¡Zelda no me pertenece!
¡Disfruten!
III
El sabor de la libertad
...
La respuesta que los hyruleanos buscaron por más de tres años apareció de un día para otro en forma de nombre, para desgracia de Níkolas.
Todo había empezado como un rumor murmurado desde lo más recóndito del desierto, una ráfaga débil y desapercibida, entre las oleadas de calor emanadas por el ecosistema, y que luego comenzó a tomar fuerza hasta convertirse en una verdadera tormenta de arena. El rumor recorrió de boca de boca entre todos los habitantes de Hyrule, ya fueran libres o esclavos, para quienes pronunciarlo era sinónimo de esperanza, de rebelión, y que causaba pavor en los primeros, porque significaba la destrucción. Había comenzado como una figura abstracta para los hyruleanos, un ente surgido de las profundidades del desierto para tomar venganza, un demonio con la labor de castigarlos a todos y fulminarlos con su ira, pero no para las gerudo, porque sabían perfectamente de quien se trataba y lo alababan con fe ciega, lo esperaban desde hace mucho. Se decían muchas cosas respecto al tal hombre, tantas, que imposible era distinguir realidades entre invenciones: que medía más de dos metros, que sus ojos eran tan dorados como la tierra que pisaba en el desierto, o como el sol que los iluminaba, que su cabello rojo flagraba tanto como el deseo de su pueblo, como la ira acumulada, que poseía la fuerza de varios hombres juntos, dominaba las artes oscuras, podía invocar criaturas y hasta los monstruos le temían, respetaban y obedecían. Aquel que lo viera sabría exactamente de quién se trataba, porque no existía nada más impresionante que su imagen portentosa, inefable, imposible de olvidar o de mirar sin asombrarse, capaz de robar el aliento y succionar el alma a aquellos que habían atentado contra su gente. Él estaba ahí, en todas partes, buscase donde se le buscase, preparado para arremeter hasta con el soldado más experimentado con sus puños de guerrero y la espada negra que había sentenciado cientos de vidas a ese paso, manchado la tierra de sangre e iniciado una masacre. Murmurar su nombre en un susurro era el néctar que alimentaba las ansias de rebelión en las gerudo aprehendidas, las únicas que sabían su identidad hasta el momento, ésa que calmaba las punzadas en las heridas producidas por un látigo, el que amortiguaba la humillación de una chiquilla recién violada, el que prodigaba de fuerzas a una madre que recientemente le habían arrebatado a su hija y aquel que sustituía la tristeza de una compañera caída por furia.
El idioma de las gerudo fue cada vez más escuchado por todas partes, cada vez se hacía menos susurrante, menos apagado, más rebelde, insolente y provocativo, y entre las paredes del castillo no fue la excepción. Las autoridades que rondaban por ahí oían recelosos sin saber qué rayos tanto era lo que cuchicheaban entre ellas todas esas esclavas, que seguras de que nadie los entendía, hablaban de lo que se aproximaba.
Y el único capaz de discernir todo aquello en el castillo era Link.
El príncipe, así como todos en el palacio y la ciudad entera, estaba al tanto de la situación y de lo que ésta pronosticaba —no era necesario ser muy brillante para darse cuenta— pero prefirió ignorar los rumores sabiendo que la respuesta no estaba ahí, sino en aquello que hablaban las gerudos en el palacio y de esa forma lo descubrió. Link estaba acostumbrado al sigilo, a actuar en silencio sin ser percibido, tenía buen oído y habilidad para los idiomas, el gerudo no le suponía ningún reto, porque era el que había utilizado toda la vida para hablar con Lucy. Había agarrado práctica como espía hace algún tiempo y no dudaba en utilizar aquella habilidad no solo para estropear la voluntad del consejo y enterarse de los chismes, sino también para ayudar; en su caso únicamente necesitaba escuchar. Así se había enterado tiempo atrás de que Hortence, cuando se comprometió con su padre, no tenía veintisiete como tanto ella decía, sino treinta y dos, era mayor que Níkolas y estaba más que "pasada" para el matrimonio; la reina se salvó de cuidar a los sobrinos gracias a que, efectivamente, aparentaba ser más joven.
Link recorría los pasillos tanteando el terreno seguro de sus pasos, prestaba oído para todo lo que captara, sin emitir ruido con la suela de sus botas ni el ritmo de la respiración, sabía que su presencia resguardaría aquello que buscaba, un error significaba perder esa información que quería. Así siguió durante algún tiempo, hasta que finalmente lo escuchó y supo de inmediato que aquello se trataba de la respuesta que todos habían anhelado por tanto tiempo, porque sintió la misma sensación que los rumores describían. Lo recorrió un escalofrío. Link hizo el esfuerzo de no salir corriendo por los pasillos para evitar alertar a alguien y en cambio giró sobre sus talones, convocó a su padre, los miembros del consejo y a las autoridades militares que se encontraban ahí debido a los ataques recientes, a una reunión de urgencia ese mismo día, recalcando lo imprescindible que era «Para todos», según apostillaron los sirvientes que propagaron el recado.
Luego de un rato todos los convocados entraron a la sala de la reunión. Hortence no estaba ahí como se esperaba, primero porque no la habían llamado y segundo porque nada le importaba lo que tenía que decir su hijastro; más tarde se enteraría por boca de su mayordomo, de todas formas. Se sentaron respectivamente, se saludaron y Link lo soltó todo brevemente, de un solo golpe, como de él se esperaba, sin preámbulos ni amortiguadores antes de inducir el tema:
—Se llama Ganondorf Dragmire y es el rey del desierto.
Hubo un incómodo silencio antes de que alguien pudiera reaccionar.
—¿Cómo te enteraste? —Preguntó Níkolas estupefacto, rompiendo el hielo.
—Las gerudo lo nombraron, él es quien lidera el ejército rebelde —eso fue lo último que Link tuvo que decir. De ahí en adelante la reunión se condujo sola.
