La vida de Manuela en la escuela se había vuelto mucho más llevadera desde sus visitas a Elizabeth. Sus amigas habían notado el cambio que se había producido en su estado de ánimo. Otra vez parecía la antigua Manuela de antes de que sucediera el incidente con la señorita von Bernburg.

El volver al grupo de teatro había sido algo realmente bueno. Manuela tenía un talento natural para la actuación, y esto se notaba en cada ensayo. La obra que madame Aubert había elegido que representaran era Don Carlos de Schiller. Al igual que en Romeo y Julieta, a Manuela le tocó nuevamente el personaje principal masculino

- ¡Manuela! – La voz de madame Aubert resonó en el salón - ¡Más pasión! ¡Ten en cuenta que estás enamorado de un imposible! ¡Esa mujer es tu madrastra! Debes mostrar el conflicto que tiene el personaje

- Lo siento madame Aubert …

Manuela intentó imaginarse lo que se debía sentir estar tan apasionadamente enamorada de un imposible, de repente el rostro de Ivette con quien ensayaba la escena se transformó en su mente en el de Elizabeth.

- ¡Oh, Reina!... Pongo a Dios por testigo que he luchado, he luchado como ningún otro mortal. Y ¡en vano, Reina!... Cae aniquilada mi heroica fortaleza: sucumbo.

Dijo Manuela con sentimiento. Ivette siguió con el diálogo secundándola a la perfección

- Ni una palabra más... en nombre de mi esposo.

- A la faz del mundo me pertenecíais; dos grandes reinos me concedían vuestra mano; el cielo y la tierra consentían nuestra unión, y Felipe, Felipe os arrebata de mis brazos.

Dijo Manuela tomando de los brazos a Ivette

- Es vuestro padre….

Respondió Ivette mientras se soltaba de las manos de Manuela

- Es vuestro esposo….

- Él os concederá por herencia el mayor imperio del mundo.

- Y a vos por madre.

- ¡Dios mío! ¡Deliráis!

- ¿Conoce al menos el valor del tesoro que posee?... ¿Posee un corazón capaz de apreciar el vuestro? No quiero lamentarme. No; quiero olvidar la inefable dicha que hubiera gustado con vos, si él al menos es dichoso. Pero no lo es; no lo es. He aquí la causa de mi infernal tormento. No lo es, ni lo será jamás... Me han arrebatado mi paraíso para anonadarlo en los brazos de Felipe.

Dijo Manuela estrechando a Ivette entre sus brazos y recitando la última línea del apasionado diálogo

- ¡Bien! – Se escuchó la voz de madame Aubert – Es todo por hoy, después seguiremos… ¡en cours! … todas al recreo

Por un instante Manuela e Ivette se quedaron en la misma posición mirándose a los ojos sin moverse.

- ¡Eso estuvo excelente!

La voz de Ilse rompió el momento, haciendo que Manuela soltara a Ivette y se dirigiera hacia la salida del escenario donde Ilse las esperaba.

- ¡Gracias amiga! - Dijo Manuela con una sonrisa estrechando a Ilse en un ligero abrazo – Ivette, ¿Vienes?

Ivette se había quedado parada en medio del escenario un poco aturdida y con el corazón latiendole a todo galope luego de la apasionada escena que había ensayado con Manuela.

Por un momento mientras Manuela la sostenía entre sus brazos había sentido un deseo absurdo de que la obra que estuvieran ensayando fuera Romeo y Julieta para poder volver a sentir los labios de la otra chica sobre los suyos.

Ivette se sacudió un poco para quitar esas tontas ideas de su cabeza, y con una sonrisa se encaminó a paso ligero donde la esperaban sus amigas.

Las jóvenes comenzaron a salir al patio de la escuela, como siempre Ivette e Ilse acompañaban a Manuela.

- ¡Esta obra es muy difícil! - Ilse comenzó a quejarse – Prefiero mil veces Romeo y Julieta, Schiller me está matando

- ¡Oh Ilse! Tranquila, ya aprenderemos los diálogos – Replicó Manuela – Solo debemos practicar mas.

- ¡Pero no entiendo por qué siempre el amor debe ser tan trágico en el teatro!

- Dicen que el teatro imita a la vida – dijo Manuela – Aunque estoy de acuerdo contigo Ilse, debería ser todo más sencillo.

Las tres se sentaron en un banco de madera

- ¡Mira! - Señaló Ilse – Ahí está Alexandra de nuevo. Realmente te ha tomado manía Manuela

- No importa….

