Gracias por leer, espero que os guste y pido disculpas a quien considere que John está demasiado depresivo en la historia. Mi intención ha sido mantener el tono marcado por el final de la temporada: está jodido pero se mantiene entero porque por encima de todo es un tío que los tiene bien puestos. Pero seguramente no lo habré conseguido.

En cuanto a la trama, ya avisé de que no era nada del otro mundo. Fusilo La casa vacía (como no puede ser de otra forma), así que si buscáis intriga e ingenio, este tampoco es el fic adecuado.


En el metro, a primera hora de la mañana, sabía que podía poner cara de aburrimiento, tristeza o incluso desesperación y no desentonaría. Era una ventaja. Ahora que solo contaba con su modesto sueldo, se había acabado lo de ir en taxi a cualquier parte. Observó a los pasajeros de enfrente. Seguro que Sherlock podía adivinar la vida y milagros de todos sus compañeros de vagón en el intervalo entre una estación y la siguiente. Asomó a sus labios esa sonrisa triste de cuando recuerdas a alguien que ya no está, cuando piensas en lo que haría en esa situación. La sonrisa de cuando sonríes por no llorar. En ese momento, la chica que iba a su lado se levantó para salir y depositó el periódico en su asiento. Agradecido por la distracción, John lo cogió y se puso a leerlo. El gratuito no era una maravilla, pero para entretener el tiempo durante el camino al trabajo servía. Inconscientemente se demoró en las páginas de sucesos. En los últimos días uno de los temas de moda era el asesinato de un tal Ronald Adair, miembro de una de las familias más pudientes de la clase alta inglesa. Había aparecido muerto en una de las salas privadas de Crockfords, un exclusivo casino situado en el barrio pijo de Mayfair. Como en la típica escena de las películas, se había producido un apagón y cuando volvió la luz su cadáver estaba tirado sobre una de las mesas de ruleta, con un disparo en la nuca. El lugar se caracterizaba por sus estrictas medidas de seguridad, así que la policía estaba totalmente perdida. De nuevo, la primera referencia que hizo su mente fue a Sherlock. ¿Cómo habría sido investigar un asesinato en un sitio así? Era una especie de club exclusivo, en la línea de los clubs de jugadores del siglo pasado. Se le imaginó disfrazado de esmoquin y con sus rizos repeinados. Lo que fuera por conseguir pruebas. Habría habido peligro, se habrían reído luego… Apretó los dientes. Al trastero. Pasó de página y se concentró en la sección de deportes y de programación televisiva, hasta que al cabo de varios minutos llegó a su parada. Se levantó y dejó el periódico. El hombre del asiento contiguo le dio las gracias. "De nada", le contestó automáticamente, sin pensar. No era muy habitual que la gente fuera tan amable. Ya estaba saliendo por las puertas cuando le dijo:

−Que tenga un buen día, doctor.

John frunció el ceño, pero cuando quiso mirarle mejor, ya estaba fuera y la marea humana le obligaba a seguir su camino. No sabía si le era familiar o no porque no se había fijado gran cosa. Sería algún paciente, veía a tanta gente al cabo del día… Se dirigió a la salida, dispuesto a pasar otro día más de rutina.


El día había sido tan aburrido como pensaba. Escuchar síntomas, examinar partes del cuerpo, escribir recetas, consultar una actualización de una guía del NICE que le interesaba, tomar café con los compañeros, comer en la cafetería, metro de vuelta… Acababa de volver a casa y se disponía a entrar en el cuarto de baño para darse una ducha cuando llamaron a la puerta. Se dio la vuelta en su camino y abrió. Era un hombre de mediana edad, canoso y con gafas, que sostenía una caja de cartón y lo que debía ser un albarán de entrega.

−Buenas tardes −sin mirarle, revisó el papel−. ¿John Watson?

−Sí, soy yo.

−Le traigo su pedido.

Se le había olvidado. Los libros que Molly le había pedido que encargara.

−Ah, sí, de acuerdo. Tengo que firmar, ¿no? –añadió, haciendo un gesto con la cabeza hacia el papel.

−Antes tiene que comprobar que el pedido es correcto –replicó el hombre y le alargó la caja.

Frunció el ceño. Había pedido libros otras veces y no había oído eso en la vida.

−Mejor firmo y ya lo abriré luego tranquilamente, si tengo alguna reclamación ya se lo haré saber a la compañía.

−Si no le importa, es mi trabajo –le dijo imperturbable.

−Bueno, supongo que no me cuesta mirarlo ahora–concedió John. Tomó la caja y la dejó en el suelo para abrirla. Efectivamente, dentro había varios libros. Los fue sacando para revisar que estaban todos y leyó los títulos. No se acordaba de si eran esos exactamente o no, le sonaba que sí pero no se iba a molestar en mirar el mensaje de Molly para comprobarlo.

–Bien, son los libros que pedí: todo correcto.

−Quizá debería ojear alguna página para asegurarse de que estén bien. Como son de segunda mano…

−Oiga, si quiere me pongo a leerlos también −dijo John, un poco fastidiado ya.

