Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. Historia basada y adaptada a partir de una obra de Jacques Offenbach.
3. Ashiko
El crepúsculo caía en la ciudad de Kioto. Era inicios de primavera, y los cerezos y duraznos estaban en plena floración, cubiertos de cientos de flores rosa pálido que caían con la más mínima brisa. Muchas de ellas iban a dar a la calzada del castillo Nijo, el más grande y hermoso de la ciudad, compuesto de varios palacios y jardines bien cuidados. Durante mucho tiempo el pueblo tuvo que resignarse a contemplar las murallas y el foso del castillo, pero ahora en 1940 podían ver con sus propios ojos el interior, ya que el baluarte pasó a manos administrativas y los visitantes ya eran permitidos.
Justo al lado izquierdo del magnífico castillo había un edificio, algo más pequeño y menos opulento, con una pequeña entrada de madera, custodiada por un guardia. Después de la puerta se encontraba un amplio jardín de césped verde, cubierto con algunos pétalos de cerezo provenientes de algunos árboles plantados ahí, y que era atravesado de derecha a izquierda por un canal que estaba conectado al foso del castillo. Un pequeño puente de madera pintada de rojo cruzaba el canal y daba a un gran edificio, de unos quince metros de alto, blanco y con un techo negro tradicional, y el cual tenía una puerta de madera azul celeste.
Dentro del edificio había un enorme salón, de diez por doce metros de superficie y nueve de alto. Las paredes estaban recubiertas de tapices de peces koi, pétalos de cerezo y grullas, y cinco grandes candelabros, con alrededor de cincuenta velas cada uno, iluminaban la gran habitación. Cerca de dieciséis mesas se encontraban distribuidas en el espacio, más una mesa grande en el centro de la pared del fondo. La puerta principal se hallaba bajo el resguardo de un hombre armado con una espada, que miraba seriamente todo a su alrededor.
En las mesas, había hombres y mujeres, de todas las edades, charlando amenamente en compañía de algunas botellas de sake. Ellos vestían desde costosos trajes tradicionales hasta sencillas y raídas yukatas, denotando inmediatamente su aparente posición social. Ellas, por otro lado, iban bien vestidas en coloridos y opulentos kimonos, con peinados sencillos y poco maquillaje en sus sonrientes rostros. Eran oiran, las cortesanas del país del sol naciente.
Y en la mesa del centro, había una mujer sentada, de unos veintitantos, sin compañía de nadie. Era delgada, de rostro un poco alargado y serio, de cabello color caoba, largo hasta los hombros y un poco desordenado, y ojos de un gris oscuro que miraban su entorno con un aire serio. Traía puesto un kimono de color negro con pequeñas siluetas de cráneos en las mangas y partes bajas, bordados en hilos dorados, y un grueso cuello pardo oscuro de piel de visón.
Un hombre de cabellera clara salió detrás de la mesa, por una puerta oculta en la pared. Era alto, como de un metro y ochenta centímetros, delgado, de rostro serio, ojos verdes y una rubia cabellera lacia que rebasaba un poco sus hombros. A diferencia del resto de los individuos, éste portaba un traje occidental pardo, debajo de una capa blanca sostenida por un broche plateado con forma de cruz.
El hombre se colocó de frente a la mujer: — ¿Desea algo, señora Ashiko? —preguntó. Su voz era un poco grave y de bajo volumen.
Ashiko negó con la cabeza: — No Haschwalt —respondió—. Por el momento estoy bien.
— De acuerdo señora —dijo Haschwalt, asintiendo levemente—. Me quedaré aquí por si me necesita —y se colocó al lado derecho de la dama.
La puerta del salón se abrió y Ashiko dirigió su vista a ella. Dos hombres estaban en el umbral, uno bajo, serio y pelinegro, y el otro más alto, sonriente y de cabello naranja. Los dos vestidos con trajes occidentales marrones.
— Vamos Rukio anímate —dijo el hombre más alto, palmeando el hombro del más bajo—. Ya ha pasado poco más de un año desde lo de Kaienoi. No creo que a ella le hubiese gustado que tuvieras la cara larga todo este tiempo.
— No lo entiendes Ran, ella…fue…alguien…diferente —habló Rukio, con la voz un poco entrecortada—. Era única…tenía…carácter, chispa…no como…la mayoría —y se calló debido al fuerte nudo que se formó en su garganta.
