Hola, ¿qué tal les va? Espero que muy bien. Por mientras, estoy de vuelta con nu evo capítulo. Y como en cada ocasión, quiero agradecer sus reviews a: mi pequeña sakuno12 y a Castiel -¿Ukime Hazahara?-, a ustedes muchas gracias. Pero también a los que leen aunque no dejen comentario, sus lecturas quedan registradas, así que, ¡gracias!
Prince of tennis no me pertenece si no a Konomi-sensei.
Sin más, disfruten su lectura.
4
Vida
La vida sigue un curso definido sin que podamos cambiarla, la vida es como un río; el río una vez que toma su forma es difícil que la pierda, a menos que un algo exterior lo haga cambiar; y por lo general, siempre desemboca en el mismo sitio. La vida es igual, desde que nacemos seguimos el camino que nos indican nuestros padres, porque, según ellos, eso es lo que el destino nos deparo inclusive antes de nacer. Es un camino que aunque nos desviemos siempre volvemos a él, y solo el propio caprichoso destino conoce en donde desembocaremos.
La vida es una extraña paradoja del destino, si es que eso existe, y de los sueños más excéntricos del hombre. Según dicen, vivimos para hacer realidad el destino que se nos ha deparado; que vivimos para cumplir los sueños que tenemos. Pero como he dicho, la vida es una paradoja. Se nos pinta que la vida es nuestro destino, que la vida es nuestro sueño, pero la verdad es que el destino no lo eliges, el destino te elige; los sueños… los sueños no existen en este mundo gris, son sólo invenciones del hombre para hacer su existencia menos aburrida.
La vida es solo eso, la existencia de un cuerpo que se mueve por inercia propia, que se deja llevar por la corriente gris del monotonismo.
La vida, es una forma menos vulgar de llamar al hecho de que todos somos marionetas del destino.
De niños se nos confunde con lo que es vida y lo que es un ser vivo. Hay padres que explican que la vida es todo aquello que puede moverse y claro el niño siendo tan inocente de pensamiento ¿Qué va a saber que aquello es erróneo? Pues cuando se es niño la vida solo se centra en nuestra familia, la escuela, los amigos y las dulces travesuras típicas de la etapa que equivalen a gritos, risas y sonrisas. Pero, ¿qué pasaría si estando aún en esta tierna etapa, nos destruyen lo que consideramos vida?
Pues la respuesta a esa pregunta la guarda celosamente el corazón de Kikumaru Eiji. Él sabía perfectamente lo que significaba perder una vida y al tratar de recuperarla sólo consiguió hacerse más daño. Y esa una de las razones no entendía cómo es que la gente podía sonreír sin temor a ser herida. (Porque la vida, en realidad, es disfrutar lo que uno quiere. Sin tapujos y diretes de otros). Comprendía que no todos padecían el mismo pasado que él; pero no por ello dejaban de vivir en el mismo mundo gris, lleno de desigualdad y rutina, donde los sueños son los únicos que mantienen vivo al hombre.
Fijó la vista en el techo de la habitación, sintiendo la frescura de las sábanas de su cama en la afiebrada piel. Los remedios descansaban desperdigados en el piso, cerca de la cama, junto con algunas envolturas de comida que consiguió en la tienda de conveniencia. No era la mejor comida pero era lo que había; y se sentía un tonto por desear que de un momento a otro su hermana, Ayame entrara por la puerta cantando alguna nana sin sentido sólo para hacerlo sentir bien o a su madre dándole de comer sopa de cebollín. No le gustaba admitirlo, pero en esos momentos era cuando echaba de menos su casa y su antigua vida…
Otro punto por el que no le gustaba enfermarse era por estar en casa sin hacer nada, tendría que faltar a las prácticas y al trabajo si no quería que ese pequeño resfriado empeorase.
Soltó un suspiro, cerró los ojos y pronto su mente se vio asaltada por aquellos recuerdos que por más que deseaba olvidar siempre regresaban. Su mente se volvía especialmente débil por la fiebre.
Se cubrió el rostro con ambas manos en gesto desesperado. Era como si todos sus miedos y culpes eligieran el momento para atormentarlo, y él no podía hacer nada más que oírlos pacientes, pues ¿qué podía hacer? No había forma de volver el tiempo, y aunque la hubiera, ¿qué podía hacer para cambiar el destino de su vida?