−Por favor –insistió el repartidor–. Me piden que siga estas instrucciones.

El médico suspiró. Le tenía que haber tocado el repartidor más pesado… Menos mal que contaba con su proverbial paciencia. Se encogió de hombros. Bueno, tampoco le costaba tanto complacerle.

−Está bien –dijo de mala gana.

Volvió a sacar uno de los libros, pasó algunas páginas y vio que estaba en perfecto estado. Repitió el proceso con el segundo, que se notaba más manoseado pero nada que no entrara dentro de lo razonable. Abrió el tercero y al momento vio algo extraño en las páginas. No tenían la maquetación de un libro de ese tipo, en varias columnas y con gráficos y fotos, sino que más bien parecían páginas de una novela, con texto a una columna, ningún elemento gráfico y en alguna ocasión incluso le pareció ver diálogos. Fue a la primera página y vio que el texto arrancaba ahí mismo, sin las páginas de cortesía, página de créditos ni portada de ningún tipo. Empezó a leer: desde luego, el texto no tenía nada que ver con el título del libro. De hecho, las primeras palabras que leyó fueron "Hola, John:", bajo una fecha de hace tres años. No era ESA fecha, sino varios meses más tarde. Miró al repartidor, que le observaba con tranquilidad.

−¿Algún problema? –le preguntó.

−Sí, parece que… ha habido un error con este.

−En ese caso, rellene este impreso de devolución–le tendió un papel de color verde.

−No, espere. Quiero echarle un vistazo.

−¿No ha dicho antes que no le apetecía leer?

John le lanzó una mirada irritada e intentó seguir leyendo, pero nuevamente le interrumpió.

−Bien, pues si va a leer, ¿por qué no se sienta? Estará más cómodo. Yo esperaré aquí a que termine.

−¿No tiene que hacer más entregas? −preguntó el médico.

−Ya no tengo más repartos después del suyo −le respondió.

−Está bien, pase y siéntese también −dijo−. No tardaré mucho.

Entraron en el apartamento y le guio hasta el salón. Le señaló una silla y el repartidor se sentó. Él se situó en otra enfrente y empezó a leer. "He decidido escribirte para que puedas saber lo que he estado haciendo durante este tiempo. Espero que puedas leerlo pronto.". Su corazón se aceleró. No podía ser…

−¿Le gusta lo que lee, doctor?

Esa voz. Levantó la mirada del libro. Esa voz. Y el repartidor ya no era el repartidor, sino la persona a la que pertenecía esa voz. La persona cuya ausencia le había estado atormentando durante tres años. Gracias a Dios ya estaba sentado porque, de repente, su cerebro decidió que aquello era más de lo que podía soportar, por lo que la mejor opción era reiniciarse. Todo a su alrededor se fundió a negro.


Recobró la consciencia al cabo de unos minutos con una intensa sensación de desasosiego y angustia. Se sentía débil y un poco mareado.

−¿Estás bien? −Sherlock estaba en cuclillas a su lado.

Se le quedó mirando durante un buen rato sin decir nada. No sabía qué decir. Su mente todavía estaba recuperando su configuración y asimilando los últimos archivos recibidos.

−John, ¿estás bien? −repitió.

−¿De verdad eres tú? –consiguió decir. No estaba para preguntas inteligentes.

−Sí, John −el detective se puso en pie, se volvió a sentar en la silla y la acercó un poco a él, sin dejar de mirarle en todo el tiempo.

El médico cerró los ojos. Varias escenas pasaron por su cabeza: él pegando a Sherlock, abrazándole, gritándole. Intentó seleccionar una de las reacciones, pero parecía que estaba pegado a la silla. Abrió los ojos de nuevo, evitando la mirada del detective, que sentía fija en él. Entonces reparó en que el libro estaba en el suelo, a su lado, y lo recogió. Lo abrió de nuevo y le preguntó sin mirarle:

−¿Lo has escrito tú?

−Sí, John.

−¿Y aquí explicas todo? ¿Por qué te vi morir hace tres años y por qué has aparecido de nuevo ahora, vivo?

−Sí, lo explico todo. Todo lo que he hecho en este tiempo, cómo lo he hecho y por qué lo he hecho.

−Vale −dijo simplemente.

El doctor se puso a leer como si nada.

−¿Vas a leerlo ahora? −preguntó Sherlock al cabo de un rato, con un matiz de inquietud en la voz.

−¿Te importa?

El detective no sabía cómo decirle que no quería que lo leyera, sino que hiciera algo, que le dijera algo. Había imaginado que se enfadaría al verle, había previsto reacciones de todo tipo, pero desde luego no esto. Estaba claro que sus peores temores eran ciertos y se había convertido en alguien indiferente para John.

−No, claro que no −replicó−. Pero… es que ahora no tenemos tiempo para eso, John.

Por fin, el médico levantó la mirada del libro.

