Capítulo 4: Casualidades bien tejidas

Exhausto, se dejó caer pesadamente sobre su futón, manteniendo sus ojos cerrados por unos instantes. Levantó uno de sus brazos y lo dejó reposar sobre su frente, empezando a sentir adormecimiento. Sus párpados se entreabrieron, mostrando sus característicos orbes dorados, los cuales se perdieron en alguna parte del blanco techo de la pequeña habitación. Las pocas horas de sueño que le otorgaba a su propio cuerpo estaban acabando con él lentamente; aunque fuera poco a poco, sabía que se terminaría acostumbrando.

Demasiadas cosas habían sucedido en las últimas dos semanas; acontecimientos que no creyó tener que volver a vivir jamás. Regresar a su primer trabajo y su antigua vida tampoco había estado dentro de sus planes. Transportar una camioneta llena de licor antes de la apertura del club nocturno, ordenar la mercancía, salvaguardar la seguridad del establecimiento y responder a los ocasionales pedidos de Bankotsu, volvieron a ser su pan de cada día. Los extenuantes entrenamientos junto al persistente Jakotsu para prepararlo para la lucha que tendría dentro de poco tiempo, igualmente no le dejaba demasiado tiempo libre, además de agotarlo en sobremanera. ¿Cuánto más podría soportar este ritmo?

«Kagome…» Evocó la añorada imagen de la azabache, llenándolo de nostalgia, además de frustración.

La desesperación y las ansias por verla y por estar, aunque fuera un minuto a su lado, cada día se intensificaban. El estar apartado de ella lo alteraba, como si fuese un maldito drogadicto que no podía recibir su dosis para saciar el urgente llamado de su dependiente organismo. Y es que, la extrañaba…

Estaba consciente de que el tiempo para estar junto a ella, por lo menos como amigos, aún no había llegado. El buscarla repentinamente, aun estando involucrado en el ambiente de las luchas clandestinas y demás, no era prudente en ningún sentido. Dormir poco durante el día, le resultaba cansado, sí, pero no dudaba en aprovechar ese único tiempo libre para observarla trabajar en la florería desde la distancia y velar por su bienestar. El no poder cuidarla todo el tiempo, lo llenaba de intranquilidad, a pesar de tener una ligera certeza de que nada malo le acontecería por el momento. Después de todo, incluso un demonio como Naraku debería cumplir con parte del trato acordado y someterse a ciertas cláusulas hasta terminar de tejer su telaraña de engaños. O por lo menos eso creía… en eso confiaba.

Su mente giró en torno a una serie de pensamientos y preocupaciones de todo tipo. Y, sin darse cuenta, sus párpados se fueron cerrando lentamente, sumergiéndolo en un profundo sueño que le ayudaría a reponer, por lo menos, parte de sus desgastadas energías durante las próximas horas de la media mañana.

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El día laboral había estado de lo más aburrido. Pocos clientes, pedidos reducidos y poco trabajo con los arreglos florales y mantenimiento de las plantas y flores. Un día monótono, sin nada extraordinario qué contar o hacer. Kagome trató de distraer su atención, observando a la gente y los vehículos pasar a través del gran ventanal del local, mientras jugueteaba haciendo muecas con un lápiz sobre sus labios.

Sin darse cuenta, su mente vagó, una vez más, al día en que conoció a aquel hombre de llamativos ojos dorados, perdiéndose momentáneamente en su recuerdo de telenovela. Hubiera podido jurar que su encuentro había sido trazado intencionalmente por el destino para que se pudieran conocer de aquella manera tan peculiar. Estaba segura, en ese instante, había podido sentir algo muy especial cuando sus miradas se cruzaron por primera vez, pero… desde entonces, no lo volvió a ver, ni siquiera en el templo Higurashi, el cual se suponía él frecuentaba. Tal vez, su mente soñadora tan sólo le había hecho imaginar cosas, aunque no podía negar que le gustaría volverlo a ver algún día. ¡Todo por no haber pedido correctamente su número!

