CAPITULO III
Estaba claro que la decisión había sido tomada de antemano. Antes de saber que había en el mensaje, ella sabía que era para ella y que fuese lo que fuese lo que dijera, que ella lo aceptaría sin rechistar. Aunque eso le llevara a romper más reglas.
Todo el mundo sabía que si había normas… era para romperlas.
Le costó mantenerse serena durante la cena, tanto como para que nadie notara lo emocionada que estaba. Tenía por primera vez un sentimiento de pertenencia. No de comodidad, como en la biblioteca, sino, de pertenencia real. Sabía que en esa escuela alguien más era como ella.
Cualquiera de los mediocres que cursaban con ella hubiera pensado en primera estancia que todo ese asunto era una broma que alguien le estaba jugando. Pero ella estaba conciente que eso no era así.
Alguien que conociera, tuviera y pudiese pagar un frasco de tinta de luz para escribirle un mensaje secreto en un pedazo de pergamino, era alguien que sinceramente le llamaba la atención. Y, repito, alguien que le llamara la atención era alguien que le gustaba. El cuidado de todo aquello para mantener el secreto. La muchacha misteriosa de la biblioteca y lo que había dicho "No nos deben ver juntas por mucho tiempo", el pergamino con el mensaje claro de que sea destruido después de ser leído, la insistencia de que e mantuviese el secreto solo para mi. Todo esto parecía una novela de misterios.
Y eso le fascinaba.
Pasó toda la cena pensando si levantar la cabeza hacia la mesa de Ravenclaw, como para buscar la cara de la muchacha de la biblioteca. Pensó que quizás si la miraba le diera a entender que el mensaje había sido recibido. Pero, pensó mas tarde, que no debía precipitarse, que si tenía que volver a cruzarla, lo haría sin duda. Y que si la miraba por un segundo y alguien se diera cuenta, quizás todo el secreto se hubiese perdido.
Por eso clavó la mirada en su plato de pollo con patatas y no cedió un centímetro a su ansiedad.
La cena pasó volando, como esperaba, e irse a la cama era un buen panorama. Miró su reloj pulsera, faltaban tres horas todavía para medianoche. Podía acostarse y simular dormir, mientras que las chicas de su cuarto cuchichearan noticias escolares sobre amores, rompimientos y noviazgos. Luego, cuando estuviera segura que habían quedado dormidas, podría irse. O podría dormir un par de horas, para ir fresca a la reunión.
Mientras caminaba pasando la puerta del comedor pensó de nuevo en echar una ojeada a la mesa de Ravenclaw. Sólo por un instante. La tentación era demasiada. No podía evitarlo. No podía no hacerlo. Desde ahí afuera, ¿Quién se daría cuenta?
Pero antes de decidir si hacerlo o no, algo interrumpió sus pensamientos. Un choque.
Al ir distraída pensando y delirando si mirar la mesa de Ravenclaw o no, no iba mirando por donde iba caminando. Y aunque Minnie nunca tropezaba, ni empujaba a nadie, esa vez, no pudo ser peor. Tropezó con las baldosas del piso del recibidor y en un impulso por no caer se aferró a lo primero que alcanzó. Una túnica y el dueño de la misma, que ante la falta de preparación, cayó sobre ella.
- ¿Qué diablos haces, niña? – dijo Abraxas Malfoy en un grito, llamando la atención de todo el Vestíbulo – ¿No ves por donde caminas? – Se paró de un salto y se miró la túnica, alisándose las arrugas - ¿O es que eres tan idiota que andas tirando al suelo gente solo por diversión?
Minnie abrió la boca de sorpresa. En cualquier momento de su vida, de haber causado tal desastre y papelón, hubiese pedido perdón de inmediato. Pero éste caso no. La había llamado idiota.
Nadie llamaba a Minerva McGonagall idiota.
- No tiro gente al suelo por diversión, sólo trogloditas como tú. – dijo en un tono seguro, sin que le tiemble ni una vez la voz, parándose – Pero lo hago como favor a la comunidad, – dijo alzando una octava la voz, para que todo el vestíbulo la escuchase – Ya sabes, si te golpeas la cabeza, quizás actives la única neurona que tienes.
No había profesores cerca, pero aunque hubiesen estado a dos metros no hubiesen hablado de la sorpresa. Hasta las moscas callaron para mirar la expresión asesina de Malfoy. De repente, alguien desde la otra punta no pudo contener una carcajada grácil, evidentemente femenina.
- ¿Cómo dijiste? – dijo acercándose un paso con los dientes apretados
- Oh – dijo Minerva cruzándose de brazos y mirándolo seria – parece que tu cabeza no es lo único que no funciona. Pero no te alarmes, dicen que contra la sordera, sí hay soluciones. Eso es algo que debería alegrarte, al menos un poco.
Un nuevo silencio.
- ¿Tienes idea de quien soy? – dijo Malfoy acercándose otro paso, para quedar a menos de quince centímetros de Minerva.
Abraxas Malfoy parecía tratando de contener la ira, sin muchos frutos. Minnie tenía que admitirlo, estaba horrorizada de repente, aunque lo disimulaba a la perfección. El joven alto, de cabello liso blanquecino que le llegaba prácticamente a la cintura, le llevaba varias veces su tamaño. Quizás se hubiera sobrepasado un poco. Si él se decidía a golpearla "Clara desventaja" sería un término algo remoto comparado a aquella situación.
- Eso es suficiente, Malfoy – dijo una voz cercana – Por la cercanía que tienes con ella parece como si fueras a golpearla… o besarla.
Abraxas Malfoy cerró los ojos concentrándose en no perder los estribos.
- Mantente fuera de esto, Ryddle.