No importaba, lo mejor era sucumbir a la tortura de su mente, arrastrarse hasta el cansancio que mellaba su cuerpo, y poco a poco sumirse en un mundo de nebulosa y mentiras piadosas, donde su corazón encontraba un consuelo a las atrocidades de la realidad.
Cuando volvió a despertar ya era algo tarde, los últimos rayos del atardecer se colaban por entre las persiana de la habitación. Giró sobre su costado izquierdo, mirando hacía el resto de la estancia, donde la sala y la habitación se hacían una sola. No era un lugar muy lindo pero era lo mejor que logró conseguir, el que estuviese desordenado se debía a su escaso tiempo libre, y poco interés por mantener el orden, en realidad.
Suspiró mientras su vista se dijaba en un punto de la raída alfombra, arqueo una ceja ¿Qué era aquello? Se medio incorporó y aguzó la vista para tratar de darle forma a lo que llamaba su atención. Parte de una torre de revistas lo cubrían, pero poco a poco su memoria fue dibujando la realidad de ese objeto: una réplica de una fotografía de Fuji Syuusuke, Vida. La miró atentamente, ahora que recordaba que aquella fotografía era la primera que vio de ese fotógrafo.
Fue una tarde común, tras salir de su práctica de ballet y cuando se dirigía de nuevo a su departamento. Su paso vagabundo apenas se inmutó por el sonido de los truenos que anunciaban que la lluvia no tardaría en arreciar. La gente pasaba aprisa a su lado, buscando un refugió. Hizo una mueca de fastidio cuando una pequeña gota le cayó en la punta de la nariz, entorno los ojos y siguió caminando. La gente entraba en los establecimientos para cubrirse del diluvio que no tardó en caer más fuerte. Tendría que parar y esperar a que pasara.
Entró en una librería y aprovechando su estadía, caminó entre las estanterías viendo los diversos títulos que se leían en los gruesos o delgados lomos de los libros. La sesión de superación personal estaba seguida de la de esoterismo y esta a su vez de las novelas de amor. Pasó estas sesiones, alcanzando la sección de revistas. Algunas adolescentes hojeaban felices las revistas de idols, bufo molestó llamando la atención de las chicas quienes se sonrojaron al verlo, las miro de, manera altanera y siguió su camino.
—¡Qué guapo! —escuchó decir a una de ellas siendo secundada por los chillidos emocionados de sus compañeras, las ignoró y siguió su camino hacia un pequeño rincón.
En el lugar había postales que mostraban réplicas de pinturas y fotografías famosas.
Miró la postal que mostraba La persistencia de la memoria de Salvador Dalí, le gustaba esa pintura, incluso, recordaba que había una copia en una de las paredes de su casa. Dejó aquella belleza y sus ojos se fijaron en la postal a su lado. Una fotografía tomada en una puesta del sol que mostraba una gran extensión de un inmenso camposanto. Los últimos rayos del día golpeaban al mármol de las lápidas haciéndolas ver aún más imponentes, se podía apreciar en una de aquellas tumbas cercanas al enfoque un jarrón con flores marchitas y si ponías atención podías apreciar a una viuda con un largo vestido negro y sombrero de ala ancha con velo caminando entre los mausoleos.
Eiji la tomó, giró la imagen y en la parte trasera en letra negrita encontró los datos.
"VIDA, Fuji Syuusuke"
Vida, sí claro. Bella ironía… Sólo uno se da cuenta de lo que es la vida cuando la pierde… Y por esa razón, terminó comprándola.
Después de aquello conoció otros trabajos de Fuji, siendo Vida y Pasillos de espeeranzas sus favoritos —le parecían una broma deliciosa y sofisticada a la extraña competencia entre la vida y la muerte. No sabía si esa era la intención del autor, de ser así, ese sujeto tenía un humor bastante interesante, aunque el propio Fuji resultara ser una persona normal—.