Ivette se volvió hacia Manuela ante esta afirmación

- Si importa Manuela, ella no deja de meterse contigo, lo único que la frena es nuestra presencia. Deberías acusarla con la superiora

- ¿y qué le diría? ¿Alexandra me mira amenazante? Hasta ahora no me ha hecho nada más que molestarme verbalmente

- ¿Y el otro día que volcó el salero sobre tu plato?

- Fue un accidente…

Ivette suspiró exasperada

- ¡Está bien Manuela! Como quieras. Pero creo que deberías acusarla antes de que haga algo peor…

- ¡NIÑAS! – la voz de la señorita von Rakett interrumpió su discusión – adentro que ya está oscureciendo

Las jóvenes entraron a la escuela, dentro de unos minutos sería la hora de la cena, así que se dirigieron corriendo al refectorio. Manuela tomó su charola con comida cuando de pronto Alexandra "tropezó" con ella haciendo que volcara todo el contenido de la charola sobre sí misma.

- ¡Hay! ¡Lo siento tanto Manuela! – dijo Alexandra con falso pesar – ¡Perdóname por ser tan torpe!

Manuela se quedó parada con las manos en alto observando su cena escurrirse lentamente desde su vestido al suelo

- ¡MEINHARDIS! – La voz de la señorita von Rakett la sobresaltó levemente – ¡Mira como te has puesto! ¡Te quedarás sin cenar! ¡A LAS DUCHAS! ¡YA MISMO!

- ¡Pero señorita von Rakett! – Intervino Ilse – ¡No fue culpa de Manuela!

- ¡SILENCIO WESTHAGEN! A menos que tu también quieras quedarte sin cenar

- Está bien – Interrumpió Manuela al ver que Ilse volvería a replicar – Fue mi culpa – Se volvió hacia Alexandra que la miraba con cara de inocente – Lo siento mucho Alexandra. Permiso señorita von Rakett. Voy a ducharme.

Dijo Manuela encaminandose hacia las duchas mientras intentaba ignorar la expresión de triunfo de Alexandra al verla irse sin cenar.

A Manuela no le importaba. Mañana era sábado, así que iría a visitar a Elizabeth. Nada podía arruinar su felicidad, ni siquiera las artimañas de Alexandra.

Luego de las duchas se fue directamente al dormitorio. Mejor acostarse temprano. Intentaría dormir de una vez para olvidar su hambriento estómago.

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A la mañana siguiente se levantó con prisa. El cochero enviado por su tía vendría a recogerla muy temprano, así que no tendría tiempo de desayunar. Manuela lo esperaba en la puerta de la escuela, pero las horas pasaban y él no aparecía. Finalmente, cerca del medio día vio acercarse el calesín, pero este era conducido por su tía no por el cochero.

- ¡Manuela! ¡Buenos Días! ¡Sube!

- Buenos días tía. Creí que hoy vendría Friedrich…

- Está con disentería. Su mujer recién me avisó hoy por la mañana ¿puedes creer la falta de cortesía? Por lo menos podría haberme avisado antes… SI no fuera porque es de confianza, lo despediría sin dudar…

Manuela sabiamente cerró la boca. No valía la pena decirle a su tía que Friedrich tenía cinco hijos, el más pequeño de apenas unas semanas, y que probablemente su esposa no había podido dejarlos solos con nadie más que un hombre enfermo en medio de la noche para avisarle a su tía que no iría a trabajar para ella hoy.

El camino hacia la casa de su tía tardó bastante. Manuela intentaba aplacar los gruñidos de su estómago mientras observaba el paisaje rural de Potsdam convertirse en el más urbano de Berlín.

- Hoy iremos directo a la casa de la señorita von Bernburg. Yo debo ir de la señora von Wellinguërt a tratar unos asuntos con ella.

- Pero… ¿no es muy temprano tía? Ella seguramente no me estará esperando…

- Antes de ir por ti pasé a verla y le avisé que irías a su casa más temprano

- ¿Pero no vamos a almorzar?

- No te hará daño saltearte el almuerzo. Seguramente tuviste el buen juicio de desayunar bien hoy.

- Si tía…

- ¡Bien! Llegamos ¡Te quiero en la casa a las seis treinta!