- Fue un accidente, Abraxas. Estas totalmente sobreactuando. – Repitió la voz en la espalda de Malfoy con calma.
A Minerva le hubiese gustado mirar a quien había saltado en su defensa, pero la enorme figura de Malfoy le tapaba completamente la vista.
- No lo hago por ti – continuó la voz – Sabes que pienso exactamente lo mismo que ella. Lo hago por Slytherin. Si la golpean, la casa perderá demasiados puntos para mi gusto. "Bravucón de quinto año, capitán del equipo de Quiddich de Slytherin, golpea indefensa niña de primero de Gryffindor" – hizo una pausa – Puedes usar eso en tu columna de mañana, Skeeter.
– Cállate, Ryddle – repitió Malfoy
Detrás de él, el muchacho rió un poco
– Imagina el impacto que tendrá. Además de ser un abusivo, serás poco caballeroso y un golpeador. Slytherin perderá puntos y tu mujeres… Aunque ahora que lo pienso mejor, tu perderías mujeres y estarías castigado hasta el final de tus días. Lo cual me haría muy feliz. – simuló pensar un poco – No suena tan mal.
- Cállate, Ryddle.
- Y si estas tan cerca de ella para besarla… Eres un pervertido. ¿No has notado que le llevas cuatro años?
- Cierra la maldita boca, sangre sucia – dijo Lucius Malfoy dándose vuelta
Entonces Minnie lo vio por primera vez. Había oído de él, por las chicas de su cuarto, que cuchicheaban sobre lo atractivo e inteligente que era y como todas las chicas del colegio morían de amor por él y sus dos amigos. Reconoció a uno de ellos enseguida. Pertenecía a Gryffindor, lo había visto un par de veces en la sala común. Al otro, no la había visto nunca en su vida.
Sin embargo, su mirada volvió hacia Tom Ryddle, que miraba a Abraxas con la calma que podría mirarlo tan solo un monje. Su cabello negro, levemente ondulado, era corto, pero caía con la gracia de la de un modelo. Sus ojos negros, tan oscuros como los de ella, eran profundos como la noche. Su estructura alta y estilizada, no se parecían a la estructura de su cara. Tenía cara de niño pequeño, travieso, y cuerpo de joven de más edad. Nunca en su vida hubiera dicho que ese chico ahí parado, con túnicas de Slytherin, tenía tan sólo doce años.
El que era de Gryffindor era tan alto como Abraxas Malfoy, con la espalda el doble de amplia. Su cabello castaño brillaba como si estuviese hecho de alguna poción extraña. Su expresión no era ni la mitad de calma que la de Ryddle. Estaba visiblemente enfadado.
A su lado había un chico rubio, de rulos perfectos y lentes de montura negra. Su cuerpo y su estatura encajaban un poco mejor con su edad, a diferencia de los otros dos muchachos, que parecían del tamaño de un joven de cuarto grande o de quinto pequeño. Lucía claramente consternado, con su ceño fruncido.
- Abraxas – Dijo Tom Ryddle en su grave tono – El profesor Slughorn te ha dicho que dejes de llamarme así o deberá castigarte. ¿Recuerdas?
- Cierra-la-maldita-boca
- Tendré que informarle sobre tus palabras, lo siento. – dijo Tom examinándose las uñas – Ya sabes. Me siento ofendido por tus términos. – Miró de nuevo a Malfoy – Ahora, hazme caso y aléjate de la niña. No me obligues a que mis amigos te den una tunda.
Miró a sus dos amigos. El joven de Gryffindor lucía fuerte, quizás no tanto como Malfoy, pero como si pudiese hacer algo al respecto. Pero el otro lucía minúsculo, tan en peligro como yo. ¿Por que Malfoy le haría caso?
Sin embargo no dudó en correrse un paso al costado.
Tom Ryddle hizo un movimiento con la cabeza y de inmediato el joven de Gryffindor tomó a Minerva del brazo y la arrastró fuera de la muchedumbre que se había reunido alrededor de donde estaban, esperando ver alguna pelea.
Minerva estaba asombrada. ¿Por qué la habían ayudado? ¿Por qué había arriesgado a sus amigos por ella? Ella no era más que una extraña para ellos. No existía en su mundo.
El muchacho de su casa la arrastraba del brazo agresivamente, mientras caminaba dando zancadas a través del pasillo. Aun lucía enfurecido. Minerva, mucho mas baja que él, prácticamente tenía que correr para no caer de nariz contra el piso.
- Oye, más lento. Me estas matando – dijo ella con soltura
Él se detuvo y la miró. Observó su mano apretando el brazo de Minerva y de inmediato abrió sus dedos, pero antes que ella pudiera acercar su brazo al cuerpo, lo tomo por debajo y levantó la manga de la túnica.
- Lo siento. ¿Te lastimé?
- No. Sólo me has hecho subir dos pisos corriendo. No soy tan alta como tú.
Él la miró y sonrió.
- Deberías fijarte con quien pelearte. – dijo con tal naturalidad como si se conociesen desde hacía una eternidad – Abraxas Malfoy es un iracundo que te lleva dos cabezas, pequeña.
- Nadie me llama idiota y se sale con la suya. – dijo ella alzando una ceja.
- Eso está muy bien – dijo él alzando una ceja mientras le cedía el paso para que subiera el ultimo tramo de escaleras hasta el cuadro de la mujer gorda. – pero por tu bien… Aléjate de los problemas… - Murmuró el santo y seña y la hizo entrar a la sala. Empezó a cerrar la puerta - Al menos hasta medianoche. No vayan a castigarte antes.
Y entonces la puerta de la sala común se cerró. Y una atontada Minerva McGonagall tenía los ojos del tamaño de bolas de boliche.