— Amigo, tiene que admitir que ella tenía los días contados —reflexionó Ran—. Si te hubieras casado con ella, te habría hecho más daño —su amigo apretó fuertemente los labios—. Mira, seguro borras ese pequeño recuerdo con las caricias de una de estas oiran, ¿no crees?
Rukio iba a responder, pero percibió un toque frío y afilado en su cuello. El guardia había desenvainado su espada sin hacer ruido, y ahora lo miraba de manera muy demandante.
— Contraseña —exigió el hombre armado.
Rukio abrió los ojos, sorprendido: — Yo…es la primera vez…que —habló apresuradamente—. Ni siquiera…ni siquiera sabía…
El guardia presionó un poco más su katana contra la piel del hombrecito. Éste tragó saliva y estaba a punto de irse, pero Ran, en un gesto imprudente, apartó la espada del cuello de su amigo y se sacudió las manos.
— Amigo, déjame esto a mí —dijo el hombre de pelo naranja, y se aclaró la garganta.
Y ante la atónita mirada de Rukio, Ran comenzó a cantar, fuerte y claro, con una voz de tenor muy bien afinada.
Noche, oh bella noche,
tú que sonríes a la amargura.
Noche, oh bella noche,
que eres más dulce que luz de día
A la par que Ran cantaba, todos le prestaban atención. Los hombres lo visualizaban con miradas donde se asomaba la burla, pero todas las oiran estaban paralizadas, ya que sólo los clientes de antaño conocían esa canción.
Entonces Ashiko se incorporó lentamente, rodeó la mesa hasta quedar frente a ella y cantó, con una entonada voz de soprano.
Y el tiempo nos murmura
que ya no se puede,
revivir nuestros amores
con un simple beso
Todos estaban sorprendidos y Rukio hasta boquiabierto, mientras que su amigo sonreía con suficiencia y Ashiko lo miraba con una ligera sonrisa. Entonces la mujer le hizo una seña al guardia y éste afirmó con la cabeza.
— Pueden pasar —dijo el hombre armado, enfundando su espada—. La señora los reconoce, que disfruten su estancia.
— Muchas gracias —habló Ran, y comenzó a caminar.
— ¿Cómo…? ¿Pero…? —inquirió Rukio, sin moverse de donde estaba.
— He venido aquí desde los quince años —respondió Ran, con una sonrisa que parecía triste—. Cuando las oiran de aquí te iniciaban en las artes amatorias, ellas te enseñaban esta canción. Y pues…yo vine por primera vez aquí cuando tenía quince años. Me hizo olvidar un poco todos esos líos con eso de las citas y creo —ahora sonrío de manera alegre y burlona— que a ti te hace falta eso.
— ¿Y crees que una cortesana me haría olvidar a Kaienoi? —cuestionó el hombrecito, con escepticismo.
— Sí —respondió su amigo, moviendo afirmativamente la cabeza—. Ahora muévete, que las damas te están esperando.
El hombre de pelo naranja empujó a su amigo a la mesa más cercana y lo sentó, ocupando él también un lugar a su derecha. Una mujer menuda y de cabello color pajizo, acomodado en un sencillo peinado, se acercó a ellos.
— ¿Desean algo de beber, caballeros? —preguntó la oiran.
— Sake para mí —pidió Ran.
— No gracias, yo estoy bien —habló Rukio.
— Enseguida vuelvo —dijo la mujer, dando una pequeña reverencia y retirándose por la izquierda.
Y mientras ella se alejaba, Ashiko se acercó hasta la mesa donde estaban ellos, con paso seguro y tomó asiento a la izquierda de Rukio, recargando su rostro en su mano derecha. Él se removió incómodo, mientras que ella lo analizaba con sus profundos ojos oscuros.
— Es extraño que un cliente de los días pasados vuelva a este lugar —dijo, con cierta nostalgia—. Generalmente se olvidan de nosotras con el paso del tiempo y los nuevos amores.
— ¿Acaso dudas que olvidaría el lugar donde me enseñaron a querer por primera vez, Ashiko Kano? —cuestionó Ran—. Mucho menos a la primera dama que compartió cama conmigo —agregó con cierta galantería.
Ashiko soltó una risilla: — ¿Quién diría que te convertiste en un caballero, Matsumoto? —comentó, y volcó su mirada a Rukio—. Por cierto, ¿quién es tu amigo? —preguntó, bastante interesada.