Níkolas había intuido una posibilidad como ésa, el nacimiento de un varón gerudo que solo por haber nacido hombre ya era la mayor autoridad de su raza. Ya más de un siglo había transcurrido desde que el único gerudo se vio y no era de extrañar. El consejo no escatimó a la hora de tomar las medidas necesarias para confrontar la amenaza, la misma historia de hace cien años se repetía nuevamente; se pronosticaba una serie de batallas menores, ataques esporádicos, hostilidades y amenazas constantes para Hyrule completo, tal y como ocurrió en tiempos donde Harkinian XVI reinaba. El actual rey en cambio, mucho más relajado que su antepasado ante la situación, y menos duro de carácter —ese mismo que había llevado a su bisabuelo a proclamar la esclavitud— aseguró que, tal y como se veía, la historia terminaría como siempre, y tarde o temprano el pueblo gerudo acabaría aplastado nuevamente bajo la suela de su reino; derrotarían al tal Ganondorf, rey de las gerudos, y todas esas guerreras no tendrían más opción que redimirse, como había sido por tanto tiempo. Bajo esa lógica funcionaron las medidas propuestas.
Grave error.
—No deberían confiarse tanto —dijo Link, pero nadie le hizo caso. Las autoridades militares ahí presentes no podían verse como menos que invencibles.
La reunión terminó a eso de una hora después. Por suerte, no se habían extendido tratando cualquier otro asunto. Los miembros del consejo y las autoridades militares se retiraron, y en la sala únicamente quedaron el rey y su heredero. Níkolas por primera vez tuvo que reconocer que el conocimiento de Link sobre la lengua gerudo servía para algo, y por lo mismo permaneció en su silla, esperando hasta que todos se fueran. Entonces se paró y no se fue sin antes dirigirle unas últimas palabras al joven por ese día:
—Prométeme que si te enteras de algo más, me lo dirás de inmediato, al igual que ahora.
Link lo hizo, pero no era siquiera capaz de imaginarse lo que se aproximaba.
Y tampoco se enteró de nada.
Los cambios en la población Hyruleana gracias a la cuestión gerudo, Link pudo verlos de primera mano tanto en el castillo como en la ciudad. Había pasado más de un año desde que volvió de las montañas, ya había cumplido veinte, y en ese tiempo no se había escapado de las paredes del palacio ni una sola vez, para impresión de todos (había más de un soldado apostando cuánto tiempo duraría este hecho incluso). El príncipe había estado tan inmerso dentro de su puesto que la idea de retomar viejas costumbres no se le había pasado hasta ese momento, aunque estaba harto, harto de todo: harto de la poca disposición de su padre por resolver un asunto que tarde o temprano se le escaparía de las manos, harto de los maestros, de Hortence, del poco tiempo libre, de las reuniones con el consejo, las presiones, el estrés, las críticas y la superficialidad de todo.
El ambiente de la ciudad siempre había sido una especie de desahogo, una forma de desligarse del aire acendrado y a la vez tan frenético del castillo. Ahora era distinto. La gente estaba exaltada, vivía nerviosa, histérica, como la luz de una vela temblando al viento. Podía percibirse fácilmente en los rostros preocupados de los trabajadores, en las ojeras de las madres preocupadas por el bienestar de sus hijos, a quienes ya casi no dejaban salir a jugar; la gente en la ciudad ya no bailaba, los músicos callejeros eran cada vez menos frecuentes y los puestos de juego permanecían casi siempre cerrados. La ciudad se dormía a esos de las nueve de la noche gracias al toque de queda, suspiraba queda, inhalaba profundamente, como para retener el aire cada vez que se escuchara un ruido que interrumpiera aquella perturbadora calma, producido en cualquier ataque.
Así las cosas, Link prefería confinarse en el castillo y escaparse únicamente cuando ya no soportaba la presión (muy poco frecuente la verdad). La esgrima y las prácticas en el piano tendrían que hacer de distractor por algún tiempo.
…
En el sur de Hyrule los cambios tampoco tardaron en hacerse notar, con la única diferencia de que se vivieron con menor intensidad por un buen tiempo. Los habitantes que conformaban la región de Latoan en su mayoría eran campesinos, carpinteros y artesanos, de los cuales una parte importante era analfabeta, sin contar que las noticias llegaban bastante tiempo más tarde de que sucedieran; nadie entendía muy bien a qué venía la reciente exaltación del pueblo gerudo habiendo estado más de un siglo recesivo, pero les había tocado vivir en carne propia la intensidad de la rebelión cada vez que quemaban una plantación y estropeaban los cultivos. Ahí fue cuando comenzó la rebelión para ellos.
La región de Farone, aledaña a la de Latoan, tuvo que hacer de sede para todos los refugiados venidos del sector campesino de la nación: familias completas a quienes no les había quedado más que lo puesto después de que las gerudo quemaran huertas completas, sus granjas y robaran los animales o los mataran por crueldad. Los pobladores de Farone ante la oleada de gente no pudieron hacer más que recibirlos en sus hogares, prodigarles de ropa, comida y empezar a construir cabañas para los refugiados, pero la producción no daba abasto; las casitas eran tan pequeñas y era tanta la gente que en muchos casos dos o tres familias tenían que arreglárselas dentro del reducido espacio y renunciar a la privacidad del núcleo familiar.
Las personas llegaban a Farone casi a rastras después de pasar horas y horas huyendo de la destrucción, casi arrastrándose, habían padres cargando a sus hijos mientras las madres trataban de calmarlos en vano, sedientos y hambrientos, con los pies ardiéndoles, a veces descalzos y en carne propia, desesperados de cobijo y hasta con heridas graves que eran ignoradas en la empresa de huida gracias a la adrenalina y el temor de ser descubiertos.
Y ante eso, fue la primera vez en mucho tiempo que los habitantes de Farone recurrieron a la aprendiz de bruja.
Con la primera oleada de personas, un joven de no más de diecisiete años, hijo menor de un carpintero, fue el encargado de ver si la muchachita seguía en la cabaña en la que toda la vida había habitado junto a Impa, la bruja, fallecida desde hace dos meses, pero no olvidada. No se había sabido nada de ella desde hace mucho y ninguno había querido molestarla desde entonces, porque suponían que la joven únicamente quería estar sola, pero ante esta situación, era casi una necesidad volver a recurrir a sus conocimientos, nadie sabía más que ella en todo el pueblo respecto a la "medicina de hojas" y era imprescindible tratar a todas aquellas personas.
