que se trata del Vial de Cicuta de Sócrates, el que usaron para suministrarle el veneno —paró unos segundos por si alguno quería comentar algo al respecto, pero su silencio expectante la impelió a seguir con la explicación—. Como aquí ahora, hacia finales de 1896 hubo en Londres una serie de suicidios en un corto periodo de tiempo; aunque atrajeron la atención de la opinión pública y de las hojas de sucesos de los tabloides de la época, las autoridades no encontraron nada sospechoso que indicase que no se trataban de muertes auto infligidas. Aparentemente, no tenían nada en común, salvo el hecho de que todos se habían provocado por sobredosis de algún tipo de sustancia química o alucinógena a las que las víctimas tenían fácil acceso o posibilidad de conseguir sin relativo esfuerzo.

"Sin embargo, esta cadena de suicidios captó nuestra atención, la de Mr. Wolcott y la mía, haciéndonos pensar que tal vez nos encontrábamos ante una curiosidad.

—Espera, el Vial de Cicuta… —masculló Myka arrugando la frente, evidentemente tratando de recordar algo—. No recuerdo haber leído nada sobre ello en tus viejos archivos sobre los casos en los que trabajaste entonces —miró a la inventora—. Ni siquiera una mención.

—Eso es porque nunca llegué a escribir nada sobre ello, ningún informe, ninguna nota sobre este artefacto —explicó Helena.

—¿Cómo es eso? —Inquirió Artie, una expresión de incredulidad llenando su cara—. Se supone que todos los agentes debéis escribir informes sobre los casos y artefactos que investigáis y esa norma, aunque no la creó vuestra gente, si se esforzaron porque se siguiera a rajatabla —señaló con un dedo casi acusatorio a Helena.

—Lo sé, no tienes que recordármelo —medio gruñó la morena—. Pero el Vial es un artefacto poco común y nunca se ha tenido muy claro si su existencia era real o más bien un mito. No puedes negarlo, Artie, incluso ahora ni siquiera figura en las listas de los artefactos más buscados.

—Hm, tienes razón —admitió el hombre entre dientes.

—¿Y cómo sabes sobre él, entonces? —Se oyó preguntar a Pete desde algún lugar tras Artie fuera de cámara. Myka pensó que era una pregunta válida, si el artefacto no figuraba en ninguna lista ni de ahora, ni de la época del Almacén 12, ¿cómo había Helena llegado a saber sobre el Vial?

—Que no esté en las listas no quiere decir que no aparezca en otras fuentes —contestó la inventora con paciencia—. Documentos antiguos que han sobrevivido al paso de los diferentes Almacenes todavía se conservan en los Archivos.

—Tiene razón —asintió Artie—. Pero eso sigue sin explicar del todo por qué ni tu compañero ni tu escribisteis un informe al respecto.

—La verdad es que, aunque Woolley y yo estábamos bastante seguros de que se trataba de un artefacto, el resto de miembros del Almacén 12 no tanto… —vaciló unos segundos—, todas las víctimas eran fumadores de opio.

—Así que asumieron que sus muertes estaban relacionadas con el consumo de droga, ¿no? —Aportó Artie.

—Sí y nadie más pensó en investigar salvo nosotros. El resto estaba seguro de que solo perseguíamos una quimera.

—¿Lo investigasteis vosotros dos solos? ¿Sin apoyo del resto de agentes? —preguntó Artie y Helena asintió.

—Eso apesta, tío —oyeron decir a Pete y Myka no pudo estar más de acuerdo con su compañero; probablemente el hecho de que Helena y Wolcott hubiesen estado investigando aquello habría sido motivo de sorna entre sus colegas, las cosas no habían cambiado tanto en ese aspecto dentro de grupos de trabajo como el suyo con el paso del tiempo.

—Bueno, no había nada que pudiésemos hacer al respecto entonces, salvo encontrar el artefacto —dijo Helena—. Y por lo menos, Catarunga sí creía que estábamos en lo cierto. Él decía lo mismo que tú, Artie —miró a su jefe—, que un agente no debe descartar nada cuando un artefacto parece estar implicado.