— Él es Rukio Kuchiki —contestó el hombre de pelo naranja, dándole una palmada al hombrecito—, y es un buen escritor y poeta. Puede imaginar cualquier cosa que le digas e incluso puede ver las cualidades y defectos en una persona con tan sólo verte a los ojos.
— ¿En serio? —inquirió la mujer, mostrando más interés.
— No es lo que… —balbuceó Rukio.
— El año pasado escribió un libro de cuentos —prosiguió Ran, interrumpiéndolo—. En él, había un cuento de una muñeca que tocaba el piano y las desdichas de una samurái contra el diablo —y le dedicó una sonrisa al hombrecito.
El pelinegro cerró los puños y le dirigió una afilada mirada a su amigo, debido a que no le gustaba la publicidad antes de tiempo.
— Eso es interesante —comentó Ashiko—. Aunque me interesa mucho lo que dijo tu amigo acerca de observar las cualidades y defectos de alguien.
— Eh, no creo que sea una buena idea, señora —opinó Rukio.
— Así que el señor poeta se cohíbe ante una cortesana —dijo la mujer—. Muy bien, si no eres capaz de entablar plática conmigo, dudo que alguna orian pueda llevarte a sus aposentos.
Entonces Rukio giró un poco y encaró a Ashiko. Su mirada violeta oscuro chocó con la gris pizarra de ella. Durante algunos segundos hubo silencio en la mesa, un silencio en el cual los dos se estaban analizando. Incluso Ran estaba expectante, tanto que ni siquiera se dio cuenta de que la oiran de hace rato le había traído su bebida.
Finalmente, Rukio suspiró: — Bueno, puedo decirte que eres una persona bastante solitaria —habló—. Que hay algo carcomiéndote, un sentimiento negativo que te arrastra a todo este asunto del papel de la oiran. Y que sólo así podrás calmarlo y tú alma por fin tendrá paz.
Ashiko estaba bastante anonadada e incómoda, incluso se levantó de su asiento. Ese hombrecito había descubierto algo profundo con tan sólo mirarla.
Rukio sólo atinó a alzar la ceja, ya que realmente le intrigó lo que vio en aquella cortesana. Y una suave voz en su cabeza comenzó a insistirle en que debía ayudarla.
— Eso fue algo inquietante, ¿no creen? —dijo una voz masculina a sus espaldas—. Sólo puedo atinar a decirle que tenga un poco más de cuidado en lo que dice, caballero.
Los tres se giraron en sus asientos y pudieron ver al dueño de dicha voz. Era un hombre alto, esbelto, de rostro redondo, ojos color arena y pelo verde pistache, ondulado y corto hasta las orejas. Una línea roja, con aspecto de quemadura, cruzaba su rostro de lado a lado. Vestía un traje occidental gris, complementado con una gabardina negra.
— Él es Neil Oderschvank, un amigo —dijo la cortesana, presentando al hombre—. Vino desde Alemania para conocer el país.
— Un gusto, caballeros —habló Neil, poniendo una mano en su pecho e inclinándose un poco.
— ¿Alemania? —preguntó Ran— ¿Dónde en estos momentos están en guerra con Europa?
— Por la situación actual de su país asumo que vino aquí para refugiarse —comentó Rukio—. Aunque no lo culpo, cualquiera huiría de su país si a éste lo dirige un loco.
El asombro no dejaba a Ashiko, ese tema era bastante delicado y temía que un conflicto pudiera surgir entre los tres hombres. Pero Neil se limitó a sonreír y negar con la cabeza.
— Soy ajeno a toda la política alemana, caballeros —dijo el hombre de pelo verde—. Pero a lo que no soy ajeno es a las ofensas a las damas, por lo tanto, creo que le debe unas palabras de disculpa a Ashiko, ¿o acaso en su persona sólo hay frases de desasosiego para las personas?
― Por supuesto que las tiene —saltó Ran, luego se agachó a la oreja de su amigo—. Vamos colega —susurró—, demuéstrale a este tipo de lo que eres capaz.
Rukio se puso de pie, tomó la copa de su amigo y se aclaró la garganta.
— Quiero proponer un brindis —habló el hombrecito, con voz fuerte y clara, acaparando la atención de todos—. Por usted, señora Ashiko, una mujer que le muestra a los hombres el camino del placer, el verdadero significado de entregar cuerpo y alma, y el cariño más real y palpable que cualquiera puede pedir ¡Salud! —y vació de golpe la copa, para entregársela a Ran, quien la volvió a llenar.
