Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, yo sólo los uso por diversión y fangirlismo.


Capítulo III: Ley del hielo.:

Elsa había llegado a la conclusión de que la esgrima era un auténtico aburrimiento. Después de dos horas de contemplar cómo los mejores espadachines de las Islas del Sur se batían en duelo, Elsa se sentía orgullosa de sí misma por no haber cabeceado ni una sola vez pese a morirse de ganas por hacerlo.

Pero qué práctica más cansina, no entendía cómo a la gente le podía entusiasmar tanto.

Además de los dos hijos del rey y los condes ingleses, habían asistido al castillo bastantes nobles provenientes de las islas más cercanas a la principal, y después de la demostración con las espadas se habían retirado todos al salón de festividades que había en el castillo.

Elsa se había pasado los dos últimos años acostumbrándose a dirigir un reino y poniéndolo todo en orden, por lo que cada vez que era invitada a una festividad siempre enviaba a Anna en su nombre. A ella le gustaban aquel tipo de cosas y además se le daba mucho mejor que a Elsa relacionarse con la gente, así que la Reina había obviado aquel tipo de labores más sociales. Ahora se arrepentía un poco, porque se veía como pez fuera del agua en aquel sitio.

La música sonaba, y varias parejas bailaban delante de ella. Elsa se encontraba justo al lado de una mesa repleta de comida, observándolo todo y midiendo los minutos que le faltaban para que fuese protocolario retirarse a su habitación. Si le agradaban las fiestas de Arendelle era porque se encontraba con la gente de su reino, con su hermana y con sus amigos. Pero en un lugar extraño y repleto de desconocidos aquello se le estaba haciendo soporífero.

Más allá de eso, había algo que rondaba la cabeza de Elsa desde que había comenzado todo aquello, y era que no había visto a Hans en toda la tarde. No es que quisiera verlo, después de comprobar que además de ser un desalmado también tenía un carácter horrible, no deseaba ni por asomo tenerlo demasiado cerca. Pero no entendía por qué no andaba por allí, después de todo era un príncipe, ¿no?

Los dos hermanos mayores de Hans se mantenían junto al rey saludando a la gente y mostrando sus respetos, pero no había ni rastro del más pequeño. Ni en la exhibición ni en la fiesta de después. Era como si se hubiese evaporado.

Elsa sintió la mirada del rey clavarse en ella, y supo que lo correcto era acercarse, pues todavía no había ido a mostrar pleitesía.

La reina no podía adivinar cómo de mayores serían los hermanos de Hans que estaba a punto de conocer, pero el que se encontraba a la derecha del rey parecía bastante más joven que el de la izquierda. Ambos eran pelirrojos, como Hans, y guardaban cierto parecido con él. Aunque se apreciaban notables diferencias respecto al menor.

Cuando Elsa llegó hasta ellos, se inclinó como marcaba el protocolo y ellos hicieron lo propio.

—Majestad —saludó, y luego miró a los príncipes—. Sus Altezas.

—No he tenido el placer de presentaros a mis hijos durante la exhibición —dijo el Rey, sonriendo afablemente, y miró hacia su izquierda—. Este es mi quinto hijo Klaus, y el muchacho de mi derecha es el décimo, Friederich.

Elsa no había procesado que Hans tuviese tantos hermanos hasta que se cercioró de que realmente había un quinto y un décimo. Trece hijos le parecía una barbaridad, quizás fuese tradición en las Islas del Sur tener familias grandes, pero de todas formas lo veía algo excesivo.

—Es un placer.

Ambos hermanos miraron a su padre con expectación, cuando este les dirigió un gesto de aprobación, relajaron sus posiciones y se dirigieron hacia Elsa. Parecía como si no pudiesen ni moverse sin el consentimiento paterno.

—Espero que estéis teniendo una buena estancia en el castillo, majestad —le dijo el mayor, Elsa observó que tenía un trato muy serio y bastante distante.