—Un hombre sabio, sin duda —asintió Artie—. Así que, ¿qué averiguasteis entonces?

—Sinceramente, no mucho —reconoció Helena—. Para cuando Woolley y yo nos implicamos en la investigación, ya se habían producido siete muertes; pudimos estudiar el cuerpo de la víctima más reciente y de las que les siguieron. A parte de que los cuerpos no tenían ningún signo de violencia, como en el caso que nos ocupa ahora, lo único que pudimos encontrar en todos ellos fueron las marcas de pinchazos en los brazos. Supusimos entonces que fueron hechos para extraerles sangre con una aguja.

—¿Por qué? —Inquirió Myka.

—Porque según lo que pude leer sobre el Vial, este tiene que ser llenado con algo de la sangre de sus víctimas. Woolley, Catarunga y yo formamos la hipótesis de que dicha sangre era usada de alguna forma en la siguiente víctima. Cómo o con qué propósito, solo podíamos seguir conjeturando sobre ello.

—Hm, quizás al ingerir la sangre vertida desde el Vial, la voluntad de la víctima era anulada de alguna forma, permitiendo al asesino manipular sus actos —sugirió Artie frotándose el mentón con la mano.

—Es una de las teorías que barajábamos nosotros —concedió Helena—. Como el hecho de que se suicidasen mediante sobredosis podía compararse con morir envenenados, como el propio Sócrates al ingerir la cicuta.

—Has dicho que hubo más víctimas, ¿de cuántas estamos hablando? —Intervino Myka.

—Tres más. En total se produjeron diez muertes bajo las mismas condiciones. Después de la décima víctima, el asesino y el artefacto simplemente desaparecieron.

—¿Así sin más? —Preguntó Pete.

—A nosotros también nos sorprendió y… frustró, ya que no pudimos atraparlos. En aquel entonces pensamos que el Vial se regía por algún tipo de ciclo; en algunos de los documentos que estudié, se mencionaba la posibilidad de que alcanzado cierto número de muertes, el portador del Vial se viese impelido a consumir la sangre acumulada en su interior y esto provocase su muerte también, como si se tratase de la propia cicuta original.

—Ese es muy mal ju-ju —musitó Pete.

—De manera que el artefacto quedaría libre de nuevo, suelto a saber dónde y pudiendo caer en las manos de cualquiera, empezando nuevamente su macabro ciclo —terminó por concluir Artie.

—Exactamente —asintió Helena.

—¿Y qué os llevó a pensar en el Vial en un principio? —Quiso saber Myka—. Quiero decir, aun cuando sospechaseis de la implicación de algún artefacto, ¿por qué pensar precisamente en ese, cuando muchos ni siquiera creían en su existencia?

—Una pregunta válida —le sonrió Helena y por una breve fracción de segundo ambas mujeres olvidaron que al otro lado del Farnsworth seguían estando su compañero y su jefe—. Fue por las víctimas —continúo—. Al principio no parecía haber entre ellas ningún tipo de conexión, pero una vez pudimos indagar un poco más, dimos con ella. ¿Alguno de vosotros recuerda por qué razones sentenciaron a muerte a Sócrates?

—Mm… Esa me la sabía —masculló Pete.

—Por no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud —contestó Myka.

—Así es —asintió Helena nuevamente—. La conexión que encontramos era que todas las víctimas eran bien conocidas en su entorno por tener creencias un tanto cuestionables… o mejor dicho, por carecer de ellas. Eran agnósticos.

—¿Esa era la conexión? —intervino Pete—. No veo que sea muy relevante, a no ser que se movieran en los mismos círculos o…

—No, no, no —interrumpió Artie—. Es una buena teoría. Si el portador del Vial era un creyente consumado, rayando en lo fanático, probablemente el artefacto le afectó a través de ello. "No reconocer a los dioses"…, algo que un creyente devoto podría interpretar como la actitud de un agnóstico. Un cierto odio hacia ellos y la presencia maliciosa del artefacto sería el perfecto detonante.

—Esa es la conclusión a la que llegamos Woolley, Catarunga y yo. Aunque finalmente no pudimos hacer nada —cierto tono derrotado tiñó la voz de Helena.