— ¡Salud! —repitieron a coro el resto de las personas, para luego beber y romper en aplausos de ovación hacia el pelinegro.
Y mientras algunos hombres se acercaban a felicitar a Rukio, Ashiko estaba muy asombrada. Tenía los ojos algo abiertos, y respiraba con marcada pausa. Haschwalt, desde la mesa principal, se dio cuenta de ello, por lo que cruzó el salón y se situó al lado de la oiran principal.
— Disculpen, pero la señora no se siente bien —dijo el hombre de cabellera clara—. Les pediría que se retirasen, por favor. Yo les indicaré cuando pueden volver.
Las oiran y sus acompañantes se levantaron de sus asientos y se encaminaron a la salida. Neil alargó el brazo derecho, con dirección al exterior, indicándole al hombrecito y al hombre de pelo naranja que salieran primero. El primero le dedicó una seria mirada, mientras que el segundo apuró la botella de sake de la mesa.
Una vez que todos se retiraron, Ashiko y Haschwalt quedaron solos. La primera andaba en pequeños círculos, con el ceño completamente fruncido, mientras que el segundo sólo se limitaba a seguirla con la mirada.
"Nadie había sido tan interesante en todos esto años que llevo aquí" pensó "Tan serio, tan profundo de palabras. Normalmente los hombres expresan con toda intención la búsqueda del placer carnal. Pero no él. Me pregunto, ¿valdrá la pena meterlo con una oiran?
— Vaya, vaya, vaya. Creo que has conocido a alguien bastante especial para que te estés bastante seria, mi pequeña segadora de almas —dijo una voz grave y rasposa a sus espaldas, bien conocida por ella.
Ashiko se dio la media vuelta asustada. Detrás de ella estaba un hombre de dos metros de alto, fornido, de largo y desordenado pelo negro, ojos amarillo claro muy penetrante y una barba y bigote abundantes y negros. Portaba una gran capa negra, dándole un aire muy amenazador e intimidante.
— Parece que te interesa un poco el muchacho nuevo, ¿no es así? —comentó el hombre, avanzando hacia ella.
— Ywach —dijo la mujer, sin moverse de su lugar—, ¿qué es lo que deseas ahora?
Ywach dio un par de pasos hacia ella: — He venido para comentarte que me debes mil almas más —respondió—. Tu desempeño no ha resultado del todo satisfactorio, y si quieres lo que te prometí deberás esforzarte más
— ¡No puede ser! —exclamó la cortesana, indignada— ¡Ya sólo me falta uno, Ywach! ¡No violes nuestro acuerdo!
— Me alegra que lleves la cuenta de tus víctimas, segadora —habló el hombre—. Sólo era para comprobar que no perdiste los cálculos. Una pequeña broma no viene mal de cuando en cuando. Eres una buena recolectora de almas, ¿lo sabías?
— ¿Quieres dejar de llamarme así? —inquirió la mujer, fastidiada.
Ywach emitió una risa cruel y fría: — ¿Acaso no recuerdas el por qué te llamo así? —preguntó burlón — ¿Ya se te olvidó por qué trabajas en esto, eh? Bueno, déjame hacerte un pequeño recordatorio.
El hombre llevó la mano derecha hacia los interiores de su capa y sacó un rubí, tan grande como dos huevos de gallina, y tallado como un icosaedro. Con movimientos lentos, lo pasaba de mano en mano, haciendo pequeñas pausas para permitir que la luz de las velas reflejara un poco la gema.
Ashiko seguía el gran rubí con la mirada, como si estuviera hipnotizada. Ywach se dio cuenta de ello, por lo que detuvo los suaves movimientos y, tomando la gema con la mano derecha, la elevó bruscamente como si fuera a estrellarla contra el piso.
— ¡No! —gritó la mujer, bastante asustada y con ambas manos extendidas al frente.
— Parece que recuerdas el porqué necesitas las almas de mil hombres, ¿verdad? —comentó el hombre de bigote, con el rubí en alto.
— Para liberar el alma del amor de mi vida de tu joya maldita —dijo la cortesana, derrotada—, y tener una oportunidad de matarte —agregó, algo desafiante.