- Sí tía…

Luego de despedirse de la baronesa, Manuela subió impaciente los pocos escalones de la entrada a la casa de Elizabeth. No alcanzó a tocar la puerta cuando Elizabeth ya estaba sonriendo frente a ella

- ¡Manuela! Que gusto verte de nuevo. Por favor, pasa. Puedes dejar tu abrigo en el perchero

- ¡Gracias! – Manuela acomodó sus pertenencias y se volvió a Elizabeth – Perdone que haya venido a molestarla tan temprano.

- No es molestia. Siéntate por favor

Manuela se sentó en silencio, y en ese preciso momento su traicionero estómago decidió gruñir otra vez. Dio a Elizabeth una mirada avergonzada

- Lo siento….

- No tienes que disculparte. ¿Acaso no almorzaste hoy?

- No…

- Pero habrás desayunado bien me imagino…

- No, tampoco…

Elizabeth la miró alarmada

- ¡¿pero desde cuando no comes?!

- Desde ayer al medio día…

- ¡Eso no puede ser! Ven conmigo a la cocina. Prepararemos unos emparedados.

- No quiero molestarla…

- No discutas Manuela. Solo ven conmigo - Dijo Elizabeth acariciándole la mejilla con dulzura - No debes saltarte las comidas…

- Ya no lo haré…

Manuela y Elizabeth se encontraban conversando luego de que la joven hubiera devorado los emparedados.

- La obra que estamos ensayando es Don Carlos…

- ¿Y qué personaje te tocó hacer?

Preguntó Elizabeth

- El del príncipe, Ivette es la Reina, Ilse es el duque de Alba y Wolzogen es el Rey

- ¿Y qué tal lo llevas hasta ahora?

Los ojos de Manuela se iluminaron con emoción

- ¡Oh! ¡Es maravilloso! ¡Ivette es una excelente actriz, es muy fácil actuar con ella! A veces cuando estamos ensayando me mira casi como si de verdad yo fuera el príncipe y ella la reina enamorada de mi

Elizabeth sintió el ligero pinchazo de celos ante el tono afectuoso de Manuela al referirse a la otra joven.

- ¿Y con Westhagen? ¿Qué tal te llevas? También son amigas por lo que me contaste…

- ¡Oh sí! Ilse es una muy buena amiga, aunque a veces nuestras opiniones no coincidan. Ella insiste con que quiere casarse, pero yo no quiero hacerlo…

- Bueno, solo el destino sabe lo que nos espera…

Manuela reflexionó un momento sobre las palabras de Elizabeth. Una de las conversaciones mantenidas con Ilse volvió a la mente de Manuela.

- Señorita Elizabeth ¿A usted le gusta el arte?

Los ojos de Elizabeth se iluminaron ante uno de sus temas favoritos

- Ciertamente me encanta ¿Por qué lo preguntas?

- Es que el otro día tuvimos un desacuerdo con Ilse con respecto al Nacimiento de Venus

- ¿El nacimiento de venus? ¿La obra de Boticelli?

- Si, esa misma… Ilse dijo que era fantástica pero…

- ¿Y dónde han visto el nacimiento de Venus?

- En el refugio de caza que está en la escuela. Pero ... no lo se

Dijo Manuela Mirando el suelo

- ¿Qué no sabes? Boticelli era un gran artista…

- Es que ella… – Susurró Manuela sonrojándose – ¡Ella está desnuda!

Elizabeth la observó con curiosidad

- ¿Y eso te causa repulsión?

Manuela se sonrojó aun más si cabía

- No… Creo que más bien lo contrario…

El ambiente se volvió pesado y Elizabeth se revolvió en su asiento, incómoda por el giro que había dado la conversación. Al mirar de nuevo a Manuela que miraba avergonzada hacia el suelo, Elizabeth de pronto advirtió que la joven probablemente estaba experimentando ciertos cambios y no sabía cómo manejarlos.

- Lo contrario… ¿puedes ser más explícita?

- Me gusta mucho ella…

Dijo Manuela mirando a cualquier parte menos a Elizabeth. Había decidido ser valiente con su ex maestra y decirle lo que sentía, aunque sea en parte. No le diría que cuando miraba la pintura, muchas veces era a Elizabeth a quien se imaginaba desnuda, pero por lo menos quería que ella tuviera en claro cómo se sentía con respecto a las mujeres en general. La creciente alarma en la expresión de Elizabeth le hizo darse cuenta que debía explicarse más.

- Yo… ahora entiendo muchas cosas. Ivette me explicó. Y sé también que están mal… - Balbuceó Manuela - ¿Usted cree que estoy loca?

Elizabeth dio un respingo

- ¡¿Loca?! ¿Por qué piensas eso?