—Este artefacto parece ser de los escurridizos —Myka puso una mano acariciante en su espalda para animarla—. Hicisteis lo que pudisteis. Ey, nadie más quiso investigarlo, sino fuera por vosotros, ahora mismo no estaríamos discutiendo todo esto.

—Myka tiene razón, H.G. —añadió Pete, parte de su cara asomando tras Artie—, ya sabes como son algunos artefactos, parecen que tuviesen vida propia y ser capaces de escaparse.

Helena sonrió a ambos agentes, agradecida por su comprensión y palabras de ánimo.

—Si se trata del Vial, esta vez no pienso dejar que se escape —aseguró, no obstante.

—Muy bien, parece que tenemos un nuevo caso —dijo Artie— y que por el momento vuestras vacaciones quedan suspendidas. Debéis buscar la conexión entre las seis víctimas… Y si el patrón a seguir es el mismo que en 1896, eso quiere decir que estamos a cuatro víctimas más antes de que el Vial acabe con su nuevo portador y desaparezca otra vez. Intentemos no llegar a eso.

—La conexión tiene que estar relacionada bien con creencias religiosas o bien con algo relacionado con corromper a jóvenes —resumió Myka—. Vamos a necesitar mirar los informes sobre las víctimas que hiciera la policía —no lo dijo, pero esperaba que pudiesen convencer a Jane de que les permitiese leerlos.

—Recordad que no sabemos cómo funciona exactamente el Vial o el estado mental de su portador, así que tened cuidado —les advirtió Artie—. ¿Necesitáis que os enviemos algo? Claudia y Steve están en Los Ángeles ahora mismo, pero podría enviaros a Pete como refuerzo.

—Puedo estar allí esta misma noche —se apresuró a asentir el agente.

—No será necesario —negó Myka—. Y tenemos guantes y bolsas estáticas en el coche. Estaremos bien. Helena y yo podemos ocuparnos de todo. De verdad, Pete —insistió al percibir la protesta de su compañero—, ya estamos aquí y conocemos a los detectives que han estado llevando los casos de suicidio hasta ahora. No creo que les guste la idea de que otro federal se una al grupo y, además, contaremos con su ayuda para dar con el portador y asesino, dudo mucho que vayan a querer quedarse al margen, digamos lo que les digamos.

—De acuerdo, pero si necesitáis mi ayuda, no dudéis en llamarme —aceptó Pete.

—Mientras, miraré a ver qué más puedo encontrar sobre el Vial en los archivos, quizás algún agente posterior al Almacén 12 volvió a cruzarse con ello y dejó alguna nota o información —les dijo Artie y cortó bruscamente la comunicación como era habitual en él.

—Parece que tenemos trabajo por delante, querida —comentó Helena.

—Sí —Myka sonrió de medio lado dirigiéndose a la puerta de la oficina—. Ni siquiera unas vacaciones normales podemos tener.

—Lo normal está sobrevalorado —le devolvió la sonrisa Helena—. Y admítelo, amor, te gusta este tipo de vida.

Por toda respuesta, Myka dejó escapar una carcajada mientras sacudía la cabeza y abría la puerta para reunirse con la gente que les aguardaba al otro lado.

Mientras aquella conversación vía Farnsworth tenía lugar, en la sala de autopsias Jane estaba poniendo de manifiesto su más que pequeño deseo de que dos agentes federales se metieran en su caso, sobre todo si seguían sin querer compartir la información que tenían con ellos.

—No, ni de coña —negó nuevamente la detective ante la sugerencia de Frost de que tal vez deberían darles una oportunidad, al menos escuchar que les había dicho su superior al respecto.

—Jane, ¿puedo hablar un momento contigo, por favor? —Pidió Maura suavemente y aunque Jane vaciló unos segundos, finalmente, aceptó y siguió a la castaña hacia una esquina de la sala; Frost se disculpó rápidamente y dijo que si le necesitaban para algo o tomaban una decisión, estaría arriba en su mesa.

—Sé lo que vas a decir, Maura, y no, no pienso dejar que dos federales se metan en mi caso.