Ywach volvió a reír: — Me encanta que la venganza te mueve en este mundo de lujuria y falsos cariños —habló, mientras se guardaba el rubí en la capa—. Quieres librar al mundo de todo aquel ser hueco de corazón, de aquellos hombres que sólo se conforman con pasiones banales, de aquellos seres vacíos que acabaron con la vida de tu prometido justo en este burdel que es de mi propiedad, ¿no es así? —ella asintió lentamente—. Bueno, ya que es así y estás a punto de lograr tu objetivo, hay una cosa que debes hacer si quieres salir limpia de esto.
— ¿Cuál? —preguntó Ashiko.
— Que además del alma de Neil, me entregues el alma de Rukio —respondió el hombre.
— Eso jamás —replicó Ashiko—. Aunque sólo tengo algunos minutos de conocerlo, él no parece igual a los demás hombres. En el aún se percibe el atisbo de inocencia de un niño.
— ¿En serio? —cuestionó Ywach, mostrando una temible sonrisa—. Yo creo que sólo le bastarán unas cuantas caricias para que sucumba. Además, al entregarme un alma tan pura como la de Rukio, esto te garantiza el perdón absoluto por tus malas acciones, la tranquilidad a tu conciencia por tanto asesinato y —alzó su dedo índice derecho— una pequeña pista para matarme —añadió.
La cortesana lo miró seriamente: — ¿Confió en tu palabra? —inquirió con severidad.
— Por supuesto —repuso Ywach, sin dejar de sonreír—. Es más, para no hacerte caer en dudas, te daré algo para que puedas capturar su alma mucho más fácil.
El temible hombre sacó de su capa un espejo pequeño y cuadrado, de quince centímetros, montado en un marco plateado y liso. Se lo tendió a Ashiko, quien lo recibió algo dubitativa.
— Haz que el muchacho vea su imagen en el espejo por diez segundos y su alma es totalmente mía —aconsejó el individuo de barba y bigote—. Recuerda, esa alma vale mucho. Si no la consigues, no podrás matarme y nunca podrás liberar el alma de tu amado del rubí. Haschwalt —se dirigió al sirviente—, verifica que cumpla eso.
— Sí señor —respondió el hombre de pelo claro.
Ywach se dio la media vuelta y se encaminó hacia el mural del fondo, abrió una puerta oculta y se metió en ella, cerrándola muy suavemente. En el salón, Haschwalt seguía igual de estático mientras que Ashiko iba y venía por las mesas, con el espejo en sus manos e intentando digerir un poco las palabras de Ywach. Por un lado, era demasiado tentadora la oferta de la opción de matar al hombre de bigote, pues lo odiaba con todo su ser a él y a su clientela de hombres "huecos". Pero por otro, robarle el alma a un hombre que, aparentemente, era demasiado inocente en las artes amatorias le parecía algo cruel, pues era lo más parecido a asesinar a un niño.
Sin embargo, sus especulaciones se vieron interrumpidas pues la puerta principal del salón se abrió y por ella entró el hombre que ocupaba sus últimos pensamientos. Rápidamente ocultó el espejo en sus ropas.
— ¿Qué haces aquí, Ashiko? —preguntó Rukio, cerrando la puerta—. Una dama como tú debería estar afuera. El crepúsculo está cayendo y los árboles ofrecen un panorama bastante inspirador.
La mujer esbozó una sonrisa triste: — Me conmueve un poco que pienses que aún soy una dama —dijo—. Cualquiera lo dudaría debido a lo que me dedico.
— El espíritu de una mujer siempre será puro, no importa si su cuerpo ha explorado los placeres físicos —recitó el hombrecito.
— Eso es algo ingenuo, ¿no crees? —comentó Ashiko.
— Puede ser —habló Rukio—. Sin embargo, con el pasar de los años he aprendido que muchas veces las apariencias engañan, y que hay que indagar más profundamente para conocer a las personas. Sólo así pueden forjarse los verdaderos lazos sin que los secretos los empañen. Y tú —le miró de manera firme— tienes algo que ocultas del mundo.
La oiran le dedicó una seria mirada, pero Rukio no se dejó intimidar y la siguió observando expectante. Finalmente, ella soltó un suspiro y agachó la cabeza.
— Si hay algo que te puedo decir —comenzó la mujer, tapando ambas manos con las mangas del kimono— es que estoy aquí por mera y llana venganza.
— ¿Venganza? —repitió interrogante el hombrecito.