—Oh, sí, por supuesto —asintió ella, poniendo mucho más entusiasmo del que tenía en realidad—. No puedo quejarme de nada.

—Es un detalle por vuestra parte haber accedido a visitarnos —aquel era el más joven de los dos, también era el que tenía un mayor parecido físico a Hans. Y, además, resultaba bastante más agradable que el mayor—. Me apena muchísimo que mis hermanos estén tan desperdigados en estos momentos, pero en cuanto lleguen todos al castillo podréis ver como el ambiente se anima mucho más.

—Bueno, no debéis preocuparos —Elsa intentó ser lo más políticamente correcta que le fue posible—. Haya más o menos gente, el ambiente que se respira por aquí es de lo más agradable.

La conversación no duró mucho más, y Elsa tampoco hizo mucho para alargarla. Tras intercambiar algunas frases más con la familia real, la joven aprovechó la llegada de unos nobles de la isla vecina para escabullirse de nuevo entre la gente. Se dirigió al lugar en el que había estado antes observándolo todo, y decidió quedarse allí.

Volvió a mirar a los hermanos de Hans, que en ese instante estaban hablando con algunos de los invitados. Elsa no pudo dejar de preguntarse si lo que estaba viendo era real, o aquellos hombres también tendrían una cara oculta como el menor de los hermanos.


Al cabo del rato, Elsa se sentía realmente hastiada. Aquello era aburridísimo, y después de casi una hora ya no lo aguantaba más. Elsa necesitaba tomar un poco el aire, tanta gente comenzaba a agobiarla, por lo que decidió escabullirse intentando pasar desapercibida entre la gente.

Deambuló un poco por los pasillos, aunque después de pasarse varios días con tours guiados por palacio ya no le apetecía mucho apreciar el arte que podía ofrecerle, estaba bastante aburrida de ello. Recordó que un poco más adelante había una escalera que llevaba al patio trasero del castillo, y decidió bajar por allí. Sabía que los criados estaban demasiado ocupados para andar por esa zona, así que pensó que era una buena opción para estar sola.

Se dirigió rápidamente hacia las escaleras y cuando notó el frío golpear su rostro se sintió mejor que nunca. Necesitaba algo así para reponerse.

Los jardines traseros apenas estaban iluminados por unas pocas velas repartidas, pero proporcionaban la luz suficiente para no darse de bruces contra cualquier elemento interpuesto en el camino.

Elsa decidió que daría un paseo y luego subiría de nuevo, estaría un rato y se retiraría con alguna excusa, era la opción más consecuente.

—Va en contra del protocolo husmear en sitios ajenos si el anfitrión no te acompaña.

Elsa reconoció la voz de Hans al instante, y arrugó la frente de forma instintiva.

Miró a su alrededor, encontrado la esbelta figura del joven justo detrás de ella. El pensamiento que había tenido un rato antes en referencia a su ausencia le volvió a la mente al verlo con ropas totalmente normales. No iba vestido para la fiesta, de hecho ni siquiera estaba presentable para asistir a una reunión informal.

Hans la miró de arriba abajo, y luego levantó las cejas sorprendido.

—Vaya, esperaba que llevases el vestido ese a prueba de glaciares —observó con burla—, no imaginaba que asistieses a las fiestas importantes con el uniforme de clausura.

—¿No dice nada el protocolo de las ofensas hacia los invitados?

Hans se encogió de hombros.

—Seguramente, pero no eres mi invitada —matizó—, sino la de mi padre.

Elsa prefirió no seguirle el juego, si se enzarzaban en otra pelea verbal ella iba a terminar de mal humor y él consiguiendo su propósito, y no quería caer de nuevo en la misma trampa.

Resopló, aquello era perfecto. Lo único que deseaba era un poco de tranquilidad solitaria y se encontraba a la última persona a la que quería ver. Aquello debía ser una especie de señal para indicarle que debía volver a la fiesta, por lo que decidió que marcharse era la mejor opción. Sin embargo, mientras se dirigía de nuevo hacia la puerta de las escaleras, Elsa pensó que quizás había llegado la hora de tomarse la revancha.