—Creía que solo tenías problemas con los agentes del FBI —comentó Maura.

—Servicio Secreto, FBI, NSA… me dan igual las siglas o el cuerpo, siguen siendo agentes federales —gruñó la morena.

—Jane, intenta razonar…

—¿Acaso estás insinuando que estoy siendo poco razonable? —Los ojos oscuros destellaron amenazadores.

—Sí, la verdad es que cuando se presenta una situación como está, tiendes a serlo —afirmó Maura sin que aquella mirada dura la intimidara—. Solo te pido que pienses un poco en las ventajas de que Myka y Helena nos echen una mano en este caso. Aparte de ti, ellas son las únicas personas que piensan que no se trata de un suicidio, sino de un asesinato, creo que su ayuda podría arrojar algo de luz sobre ello.

—¿Te dejas convencer así sin más? Maura, tu siempre necesitas de hechos y pruebas, te basas en lo que tus autopsias y exámenes de laboratorio demuestran. ¿Por qué ahora estás dispuesta a confiar a ciegas?

—No exactamente a ciegas —negó la castaña acercándose a su detective y tomando sus manos—. Con el tiempo, he aprendido a confiar en tu instinto, por mucho que prefiera la seguridad de las pruebas y los hechos, tengo que reconocer que raramente te equivocas y desde que empezaron estos suicidios no has dejado de darles vueltas, pensando que algo no termina de encajar. Ahora dos agentes del Servicio Secreto parecen creer que tienes razón y pueden ayudarnos a conseguir las pruebas necesarias para dar con un asesino del que no sabemos nada. Y Myka es alguien que, como yo, se basa en los hechos y la lógica y es evidente que signifique lo que signifique ese pinchazo en el brazo de nuestra víctima, ella está segura de que Helena ha visto algo en ello que el resto de nosotros no.

"Así que, tal vez podrías concederles al menos el beneficio de la duda, dejar que nos ayuden y ver a dónde nos lleva todo esto. Sé que quieres resolver el caso.

—Si es que hay caso —masculló Jane, muy consciente de cómo los pulgares de Maura estaban masajeando el dorso de sus manos; era un truco que la forense utilizaba siempre que quería calmarla y "tratar de hacerla entrar en razón", como ella decía, Jane lo sabía, por supuesto, pero eso no quería decir que fuese menos inmune a sus efectos.

—Tú crees que lo hay. Y ellas también. Dales una oportunidad.

Jane exhaló un largo suspiro, Maura tenía razón, como generalmente solía ocurrir; hasta ahora, nadie había tomado aquellos suicidios por otra cosa que no fuera exactamente eso, salvo probablemente Jane, pero no había compartido sus sospechas con nadie más que con Maura, porque realmente no había mucho sobre lo que ir a parte de su instinto y con eso solo no se abre y se construye un caso, no tenían punto de partida y todos los indicios apuntaban a un suicidio, nada más. Pero Myka y Helena habían llegado a la misma conclusión que ella, o eso creía, que en aquellas muertes había algo más, algo que parecía relacionado con el trabajo que ellas realizaban, es más, la inglesa afirmaba que ya se había topado con algo parecido en el pasado. Como odiaba tener que dar su brazo a torcer, gruñó para sí.

—Está bien —le dijo a Maura, que sonrió satisfecha—, las dejaré entrar en esta fiesta. Siempre y cuando estén dispuestas a compartir toda la información con nosotros —puntualizó.

—Comprensible, cierto quid pro quo es necesario, sí —comentó Maura.

—Sí, bueno, llámalo como quieras, yo solo quiero algunas respuestas —dijo Jane.

Al oír la puerta de la oficina abrirse, ambas mujeres se volvieron y fueron al encuentro de las otras dos, a juzgar por sus expresiones serias, debían haber alcanzado algún tipo de decisión importante respecto al siguiente paso a dar.

—¿Y bien? —Inquirió Jane impaciente.

—Queremos ayudaros con este caso —respondió Myka—. Tenemos razones para creer que es del tipo que nosotros investigamos.

—De nuevo con las respuestas vagas —advirtió Jane—. Además, no suena como que queráis "ayudar", sino convertir este caso en vuestro.