— Eh… si —aseguró Ashiko—. Verás, hace tiempo el hombre que amaba fue asesinado por los clientes de este mismo burdel. Cuando lo supe, encaré a su propietario y me propuso que trabajara aquí. Me negué rotundamente, pero me ofreció algo que ni con toda la fuerza de voluntad del mundo pude descartar. Y —respiró un poco—, heme aquí. Trabajando como prostituta, pero a la vez de asesina, matando a todo aquel hombre que me sigue hasta mi recámara. Una segadora de almas que recolecta las ánimas huecas que buscan calmar su sed de placer en este lugar de lujuria y necesidades banales. Y sólo con eso, podré buscar la paz de mi alma.
Cuando acabó, alzó la mirada. Rukio la observaba con el mismo gesto serio y estaba cruzado de brazos. Ashiko esperó a el siguiente movimiento. Mientras que Haschwalt salió por la puerta principal sin ser notado por los otros dos.
— Creo que estás muy equivocada —habló el hombrecito, descruzando los brazos.
— ¿Disculpa? —inquirió Ashiko, algo molesta.
— Que estás equivocada —repitió Rukio, acercándose un poco a ella—. Piensas que al tomar la vida y almas de los hombres que asisten a este burdel te hará bien, pero no es así. No hay nada peor que sanar las heridas del alma con la sangre de otros.
— ¿Tú qué sabes de dolor de perder a alguien, eh? —preguntó la cortesana con un deje de rabia—. No pareces alguien que ha perdido a un ser querido.
— Puedo decir que perdí a dos seres que me dejaron asombrados la primera vez que los conocí —habló el pelinegro, tranquilo—. Y aunque no tuve el tiempo necesario para conocerlos profundamente, me atrevo a decir que si me cambiaron un poco, y eso es algo que estimo mucho.
— Pero no es lo misma alguien que amas por alguien que apenas conoces y es amable contigo —rebatió Ashiko.
— Es lo mismo —insistió Rukio—. El amor de tu vida, un familiar o alguien que aprendes a estimar. Por ellos desarrollas cariño, y ese cariño se convierte en algo más profundo. Yo no me detuve a dañar a aquellos que les hicieron daño a aquellas personas. Pienso que el dañar a los otros es inaceptable, por muy fuertes que sean tus motivos. Además —pausó—, ¿qué pensaría tu difunta pareja si te viera asesinar a otras personas sólo por dolor e ira?
Ashiko abrió un poco los ojos. Eso le hizo recordar por primera vez en mucho tiempo a su novio y prometido, un hombre apacible y de buen temperamento, uno que jamás se atrevería a dañar a otra persona o animal. Y con esta memoria inmediatamente se sintió mal, pues una punzada le empezó a lastimar el corazón, los ojos le ardieron y su respiración se agitó un poco.
Rukio notó eso, pero no se atrevió a opinar acerca del pequeño momento de quiebre de Ashiko. Pero en su mente ya tenía la solución de la sórdida situación de la cortesana, quien se relajó un poco después de algunos minutos.
— ¿Y qué sugieres que haga? —inquirió la oiran, mirándolo con los ojos algo vidriosos.
— Ven conmigo —respondió Rukio, ofreciéndole su mano derecha—. Yo viajo mucho, junto con mi amigo Ran. Hemos visto lugares fascinantes y visto costumbres y hábitos bastante interesantes, por no decir raros. Quizá el conocer el mundo ayude a sanar tu alma y a limpiarte de todo ese veneno que la venganza te inyecta —respiró—. Verás que es mejor hacer nuevas memorias y que éstas aporten felicidad a tu alma, a que te quedes aquí rumiando recuerdos amargos que sólo te lastiman más y más.
Ashiko lo miró unos segundos y, de manera trémula, alzó su mano derecha. Pero la puerta principal del salón se abrió precipitadamente, y reveló a Neil, con el ceño muy fruncido, a Ran, algo preocupado, y unos cuantos curiosos, que se esperaban una confrontación.
— ¿Qué diablos pasa aquí? —preguntó molesto el hombre de pelo verde.
— Ellos sólo estaban conversando —respondió el hombre de pelo naranja, de manera convincente.
— ¡Tú amigo intentó conquistarla! —gritó Neil, apuntando con su índice derecho a Rukio
— ¡Rukio no es así! —exclamó Ran, ya enojado—. Tú no lo conoces, él no trata así a las mujeres. Además, das un poco de pena montando una escena de este tipo.