El muchacho, uno de los tantos que en el pasado se había escabullido al bosque para molestar a la bruja junto a sus amigos, recordaba perfectamente la dirección en donde se encontraba la cabaña y por eso mismo no tardó mucho en encontrarla, entre medio de los senderos confusos y los montones de árboles de altas copas y ramas retorcidas. Tenía el mismo aspecto que poseía antes de que Zelda llegara a la vida de Impa: las flores en el jardín estaban marchitas, la entrada rodeada de hojas caídas, tenía aspecto destartalado y poco acogedor, medio intimidante, nada que ver con la transformación que había vivido. Era la verdadera morada de una hechicera. Aun así, el joven se armó de valor, fue hasta la entrada, tocó dos veces la puerta y cuando vio que no había respuesta optó por gritar, como último recurso, porque no pensaba allanar la morada de una bruja para comprobar si estaba o no.
—¡Señorita Zelda, necesitamos su ayuda!
Luego esperó. Al cabo de un rato escuchó unos pasos acelerados bajar por la escalera, caminar hasta la puerta, girar el picaporte, finalmente abrirle la puerta y dedicarle una mirada de quien no espera invitados a su casa, ni los desea. Zelda estaba demacrada, mucho más delgada que la última vez que se le vio, pálida, ojerosa y con un semblante que no se le conocía; la tristeza que lo inundaba predominaba en medio del aire hostil que desprendía. La sonrisa que tanto que había lucido cuando era una niña había desaparecido y en los ojos azules que reflejaban pureza y habían hecho cambiar de parecer a los habitantes del bosque lo único que podía verse era nostalgia. Y es que aquel joven no era nada de ella, ni tan siquiera un amigo, la conocía únicamente porque su fama en aquel pueblo era tan fuerte que difícil era ignorarla. No negaba que en el pasado se había burlado de lo extraña que era, ni tan siquiera de haber ido a molestar a Impa en algún momento, pero al verla así, tan débil y minúscula, supo que la chiquilla que él había conocido ya no existía a causa de la depresión. Y no la juzgó.
El joven intentó ser lo más comprensible que pudo con ella, por lo que no la atosigó con peticiones y en cambio la explicó la situación con paciencia y palabras suaves.
—Esa gente se morirá sin atención y muchos niños se quedarán sin nada en el mundo —dijo él, esperando ablandarle el corazón con esas palabras.
Zelda entonces le pidió que la esperara un poco afuera. Entró a la cabaña para arreglarse el cabello, lavarse la cara, calzarse sus botas y ponerse los guantes de cuero. Luego, después de tanto tiempo, entró a la habitación de los calderos e hizo un inventario de todo lo que le quedaba, pero no halló nada que pudiera servirle: las pociones estaban vencidas al igual que los ingredientes y toda hierba u hoja estaba seca e inservible, tendría que arreglárselas con lo que los aldeanos pudieran ofrecerle entonces.
Cuando salió así vestida, el joven muchacho pudo casi ver a la joven que era antes, con su vestido liliáceo que le llegaba hasta la parte superior del muslo, las botas bucaneras, las medias negras, los guantes de cuero, un cinturón ceñido a la cadera y el pelo castaño amarrado en una trenza que le llegaba casi a la cintura. Se veía casi como la de antes.
Casi.
Zelda no intentó establecer conversación en todo el trayecto, que fue más o menos media hora caminando a paso estable, ni muy lento ni muy rápido. Su llegada al pueblo causó más de una sorpresa, pues varios no esperaban que realmente se apareciera, algunos creían incluso que se había ido del bosque. Una señora la condujo hasta el sector donde tenían los heridos, una gran tienda de campaña de tela blanca, con el césped cubierto donde muchos reposaban en el suelo sobre varias mantas a falta de camas. Procedió a explicarle las dolencias de cada uno, especificando especialmente en los que más graves estaban. La señora esperaba que la muchacha se dispusiera en su labor de inmediato, pero en cambio le pidió lápiz y papel en donde anotar algunas cosas que necesitaba que recolectaran, sin dar mayores explicaciones. La mujer llamó alguien a esparcir el recado y encargó que buscaran todo lo de la lista, lo más pronto posible.
Mientras que los utensilios llegaban, Zelda se encargó de lavar las heridas con agua, cubrirlas con emplastos de hierba mora, aloe y manteca y vendarlas. Para las quemaduras solo era necesario aplicar grasa. Cuando el resto de ingredientes llegaron, Zelda pidió un lugar en donde poder elaborar una poción rehabilitadora, un caldero enorme y botellas de vidrio. Las personas se lo dieron, pero a diferencia de lo que la joven pidió, lo que tuviera que hacer tendría que elaborarlo al aire libre, porque aquél era el que utilizaban para las comidas comunitarias y no cabía en ninguna parte. Instalaron una fogata en donde colocar el inmenso caldero y dejaron a Zelda proceder su labor, sin atosigarla para no cohibirla, pero no faltaron las miradas curiosas que quisieran ver el trabajo de una bruja, de una hechicera, curandera y doctora de hojas.
Entre curar a los heridos, evaluar la evolución de la curación y administrar la poción, Zelda estuvo a lo menos cinco días fuera de su cabaña, tiempo en el cual se enteró de todo lo qué estaba pasando en la nación desde la muerte de Impa. Supo de la rebelión, de los ataques, de las cuestionables decisiones del gobierno y la inutilidad de la familia real. Los hyruleanos estaban agotados de un rey que no se ponía los pantalones con nada, una reina que podía fácilmente confundírsele con una especie de dictador, princesitas cuyas únicas grandes hazañas eran bailar con gracia, saber cantar y tocar instrumentos musicales, y un heredero al trono que se negaba a comprometerse. Había sido tal el escándalo, que la noticia incluso había llegado a esos rincones de la nación.
—¿Cuántos años se supone que tiene el tal príncipe? —Preguntó Zelda a la mujer que le platicaba, mientras bebían una infusión de manzanilla alrededor de una humilde mesita de madera en la terraza de su casa.
—No más que tú, mi niña —y a Zelda casi se le parte el corazón nuevamente cuando escuchó eso último: así la llamaba Impa.
Zelda se había transformado en una especie de distracción frente a todo el asunto con las gerudo, era tema de conversación en las meses de las familias del pueblo y significaba un nuevo chisme en el cual escudriñar. Nadie sabía a ciencia cierta qué había sido de ella en mucho tiempo y no faltaron las malas lenguas que teorizaban los acontecimientos, pero ninguna hipótesis podía dar con lo que realmente había pasado, que de todas formas no era la gran cosa.