Se volteó hacia Hans, que comenzaba a alejarse, y abrió los labios para lanzar la incógnita que le había rondado la cabeza durante todo el día.

—¿Por qué no estás allí arriba?

El pelirrojo se detuvo en seco, girando levemente su cabeza para mirar a Elsa.

—Sí, he conocido a tus hermanos. Klaus y Friederich —le informó—, me ha parecido raro que no estuvieses con ellos. Tampoco estabas en la exhibición.

Hans sonrió con sorna, pero a Elsa no se le escapó el hecho de que antes de hacer eso, la había fulminado con una mirada repleta de odio. Quizás iba por buen camino, aunque él quisiese fingir.

—Si llego a saber que era tan fácil llamar tu atención hubiese ido a por ti en lugar de a por tu hermana —le soltó—. Y pensar que te deseché como primera opción al pensar que eras demasiado difícil…

La primera reacción de Elsa fue la de quitarse los guantes de las manos y enterrar a Hans bajo la nieve de una vez por todas, que la atacase con algo tan rastrero y sucio era motivo de sobra para desatar su furia, pero hubo un detalle que la detuvo y la devolvió al camino de la razón, y es que Hans no había dicho aquello con el tono jocoso que utilizaba usualmente, sino que se apreciaba en su voz la voluntad de hacer daño. Eso le indicó a Elsa que, efectivamente, acababa de dar en el clavo. Si lograba controlar su enfado ante las palabras de Hans, quizás pudiese ganar aquella partida.

Lo miró de forma gélida y se cruzó de brazos.

—No has contestado a mi pregunta —insistió—. Y eso hace que me asalte otra duda más: ¿Por qué los criados no te hablan? Lo noté ayer en la biblioteca, el hombre que me estaba enseñando el palacio ni siquiera te hizo una reverencia.

Hans le sostuvo la mirada durante algunos instantes, pero Elsa no pestañeó ni un momento, era una cuestión de orgullo propio y de lucha de poderes. Ese imbécil llevaba riéndose de ella desde que había llegado, ya era hora de que se tomase la revancha.

Finalmente, el pelirrojo hizo una mueca de asco y chasqueó la lengua, aunque inmediatamente recobró aquel gesto de suficiencia que se gastaba siempre.

—¿Qué te parece mi padre, Elsa? —preguntó entonces, su tono era casual y calmado.

La reina se quedó totalmente descolocada.

—¿Qué tiene que ver eso con lo que te acabo de preguntar?

—Mucho —le aseguró Hans—. ¿Qué te parece mi padre?

Elsa se quedó en blanco, lo cierto es que no tenía una opinión muy formada del monarca.

—No lo sé, lo encuentro un hombre agradable.

—Sí, es muy agradable, ¿cierto? —Hans parecía hablar más para sí mismo que para ella—. Seguro que cuando llegaste aquí se mostró muy dolido al ver que su pobre y desviado hijo pequeño había resultado ser un homicida. ¿Me equivoco?

Elsa no dijo nada. Aunque en cierto modo había sido así, la actitud de Hans comenzaba a inquietarla ligeramente, prefería dejarlo hablar y ver qué sucedía.

—Y es muy probable que se le humedecieran los ojos al pensar en los horribles actos que su demoníaco decimotercer hijo había cometido contra ti y contra tu hermana —se burló, estaba poniendo una voz cómica, aunque a Elsa le parecía algo escalofriante—. Y te imploraría que le dejases a un pobre y viejo padre avergonzado que escarmentase a su hijo para ver si así podía devolverlo al buen camino, ¿no?

Hans volvía a tener el control de la conversación, y cuando Elsa se percató de ello se dijo a sí misma que debía detenerlo cuanto antes.

—¿Qué intentas decirme con todo esto?