—Es complicado, detective —intervino Helena, el tono era el habitual que solía emplear con otros agentes de la ley cuando se cruzaban con ellos en la búsqueda de algún artefacto y estos entorpecían su trabajo, autoritario y seco.

—Y creo recordar que antes dije que me importa una m… —se interrumpió y rectificó sus palabras al captar la mirada de desaprobación de Maura—. Que no me importa nada que sea complicado o no. Si queréis entrar en el caso, necesito saber que es lo que sabéis al respecto. Saber a qué nos estamos enfrentando aquí.

Myka asintió, era comprensible, Jane no era precisamente un simple oficial de policía al que podían más o menos manejar, no, era una detective experimentada, con una mente aguda e inteligente, alguien que no se conformaría con juegos de palabras o el simple "es clasificado", ella necesitaba saber. Y Myka era consciente de que para tener una posibilidad de atrapar al portador del Vial y hacerse con el artefacto iban a necesitar de sus habilidades y ayuda, no solo por su experiencia, sino por su conocimiento de la ciudad. El momento de las cuidadosas explicaciones había llegado; no podrían hablarles del Almacén, pero mencionar la existencia de un artefacto… no sería la primera vez, pensó recordando los Prismáticos del Enola Gay.

—Es verdad, no solo queremos ayudar —empezó Myka con sinceridad—. Queremos participar en el caso completamente, porque se trata de uno de los que nuestro Departamento persigue. Creedme, Jane, Maura, de no haber estado nosotras aquí ya, en unos días lo habríamos estado o alguno de nuestros compañeros, porque tarde o temprano, estas muertes habrían llamado nuestra atención —al menos, eso quería creer Myka, que finalmente el ping habría saltado en los sistemas del Almacén.

—¿Y cómo es eso? —preguntó Jane—. ¿Por qué unos simples suicidios sin aparente conexión iban a llamar la atención de un Departamento del Servicio Secreto en el sur de Dakota? ¿Es que acaso está relacionado con el Presidente y no nos hemos enterado? —la última pregunta exudaba sarcasmo en cada palabra.

—Para vosotros pueden parecer "simples suicidios", para nosotros, trabajando en lo que trabajamos, habríamos visto algo más, como de hecho Myka y yo hemos hecho —dijo Helena.

—La marca de aguja, sí —masculló Jane—. Todavía estoy esperando una explicación al respecto. Como ¿cómo creéis que este supuesto asesino hizo para que las víctimas se matasen a sí mismas?

—Pensamos que las droga de alguna manera —respondió Myka; no era del todo exacto, pero tampoco sabían a ciencia cierta cómo funcionaba el artefacto— y después las manipula para que se quiten la vida.

—A parte de los componentes de las pastillas usadas para la sobredosis, no hemos encontrado otras trazas de drogas o químicos —comentó Maura—. Claro que eso no quiere decir que no usase alguna sustancia de rápida desaparición en el organismo. ¿Eso es la marca del pinchazo? ¿Les inyecta alguna droga de rápido metabolismo?

—No, la droga debe administrársela de otra manera —dijo Helena, estaba bastante segura de que la sangre que se recogía en el Vial tenía algo que ver, el contacto directo con el mismo por parte de las víctimas no le encajaba como teoría—. Respecto al pinchazo, es para extraerles sangre.

—¿Para llevársela como alguna clase de trofeo? —Inquirió Jane arqueando las cejas.

—Probablemente —asintió Myka, de nuevo no del todo exacto, pero tampoco del todo mentira.

—El fetichismo por la sangre no es algo tan fuera de lo común para un asesino —señaló Maura—. Y ciertamente, las otras cinco víctimas también tenían una marca de pinchazo en uno de sus brazos —frunció el ceño—. Quizás debería haberles dado mayor importancia y ordenar análisis toxicológicos más exhaustivos.

—No has hecho nada mal, Maura —se apresuró a asegurarle Jane—. El resto de pruebas y las autopsias, así como las escenas no presentaban ningún indicio que apuntase a un posible homicidio.

—Jane está en lo cierto, Maura —abundó Myka—. No teníais forma de saberlo.