La primera semana tras la muerte de Impa, Zelda la había pasado entre llantos de tiempo indefinido, sueños inquietos, comidas de pajarillo y horas de pereza en las cuales, tendida en su cama, no hacía nada más que mirar hacía el techo, pensando, anhelando el sueño que pudiera abstraerla del dolor de su pérdida, pero se abstuvo de utilizar en ella cualquier tipo de sedante, hechizo o incluso el opio; gracias a la voluntad tenaz que de pequeña le habían inculcado. En cambio, los primeros días, intentó refugiarse de cualquier depresión bajo la rutina que realizaba antes de que Impa enfermara, creyendo en la opinión que hay plazos para los duelos, pero más temprano que tarde se dio cuenta que el ánimo no le daba para nada y que tampoco lograba obtener paz en acciones desarrolladas de forma mecánica, acciones que antes disfrutaba. Un dolor así, como ése, un dolor del alma, no era capaz de atenuarse, solo de sentirse, así, sin nada que lo disminuyera, tan solo se sufría, pero ella se negó durante tanto tiempo a reconocerlo que a la larga solo terminó causándole problemas.
Impa era su todo, era su mundo, durante toda su vida únicamente la había tenido a ella y nadie más, y ahora empezar sin quien siempre le había sostenido le estaba suponiendo mucho esfuerzo. A Impa le debía todo, desde su forma de ser hasta todo lo que sabía, con ella aprender era divertido, lo transformaba en juego. Ella era la persona en la que se había apoyado para aprender a caminar, a la que recurría cuando le pasaba algo, en quien se aferraba cuando los complejos comenzaron a atacarla, cuando las dudas la corroían o simplemente cuando tenía miedo. Impa era su salvavidas, su maestra, madre, amiga y aliada, se reía cuando ella reía, le celebraba sus ocurrencias y la aplaudía aunque no se lo mereciera.
Zelda no podía evitar notar las diferencias en todo lo que realizaba, iba al bosque, pero cuando llegaba a la cabaña ya no sentía el humear de los calderos, elaboraba sus pociones, y los frascos quedaban en el mismo lugar donde los había dejado, ya no existía quien la regañase cuando se llevara algún fiasco, ni quien le explicara cosas nuevas, o la felicitara cuando descubría algo, ni nada de nada. Y así fue como terminó a moco tendido durante aquel tiempo, hasta que llegó la hora en que, aburrida de llorar y con los ojos secos e hinchados, decidió cambiar algunas cosas y buscar la forma de seguir adelante; Impa la había criado precisamente para superarse, no para hundirse. Aquello le evitó transformarse en un energúmeno.
De vez en cuando la joven daba largos paseos por el bosque, con el objetivo de distraerse en ese único lugar donde le era posible respirar sin pensar como decía ella, o meditar según le corregía Impa. Quizá en alguna de esas salidas, con la mente en blanco y media ida, se diera cuenta de la presencia de Impa seguía junto a ella, caminando al ritmo de sus pasos, con sus ojos escarlata fijos en ella, sin juzgarla ni reprochándole nada, solo cuidándola, como siempre había hecho.
Aun así, el cambio para Zelda fue inevitable, así todos lo notaron. La joven ya no sonreía, estaba muy callada y taciturna, prefería aislarse y huir de la compañía, no pronunciaba más de lo necesario y a veces se ponía irritable, medio huraña, pero procuraba no hacerlo mucho, para no ofender a ninguno de los amables habitantes del pueblo del bosque, que tan bien la habían tratado en la última época. Quienes la vieron proceder durante esos cinco días solo podían ver en ella una imagen imponente, casi mística, como si todos los secretos se albergaran en ella, pero los conocimientos que Zelda poseía se limitaban a la hechicería y la medicina de hojas, nada más.
Zelda continuó asistiendo a los refugiados que llegaban cada cierta cantidad de semanas, por lo que volvió a recolectar todo lo necesario para elaborar pociones y elixires constantemente y que no le faltara nada a nadie. Encontró cierto consuelo en darles vida a otros y ser de utilidad para quien la necesitaba. Había cierta satisfacción en devolver la salud.
El evento que volvió finalmente a ponerla en marcha fue la primera vez que no pudo salvar a una paciente: una niña de nueve años cuyo débil cuerpecito había sido fatalmente atacado y ya no respondía a los tratamientos; ninguna poción, rezo ni hechizo lograron salvarla. La pequeña se había pasado sus últimos días en ese mundo recostada sobre un colchón de heno, envuelta en mantas, volada por el dolor de sus heridas y poco lúcida debido a la agonía que sentía. Zelda se mantuvo pendiente constantemente de la niña, sin rendirse, hasta que desvelada, con hambre y desesperada por salvarle la vida, la pequeña la detuvo antes de que pusiera las manos sobre su cuerpo para darle parte de su energía y pudiera resistir hasta el siguiente intento, aferrando con sus manitos la muñeca de ella, la miró a los ojos y le dijo:
—Gracias por intentarlo… — Y se le apagó la mirada, luego sus manos desasieron el agarre.
La joven volvió a sufrir mucho después de eso, nadie la vio llorar, pero resultaba obvio lo mucho que lo había hecho. Terminó por desahogarse tanto como requería y se dio cuenta que, a pesar de todo, debía de continuar, debía de tener la fortaleza de proseguir, de dar todo de ella, así como había hecho con esa niña a la que no había logrado salvar. Así como había hecho con Impa tiempo atrás.
Más tarde descubriría que aquella fuerza nacida desde ese momento de mucho le serviría.
…
Níkolas a sus cuarenta y cinco años estaba arrepentido de pocas cosas, entre ellas estaba haberse casado con Hortence y haber escogido a Elena para comprometerse con él.
El recuerdo de ese primer matrimonio llegó el día en el cual los nombres de las posibles candidatas al trono llegaron a su escritorio, así como posiblemente tuvo que haber sido también para su padre, el rey Daltus XIII, fallecido semanas antes de la boda por un ataque cardiaco suficientemente potente como para despacharlo al otro mundo. A Níkolas lo sorprendió de súbito, pero el médico de su padre casi esperaba el hecho, luego de prevenirlo contra los infartos y que éste no le hiciera caso: entre sus planes no estaba morirse, sino continuar reinando largamente, durante al menos tres décadas más.