«InuYasha… ¿qué estará haciendo ahora?» Se preguntó, dejando escapar un pequeño suspiro.

Sango, por su lado, parecía estar combatiendo la falta de actividad del día de manera distinta. Por más de cinco minutos, se mantuvo enfocada en el irregular vuelo de una enorme y zumbadora mosca que se había infiltrado en el interior de la florería. Sus ojos cafés bailaron de un lado a otro, al tiempo que su mano alcanzaba un periódico y lo enrolaba para darle fin a la inútil vida del insecto. Cual jugador profesional de beisbol golpeó al indefenso bicho, mandándolo a volar con un "home run".

—¡JA! Sango: 1, mosca: 0 —exclamó la castaña, alzando su puño de manera triunfal. Después de un par de segundos, se dejó caer nuevamente sobre su silla con cierta frustración—. ¡Sabía que tenía que haberme convertido en exterminadora!

—¿Exterminadora? ¿De verdad? —inquirió Kagome, enfocando ahora su atención en su amiga. Una mueca de desagrado se dibujó en su rostro ante la idea—. ¿No es ese un trabajo un poco sucio para una chica?

—¿Tú crees? —Sango parpadeó y se llevó pensativamente su dedo índice al mentón. Luego sonrió de medio lado—. Por lo menos estaría más entretenida matando cucarachas, que salvándote de uno que otro gusanito que osa saludarte desde alguna maseta —expuso, ciertamente divertida.

—¡Es que son horribles! Yo no tengo la culpa de que tú no le temas a nada —se justificó Kagome con dramatismo, sabiendo de antemano que su amiga provenía de una familia de exterminadores de plagas y que ella había sido la única en desertar del negocio para estar con ella—. ¿Te arrepientes? —preguntó después de unos instantes.

—¿De trabajar contigo en la florería en vez de dedicarme a matar bichos? —Cuestionó la castaña con cierta ironía—. De ninguna manera; me encanta este lugar. Además, ¿qué harías sin mi si una araña peluda te atacara? —Respondió con humor, ocurriéndosele al mismo tiempo una grandiosa idea—. ¿Qué te parece si hoy cerramos temprano y nos vamos por allí a comer algo delicioso? De todos modos, hoy no habrá mucha más actividad.

Los ojos de la azabache se iluminaron ante tan magnífica sugerencia, no pudiendo evitar imaginarse un delicioso helado de pistacho con cubierta de chocolate crocante y galleta. Un pastel de manzana con nuez y crema también parecía una buena alternativa o… ¡Una banana Split! Eso sí que la haría muy feliz.

Resueltas a pasar un buen rato juntas y asaltar la repostería, las dos mujeres arreglaron sus cosas y se dispusieron a salir, pero justo cuando quisieron atravesar la puerta de vidrio, un inesperado visitante las sorprendió.

—Buenas tardes, mis hermosas señoritas —saludó un hombre de buen parecer, mostrando sus blancos dientes en una seductora sonrisa.

Sango y Kagome detuvieron sus pasos de manera abrupta al ver a la figura masculina ingresar en el local. Indudablemente, las dos lo conocían y, aunque ya estaban acostumbradas a sus frecuentes e inmotivadas visitas en la florería, a una de ellas le irritaba su presencia cada vez que lo veía. ¿El motivo? Simple, él era un idiota, además de un pervertido acosador.

—Ya hemos cerrado —indicó Sango con aspereza, pasando a un lado del recién llegado.

—¿Qué? ¿De verdad? Pensé que cerraban hasta dentro de una hora —argumentó el hombre, levantando sus dos cejas y fingiendo sorpresa—. ¿Ha sucedido algo? —preguntó con curiosidad.

La castaña lo miró sobre su hombro, haciendo un breve contacto visual con los profundos ojos azules de él.