—Que eres una crédula —respondió, acercándose a ella con calma y colocándose a un par de metros. Elsa estuvo tentada a retroceder para salvaguardar una distancia prudencial, pero prefirió quedarse en el sitio, no deseaba que Hans pensase que le tenía miedo. No era así—. A mi padre no le importa en absoluto a quién maten sus hijos o dejen de matar, lo que no perdona es que le avergüencen.

Hans hizo una pausa y luego prosiguió.

—No —rectificó—, que manchen el nombre de la familia, eso es lo que le enfurece. Para mi padre las personas no son importantes, es la fama lo que permanece, no los hombres. Si te ha hecho creer que está muy apenado por lo sucedido te informo que no le importa en lo más mínimo, lo que está es acobardado por si pierde influencias en el extranjero.

Elsa comenzaba a entender que acababa de meterse en la boca del lobo. Aunque Hans no era de fiar, y ella misma se había impuesto la ley interna de no creer ni la mitad de sus palabras, algo le decía que estaba siendo sincero, o al menos parcialmente. Y si eso era cierto, significaba que ella estaba nadando en aguas de tiburones, e iba a tener que estar alerta constantemente.

La Corte de las Islas del Sur parecía mucho más fría que Arendelle en pleno mes de enero, y ella comenzaba a darse cuenta de ello.

Miró a Hans con altivez, sin variar su posición digna.

—¿Algo más? —le preguntó, evidenciando con su tono que hacía falta mucho más para acobardarla.

—¿No me habías hecho una pregunta? —Hans alzó las cejas.

Elsa recordó entonces que todo había comenzado porque ella intentaba meter el dedo en la yaga, y de hecho parecía haberlo conseguido. Asintió, juntando sus cejas con recelo.

—¿Vas honrarme con una respuesta? —ironizó fingiendo sorpresa.

La tensión en el ambiente era tan opresiva que daba la sensación de poder cortarse con un cuchillo. Los silencios que aparecían cada vez que uno dejaba de hablar se hacían pesados y huecos, cada palabra parecía un movimiento de ataque.

—¿Qué te contó mi padre sobre el castigo que me había impuesto?

Elsa desvió la mirada, intentando recordar.

—Algo sobre que te había relegado de tus derechos como príncipe —respondió, tampoco recordaba muy bien las palabras exactas.

—Es una forma muy bonita de llamarlo.

Hans retrocedió un poco, y deambuló un rato hasta que decidió subirse al alfeizar de una de las ventanas bajas que había en las paredes del castillo. Desde su posición de mayor altura, miró a Elsa y le sonrió con sorna.

—Mi padre les dijo a mis hermanos que podían juzgar un castigo consecuente a mis actos —explicó—. Ellos no se pusieron de acuerdo, así que él dictaminó que la idea que le pareciese más adecuada sería la que finalmente aplicarían sobre mí. Y lo cierto es que todas fueron bastante típicas, excepto la que se le ocurrió al séptimo de mis hermanos.

Escuchar hablar a Hans sobre lo que había sucedido con ese nivel de cinismo en su voz era una prueba más a la que Elsa se acogía para demostrarse a sí misma que aquel hombre podía ser de lo más retorcido.

—Se le ocurrió que podían hacerme una Ley del Hielo. Pro a nivel general, ¿sabes? A lo grande.

Elsa lo miró confusa.

—¿Qué es una Ley del Hielo?

—Esa es la parte buena de la historia —Hans sonrió cínico—. Se trata de convertir en invisible a una persona. Nadie tiene permitido hablarme dentro del castillo, ni mirarme, ni dirigirse a mí. Si tuviese algún problema médico, nadie tendría permitido ayudarme. Lo único que pueden hacer los criados es dejarme comida en la puerta de mi cuarto, pero ni siquiera pueden entrar a dármela personalmente. El único que tiene permitido dirigirse a mí es mi padre, los demás tienen penado con cárcel hacer cualquier tipo de apreciación sobre mi existencia sin su consentimiento.

Elsa abrió la boca para decir algo, pero Hans prosiguió.