— Ran tiene razón —intervino Rukio, sin perder la calma—. Un hombre que demuestra celos sólo refleja la inseguridad y el miedo de sí mismo. Y por lo visto usted es uno de ellos, pese a que tuvo una buena primera impresión conmigo.
Neil se dirigió hacia Rukio, con las claras intenciones de hacerle daño, pero dos hombres lo sujetaron de los brazos y la cintura. Tanto Ran como Rukio se plantaron en su lugar.
— ¡Eres un maldito enano lujurioso! —gritó el hombre de pelo verde, fuera de sí y señalando al hombrecito.
— ¡Tú un inútil que no sabe ni lo que necesita una dama! —vociferó Rukio, bastante ofendido por el insulto a su tamaño.
— ¡Y tú amigo un desgraciado solapador! —atacó Neil, señalando al hombre de pelo naranja.
— ¡Lo que tienes de bonito lo tienes de estúpido! —rebatió Ran, también molesto.
Neil continuó gritando cosas sin sentido, mientras que Ran y Rukio intentaban inútilmente conservarse calmos, ya que estaban cayendo poco a poco en las provocaciones del otro. Los curiosos iban entrando de a poco a poco al salón, para presenciar el griterío de los tres hombres. Ashiko, un poco fastidiada por el espectáculo, se encaminó hacia más adentro del salón hasta una puerta de madera pintada de negro. La deslizó y desapareció.
— Caballeros contrólense, por favor —habló Haschwalt, interponiéndose en medio—. Podemos resolver esto como personas civilizadas. O —bajó su tono de voz—, si la ira los invade demasiado hay un camino para desaguarla.
Llevó ambas manos a su capa y sacó algo que le quitó la respiración al público, e incluso le bajó el enojo a Ran de golpe. Sólo Neil y Rukio permanecieron imperturbables ante lo que mostró el sirviente.
Eran dos revólveres, de un calibre 38, plateados con las cachas de madera.
— Un duelo —concedió el sirviente—. Aquel que gané, le daré la llave de la recámara de Ashiko y decidirá su destino.
— ¿No podría hacer esto más… tradicional? —cuestionó Ran, con algo de temor—. Con espadas o… una partida de ajedrez para evitar la violencia.
— Eso sería algo tardado, caballero —respondió Haschwalt—. Esto mata más rápido que una katana y se requiere pensar menos que una jugada de ajedrez. Señores, tomen un arma cada uno.
Rukio y Neil tomaron las armas sin dudar. Los presentes retrocedieron unos pasos y Ran empalideció un poco.
— Tengo que decirles algo. Una de las pistolas ya tiene el tiro preparado, la otra no —dijo el sirviente—. Así que la suerte jugará a favor o en contra de ustedes. A la cuenta de tres disparen sus armas. Uno…
Ambos hombres se apuntaron. El público murmuró bastante emocionado, pero comenzó a pegarse a las paredes, haciendo espacio entre los duelistas. Ran iba a intervenir, pero Haschwalt lo tomó del brazo con un agarre bastante fuerte.
— Dos…
Neil y Rukio amartillaron las armas. Algunas personas optaron por salir del salón. Ran estaba forcejeando para parar esto, pero Haschwalt lo tenía bien agarrado como una serpiente que captura a un ratón.
— ¡Tres!
Los duelistas jalaron el gatillo. El revólver de Rukio se detonó, haciendo respingar al público, pero el de Neil no. La bala dio en el pectoral izquierdo del hombre de pelo verde, haciéndolo caer al piso. Rukio parpadeó varias veces, como si hubiera salido de un trance. Con horror, se dio cuenta de lo que había hecho, así que arrojó el arma a un lado y fue al lado de Neil para revisar la herida. Pero Haschwalt se interpuso entre él y el caído.
— No se preocupe, yo lo llevaré a un médico —dijo el hombre de pelo claro, con calma. Y sacó una única llave de entre su capa—. Aquí está, la llave de Ashiko. Usted ha ganado.
— Pero yo le hice esto y debo… —habló Rukio alterado y nervioso. Pero el sirviente levantó la mano derecha, como seña de que guardara silencio.
— Él se pondrá bien —lo calmó Haschwalt, y le puso la llave en la mano derecha—. Ahora, ocúpese de la señora y dele la noticia. Es la puerta negra, al fondo del salón.
El hombrecito se levantó y se dirigió hacia la puerta, seguido de Ran. El público poco a poco iba reuniéndose alrededor del hombre herido y el sirviente, quien comenzó a llevar a Neil al exterior.