—¿Qué quieres? Si has venido a preguntarme lo de siempre, mi respuesta es no. ¿Es que nunca te cansas? ¡Ve a molestar a otra!

—¡Sango! —la regañó Kagome por tanta hostilidad de su parte. Si bien a su amiga no le caía bien, no había que exagerar—. ¿Qué se te ofrece, Miroku?

—Qué ruda —expuso el hombre, esbozando una sonrisa, divertido—. En ese caso... señorita Kagome, ¿no le gustaría tener un hijo conmigo, en su lugar?

—¡¿E-eh?!

Ante la perplejidad de la azabache por tan repentino y osado ofrecimiento, Miroku recibió un bien merecido golpe en su cabeza con una regadera metálica, dejándolo con un sobresaliente chichón. Sí, Sango había saltado en defensa de su amiga y no dudó en acertar el primer golpe. Era de esperarse que el hombre de azulinos ojos se saliera con algún comentario estúpido, aunque la exagerada reacción de la castaña, al no ser ella la ofendida, lo sorprendió un poco. ¿Acaso había sido un acto impulsado por los celos? No, imposible.

—Pervertido —murmuró Sango, cruzándose de brazos y dándole la espalda al adolorido Miroku.

Aunque pareciera masoquista, al oji-azul le encantaba el carácter fiero de la mujer. Su espíritu indómito, su belleza misma con un cuerpo perfectamente bien esculpido en magníficas curvas y su alma pura, eran factores que enloquecerían a cualquiera. Desde que la había conocido hace unos meses atrás en este pequeño local, cuando le urgió comprar un ramo de flores para una de sus conquistas, no había podido dejar de pensar en ella. Y, a pesar de que todo iniciara como un juego para él, naciendo en su interior la necesidad de domarla y hacerla sucumbir en sus brazos, presentía que poco a poco comenzaba a cambiar de idea sobre ella.

Eso podía ser un problema. Él no era alguien que se dejara atrapar por las fieras redes del amor, más que nada porque no le agradaba sentirse atado de manera sentimental a alguien y dejar su vida, su soltería, en el fango. Él era libre y así quería permanecer. Sin embargo, esa mujer le bajaba todas sus defensas. Pese a su fuerza de voluntad y convencerse a diario de que Sango no era más que una obsesión pasajera para él, no podía evitar buscarla. Seguramente, toda esta revolución en sus emociones se debía a la serie de rechazos sufridos por ella, que no hacía más que herir su hombría. ¿Qué mujer, en su sano juicio, se negaba a resistirse a sus encantos? Sólo ella.

Recuperando la compostura y la trayectoria de sus iniciales intenciones en la florería, Miroku volvió a hablar, procurando guardarse sus bromas y tácticas de conquista para después. Después de todo, había venido por asunto de negocios, o eso era lo que se había mentalizado en un principio.

—Ahora que ya estamos más calmados todos, quiero hablarles sobre el real motivo de mi visita —comenzó a explicar con absoluta calma. Las dos mujeres se voltearon a él con curiosidad—. Lo he pensado por un tiempo y creo que su florería podría abastecer las necesidades de mi hotel por tiempo indefinido. Siempre estamos solicitando arreglos florales para los salones y pasillos, así que… ¿por qué no firmar un contrato con ustedes?

—¿De verdad? —inquirió Kagome sorprendida, empezando a emocionarse por el ofrecimiento. Trabajar para un hotel, definitivamente sería mucho más rentable que esperar por dispersos clientes ocasionales.

—¿Por qué nosotras? —se aventuró a preguntar Sango, no pareciendo muy convenida—. ¿No disponen ya de sus propios proveedores?

La azabache entró en pánico, no creyendo la hostilidad de su mejor amiga. Cualquiera en su lugar habría dado las gracias y esperado obtener los mejores beneficios por medio del convenio, pero al parecer no todas las personas tenían la misma reacción. Miroku no pareció afectado por aquel desprecio tampoco y sonrió. Sango siempre lo sorprendía, terminando por cautivarlo cada vez más.