—Lo divertido de este asunto no es sólo eso, sino cómo han evolucionado las cosas —continuó—. Llevo dos años recluido en el ala más alejada del castillo, en una habitación aislada de todas las demás. Nadie me ha hablado en todo este tiempo, ni siquiera mi padre. Y hace una semana, me hace llamar por primera vez. ¿Y a qué no sabes lo que me dijo?

Era una pregunta retórica, por supuesto, pero Elsa tragó saliva y se aventuró a preguntarle para incitarle así a seguir con el relato.

—¿Qué te dijo?

Hans la miró como si la respuesta fuese la cosa más obvia del mundo.

—Que ibas a venir, que yo debía ponerme a tu entera disposición —respondió con naturalidad—. Que la única persona con la que iba a poder entablar conversación, era la misma a la que intenté matar dos años atrás. ¿No te parece irónico?

A Elsa le parecía de lo más estremecedor.

No podía culpar a un hombre de castigar a su hijo como buenamente quisiese, y tampoco podía quejarse porque hacerlo sería de locos. Hans había intentado matarla, había engañado y jugado con su hermana. ¿No se merecía un castigo ejemplar? Lo cierto es que sí. Otros reinos le habrían impuesto la horca, y también podría haber terminado en un calabozo. Aunque Elsa debía admitir, que la mente del Rey era verdaderamente retorcida. Aquello era maltrato psicológico puro y duro.

Aunque no podía negarse a sí misma que la situación le parecía sobrecogedora, Elsa se mantuvo en sus trece, haciendo todo lo posible para que su verdadero estado de ánimo no saliese a la luz. Miró a Hans con indiferencia y carraspeó un poco.

—Espero que no estés intentando darme lástima, porque no voy a cambiar mi opinión sobre ti. Cometiste un acto atroz, y ahora estás pagando por ello. Es lo justo.

—Yo no busco que nadie me tenga lástima —contestó irritado, parecía que la insinuación de Elsa había logrado alterarlo—. La lástima es para los débiles.

—La misericordia no es mala –concedió Elsa—, pero sólo la recibe quién la merece. Y no es tu caso, desde luego.

—La misericordia es para aquellos que no saben salir solos de sus problemas —contraatacó él—. No busco tu lástima, ni tampoco tu perdón. Sólo quiero que tengas claro que no estás en tu querido Arendelle, y si te fías de quién no debes, puedes acabar haciendo cosas muy perjudiciales para ti.

—¿Y debería fiarme de un tipo que intentó matarme y robarme mi reino?

—Deberías fiarte de un hijo que lleva varios años queriendo truncar algunos planes de su padre y sus hermanos. Y que ya no tiene nada que perder, dicho sea de paso.

—Eres realmente despreciable —observó Elsa, agitando la cabeza con turbación—. Te mueves por ambición, por codicia o venganza. ¿Eres incapaz de hacer algo por el bien de la gente?

—Yo me muevo por el bien de la gente que me importa —le aclaró, justo antes de sonreír con malicia—. El problema, Su Majestad, es que la única persona a la que aprecio ahora mismo soy yo.

—No puedo seguir hablando contigo, eres desesperante.

Elsa se dio la vuelta, ya no podía más. Hablar con alguien tan egoísta y rastrero era como dirigirse hacia una pared de piedra, no iba a sacar nada de esas conversaciones más que un mal sabor de boca.

—Buenas noches, Su Majestad —escuchó la burlona voz de Hans tras de sí.

Elsa se volteó para mirarlo con desprecio por última vez.

—Mejores que las tuyas seguro.

Y se marchó de allí tan rápido como pudo.


Aquella noche, el sueño no llegó tan pronto como otros días. Elsa no paraba de dar vueltas en la cama, repasando todo lo que había sucedido desde su llegada a las Islas del Sur. Cada vez que hablaba con Hans se quedaba peor, era como si él tuviese una especie de poder para deprimirla, o turbarla de alguna forma. Su sarcasmo, su cinismo y aquella deshumanización con la que hablaba de sus acciones y de la gente que lo rodeaba, creaban en Elsa una intranquilidad enorme.

