SAY SOMETHING


Capítulo IV

―He pensado que podríamos poner rosas a lo largo de todo el pasillo ¡y que tus primos lancen pétalos al aire a tu paso, querida! ¡Lydia, recuérdame que vayamos mañana a hablar con tu tía! Me dijo que conocía a un florista que…

―¡Mujer, por favor, basta ya! ―saltó el señor Bennet.

Lizzy bostezó por enésima vez aquella mañana. Intercambió una mirada hastiada con Jane, que se sentaba al lado del señor Bingley. El pobre hombre sonreía, pero se notaba a la legua que preferiría estar dando un paseo con su prometida que allí encerrado. Desgraciadamente, la lluvia había arreciado la noche anterior y aún no había parado.

La señora Bennet miró a su marido, contrariada.

―¿Es que una no puede preocuparse por la boda de su hija?

―Llevas preocupándote por esas flores dos semanas, querida. Dales un respiro a los floristas del país.

Lydia y Kitty apenas pudieron contener la risa, mientras Lizzy y Jane intercambiaban otra mirada y Mary los fulminaba a todos con la mirada por distraerla constantemente de su lectura.

Lizzy empezó a tamborilear con los dedos en el brazo de su silla, aburrida. Hacía un par de semanas que había vuelto a su entrenamiento; al principio, se sintió frustrada por su lentitud e imprecisión, pero poco a poco empezó a recuperar sus habilidades. Entrenaba todos los días, normalmente por la mañana, hasta que su madre insistió en tener a toda la familia presente cada vez que Bingley acudiera de visita. Y el caballero iba todos los días, así que Lizzy y el resto de la familia tenía que soportar la charla incesante de su madre sobre la boda al menos durante media hora cada mañana.

Excepto ese día, cuando la lluvia había impedido a la pareja salir a pasear. Como consecuencia, llevaban todos allí enclaustrados durante más de una hora.

―¡Ha parado de llover! ―exclamó Kitty, levantándose de un salto para mirar por la ventana.

Jane y Bingley se miraron.

―Creo que sería una idea genial ir a respirar un poco de aire fresco. ¿No le parece, señorita Bennet?

Jane asintió y tomó el brazo del señor Bingley. Lizzy los miró con envidia, no sabía si porque podían liberarse de las garras de su madre o porque se tenían el uno al otro…

―Pero… ―La señora Bennet miró a su marido, dubitativa―. Señor Bennet, ¿no crees que es demasiado peligroso que salgan? La tierra estará reblandecida y…

El señor Bennet miró a su hija mayor y a su futuro yerno.

―Los dos son guerreros más que capaces capaces, querida. Creo que, si se llevan sus armas, no tendrían por qué verse en dificultades.

Casi pudo oírse el suspiro de alivio que soltó el señor Bingley. Con una sonrisa, la pareja se despidió.

Lizzy miró a sus hermanas pequeñas.

―Estaremos en el sótano ―anunció Lizzy.

Las tres hermanas se levantaron rápidamente y abandonaron el salón a toda prisa, antes de que a su madre se le ocurriera reclamar su presencia con cualquier excusa. Fueron a sus habitaciones a ponerse la ropa de combate y quedaron en verse en el sótano en cinco minutos.

―¿A qué jugamos hoy? ―preguntó Lydia con voz divertida.

Ella y Kitty intercambiaron una mirada divertida.

―¿Qué tal a Un zombi en la oscuridad? ―sugirió la otra.

Lizzy miró a sus hermanas pequeñas con desconfianza. A lo largo de los años, las dos chicas habían desarrollado una habilidad asombrosa para aliarse contra todas las demás. Siempre que peleaban, Lydia y Kitty trabajaban juntas para derribar a su adversaria. Era uno de sus puntos fuertes cuando luchaban contra los zombis: su compenetración. Por eso les gustaba tanto jugar a ese juego; siempre ganaban, porque eran dos contra una.

Lydia miró a Lizzy con un brillo pícaro en la mirada.

―Te toca a ti esta vez, hermanita ―dijo, teniéndole una venda negra.

Ah, sí, el juego se hacía con los ojos tapados.

Lizzy se vendó los ojos e inspiró hondo. Apretó el palo que utilizaban para luchar con fuerza. Cerró los ojos bajo la venda; de nada servía tenerlos abiertos. Y de esa forma, conseguía agudizar sus otros sentidos.

Sintió el frío del sótano; la humedad. Oyó el crujir de la madera del techo. Y pasos a su alrededor.

Una mano empujó su hombro y alguien rio (probablemente Kitty), pero Lizzy se limitó a girar la cabeza. Con el paso de los años había aprendido que no debía responder a las provocaciones de sus hermanas, aunque la verdad es que pocas veces lo conseguía.

Siguieron con el tira y afloja durante un buen rato más. Algunas veces, Kitty o Lydia conseguían golpear o tirar al suelo a Lizzy; otras, era ella quien acertaba en el blanco.

Después de unos minutos en tensión, sin que nadie hiciera ningún movimiento, Lizzy sonrió.

―¿Qué pasa, han raptado a mis hermanas y han dejado a unas gallinas en su ligar? ―provocó.

Se detuvo a escuchar. Para un oído no entrenado, aquel lugar podría haber parecido vacío, pero ella podía percibir unos pasos suavísimos en el suelo. El aire vibró ligeramente. Y Lizzy atacó.

Pero una mano detuvo su golpe.

―No sabía que le estaba permitido volver al combate tan pronto, señorita Bennet.

Lizzy se quitó la venda de un zarpazo y observó lo que solo podía ser una aparición: el señor Darcy, con su porte elegante y su expresión impertérrita, la observaba con los ojos oscuros ligeramente entrecerrados. Aunque Lizzy observó que ahora tenía una ligera cicatriz que iba desde su mandíbula hasta medio cuello.

Llevaba más de un mes sin saber nada de él y había imaginado mil posibles escenarios de su reencuentro, pero, ahora que lo tenía delante, lo único que sentía era irritación.

―¿Ahora además de soldado, también es médico, señor Darcy? ―respondió ella en tono cortante.

El hombre abrió ligeramente los ojos con sorpresa; seguramente no había esperado ese recibimiento.

Pero, sinceramente, a Lizzy no le importaba.

―Por supuesto que no, señorita Bennet. No pretendía ser un entrometido ―dijo él, haciendo una reverencia.

Lizzy sonrió con cinismo.

―Nunca lo pensaría, señor Darcy. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a saber nada sobre mi recuperación? ―La acusación sobre todo el tiempo que había pasado sin saber nada de él flotaba en el aire, separándolos―. Si me disculpa, he de ir a buscar a mis hermanas.

Dicho esto, Elizabeth hizo una reverencia y se marchó de allí a toda prisa. No paró hasta que no llegó a su habitación y, una vez allí, se encerró con llave y apoyó la espalda en la puerta, jadeando.

Cerró los ojos con fuerza, intentando calmar sus ánimos agitados.

¿Por qué había tenido que dejar que sus sentimientos la dominaran? No había nada que aborrecía más que comportarse de una forma tan ilógica. Ella, que siempre se vanagloriaba de su intelecto. Aunque, últimamente, no parecía estar muy acertada.

No había esperado verlo allí. O, al menos, no había esperado que se comportara como si no hubiera pasado nada entre ellos. Como si no le hubiera confesado su amor por segunda vez cuando ella se debatía entre la vida y la muerte.

En aquel momento, un escalofrío recorrió su columna vertebral.

¿Y si ya había empezado a olvidarla?