—La semana anterior tuvimos algunos inconvenientes con las entregas, así que decidimos buscar nuevas opciones. Ustedes me parecieron las más indicadas, tomando en cuenta que ya nos conocemos un par de meses —respondió sin mayores detalles—. Si se animan, por favor, llámenme —indicó, extendiéndoles su tarjeta de presentación—. Estaría muy halagado de poder trabajar con chicas tan hermosas como ustedes.

Diciendo esto último, Miroku giró sobre sus pasos y salió de la florería, dejando a dos pensativas mujeres atrás. Kagome volteó a ver a Sango con expresión interrogante, esperando que reaccionara y accediera al ofrecimiento. Discutieron un momento y después de un par de regaños e intercambios de puntos de vista, la azabache finalmente se apresuró al exterior para darle alcance al hombre, mientras la castaña se encargaba de cerrar la tienda, rendida.

Kagome corrió hasta la siguiente esquina y lo buscó con su mirada, repasando la avenida de un lado a otro. Supuso que, siendo Miroku un hombre adinerado, sería poco probable de que anduviera a pie, por lo que escaneó rápidamente los vehículos que se habían detenido en el semáforo. La señal pronto cambio de rojo a verde y todos los carros comenzaron a movilizarse. Fue en ese momento cuando Kagome distinguió el rostro de una persona en particular, conduciendo una camioneta blanca al otro lado de la calle.

—InuYasha… —sus labios susurraron su nombre de manera autómata. Sus piernas tomaron vida propia para correr tras el vehículo, pero antes de siquiera alcanzarlo, éste desapareció irremediablemente de su vista en cuestión de segundos.

—¿Lo encontraste? —inquirió Sango, llegando finalmente junto a ella, mas la azabache no respondió, pareciendo ida en sus propios pensamientos—. ¿Kagome? ¿Qué ocurre?

—Yo… Lo vi… —musitó, aún aturdida.

—¿Lo viste? ¿A quién? ¿A Miroku? —siguió preguntando la castaña, pero al ver un peculiar brillo en los ojos chocolates de la joven Higurashi, no tardó en comprender a quién se refería—. ¿No me digas que…? ¡Eso es increíble! ¿En dónde está?

Con un movimiento negativo de su cabeza, Kagome le dio a entender a su amiga de que él ya no estaba cerca; que tan sólo había sido una casualidad con la que no se contaba todos los días. No obstante, volver a ver, aunque fuese a la distancia, al hombre que le había salvado la vida en una ocasión, la llenaba de alegría. Por lo menos, sabía que se encontraba bien. Sólo esperaba contar con la suficiente dicha de volverse a encontrar con él en un futuro no muy lejano.

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¡Se había quedado dormido! ¿Cómo pudo suceder? Tan sólo se había recostado un momento en su futón, dispuesto a descansar un par de horas antes de ir a ver a Kagome y vigilar por su bienestar como todos los días y, sin darse cuenta, su cuerpo le había cobrado todo el cansancio acumulado de una sola vez. Cuando abrió los ojos, se encontró con el reloj marcando las cinco de la tarde.

Cual resorte había salido de su lecho, aseado rápidamente y cambiado de ropa para dejar su pequeño e insignificante cuartucho y cumplir con sus labores. Se había apresurado para llegar a tiempo hasta la florería y cerciorarse de que no hubiese acontecido ninguna novedad. Sin embargo, sus esfuerzos por llegar a tiempo resultaron en vano. El local había estado cerrado… ¿fuera del horario acostumbrado? ¿Acaso habría ocurrido algo? ¿En dónde estaba Kagome?