¿Cómo era posible que realmente una persona no sintiese remordimiento alguno por sus malos actos? ¿Y cómo podía ser tan arrogante pese a estar en una posición de lo más baja?

Ese hombre debía ser una especie de monstruo, era todo lo que se le ocurría. Aunque en cierto modo, tampoco debía ser de extrañar. Si durante dos años todo el mundo había actuado fingiendo que él no existía, eso significaba que la sociedad de algún modo le había dado la espalda, y puede que él creyese que no le debía nada. Eso tenía sentido.

Elsa re reprendió por pensar algo así. No podía justificar a Hans, tampoco debía buscar razones comprensibles para su conducta. Él era una mala persona, un actor que utilizaba sus capacidades para mal y un mentiroso rastrero. Y punto.

¿Pero tendría razón con lo del Rey? ¿Podría ser el padre tan inhumano como el hijo? ¿Y estarían también los hermanos cortados por el mismo patrón?

La Reina de Arendelle comenzaba a arrepentirse de haber aceptado aquella invitación. Hans tenía razón en una cosa, y es que ella era un pez nadando entre tiburones. En Arendelle ella tenía a su familia, a sus súbditos y a gente que no le haría daño. Estaba segura y a salvo en su hogar. Pero aquel sitio en el que se encontraba tenía una especie de aura oscura que le daba muy mala espina, y se encontraba sola ante todo aquello.

Quizás debió hacer caso a Anna. Quizás no debería haber ido sola. Puede que no estuviese preparada todavía para enfrentarse al mundo real, después de tantos años de estar recluida en su cuarto, y de dos años de monarquía en los que siempre había estado en un lugar que sabía manejar a la perfección.

Elsa comenzó a sentir cómo la temperatura de la habitación descendía considerablemente, y se incorporó de golpe.

-¡No! –exclamó, y los copos de nieve que habían comenzado a caer se disiparon de repente.

Suspiró, llevándose una mano a la cabeza.

No, no podía dudar de sí misma, aquello no era sino la primera prueba de todas las que debería afrontar a lo largo de su reinado. Si no la pasaba, ¿cómo podría estar segura de saber ser una buena reina?

Era una adulta, y aunque su vida no hubiese sido la más normal del mundo en cuanto a aprendizaje social, debía comportarse como tal. Y tenía la obligación de adaptarse a las circunstancias y de aprender a moverse con ellas, aunque todo pareciera estar muy negro. Había dejado que el Rey le dijera lo que debía hacer, había permitido que Hans hiciese resurgir sus miedos. Pero eso había acabado allí mismo.

Ya no era ninguna niña, y ya no tenía miedo.

A partir del día siguiente, Elsa iba a poner unas cuantas cosas en orden.

Iba a demostrar que ella podía ser tan autoritaria como la que más.


Querría haber actualizado antes, pero no ha sido posible :/ Pero bueno, aquí he traído ya el tercer capítulo.

La verdad es que teniendo en cuenta los sucesos de la peli, y la mención que hace Hans a los hermanos que estuvieron ignorándole durante años, me parecía un buen castigo hacer que todo el mundo lo ignorase deliberadamente. Algo bastante retorcido y más psicológico que físico. Así que bueno, me pareció algo interesante para explotar.

Espero que os haya gustado el capítulo :) Muuuuuuchas gracias por los RR y por el apoyo, de verdad :D

Y a ver, respondiendo a los RR de gente sin cuenta:

Sakurasoul: Me alegro mucho, gracias por leer ^^

Cris: Pobrecita mía, Elsa. Yo creo que también acabaría bastante hasta las narices, porque para ella sería muy fácil congelarlo y quitarse el problema de encima, pero claro, eso no puede hacerlo xD Gracias por leer :)

Un saludo a todo. Y recordad: un review al año no hace daño xD