Rukio intentó meter la llave en la cerradura, pero las manos le temblaban tanto que no podía. Hasta que al quinto intento lo logró y abrió la puerta.
La habitación de la oiran principal era amplia, de ocho por seis metros. Al lado izquierdo tenía una cama grande y de apariencia cómoda, con bastantes cojines, al lado derecho un biombo con imágenes de pétalos de flor de cerezo y montañas, un tocador con un gran espejo y varios gabinetes, y un ropero de tamaño considerable. Al fondo había un pequeño balcón, que daba a los jardines, donde se podía apreciar un pequeño lago que se nutría del agua del canal.
— ¡Ashiko! ¡Ashiko! —llamó Rukio en voz alta. Pero no obtuvo ninguna respuesta.
— Creo que no está aquí, amigo —dijo Ran, aún pálido.
— ¡Maldición! —exclamó el hombrecito, aporreando el tocador.
El golpe de Rukio hizo que un fragmento de pared, entre el tocador y el ropero, se desprendiera. Los dos se acercaron con cautela y notaron que el pedazo de pared era en realidad una puerta oculta. Se asomaron un poco y vieron un pasillo corto, que daba directo al lago que había en los jardines.
Inmediatamente ambos entraron por el pasillo a paso rápido y salieron a los terrenos. Rukio volteó para todos lados, buscando a Ashiko, y Ran también se puso a otear el panorama. El ambiente estaba calmo, sin ninguna persona y casi en silencio, sólo roto por las amortiguadas conversaciones que venían del salón. Sin embargo, el hombrecito notó pequeñas ondas en el agua y un ligero chapoteo le hizo voltear la cabeza a la derecha.
Por el canal, y a unos ocho metros de donde estaban, iba una góndola de cinco metros de largo, como las que había visto en Venecia. Estaba siendo propulsada por Haschwalt. Y tenía en su cubierta algo bastante perturbador.
Neil, tendido en el piso, tenía el cuello profundamente rebanado de lado a lado y los ojos abiertos. Ashiko, de pie y con la mirada seria, sostenía un cuchillo de cuarenta centímetros de largo y manchado de sangre en su mano derecha y el espejo de plata en la izquierda. Y Ywach, igual de pie, observando la siniestra imagen.
Rukio corrió para alcanzar la embarcación e intentó saltar a la góndola, ya que la distancia no era mucha de la orilla. Pero Ran lo abrazó por la cintura para detenerlo. No quería que su amigo sufriera daño alguno.
— Dile adiós a tu amiguito —dijo el hombre de bigote burlón, mirando a los dos individuos en tierra. Ellos sintieron escalofríos con sus extraños ojos.
— El alma de Neil es mía —habló Ashiko, tendiéndole el espejo al hombre y sin mirar a Rukio y a Ran—. Ya son mil almas Ywach.
Ywach sonrió: — Entonces cumpliste uno de los objetivos —dijo—. Por lo tanto, mereces un premio por ello.
El temible hombre sacó de su capa el gran rubí, y Ashiko miró con ambición la joya. Pero Ywach la tomó rápidamente del cuello con la mano libre y, de forma brusca y cruel, le incrustó la gema justo en el corazón. Entonces la soltó y, riéndose de forma silenciosa, dejó que la orian se retorciera y manoteara en medio de un charco de sangre, acompañada de espantosos y ahogados gritos de agonía.
Lo único que pudieron hacer Rukio y Ran fue contemplar, horrorizados, como la góndola desaparecía por el túnel del muro, y con ello Ywach, Haschwalt, el cuerpo de Neil y la moribunda Ashiko se esfumaban. Y, desde dentro del salón, las oiran comenzaron a cantar, oprimiendo un poco el corazón de ambos con los versos que, seguramente, un alma atormentada por la venganza les había enseñado.
Noche, oh bella noche,
tú que sonríes a la amargura.
Noche, oh bella noche,
que eres más dulce que luz de día.
Y el tiempo nos murmura
que ya no se puede,
revivir nuestros amores
con un simple beso.
Notas del autor:
*He aquí el cuarto capítulo de este fanfic, y la primera actualización del año. Como pudieron notar, ya se presentó la tercera mujer. Por lo tanto, el siguiente capítulo es el final.
*Sus comentarios y opiniones son bienvenidos
Gracias por leer