—Obviamente vosotros sí —dijo Jane mirando a las dos agentes—. Porque con bastante poco habéis llegado a la conclusión de que esos suicidios no son tales.

—Como he dicho antes, este es el tipo de casos en los que trabajamos.

—Extraños, sí —sacudió la cabeza Jane—. Está bien; nuestro asesino droga a sus víctimas de alguna manera y las obliga a matarse… Eso implica que debe conocerlas previamente o es hábil ganándose la confianza de la gente, porque para que las drogue sin pincharlas algo, debe tener acceso bien a una bebida o algo que estén comiendo, lo que sugiere que las víctimas debieron permitirle entrar en sus casas.

—Cierto —asintió Helena—. Y pensamos que debe haber alguna conexión entre las víctimas, si encontramos dicha conexión, estaremos más cerca de averiguar algo sobre nuestro misterioso asesino y sus motivos.

—¿Una conexión? —Jane hizo memoria sobre el resto de víctimas—. No encontramos ninguna… Claro que una vez que las muertes fueron declaradas como suicidio, tampoco investigamos más a fondo.

—Estaría bien si pudiésemos ver los informes de las seis víctimas —pidió Myka, muy consciente de que demandar algo en aquel momento no era la mejor de las ideas.

—Sí, imagino —Jane sonrió de medio lado, aunque no era un gesto completamente amistoso, tampoco era irónico—. Está bien, os pasaré los informes para que los leáis, quizás veáis algo que nosotros no, dado que parece que estamos en vuestro terreno de juego ahora. Ja —rió sin humor—, a ver cómo se toma Cavanaugh el que sigamos investigando estas muertes y que este último caso de suicidio siga abierto el lunes cuando vuelva al Departamento. Eso por no mencionar que el Servicio Secreto ha venido a husmear.

—Hay una forma de ahorraros esas explicaciones —aventuró Myka, ignorando la ofensa—, aunque no te va a gustar.

—Si, creo que se por dónde vas —gruñó Jane.

Ante las miradas curiosas de Maura y Helena, la agente pasó a explicarse.

—A partir de este momento, tanto este último suicidio, como los otros cinco, pasan a ser un caso del Servicio Secreto, de nuestro Departamento, Helena y yo tomamos el caso y requerimos vuestra colaboración para resolverlo y atrapar al asesino. Cualquier explicación que necesite tu superior, puede pedírsela a los nuestros.

—O intentarlo, al menos —sonrió Helena no sin cierta malicia.

—En otras palabras, nos quitáis el caso. —Era obvio que a la detective no le hacía mucha gracia aquello.

—Aunque os suene raro lo que os voy a decir, lo voy a hacer de todas formas para dejar claro que nuestra intención no es robar nada a nadie —dijo Myka seriamente—. Ni Helena ni yo vamos detrás del asesino, sino de lo que está usando para matar a sus víctimas, detenerlo a él es cosa tuya y de tu compañero, Jane.

—Muy bien —asintió Jane no del todo convencida—. ¿A qué te refieres con lo que "está usando"? ¿A la droga?

—No, al objeto que la contiene y que, por increíble que os parezca, es más que seguro el causante de todo esto en primer lugar.

—Ua… ¿Qué se supone qué significa eso?

—Significa que es todo lo que os podemos contar por el momento —intervino Helena, advirtiendo con una mirada a Myka de que era suficiente.

—¿Ah, sí? —Jane apoyó las manos en las caderas y adoptó una pose que sabía amenazadora.

—Sí —Helena se irguió ligeramente, para nada amedrentada por el gesto—. Tal y como yo lo veo, querida, tienes dos opciones, o trabajar con nosotras o no hacerlo y cerrar este caso como el resto, un suicidio. De optar por lo segundo, te guste o no, Myka y yo vamos a seguir adelante con nuestra propia investigación, a dar con el culpable y a apartar de las calles lo que está usando para matar. Así que si quieres ver cómo acaba todo esto, la decisión es tuya, detective.

Evidentemente la poca paciencia de Helena había alcanzado su límite, pensó Myka mientras contemplaba a ambas mujeres intercambiar duras y obstinadas miradas, toda una silenciosa lucha de voluntades.