Elena Curtis, entre varias muchachas que se habían presentado anteriormente, era la más bonita, sensata e inteligente, con ella no había palabras tontas ni acciones en vano, y Níkolas terminó escogiéndola a ella porque se le hacía amena la idea de gobernar con alguien de ideas claras, voluntad tenaz, mente brillante y personalidad generosa. A Elena en cambio la noticia del compromiso le llegó con la potencia destructora de una bomba ante la cual, tan cerca de la zona de detonación, nada podía hacer para resguardarse; la explosión le llegó en pleno rostro. Su padre había acordado su matrimonio con el heredero al trono de Hyrule de ese entonces con un apretón de manos y una palmada en la espalda del rey, signo irrefutable de confianza, sin siquiera consultarle; no tuvo más opción que abstenerse a la voluntad de otros, aunque eso hubiera terminado por acabar con lo que quedaba de ella. Nunca en la vida se le había pasado la idea de desobedecer.
Actualmente, Níkolas se preguntaba que hubiera sido de ella sino hubiera tomado aquella decisión y hubiera optado por una joven mucho más interesada y dispuesta que Elena.
Níkolas tenía veintidós años cuando se casó, Elena apenas llegaba a sus veinte primaveras entre resfrío y resfrío que amenazaba con arrancarla de la vida, al igual como se le caen los pétalos a una flor. Níkolas tenía veinticinco cuando su primera heredera nació, Elena veintitrés cuando falleció dándola a luz.
Contrario a todo lo que cualquiera pudiera creer, de llegar a enterarse del mayor secreto del rey, Níkolas no estaba arrepentido de haber acogido a una criatura que no era ni siquiera de su propia sangre, sino de haber abandonado a la hija de Elena, a Zelda.
El martilleo del arrepentimiento comenzó a calar fuertemente dentro de su pecho una noche en la que despertó azorado luego de haber soñado con esa misma criatura, pero convertida ya en una joven adulta, muy similar a Elena en facciones, pero con el mismo color de cabello, piel y ojos que él poseía.
—Ya pronto te quedarás sin nada, así como tú me dejaste a mí —le decía ella, mirándolo a los ojos, como condenándolo a un atroz futuro. Las palabras resonaban una y otra vez dentro de su cabeza, distorsionaban el ambiente, le mostraban imágenes sacadas de ultratumba, entonces todo se desvanecía y él despertaba, pero incluso así podía seguir jurando que alguien le susurraba las mismas palabras en el oído, atormentándolo.
El ambiente en el castillo había cambiado nuevamente gracias a los chismes del último tiempo, comidilla para todas las malas lenguas y los oídos morbosos. El consejo había estado de acuerdo con que ya era hora y el momento más preciso para que el heredero al trono contrajera matrimonio con alguien que garantizara estabilidad a la nación, era la oportunidad ideal para establecer un firme acuerdo entre Hyrule y cualquier nación vecina de buena reputación y situación venidera, una alianza firmada con la irrefutable medida de cómo era el matrimonio. Las primeras entrevistas comenzaron en eso del final de la primavera, clima ideal para recibir visitas. La noticia de se estaba buscando esposa para el heredero al trono de Hyrule había corrido como la pólvora y se extendió en muy poco tiempo hasta traspasar las fronteras. Las muchachas llegaban por montones, a veces varias el mismo día, desde tierras lejanas de exótica cultura y belleza atrayente, muy seguras de sus encantos. La fama del príncipe de Hyrule era mucho mayor de lo que Níkolas y el consejo creían, al punto de creer que Link terminaría rápidamente escogiendo a alguien.
Ese fue el segundo gran fiasco que Níkolas se llevó con su hijo.
Link rechazó a cada una de las pretendientes con pasmosa creatividad, sin inmutarse ni acomplejarse ni un poquito por andarse de rompecorazones o simplemente porque no se amilanaba ante el rostro bonito de una cabecita hueca. Link no cedía con ninguna, iba con la mente fría hacia la entrevista y terminaba con una excusa lo suficientemente poco hiriente para darle final. Níkolas estaba frustrado, la importancia de una alianza estaba siendo de vital importancia para la nación y se negaba a aceptar que Link no quisiera colaborar, a tal punto, que se lo comentó a Hortence:
—Será afeminado seguramente —le dijo ella.
Y a Níkolas le entró tanto pánico ante la posibilidad que partió casi de inmediato a hablar con el joven respecto al tema.
—¡Claro que no lo soy, por las Diosas! —le gritó él cuando se lo expuso. Aquello fue suficiente para quitarle la duda al rey.
Sin importar la situación, los ojos del consejo siguieron pendientes de las candidatas con mayor relevancia, aquellas pertenecientes a familias de renombre, nobles, o de situación económica envidiable. La joven que se llevaba por el momento todas las posibilidades —no por interés del príncipe sino del consejo— era la princesa de un imperio de oriente: Kayi Mu Ghong. La joven de tan solo dieciséis años había viajado durante mínimo dos meses en carruaje para llegar hasta Hyrule y presentarse con un séquito de sirvientes, la dama y animal de compañía —un inmenso panda amaestrado y con su cuidador correspondiente— y además de la persona que haría válida la unión en el caso de llevarse a cabo. Ahora estaba como huésped en el castillo y ni Níkolas ni nadie pensaban echarla tan pronto, menos siendo un pez tan gordo. Había sido la candidata que más había durado hasta el momento, pero muchos temían que esto no fuera para siempre. La oportunidad era de oro, el país natal de la muchacha era reconocido por la cantidad de colonias que poseía y la inmensidad y fortaleza de su ejército, apoyo requerido por Hyrule en ese momento.
Pero no importa lo que hicieran, el final fue el mismo:
—Lo lamento mucho, guapa —le dijo Link en esa ocasión a la susodicha—, pero ya sabes, no estoy muy interesado en este asunto.
Los ojos rasgados de la dama se abrieron bastante, como comprendiendo algo, y se volvieron dos puntitos negros en su carita impoluta, sin rastro de imperfección en ella.
Entonces Link agregó:
—Yo creo que tú tampoco.
