Capítulo 4

Wanheda, la Comandante de la Muerte

Un murmullo tumultuoso se difuminó por la tienda de campaña de la comandante. Los líderes y representantes de los 12 clanes se susurraban conmocionados unos a otros.

Indra y Lexa compartieron sus miradas.

- ¡Shof op! – ordenó la comandante alzando la mano derecha.

Los asistentes la contemplaron, aún atónitos.

Uno de ellos, un hombre de mediana edad, de cabeza rapada con cicatrices distintivas en el rostro se atrevió a hablar colocando un puño sobre la mesa y reclinando su cuerpo hacia enfrente en dirección a Heda.

- Si lo que dice es cierto, exijo verlo con mis propios ojos.

- ¿Te atreves a dudar de tu Heda, Okko? – preguntó Indra evidentemente molesta.

- No voy a disculparme por decir lo que pienso. Todos los presentes hemos sido testigos de la fuerza de la montaña y de la incapacidad de la comandante y de sus predecesores para derrotar a ese enemigo.

Lexa apretó los dientes y su expresión de volvió más álgida que de costumbre. Los guerreros Azgeda, la Nación de Hielo, cada vez se volvían más osados en su oposición a ella.

Ante estas palabras, el resto de los guerreros quedaron en silencio, aguardando que su Heda contraatacara sacando su espada y cortando la cabeza de Okko o algo peor.

La comandante tomó aire, conteniéndose.

- Te recuerdo, Okko, que fue nuestra incapacidad. Todos y cada uno de ustedes estuvieron ahí durante años. Todos vimos a nuestra gente perecer e hicimos lo que estaba a nuestro alcance para impedirlo. – Lexa también colocó uno de sus puños en la mesa – Si tú y tu clan Azgeda tenían un as bajo la manga para vencer Mount Weather, lo hubieran jugado desde hace tiempo. Nos habríamos ahorrado muchas muertes. –

El hombre en cuestión se irguió y dio un paso hacia atrás con los labios ligeramente torcidos en mueca de desprecio.

- Skaikru trajo la tecnología necesaria que carecíamos – agregó Lexa. – Debemos aceptar que sin importar nuestras diferencias y los fatales golpes que nos hemos asestado unos a otros, los Skaikru triunfaron donde nosotros fallamos.

Los guerreros se miraron unos a otros, con excepción de Okko que permanecía contemplando a su comandante de un modo desafiante.

- ¿Tienes algo más qué decir, Okko? – preguntó Lexa molesta, ante tal obviedad.

- De hecho sí, Heda. – contestó altanero – Esta chica… Esa, de cabellos rubios, la que pasaba tanto tiempo con usted…

- Clarke. – Dijo la comandante a punto de perder la paciencia.

- Sí, ella. Clarke. Lo que sea. Fue ella la que ideó todo, ¿no es cierto? –

Lexa movió la cabeza en señal de afirmación.

Okko sonrió socarronamente. No iba a perderse esta invaluable oportunidad para meterse debajo de la piel de su Heda, así que prosiguió: -¡Quién lo diría! Tan frágil ella. ¿Quién habría imaginado que al haberla traicionado y abandonado a su suerte despertaría a la Wanheda?-

Hubo una exclamación de sorpresa generalizada entre los guerreros. La comandante se enderezó y se quedó ahí, estática. Podían apreciarse la tensión en los músculos de su cuello.

- ¡Wanheda! – proclamó Okko de nuevo.

- ¡Wanheda! – gritó otro de los líderes.

Una a una las voces se unieron en un solo coro que reverberó sacudiendo el campamento.

- ¡WANHEDA!


Los pies le dolían de tanto caminar sin rumbo fijo. Su cuerpo agotado se movía en automático. Sus pisadas eran erráticas; no llevaba la cuenta de cuántas veces había tropezado con piedras o las raíces de los árboles. Tampoco se había percatado de que su cara estaba marcada de arañazos que las ramas le habían provocado. Los finos hilos de sangre se fundían con las lágrimas que no habían cesado de brotar desde que había dado la espalda a Arkadia horas atrás.

Su estómago crujía. Llevaba más de un día sin comer y su organismo comenzaba a doblegarse ante el hambre y la sed, pero no le importaba. Ya nada le importaba.

Su vista empezó a nublarse por la humedad acumulada en sus ojos. Se detuvo un segundo y se limpió las lágrimas con una de las mangas. Sólo así advirtió que aún traía la pistola en esa mano.

La observó con detenimiento.

Hasta hace poco, sus manos habían sido destinadas únicamente para sostener pinturas, lápices, carboncillo y crear arte. Esos amados dibujos de parajes extraños en la tierra que nunca creyó ver algún día.

Hoy esas manos estaban impregnadas de pólvora, de sangre, de culpa. Las había utilizado para destruir.

"Cruzaste la línea, Clarke. Su sangre está en tus manos e incluso si ganamos, me temo que no podrás lavártela esta vez"

Las palabras de su madre la atravesaron como flechas.

De repente sintió la imperiosa necesidad de buscar agua. Y corrió. Corrió lo más rápido que pudo, saltando troncos caídos, esquivando árboles, trepando pendientes resbalosas.

Al cabo de unos minutos escuchó el bramar de un río en la cercanía. Apresuró el paso.

Podía verlo. No era muy ancho ni profundo, pero ahí estaba.

Al sentir las piedras bajo sus pies, lanzó la pistola a un lado y se adentró a las aguas.

Sumergida hasta debajo de la cintura, metió las manos al río y comenzó a frotarlas con vehemencia.

No era la primera vez que las manos le ardían de desesperación, todavía podía sentir los vestigios de la sangre de Finn al matarlo. Sentía que sus manos estaban cubiertas por capas y capas de atrocidades, de sufrimiento.

Podía sentir la tierra de la sepultura de Wells. Podía sentir las cenizas de los 200 terrícolas que había incinerado con las llamas de su nave; el cosquilleo de temor y remordimiento antes del impacto del misil en Tondc; el jalar del gatillo que había acabado con la vida de Dante, el frío metálico de la palanca que la había ayudado asesinar a todas esas personas en Mount Weather.

El arte había sido remplazado por muerte.

Sollozó.

No podía parar. Mil lamentos se fugaban de su boca. El dolor se había apoderado de ella, de cada milímetro de su cuerpo, de cada poro de su piel.

"Eso es lo que implica ser líder, Clarke"

"Hacemos lo que debemos hacer"

Un grito desgarrador hizo erupción de su boca.

Dirigió su cara totalmente cubierta de lágrimas hacia el cielo.

No podía más. Ya no le cabía más dolor.

"Naciste para esto, igual que yo"

Clarke meneó la cabeza. No. No podía creer en aquellas palabras de Lexa. Se rehusaba a aceptar que había llegado a este mundo, a este universo para convertirse en una asesina.

Cayó de rodillas al fondo.

El agua alcanzó sus hombros.

Sería tan fácil ir más profundo. Sería tan fácil soltarse. Tan sencillo aflojar su cuerpo y dejarse llevar por la corriente. Dejar de luchar.

Pero no lo hizo.

Se quedó ahí un rato, sintiendo cómo la corriente la abrazaba, la envolvía en su tibieza.

Más lágrimas cayeron al río. Pedazos de su alma se iban en cada una ellas.