- Es que Ivette me dijo que a las mujeres que sienten las cosas que yo siento las internan en asilos para curarlas, y usted dijo que necesitaba que me curaran…

Elizabeth se encogió internamente al imaginarse a Manuela en uno de esos horribles lugares.

- No – Dijo firmemente Elizabeth – No debes pensar así. Lo más probable es que sea una fase. Ya encontrarás al hombre del que te enamores y te saque esas ideas de la cabeza

Manuela sopesó lo que le decía Elizabeth

- ¿Lo encontró usted?

Por un momento la maestra se quedó sin palabras ante la réplica de la joven. Carraspeando se recompuso lo suficiente para contestar.

- No lo hice. Pero cada quien es diferente y puede que tu si lo hagas.

Manuela decidió presionar un poco a la maestra para ver lo que en realidad pensaba.

- ¿Y si nunca dejo de sentir estas cosas? ¿Si nunca puedo curarme? Todo el mundo piensa que esto es malo – Dijo Manuela con tono lastimero aunque ella en realidad no lo pensaba - Entonces probablemente me internaran…

Elizabeth se hincó frente a Manuela tomando sus manos entre las suyas

- ¡Nadie te internara! ¿me oíste? Nunca lo permitiré. ¡Ahora deja ya de decir tonterías!

Manuela miró el rostro enojado de Elizabeth y se dio cuenta que estaba yendo demasiado lejos presionando a la mujer. Si seguía adelante quizás no querría verla más.

- Lo siento Elizabeth. – Dijo Manuela conciliadora - Como usted dice, solo es una fase. No volveré a mencionar el tema…

Elizabeth asintió en silencio. Manuela no volvió a mencionar el tema en las siguientes visitas y poco a poco la conversación fue cayendo en el olvido en la mente de Elizabeth.

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Una agradable rutina se había establecido en la vida de Elizabeth. Durante la semana daría clases en su nueva escuela, volvería a su casa al atardecer, prepararía la cena y se iría a dormir luego de leer algún buen libro. Los domingos vez sí, ves no, madame Aubert y mis Evans vendrían a visitarla y pasarían una agradable tarde de té y charla amena. Pero sin duda, el día más esperado de la semana para Elizabeth era el sábado. Por la mañana limpiaría a fondo su pequeño apartamento y luego prepararía pastel o galletas para Manuela que iría a visitarla.

Con cada visita Elizabeth quedaba más y más prendada de la joven, pero tercamente se negaba a admitirlo, aún para sí misma, y achacaba su atracción por Manuela a lo que en su cabeza era solo un fuerte sentimiento maternal.

Manuela era una muchacha adorable y muy inteligente, y poco a poco al mayor contacto con el mundo que obtenía a través de Elizabeth iba develando una aguda inteligencia y una lograda sensibilidad artística.

Elizabeth impulsaba a Manuela a cultivarse, enseñándole historia, literatura e introduciéndola en los textos de los grandes filósofos alemanes. Manuela poco a poco se formaba firmes opiniones sobre los temas que trataban, las que muchas veces no coincidían con las de su ex maestra y las que defendía con ardor.

Últimamente habían incursionado en los textos de Nietzche; filósofo que no era muy del agrado de Elizabeth, más que nada por el evidente machismo que destilaban algunas de sus obras, pero al parecer los principio generales del relativismo habían atrapado a Manuela y la habían convertido en una de sus más fervientes defensoras.

- Pero Nietzche tiene razón, no existe una verdad universal, pues ninguna corresponde a la realidad más que de una forma aparente.

Dijo Manuela cerrando el libro que tenía en sus manos.

- Si así fuera Manuela, entonces todos los principios morales que rigen nuestra sociedad serían relativos.

La discusión en torno a este asunto se había prolongado por la última media hora, agotando las reservas de comprensión de la maestra que no entendía el porqué de tanta fascinación por parte de Manuela con Nietzche

- Y lo son. Lo que para nuestra cultura es la norma moral para otras no lo es. ¿Acaso podemos juzgarlos sin entender su realidad?

La discusión poco a poco iba subiendo de tono.

- ¿Te imaginas una sociedad basada en estos principios?

Dijo Elizabeth con asombro ante las palabras de la chica

- ¡Mejor esos principios que los de una moral falsa y opresiva!

- ¿Una moral falsa? ¿De verdad crees que una sociedad donde todo es relativo y la brújula moral no existe es mejor que la que tenemos?