Kayi entonces pudo terminar de entender el asunto, no la rechazaba porque fuera indigna, ni nada parecido, sino porque ninguno de los estaba realmente interesado en el otro ni en acordar los intereses de sus naciones correspondientes, en otras palabras, la dejó libre.
La princesa se lo agradeció en silencio y días más tarde partió del castillo no sin antes dejarle a Link un presente en agradecimiento.
—¿Por qué la rechazaste, Link? —Preguntó Lucy ese mismo día.
—No era para mí —respondió simplemente—, no quería arrastrarla algo que ninguno de los dos deseaba.
Lucy le sonrió y le apretó los cachetes de la misma forma que hacía cuando era un niño.
—Por eso eres tan lindo.
La única que comprendía la raíz del problema con las pretendientes, por supuesto, era la gerudo. Hace mucho tiempo atrás, Lucy le había contado lo que había pasado —lo que realmente había pasado— con su madre biológica, la reina Elena.
—La reina no poseía ninguna enfermedad que un médico pudiese curar, Link, ella estaba enferma del alma.
Link no quería hacerle a nadie eso. Sin importar las circunstancias.
El clima para la nación entera volvió a cambiar tras un hecho crucial que se creyó determinaría el futuro del país. La primera gran batalla entre el pueblo del desierto y los hyruleanos se vivió durante finales del verano en la inmensidad de las praderas, vestida de su verde hegemónico debido a la estación. Las mejores guerreras de la tribu de ladronas estuvieron presente durante la contienda, al igual que su líder, Ganondorf, rey de las gerudo. Fueron varias las vidas que se perdieron, quedaron señoras sin sus esposos, madres sin sus hijos y niños sin padres. Los soldados restantes llegaron con buen ánimo pese a los compañeros caídos, los heridos en las camillas o los que caminaban apoyados en otros, luego de una batalla aplastante de la que salieron victoriosos y con la alegría que aquel, el coloso del desierto, había sido herido gravemente en batalla.
Los hyruleanos celebraron hasta hartarse, bajaron sus defensas, la seguridad disminuyó y se eliminó el toque de queda. Las escaramuzas de las gerudos sin su líder habían cedido, no había motivo por el cual temer ahora, lo reciente victoria había sido recibida con una efusividad tan inmensa, que cualquier otro más sensato hubiera dicho que era muy temprano para festejar la derrota del enemigo.
Pero nadie lo hizo. Hyrule entero se descuidó por completo sin saber lo que vendría.
…
La relativa paz que se había formado tras ese hecho terminó una mañana de otoño, bien temprano, cuando la actividad en la ciudad y el castillo era mínima y eran pocos los que estaban en pie a esas horas. La estrategia se había llevado de forma tan silenciosa que ninguno hasta el momento ninguno suponía siquiera cómo ni cuándo se llevarían las cosas a cabo, pero así funcionaron y del mismo modo lograron lo que tanto el pueblo del desierto había anhelado durante tanto tiempo.
La alarma del inminente ataque resonó desde el castillo cuando ya casi era demasiado tarde, un escuadrón conformado de puras gerudo se encontraba frente a las narices de la ciudad e iban a ingresar sin ningún problema antes de que los soldados llegaran a detenerlas o al menos, a dar la orden para que se cerraran las puertas. El escuadrón con el que contaba el castillo en ese momento era mínimo: poco más de quinientos hombres, no era suficiente para confrontar la amenaza, mas ninguno se amilanó, tenían el ego demasiado alto como para intuir que sus esfuerzos serían en vano y que irremediablemente todos perecerían.
Para cuando todo sucedió, Link apenas y salía de su habitación para comenzar la rutina de todos los días. Le tocó encontrarse con la imagen de los sirvientes corriendo por los pasillos del castillo para resguardar las posesiones de valor, guardias socorriendo a varias de sus hermanas para que estuvieran preparadas en el caso de tener que emprender la huida, los nobles de la corte azorados por el pánico; pura ansiedad y descontrol. Los soldados se habían distribuido en tres grupos distintos junto a la guardia real: uno el cual confrontaría la amenaza, uno que resguardaría a la población y otro el cual defendería al castillo y la familia real.
Entonces el caos se desató.
Se sintió una explosión.
El castillo entero pareció gruñir ante la detonación que parecía haber provenido desde el segundo piso, las paredes de piedra resonaron con el impacto y todos los que antes corrían se quedaron quietos en el lugar donde estaban debido a la magnitud de la sorpresa, el mundo se congeló un instante, luego se hizo el silencio, y más tarde se escuchó el grito desgarrado de alguien, un segundo horrorizado y un tercero que exclamó:
—¡LA AMENAZA ESTÁ DENTRO DEL CASTILLO!
Link no alcanzó a reaccionar en ese instante. Había sido entrenado hacía dos años para enfrentar una situación como ésa, pero la verdad era que no estaba preparado para el horror que significaba; los combates que había librado con anterioridad parecían un chiste con la capacidad de hacer a una audiencia entera estallar en carcajadas, en comparación con lo que ahora vivía, completamente verdadero, real y contundente, como una bofetada. Sintió el dejo de adrenalina corriéndole por las venas y una sensación en el estómago ya conocida, tenía miedo. No sabía qué era a lo que se enfrentaba, solo era consciente de los extraños rugidos que se escuchaban y de los gritos. Dentro de su mente, ya convertida en un caos, habían algunas palabras claves que pretendía cumplir en cuanto las piernas le respondieran: conseguir una espada, luchar y huir, eso era todo, no tenía planes, ni estrategias, no estaba seguro de nada.
Fue entonces que la vista de un inmenso lizalfo cruzando por el pasillo donde él se encontraba mientras que un par de sirvientas escapaban fue lo que le hizo reaccionar finalmente. Se dirigió hasta las mujeres, las alentó en la huida, y cuando se aseguró que ya nos los seguían, fue corriendo como alma que lleva el diablo hasta la armería del castillo, cuidadoso de que lo que fuera que se había infiltrado al castillo no lo descubriese.
Era una suerte que la armería siempre se encontrara abierta y estuviera en un sitio de no muy difícil acceso, Link no tuvo que dar muchas vueltas para llegar hasta allá, con el poco tiempo que creía disponer suponía no le iba a ser posible ir a buscar la llave dado el caso. Abrió la puerta de una patada, se dirigió hasta donde se encontraban todas las espadas y tomó la suya, una de hoja resplandeciente y bien cuidada, de mango color rojo con filigranas y pomo redondeado, luego se fue de inmediato.