Se olvidó de la postal y unos segundos después una serie de estornudos los hizo retorcerse en la cama, como si estuviera sufriendo demasiado dolor —y en realidad sí le dolía el abdomen del simple movimiento de encogerse para contener los estornudos. ¿Por qué lo hacía? Porque era idiota, por eso—. Se estiró en la cama, mirando de nuevo al techo. Si estuviera en casa, su hermana ya se habría acercado con una caja de pañuelos y lo hubiera reñido por no cubrirse nariz y boca. Pero no estaba en casa, y podía contener sus microbios o no. Esa era una nueva vida, distinta, muy distinta a la que alguna vez tuvo. O creyó tener.
n-n-n-n
Estaba feliz: consiguió convencer a Rinko de darle un respiro. Echizen Rinko era su representante y la causante de sus dolores de cabeza. Rinko era una mujer muy amable pero cuando se trataba de trabajo era una arpía; por lo que Syuusuke le entregó un par de fotografías nuevas y la convenció de que le permitiera un par de semanas de descanso, antes de todo el barullo que se armaría por su nuevo trabajo. Y sobre todo, porque debía tomar una decisión sobre el nuevo trabajo que tenía en puerta: Echizen Ryoga lo eligió como fotógrafo para su libro–antología.
—Se oye interesante, la verdad es que me gustan mucho las esculturas que hace tu hijo… dile que me llame en dos semanas e iniciaremos el proyecto —dijo con su eterna sonrisa. De verdad le emocionaba trabajar con un escultor de la talla de Ryoga. Sería todo un honor visitar su taller y fotografiar sus esculturas.
Y con eso y la fotografía, Rinko quedó satisfecha. Le dio la bendición y le dijo que se verían en un par de semanas. "Ni un día más. Sé dónde vives…". Pero lejos de preocuparle la amenaza, se sintió feliz y liberado. Le habría gustado pedir más tiempo, pero sabía que sería abusar, estaba bastante inactivo y no podía permitirse perder terreno frente a otros fotógrafos. (Que a él poco le importaba, pero Rinko…Rinko era un caso perdido).
Ahora, ¿qué haría con su precioso tiempo libre? Bueno, no era difícil imaginarlo: visitaría a Eiji en la cafetería, y esperaba que el pelirrojo ya estuviera de nuevo en su sitio. Días atrás hizo una visita casual al local, pero no vio rastro alguno del bailarín e Inui le informó que estaba enfermó. Así que, también lo hacía para asegurarse de que su mesero favorito estaba bien, no es que quisiera acosarlo. No, era incapaz de semejante cosa.
Anduvo a pie hacía el lugar, caminando con paso calmo, exasperante para las personas que venían detrás suyo. Pero, dentro de su lógica, nunca los oyó pedir permiso para pasar y seguir aprisa, así que no se tomó la molestia de hacerse a un lado; e incluso, comenzó a tararear una vieja nana que Yumiko les cantaba a Yuuta y a él cuando más pequeños. ("Duerme, duerme, duerme ya. Que viene el ogro y te matará. Tus tripas sacara y se comerá. Gruch. Gruch. Ñam. Ñam". Yuuta llegó a tener varias pesadillas por eso, pero para él era la cosa más entretenida que hubiese escuchado en su vida).
Al entrar al distrito comercial, aquella larga calle donde había incontables negocios de comida y tiendas de conveniencia, se alegró: no faltaba mucho para llegar a la cafetería. A medio camino, cerca de una heladería, se detuvo al ver salir a una mujer que le resultó vagamente familiar. Ladeó el rostro, forzándose a recordar dónde la conoció. Pero el semblante frustrado que le dedicaba a su helado no reactivó ningún recuerdo en su memoria. Quizá sólo había sido su imaginación, o un rostro más del montón con que había topado en su vida. Se encogió de hombros y reanudo su camino.
A pocos pasos de alcanzar el lugar prometido, vio que cierto pelirrojo salía del lugar. Sonrió amplio y apresuró el paso para darle alcance.
—Eiji-kun —lo llamó, en tanto que lo detenía por el codo para evitar que se fuera—. Qué gusto verte. ¿Cómo sigues? Inui me comentó que estabas enfermo, espero que no te moleste, pero es que me preocupe por ti.
El pelirrojo sintió que un tic lo aquejaba en el ojo y una mueca de desagrado se pintaba en sus labios. ¿Por qué tenía que toparse con ese sujeto? Mejor aún, ¿por qué su jefe creyó que sería buena idea comentarle sus cosas a ese raro?