—Esto es ridículo —dijo de repente Maura, al tiempo que cubría el cuerpo sin vida de Michael Donaldson y lo introducía en el congelador, dando un ligero portazo al cerrarlo; no era la primera vez que veía a Jane entrar en una de esas "competiciones de a ver quién escupe más lejos", como solía llamarlas la detective, con otro agente de la ley, pero aquello era ya demasiado—. Jane, entiendo tus recelos en todo esto, pero si Myka y Helena están en lo cierto, un asesino en serie está ahí fuera y hay que detenerlo. Así que ¿podemos dejar a un lado todo el asunto de "policías contra agentes federales"? Se supone que todos los cuerpos de seguridad sirven al mismo propósito, la seguridad de los ciudadanos, proteger y servir.

Las palabras de Maura hicieron que Jane y Helena abandonasen su batalla ocular y se girasen hacía ella; la segunda sonriendo levemente, la primera arrugando el rostro al ser consciente de lo estúpido de su actitud en todo aquello y la verdad que había en lo que la forense había dicho. Si había un asesino detrás de aquellas muertes, su deber era detenerlo antes de que otra se produjera y llevarlo ante la Justicia; hasta el momento esa posibilidad no había existido por el simple hecho de que nada parecía indicar que los suicidios fuesen otra cosa, aunque su instinto le dijese lo contrario. Ahora, tenía a dos agentes del Servicio Secreto que le daban la razón a sus sospechas, lo más sensato era aceptar su oferta. Y Jane sabía que no descansaría tranquila hasta resolver aquel misterio, detener al culpable y decirle a las familias de las víctimas que su ser querido no se había suicidado, que no habían hecho nada malo o no habían podido ayudarle de alguna forma. Dios, cómo odiaba tener que tragarse su orgullo y dar su brazo a torcer otra vez.

—Está bien —masculló relajando los brazos a los costados—. Supongo que tenéis razón… Las tres —suspiró—. Quiero ver cómo acaba esto y la única forma es colaborando con vosotras. Así que vamos arriba para que podáis mirar esos informes. Maura, si has terminado aquí, puedes acompañarnos, si quieres. —La castaña asintió y les siguió fuera de la morgue hacía los ascensores.

Una vez en la planta del Departamento de Homicidios, Jane les indicó a las tres que se sentaran en torno a una de las mesas que los detectives solían utilizar cuando estudiaban y analizaban pruebas en equipo y ella se dirigió a su escritorio y al de su compañero.

—Ey, Frost, necesito los informes de los seis suicidios en los que hemos estado trabajando —le pidió.

El joven detective alzó el rostro y la miró no sin cierta sorpresa, después dirigió su mirada a las agentes del Servicio Secreto y de vuelta a Jane.

—¿Cómo te han convencido? —Inquirió sonriente.

—No han sido ellas. Mau… Sabes qué, Frost, no es asunto tuyo —sacudió la cabeza y rodó los ojos—. Ahora, quieres darme esos informes.

—Está bien, está bien —el hombre trató de disimular su sonrisa lo mejor que pudo y se levantó para ir a buscarlos al archivo—. Los dos últimos están todavía en tu mesa —señaló la pila de carpetas que se amontonaban peligrosamente en uno de los extremos del escritorio de Jane.

Unos minutos después, Myka y Helena estaban enfrascadas en la lectura de dichos informes, de vez en cuando haciendo alguna pregunta bien a los detectives, bien a la forense que se sentaban frente a ellos. Jane se alegraba de que a esas horas de la tarde del sábado ya no hubiese nadie más por allí a parte de ellos, no tenía ningunas ganas de explicar la presencia de aquel par y por qué estaban mirando esos informes.

—Todas las víctimas eran profesores —comentó Helena un rato después.

—Sí, pero no trabajaban en el mismo sitio, ni siquiera enseñaban los mismos cursos. Uno era profesor de matemáticas en un instituto del sur de Boston, una de las mujeres creo que daba clases en la Universidad de Boston, otro en el MIT y nuestra última víctima era profesor de primaría —dijo Jane—. Puede que solo sea una coincidencia.