Esperó unos minutos en la calle de enfrente, pero sólo alcanzó a ver a Sango doblando la esquina apresuradamente. No pudo evitar preocuparse ante la idea de que algo malo hubiera sucedido. Estuvo a punto de bajarse de la camioneta para ir a preguntar con alguna excusa improvisada, cuando de repente su celular sonó. Era Bankotsu. Al parecer, habría alguna especie de evento especial en el club, por lo que le pidieron hacer un retiro especial a una de las bodegas, un poco antes de su hora normal de entrada. Injurió por lo bajo, pero finalmente se puso en marcha para evitar problemas innecesarios.

—¡Maldición!

Un suspiro lleno de frustración escapó de su boca. La intranquilidad y la incertidumbre lo estaban carcomiendo por dentro. Conociéndose, no podría estar tranquilo en toda la noche, al menos no hasta ver a Kagome. Sabía que estaba exagerando, pero con un demonio invisible vigilando cada uno de sus pasos y los de las personas que lo rodeaban, no era para menos. Tal vez, podría pasarse rápidamente por el templo Higurashi en el camino de regreso, sólo para cerciorarse.

Resuelto a optimizar su tiempo, pisó el acelerador para llegar a su destino en cuestión de unos pocos minutos. Aparcó el vehículo de carga frente al gran portón de la bodega indicada, se bajó e ingresó presuroso. Una vez dentro, verificó la lista que le había mandado Bankotsu a su celular y comenzó a revisar las diferentes perchas.

—Ah, ya llegaste.

Una conocida voz lo llamó desde el fondo del estrecho pasillo. El oji-dorado alzó la vista, interrogante. ¿Qué hacía él aquí? Si ya iba a haber alguien que acudiera a la petición de Bankotsu, ¿para qué lo habían llamado a él también?

—¿Renkotsu?

—No te quedes allí y ven a ayudarme —solicitó el hombre de pañoleta de mala gana, dejando caer una caja de grandes proporciones en las manos de InuYasha—. Creo que ésa era la más pesada, pero veo que eres fuerte.

—¿Qué es todo esto? —preguntó el joven Taishô, sintiendo el peso de la carga sobre sus brazos.

—Es material para terminar de armar la plataforma de la pasarela —explicó rápidamente, hurgando entre las cajas para extraer algunos focos de colores y otros objetos. Ante el mutismo de InuYasha, el hombre lo miró por sobre su hombro—. ¿Bankotsu no te lo dijo? Organizamos un evento especial para promocionar a las chicas más hermosas del club.

—¿Qué?

InuYasha ensanchó sus ojos con sorpresa. ¿Un evento? Sí, Bankotsu se lo había mencionado brevemente por teléfono, pero no fue hasta este momento que se percató de lo relevante que éste era. Trató de rebuscar rápidamente entre sus memorias algún recuerdo de este día, pero las imágenes sólo se mostraban borrosas y fragmentadas en su mente. Había sido hace mucho tiempo, después de todo. No obstante, presentía que algo importante ocurriría. Tan sólo esperaba que no fuera nada de motivo de preocupación.

—¿Piensas quedarte allí durante todo el día o qué? Ve a dejar eso a la camioneta y regresa para echarme una mano con lo que falta.

El oji-dorado respingó al ser sacado de sus pensamientos de manera abrupta, habiéndose olvidado incluso del pesado bulto que reposaba sobre sus extremidades. Sin decir palabra alguna, le dio la espalda a Renkotsu y se dirigió al exterior para despachar la carga en el vehículo, según lo indicado.

—¡Maldita sea!

Por supuesto que, una vez afuera, InuYasha dejó salir su mal humor, pateando la llanta del vehículo en un acto de cólera y frustración. Su plan de escabullirse al templo Higurashi a su regreso, se había arruinado gracias a la inesperada presencia de Renkotsu. ¿Qué iba a hacer ahora? Abatido, se pasó una mano por el flequillo y soltó un gran suspiro. Necesitaba tranquilizarse y fingir indiferencia ante todo, como siempre.