−¿Que no tenemos tiempo? −preguntó, con voz engañosamente tranquila−. ¿Que no tenemos tiempo, Sherlock, después de tres años?

No. No era indiferencia. Ahí estaba, el filo amenazador en su voz. Tan solo se estaba escudando en ese estado de falsa calma.

−Verás, estoy a punto de conseguir atrapar al último eslabón de la red de Moriarty y obtener de él la información que necesito para poder limpiar mi imagen. Necesito tu ayuda −no podía responder otra cosa que la verdad. Esta vez sí.

John se le quedó mirando con cara de incredulidad, haciendo esfuerzos sobrehumanos por contenerse. Finalmente explotó:

−Vamos a ver, ¿me estás diciendo que me haces creer que te suicidas, haciéndome pasar el peor momento de mi vida, y me tienes en la ignorancia más absoluta de que en realidad estás bien durante tres años, después de los cuales apareces como si nada, te disfrazas para darme un susto de muerte, me traes un libro estúpido donde has escrito vete a saber qué estupideces, y ahora me pides que te acompañe a un caso, como si aquí no hubiera pasado nada?

Sherlock enarcó las cejas.

−Es un buen resumen, sí −reconoció.

−¿Y, por el amor de Dios, de verdad crees que te voy a acompañar?

El detective le escudriñó, buscando señales. Estrechó los ojos. Por primera vez, no estuvo seguro de lo que John pensaba. Lo había temido tanto, no poder leer a John como antes.

−No lo sé −tuvo que admitir−. Ya no sé lo que piensas, John. Pero espero que sea así.

−¿No sabes lo que pienso? –soltó una risa cortante y se inclinó hacia delante, clavando la mirada en la de Sherlock−. Mírame a los ojos, Sherlock, pero no me analices. Solo mírame.

Así lo hizo. No buscó indicios, sino que se sumergió en su mirada como si por un momento no existiera nada más. Se sintió mareado. Allí estaba, esa mirada franca, tranquila, como siempre, y a la vez diferente, cansada, triste, rota en mil pedazos. Se prometió a sí mismo que los recompondría costara lo que costara. Y también vio su cabreo de mil demonios. Le había visto enfadado en muchas ocasiones, pero esto no tenía comparación. Se prometió a sí mismo que haría que le perdonara de la forma que fuera.

−Lo siento −pronunciar esas palabras siempre era como tragar bilis para él, pero John lo merecía−. Siento todo el daño que te he hecho, John.

El médico permaneció un buen rato en silencio. Sherlock se revolvió en el asiento, deseando decir algo más, pero por una vez en su vida parecía haberse quedado mudo.

−Yo también lo siento −contestó John por fin−. Siento todo el tiempo que no hemos estado juntos porque no te ha dado la gana. Bueno −se levantó y se dirigió hacia la puerta. Mientras se giraba añadió−: ¿Adónde vamos?

Sherlock se levantó a su vez, con cara de sorpresa.

−Sí, Sherlock. Te he preguntado que adónde vamos porque voy a acompañarte, como siempre hago. Deberías darme un abrazo por ser tan buen compañero después de lo que me has hecho pasar.

Lo había dicho de broma, pero vio alarmado que Sherlock se lo había tomado al pie de la letra. Se acercó a él y con torpeza le rodeó con sus brazos, sin decir una palabra. Estaba claro que un simple abrazo no podía compensar por todo lo que había pasado, pero en cierta forma así fue. Por la forma de estrecharle hasta cortarle la respiración, era patente que no debía haber dado un abrazo en su vida, y menos mal porque habría partido muchos espinazos de ser así.

−No aprietes tanto, Sherlock −dijo con voz ahogada.

El aludido aflojó un poco pero no le soltó. Ahora que podía respirar, el médico se sintió mucho mejor. Iba a darle unas palmaditas en la espalda, pero decidió que no era suficiente. Sherlock le clavaba las uñas. Dolía, pero el mejor dolor que había sentido nunca. Él a su vez acarició la firme superficie con la punta de los dedos. Al cabo de un momento dejó de sentir sus uñas. Se estremeció. Sherlock le estaba imitando y la sensación era tan deliciosa que se quedó sin aliento. Si se paraba a pensar en todo lo que estaba pasando se desmayaría de nuevo. Se concentró en la realidad de tenerle tan cerca, vivo. Le sintió temblar ligeramente bajo sus manos. Siempre estaba en estado de tensión, por lo que ahora que se había relajado sus músculos se resentían. Él era quien debía ser consolado, él era quien tenía derecho a estar enfadado, pero empezó a pensar que quizá no era él la parte débil de la relación.

−Tenemos que irnos −murmuró−. Has dicho que tenemos prisa.

−Claro −el detective se separó de él, pero permaneció un instante más de lo apropiado rodeándole con sus brazos. El cuerpo de John gritó de frustración cuando se separaron. Quería más. Lo quería todo. ¿Tan fácil era acostumbrarse a lo bueno? ¿Tan fácil era borrar todo el dolor?

Abrió la puerta y salieron a las calles de Londres.