—Creo que puede ser la conexión que estábamos buscando —intervino Myka—, aunque no solo es el hecho de que todos fueran docentes.

—¿Qué más? —Preguntó Frost.

—Algunos de estos nombres me son familiares —Myka se mordió el labio inferior, concentrada en recordar—. Al menos el de Anna E. Libermann sé que es el de la autora de un ensayo sobre la literatura del siglo XIX que se publicó el año pasado.

—¿Y eso importa por…? —Inquirió Jane, su curiosidad picada.

—Oh —Helena parecía saber por dónde iban los pensamientos de Myka—. ¿Crees que todos han publicado algún libro?

—Sí, necesitamos buscar sus nombres en la Red y cruzar referencias en bases de datos.

—Puedo encargarme —se ofreció Frost.

Myka estuvo apunto de decirle al detective que no era necesario, que tenían a alguien en casa que podía obtener aquella información en cuestión de segundos, pero entonces recordó que Claudia se encontraba en Los Ángeles persiguiendo junto a Steve otro artefacto. Así que asintió y Frost se dirigió a su ordenador. La verdad es que el hombre demostró ser bastante rápido y apenas unos diez minutos después, les indicó que se acercaran a su mesa.

—Ciertamente, todas las víctimas han publicado libros —empezó a explicar—. Aunque la mayoría versan sobre las diferentes áreas sobre las que imparten clases, todos ellos han publicado algún escrito relacionado con la educación, concretamente sobre el sistema educativo y los valores que se enseñan en las escuelas. Estos trabajos han tenido bastante controversia, por lo que parece.

—¡Eso es! —exclamó Myka.

—Precisamente —sonrió Helena aquella sonrisa suya—. "Corromper a la juventud".

—¿Qué? —Preguntaron al unísono Jane, Maura y Frost.

—La conexión entre nuestras víctimas y la razón que las ha convertido en objetivo de nuestro asesino —dijo Helena.

—Y puede que él también sea profesor o lo haya sido en algún momento —añadió Myka.

—Ok, ok. Creo que aquí hay tres personas que necesitan un poco más de explicación —se quejó Jane frotándose la cara.

—¿Qué tal si esa explicación se produce tras una cena? —sugirió Maura señalando la oscuridad creciente a través de las ventanas, el sol estaba ocultándose dando paso a la noche.

—Me parece una idea estupenda —se mostró de acuerdo Helena y Myka no tardó en asentir, seguida de Frost.

Jane pensó que el descanso les vendría bien a todos y que después de toda la tensión de hacía un rato, discutir el caso y los hallazgos que parecían haber hecho las dos agentes con una cerveza en la mano después de llenar el estómago era una buena idea. Así que los cinco se pusieron en camino hacia el Dirty Rober, a fin de cuentas era una noche de sábado.

. — . — . — .

El ocaso era su momento favorito del día, ese instante en que los últimos rayos del sol se deslizan dorados sobre la tierra hasta sucumbir en la oscuridad, dando paso a la noche; por eso había elegido aquella hora para cumplir con su cometido y hacer justicia, castigar con la pena máxima a aquellos que estaban dispuestos a hacer daño a criaturas inocentes e impresionables, que se creían con el derecho de decir lo que era correcto y válido y lo que no. Con el derecho de imponerlo.

Las últimas luces del día morían, mientras contemplaba casi en éxtasis cómo su último condenado tragaba, una tras otra, las pastillas que habrían de poner fin a su peligrosa existencia, al veneno que cumpliría su sentencia. Cuando aquel vil ser expirase, estaría un paso más cerca de culminar su cometido y entonces, sería el momento de cumplir también con su propio castigo; aunque antes no lo había sentido así, ahora sí lo hacía, era una certeza, con cada nueva condena cumplida, sentía que también tendría que afrontar la suya, era lo justo y lo que la ley decía y acataría la ley, porque siempre la serviría. Los dedos de una de sus manos se apretaron en torno al pequeño objeto que sostenía entre ellos, pronto, muy pronto todo habría acabado y sin duda, habría hecho del mundo un lugar mejor.