Finalmente se giró para volver a ingresar a la bodega, cuando de pronto sus ojos captaron una conocida y añorada figura femenina a pocos metros de él. Su corazón dio un brinco en su pecho, comenzando a latir más rápido al reconocer a su dueña. Su mundo dejó de girar por un instante, centrándose únicamente en ella, como si no existiera nada y nadie más. Podía sentir las emociones a flor de piel y las ansias de correr hacia ella para abrazarla rozando la locura; y no obstante, su cuerpo no se movió de su sitio. No fue capaz de hacerlo, quedando momentáneamente atrapado en una especie de cruel alquimia, que no le permitía actuar a voluntad.

Una reacción algo similar tuvo la mujer de azabaches cabellos quien, al encontrarse sorpresivamente con los intensos ojos dorados del hombre, quedó paralizada. Al igual que la primera vez, se vio atrapada en su mirada y se sintió peculiarmente débil ante su sola presencia. Una chispa de felicidad y al mismo tiempo incertidumbre afloraron en su interior de manera inexplicable. Una mezcla de sensaciones que no supo definir, pero que sin duda alguna, desconcertaban su corazón. Después de todo, el destino los había vuelto a reunir.

—Kag… —apenas pronunció, reteniendo sus ansias y sintiendo nuevamente el peso de la realidad sobre él. Quiso gritarle por haberlo preocupado tanto, pero dada su relación de aún desconocidos, hacerlo podría acarrear un problema.

—InuYasha… —susurró ella en respuesta. Después de sentir un ligero codazo en sus costillas por cortesía de Sango, pestañeó y despertó de su ensoñación—. Vaya, ¡qué coincidencia encontrarte por aquí! —dijo de inmediato, fingiendo normalidad.

—¿Es él? —musitó la castaña en voz baja, observando al hombre de pies a cabeza con curiosidad. La azabache asintió.

—InuYasha, quiero presentarte a mi am…

—¿Qué haces aquí? —preguntó el oji-dorado de pronto, interrumpiéndola de manera abrupta. Aunque se sintiera feliz de verla y saberla con bien, había algo que lo estaba molestando. Era como una especie de presentimiento que no lo dejaba tranquilo. ¿Se suponía que ambos debían encontrarse hoy?

—¿Qué? Bueno, yo… ¿una casualidad? —respondió la joven Higurashi, confundida. Es decir, el destino los había vuelto a juntar después de dos semanas de una forma inesperada, ¿y él únicamente la cuestionaba? ¿Acaso no se alegraba de volverla a ver? No, no iba a rendirse tan fácilmente—. ¿Trabajas aquí? —trató de entablar una conversación casual.

De pronto, el oído de InuYasha captó la voz de Renkotsu llamarlo desde el interior de la bodega. Su cuerpo se tensó. La idea de que pudiera verlo con Kagome, lo atemorizó. Había prometido que, por todos los medios, evitaría que la historia se repitiera de la misma manera. No la expondría nuevamente a los peligros de ese bajo mundo por tratar de defenderlo.

—Estoy ocupado. Será mejor que te vayas —indicó InuYasha cortante, dándoles la espalda a las dos mujeres.

Ante tal desprecio, Sango murmuró un "qué grosero" cerca del oído de Kagome, pero ella hizo caso omiso a su comentario, dando un paso al frente. Pensó que tal vez él estaría resentido por el desplante del día en que se conocieron, por lo que sintió la necesidad de disculparse. Después de todo, había prometido llamarlo, y por su descuido, no lo había podido hacer, creyendo que nunca más se lo volvería a encontrar en el camino.

—¡Espera! Si estás enfadado por lo de la última vez… lo siento. En el ajetreo se me olvidó pedi…

—¿Enfadado? Te equivocas, yo no… —antes de que pudiese idear alguna excusa para retirarse sin lastimarla involuntariamente, volvió a escuchar la voz de Renkotsu, esta vez, un poco más cerca de la entrada. Empezaba a ponerse nervioso, por lo que apresuró la despedida para marcharse—. Te veo luego.