—Estoy mejor, gracias por preguntar, Fuji-san —su respuesta fue más forzada que mera cortesía, pero eso no pareció importar al fotógrafo quien sonrió más amplio.
—¿Quieres ir a tomar algo conmigo? Un helado…
—Gracias, pero no gracias. No es buena idea, Fuji-san.
—Syuusuke. —Eiji sintió que un molesto sonrojó cubría sus mejillas ante la corrección—. Cierto, acabas de salir de un resfriado. ¿Un almuerzo, me aceptas?
El bailarín se negó una vez más, y trató de resistir lo más posible cuando el fotógrafo siguió insistiendo, a la vez que invadía su espacio personal. Eiji comenzaba a impacientarse y pensaba en zafarse con brusquedad, cuando Fuji utilizó su última arma. Eiji enrojeció cuando miró al descubierto los ojos azules del otro.
"Bonitos ojos", murmuró a lo que el castaño sonrió complacido. Sabía lo que poseía y que pocos podían negarse a la tentación de su mirada. Sabía que era un juego sucio el usarlo contra el bailarín, pero de verdad le gustaba ese pelirrojo y no aceptaría un no por respuesta a su invitación.
—¿Y bien? Por favor, Eiji…-kun.
El bailarín frunció el ceño, ese sujeto lo saca de sus casillas. En un instante podía ponerlo incómodo, al siguiente anonadado, para en seguida hacerlo enfurecer. Y su eterna no sonrisa no ayuda en más. ¿Qué se creía, por qué lo llamaba por su primer nombre como viejos conocidos? ¿Qué lo hacía pensar que quería algo que ver con él! Lo miró un momento, no podía negar que era guapo…¡no! Detengan el carro, Fuji no podía ser guapo, porque Fuji ¡era un dolor en el culo! Sus mejillas enrojecieron al grado de hacerle competencia a su cabello.
Por su lado, Fuji rió divertido de sólo imaginar las miles de cosas que pasarían por la mente de ese bailarín. Pues si bien, no lo expresaba en palabras, su rostro era un lienzo en blanco en que el pelirrojo volcaba todo su sentir. ¿Era consciente de ello? De seguro no, y eso era bueno, porque así no lo privaba de semejante espectáculo. Aprovechando la distracción del otro, se aceró de manera que su rostro quedó cerca del de Eiji. El bailarín enrojeció aún más de ser posible y hacía lo posible por retroceder. Pero el agarre de Fuji le impidió ir muy lejos. ¿Por qué lo hacía? Simple diversión, quería ver que más pensamientos se dibujarían en ese rostro tan apuesto.
Sin embargo, quiso la suerte que un grupo de colegialas comenzaran a murmurar. Reían y trataban de ocultar sus chillidos emocionados. "¿Ya vieron? ¡Lo va a besar!", oyeron que decía una de las adolescentes. Y asu pregunta otra más gritó como si estuviera viendo a su cantante favorito, con su móvil en alto, listo para fotografiar o grabar el momento.
—¿Les cumplimos el capricho? —Fuji se escuchaba divertido con toda esa situación, pero Kikumaru por el contrario estaba de un insano color rojizo, a punto de morir de vergüenza.
—¿Estás loco?, estamos a mitad de una vía pública, y además ambos somos hombres —reaccionó a zafarse de un movimiento rápido, para al fin poner distancia entre ambos.
—¿Y eso que importa? —Intervinieron las chicas, que parecían bastante desilusionadas porque el espectáculo que esperaban no se hubiera dado—; mientras ustedes dos se amen, no importa lo que digan los demás.
—Ellas tienen razón, Eiji —sonrió divertido para mayor fastidio del bailarín. El fotógrafo aceptó que su plan se vio arruinado, por lo que puso a cubierto su alma letal color zafiro, mientras tomaba de nuevo al pelirrojo por el brazo—. Si nos disculpan chicas, tenemos cosas que hacer… ustedes saben.
Dicho esto jaló a Kikumaru consigo y dejó atrás al grupo de colegialas que tenían buen material para sus fanfiction. Miró de reojo al bailarín, le daba la sensación que hacía rato el alma abandonó su cuerpo en medio de una crisis nerviosa. Con cada paso el pelirrojo comenzó a recuperarse e intento zafarse del agarre, pero el fotógrafo lo sostenía firme, ¿cómo pudo bajar la guardia y dejarse capturar por ese raro?