Al ascender al primer piso se dio cuenta de que su afirmación que contaba con poco tiempo resultó ser cierta, el caos se había extendido fácilmente y él no dudaba que estuviera presente en cada rincón del castillo; no había ningún lugar seguro. A diferencia de lo que cualquiera esperaba, no era un ejército de gerudos aparecidas en el castillo por generación espontánea lo que los atacaba, sino demonios convocados del mismo inframundo: bulbins, bokoblins, lizalfos, algunos stalfos y muy escasos ferrus, criaturas que predominaban en las leyendas hyruleanas, seres mitológicos que asustaban a los niños en los cuentos para dormir…seres supuestamente inexistentes.
Link no creía lo que veía, todo pasaba a velocidad de vértigo delante de sus ojos, veía siluetas por doquier cayendo como moscas al piso, grandes grupos de gente siendo arremetidas atrozmente: bajo las masas de los bokoblins, impactados por las flechas incendiadas de los bulbins, bajo las garras de un lizalfo o siendo atravesados por la espada de un stalfo. Las formas eran múltiples, Link podría haberlas nombrado todas si se lo pidiesen, porque le quedaron grabadas a fuego en la memoria. Todavía recordaba como el suelo rápidamente se teñía de rojo, donde los cadáveres se amontonaban unos encima de otros, algunos decapitados o con miembros faltantes.
Lo invadieron unas enormes ganas de vomitar.
El joven se contuvo y en cambio apretó el mango de la espada contra su palma, de repente sintió una gota de sudor frío resbalándole por la sien hasta llegar el mentón y perderse finalmente, el estómago se le había cerrado y apretaba la mandíbula con fuerza. Recordó entonces que toda esa gente que perecía delante de él era su responsabilidad y tenía el deber de protegerlos, comprendió que cada vida que se perdía sin que hiciera algo era su culpa y que debía actuar ahora o nunca. Así que, reuniendo todo el coraje que poseía y haciendo acopio de valor, se lanzó a la batalla.
…
Recorrer los dos primeros pisos había sido un infierno del que salió casi ileso en los primeros combates —un par de golpes y una herida no muy profunda en el brazo que ignoraba tanto como podía—, ahora su objetivo era encontrar a su padre, a Lucy y ver a sus hermanas, esperaba que todas estuvieran ilesas, por las Diosas, ojalá todos estuvieran vivos…
A medida que avanzaba la contienda las criaturas parecían ser más escasas, o al menos, estar menos activas y visibles, quizá porque la cantidad de personas había disminuido rápidamente o porque tuvieran un nuevo objetivo, no lo sabía, pero de lo que sí se había dado cuenta era que de todos los presentes las únicas que se habían salvado del ataque habían sido las esclavas gerudo.
Al menos, Lucy estaría a salvo. Una cosa menos de la que preocuparse.
Link se apoyó contra el muro y giro lentamente la cabeza para asegurarse que no hubiera nadie, antes de virar por el pasillo. El ruido de la batalla le llegaba desde lejos, en cambio, en esa ala del palacio, todo estaba silencioso y sospechosamente calmo. Determinó que era seguro continuar su camino, siguió con paso lento, su objetivo era llegar hasta la sala del trono, donde se suponía se encontraba Níkolas y la amenaza mayor, aquel que había maquinado todo esto.
Viró nuevamente, al final del pasillo donde ahora se encontraba podía verse un grupo de personas amontonadas, algunos guardias, nobles de la corte, a sus hermanas y a Hortence. Link corrió hacia ellos, vio cómo uno de los guardias quitaba uno de los cuadros en la pared y luego a Hortence, entre los montones de ladrillos que conformaban la muralla, presionando uno el cual abrió una nueva entrada hacia una escalera que nunca había visto. Observó cómo todos esos nobles se peleaban por entrar primero y a Hortence indicarles a sus hijas que su pusieran en filita, de la menor a la mayor, mientras que ella cargaba a la más pequeña en sus brazos, al igual que en escasas ocasiones; se notaba lo poco que lo había hecho.
Link no aguantó el coraje y le gritó:
—¡¿Lo vas a abandonar, bruja?!
El llamado de atención hizo que todos dirigieran la mirada hacia su imagen. Así como estaba pocos hubieran creído que se trataba del heredero al trono, con el traje ya desarreglado, los mechones escapándosele del peinado, la manga ensangrentada y la marca amoratada del golpe en la mejilla derecha, pero aún luciendo la corona y las infaltables hombreras de oro. Hortence se giró hacia él lentamente, era lo que menos esperaba encontrarse en esos momentos; Link se dio cuenta de inmediato, lo palpaba en la mirada que le dirigía y en el semblante afligido que poseía en ese momento. A simple vista cualquiera podría decir que a la reina la habían caído años encima, tenía en el vestido sucio y el peinado desacomodado, pero sus hijas estaban bien, todas intactas con el único rastro del llanto como prueba de que estaban conscientes de todo lo que sucedía.
Hortence dio un largo suspiro y le contestó:
—¿Y qué quieres que haga, Link? ¡¿Qué vaya con Níkolas y me suicide?! ¿Crees en serio que hará la diferencia? Lo lamento, pero ya todo está perdido, ya no hay esperanzas para Hyrule, y yo no iré hasta allá para que me maten.
Link solo continuó observándola, sus hermanas también lo miraron como diciéndole que aquello era cierto: ya nada más quedaba.
—Majestad, usted también debería resguardarse, el pasadizo conduce hasta un refugio donde usted, la reina y las princesas estarán a salvo hasta que todo vuelva a estabilizarse.
—No, me quedaré aquí.
—¿Qué dices? —Esta vez fue Marie la que habló—. ¿Cómo que te quedarás? ¿Planeas matarte?
—¡No puedo huir mientras todos aquí se mueren! —Exclamó, luego se dirigió a los nobles—: A ustedes debería darles vergüenza, juran lealtad a su nación, pero al momento de actuar no son más que cobardes.
Nadie pudo negarlo.