Dijo Elizabeth ya con poca paciencia

- ¡Podría serlo!

Replicó obstinadamente Manuela

- ¡Manuela, no seas necia! ¿Te imaginas lo que sería nuestra vida en una sociedad así?

- ¡Si, puedo imaginarlo!

- ¡No! ¡No puedes! ¡Sería desastroso!

- ¡Sería ideal!

Elizabeth dio un respingo ante lo que para ella era evidente necedad de la joven.

- ¡¿IDEAL?! ¡¿Y EN QUÉ IDEA ABSURDA TE BASAS PARA PENSAR ESO?!

Dijo Elizabeth Levantando la voz

- ¡EN QUE EN UNA SOCIEDAD ASÍ NO TENDRÍA PROHIBIDO AMARLE!

Replicó Manuela en el mismo tono

Un pesado silencio cayó sobre las dos.

Elizabeth estaba boquiabierta y Manuela se quedó estática al darse cuenta de la gravedad de su declaración

- Creí que ya se te habían quitado esas ideas de la cabeza…

Replicó Elizabeth en tono apagado.

Manuela bajó la mirada avergonzada por su exabrupto.

- Lo siento. Yo… me dejé llevar. No volverá a pasar…. Lo prometo

Replicó Manuela suplicante, sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas al pensar en las consecuencias de lo que había dicho.

Con el paso de las semanas Elizabeth había llegado a sentirse cómoda con su irreflexiva decisión de permitir las visitas de la joven, pero la apasionada proclama de Manuela le hizo darse cuenta que estaba actuando mal guiada por su egoísmo.

Debía hacer lo mejor para las dos, y lo mejor era su decisión original. Una de las dos debía actuar como adulto, y lo lógico era que fuera ella

- Creo que lo mejor será que terminemos por hoy…

- ¡Por favor! – Las lágrimas comenzaron a surcar las mejillas de Manuela – ¡En verdad lo siento! ¡Por favor no te enfades conmigo!

Elizabeth suspiró y se hincó frente a Manuela quien ya lloraba a lágrima viva con una postura de absoluta derrota. Suavemente acarició su rostro secando sus lágrimas y haciendo que la joven la mirara a los ojos.

- Manuela. No estoy enfadada contigo. Solo creo que necesitamos descansar, nada más. Debes ir a casa de tu tía y quizás sería bueno no vernos durante algunas semanas.

Dijo Elizabeth levantándose y con ella a Manuela. El cuerpo de la joven permanecía rígido mientras intentaba contener el llanto.

- ¿Por unas semanas? ¿Cuántas?

- Ya veremos…

- ¿Pero entonces cómo sabré cuando puedo volver?

- Ya buscaré la manera de avisarte…

Contestó Elizabeth evitando la mirada de Manuela y caminando hacia la puerta para despedir a la joven.

La decisión estaba tomada, aunque su cobardía le impidiera decírselo de frente a la chica.

Como todos los sábados Elizabeth abrazo a Manuela en el portal de su casa pero en lugar de solo soltarla, tomo su rostro entre sus manos y cerrando los ojos besó castamente a la joven en la frente. Al separarse miró a Manuela a los ojos, con los suyos llenos de lágrimas igual que la chica.

Y entonces Manuela lo entendió.

No habría más visitas. No más tardes de té y galletas y agradable conversación. Con ese beso Elizabeth se despedía de ella sin palabras. Manuela dirigió una súplica muda y desesperada a Elizabeth, pero esta solo negó imperceptiblemente y luego entró a su casa cerrando la puerta tras ella y dejando a Manuela en estado de shock.

Tras un largo momento de mirar sin ver la puerta cerrada frente a ella, Manuela al fin reaccionó y comenzó a caminar lentamente a la casa de su tía con el corazón en un puño y conteniendo las lágrimas.

En el apartamento, Elizabeth lloraba hecha un ovillo en el piso y con el cuerpo apoyado en la puerta cerrada. La decisión que había tomado la estaba matando.

Sabía que era lo mejor, sabía que lo correcto era dejar de ver a Manuela, pero eso no impedía que fuera lo más doloroso que había hecho en su vida. Un dolor insoportable le atravesaba el pecho mientras recordaba la mirada de la joven pidiéndole silenciosamente que no la deje de nuevo.

Con la poca fuerza de voluntad que le quedaba se metió a la cama aún vestida. Con un poco de suerte lograría caer dormida y visitar ese mundo de sueños, en el que no existía ningún impedimento para que ella y Manuela estuvieran juntas.