Le reclamó por lo que dijo a las jovencitas, pero el castaño lo evitó recordándole su invitación a un almuerzo.
—Quizás en otro momento —dijo con firmeza, al mismo tiempo que jalaba con brusquedad de su brazo. Era peor que una garrapata, pero al fin había cedido, aunque el bailarín sospechaba que algo tenía que ver que dio su brazo a torcer con lo el otro asunto. Era molesto.
Meneó la cabeza, demostrando su molestia e irritación al castaño que se limitó a sonreír. Estaba por decirle que acordarían la fecha en otro momento, que debía irse, pero pronto algo detrás del fotógrafo llamó su atención. Una mujer de abundante cabello castaño que recién acababa de salir de un local de unos metros más allá. La conocía…sintió que algo pesado y frío caía al fondo de su estómago y que incluso su rostro colorado por la vergüenza sufrida momentos antes, quedaba helado.
—¿Qué pasa, son esas locas que vienen por más? —trató de bromear el fotógrafo, pero pronto comenzó a preocuparse al ver la expresión de terror puro del otro. Estaba por girar el rostro y buscar lo que lo tenía así cuando el sintió que el pelirrojo lo tomaba con fuerza por una de las muñecas—. ¿Eiji?
—¡Eiji!
Al grito de la mujer, el bailarín echó a correr llevando consigo al fotógrafo. Anduvo lo más aprisa que pudo con el otro acuestas, en tanto trataba de perderse entre la multitud. Pero aun podía escuchar a la mujer siguiéndolos —¡Eiji, espera por favor!—; incluso Fuji lo llamaba, ¿quería una explicación? Que se jodiera, que moviera las piernas, y es que no podía dejarlo atrás. No era seguro. No se conocían de más pero cualquier cosa dicha por ese sujeto sería un arma en su contra.
La calle estaba por terminar, ya se veía a la distancia el paso con semáforo que marcaba el cambio de manzana. ¿Y si la luz roja del semáforo le ganaba a cruzar?
Unos metros más adelante, vio a unos sujetos sacar una caja grande y de apariencia pesada. Apresuró el paso, para usarlos de escudo y de inmediato viró en un callejón contiguo. Eso debía bastar para detenerla. Su respiración era agitada y sus mejillas habían recobrado el color perdido por el susto. Fuji, enfrente suyo, hacía lo propio por recuperarse tras la carrera. Pero la verdad Fuji lo único que necesitaba eran respuestas. Y sí, también un poco de agua. Necesitaba hacer más ejercicio, era un hecho.
—¿Quién es ella? —giró el rostro para ver al pelirrojo y fue cuando reparó que el callejón era ridículamente estrecho y que si no fuera porque el bailarín tenía el rostro ladeado…
—Nadie con importancia —con la vista fija en la calle. Por un momento se pusieron en tensión cuando escucharon los gritos de la mujer una vez más. Pero pronto se relajaron cuando la vieron pasar de largo. Eiji respiró hondo, eso estuvo cerca—. Disculpa por traerte conmigo, pero no podía dejarte ahí.
—No te preocupes… esto, Eiji, ¿crees que ya sea seguro salir?
El susodicho pudo percibir el nerviosismo en la voz del otro y quiso creer que se debía a la agitación, pero igual giró el rostro para verlo; y de inmediato entendió que no era por el esfuerzo. Sus rostros estaba demasiado cerca para su gusto, tan cerca que sus labios se rozaban y sus mejillas ardían por la vergüenza y la molestia. Fuji parecía disfrutar de eso, y los el movimiento de los labios del otro sobre los suyos se lo confirmaron.
¡Maldita sea la vida!, ¿Por qué todo le pasaba a él?
Quede que la presente actualización sería única ocasión en que me retrasaría con la entrega, pero la verdad ahorita tengo asuntos personales que atender y no me gusta hacer esto, pero es necesario; así que la historia estará en pausa hasta el 4 de junio.
Entonces, próximo capítulos: 5 Casa de nadie, 4 de junio.
Lamento las molestias. Nos leemos la próxima.