—Oye, antes que te vayas…

InuYasha volvió a detener sus pasos, sintiendo la presión sobre él. Apretó fuertemente los puños a sus costados y respiró hondo, tratando de no ser demasiado hosco con ella.

—¿Ahora qué? —espetó, mirándola por sobre su hombro con fingida indiferencia.

—Bueno… la última vez se me olvidó preguntar por tu número… —dijo la azabache titubeante, sacando su celular de su cartera.

Un suspiro se escapó de los labios de InuYasha. ¿Cómo negarse a esa mirada suplicante? Aunque tuviera prisa y se sintiera sumamente nervioso por la posible aparición de Renkotsu, no podía despreciarla de ninguna manera. De modo presuroso, le arrebató el teléfono móvil de las manos y anotó su número en él. Oprimió el botón de llamar y su propio celular sonó dentro de su bolsillo.

—Listo, ahora vete —solicitó de manera algo brusca, devolviéndole el celular—. Sigue disfrutando de tu día y… por favor, cuídate —le pidió sinceramente, suavizando su tono al final—. Sango —dijo, despidiéndose de ella también, antes de volver al interior de la bodega

Las dos mujeres parpadearon contrariadas, no comprendiendo del todo la actitud del hombre. Kagome tuvo una mezcla de emociones, además de muchas preguntas rondándole la cabeza, mientras que Sango no supo definir si InuYasha era un hombre arisco y nada conveniente para su amiga, o si realmente era bueno y de interés. Todas las personas podían pasar por un mal día, después de todo. Sólo hubo un pequeño detalle que la hizo desconfiar, al percatarse de lo que acababa de ocurrir…

—¡¿Cómo supo mi nombre?!

Una risa maquiavélica resonó en aquel lugar, sin que nadie pudiera escucharlo realmente, pues su presencia misma era invisible para cualquier humano. Con ojos rojos destellantes observó divertido el escenario, habiendo ya puesto su insignificante granito de arena para que los sucesos se dieran tal como lo había planeado, o bien tal como debían suceder irremediablemente. El humano de pañoleta los había visto en silencio desde las sombras, sin que InuYasha o alguna de esas jovencitas se percataran, por lo que el objetivo del día estaba cumplido.

Como bien suelen decir por allí, las casualidades y coincidencias no existen realmente; sólo acontecimientos certeros e inevitables trazados por el destino o, a su vez, sucesos bien tejidos por las malignas telarañas de un demonio hambriento al acecho.

Continuará…

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N/A: ¡Hola a todos!

Quiero pedir disculpas por los inconvenientes causados. Anteriormente había subido la actualización, pero por lo que me dijeron, FF saltó algún error. Mi culpa por no revisar que el capítulo se hubiera subido correctamente u_u. Lo siento.

En fin, espero que hayan disfrutado de la lectura. ¡Un nuevo personaje hizo su aparición también! Sí, hablo de Miroku, quien tendrá un rol importante (además de pervertido xD) en la historia, pero eso ya lo verán más adelante. Por lo pronto, nuestro InuYasha ha podido reencontrarse con Kagome, aunque según parece, no fue en el mejor momento. ¿Qué tanto marcará su "encuentro casual" en su historia?

Muchas gracias de antemano por su apoyo y por sus reviews que siempre me alegran: Hanato04Kobato. IK, Rinnu, bruxi, Faby Sama y Sele de la Luna. ¿Hemos disminuido los lectores? Bueno, igual espero que la historia siga siendo de su interés xD. Por otro lado, lamento mucho no poder responder nuevamente a cada uno de sus comentarios, pero creo que es mejor a no subir capítulo nuevo por esperar a que me dé el tiempo necesario para escribirles xD. Confío en poder responderles cómo se debe la próxima vez ;).

¡Besos y hasta la próxima!

Con cariño,

Peach n_n