—Marie —la muchacha lo miró. El príncipe dudó si con lo demacrada que estaba la muchacha sería bueno darle la noticia que diría a continuación—: Si hoy fallezco, tú te quedas con el trono.
Si la situación hubiera sido distinta, Link habría jurado que Hortence hubiera saltado de la emoción ante sus palabras, había obtenido lo que tanto deseaba, que alguien nacido de su vientre reinara, incluso sin necesidad de ser varón, pero Link no pudo observar ni rastro de esa felicidad atronadora que brillaba en sus ojos cada vez que las cosas iban como ella lo disponía, ni un poquito.
Después de decir eso Link se marchó, ninguno de los presentes fue capaz de exigirle que se resguardara junto con ellos, ni que sus acciones era impulsivas, que estaba cometiendo un suicidio y que probablemente moriría atrozmente, en cambio lo dejaron, y Hortence, por primera vez en toda la vida, le deseó suerte, al igual que él; a Link le faltó resentimiento para juzgarla.
La sala del trono era una estancia inmensa de paredes de diseño intrincado, columnas voluptuosas, vidríales que contaban las etapas de la historia Hyruleana, un techo que se alzaba inmenso por sobre las cabezas y, por encima de ambos tronos, había una estatua que hacía alusión a la Trifuerza y a sus Diosas. Las riquezas de aquella sala eran innumerables, aumentaba con cada uno de sus jarrones de fina porcelana, las alfombras traídas de tierras lejanas, los objetos de oro o adornados de piedras preciosas. A medida que avanzaba hasta allá, Link se ponía más nervioso, el ruido de la contienda era cada vez más cercano, las criaturas comenzaron a aumentar y los cuerpos de los soldados caídos eran visibles. Escuchaba las exclamaciones de dolor, los gritos de guerra, el choque de las espadas y, cuando se encontró frente a las puertas de la grandiosa estancia, fue una vigorosa carcajada lo que lo sacó de su estupor.
Era tal cual lo describían los rumores: de gran altura, fuerza portentosa, imagen impresionante, los ojos tan dorados como dos gemas y el cabello rojo como la ira con la que combatía y acababa con las vidas de los mejores guerreras del ejército de su nación. Ganondorf se alzaba imponente y despiadado dando muerte a quien se le acercara, sosteniendo con ambas manos su pesada espada negra.
Níkolas también estaba ahí, rodeado de sus mejores caballeros batallaba como podía. Estaba herido, agotado, terriblemente cansado, pero seguía ahí, debatiéndose entra la vida y la muerte por una causa que ya creía perdida. El asunto parecía ser sacado de una pesadilla, ese hombre que tanto dolores de cabeza le había provocado estaba frente a él, había entrado a su castillo sin el menos problema, provocado un caos en cuestión de minutos y ahora amenazaba con hacerse con el poder de su nación; aquello era definitivamente inaceptable, imposible, no contra él, no contra su ejército. Níkolas se negaba a caer frente al pueblo del desierto, no delante de un asqueroso gerudo, no frente a la tribu que había tenido bajo la suela de su zapato desde que tenía memoria.
Pero, como se veían las cosas, quizá ya era momento de aceptar que a Hyrule le había llegado su hora.
Por el rabillo del ojo pudo distinguir a Link combatiendo no muy lejos suyo. Se veía poderoso alzando la espada que le regaló en cuanto había vuelto de las montañas. El joven era superior a él en combate, se le notaba a leguas, sus ataques eran calculados, fuertes y centrados, era ágil para esquivar y fiero a la hora de atacar. Níkolas pensó por primera vez que, después de todos los chascos que se había llevado, quizá Link hubiera sido mucho mejor rey que él.
Ahora no estaba muy seguro que ese día llegara.
Ganondorf estuvo consiente desde el primer momento de la presencia del chiquillo en la estancia, no necesitaba mirarlo para comprobarlo, porque lo sentía en el cosquilleo de su mano donde en el mismo símbolo de las Diosas que el príncipe poseía estaba. El rey de las gerudo llamó a una de las escasas guerreras que lo acompañaban y le dio indicaciones precisas de lo que quería que hiciera, luego de eso siguió combatiendo.
La muchacha obedeció de inmediato, se escabulló entre los soldados que todavía luchaban y se dirigió disimuladamente hasta donde el príncipe se encontraba, sin distraerlo de su combate actual para que no reparara en su presencia. Luego, cuando estuvo detrás de él, le dio aviso mudo a la criatura con la que el muchacho se debatía, una especie rara de lizalfos cuya invocación era difícil de lograr. A partir de entonces, la joven supo que tenía los segundos contados para proceder.
Link se extrañó mucho cuando su oponente desistió de la batalla, dándole unos instantes extras a la gerudo gracias a su confusión. Luego de eso sintió con un par manos los agarraban con fuerza y un golpe contundente en su cabeza. El mundo se le diluyó por completo, luego los sonidos se apagaron, la vista comenzó a nublarse y el cuerpo dejó de responderle. Todo se apagó de súbito.
La noticia de que el trono de Hyrule había sido tomado se extendió con velocidad escalofriante entre la población, el rey de Hyrule había sido capturado al igual que su hijo, el heredero al trono de la nación, por obra de Ganondorf Dragmire, rey de las gerudos, quien declaró de forma inmediata la liberación de cada una de las esclavas.
Ese fue el día que Lucy consiguió su libertad y Link perdió la suya.
Rayos, este ha sido el capitulo con más diálogos (?) Ok no xD
En primer lugar, espero que les haya gustado much o. Las cosas al final comienzan a moverse, por lo que la trama a partir de ahora será bastante más rápida para su gusto, a diferencia de estos primeros capítulos que fueron pura argumentación y contextualización.
Tengo que admitir que al principio la aparición de Zelda no estaba prevista, de hecho, tampoco iba a terminar como ahora, sino que iba incluir al menos tres escenas más y terminar en un momento que aparecerá en el próximo capítulo, por supuesto, así que nada de lo que les digo ahora quedará excluido.
Oh, y también se nos viene el encuentro :D
Para los anónimos:
SakuraXD: Es que era necesaria todo esa información, ahora ya vez que ha pasado luego de todo eso xD Y no, Link no cambia, ya viste como estuvo ahora, yo me lo imagino como Kuzco de Las locuras del emperador xD
Muchas gracias por tu apoyo chica, es muy importante. Y no te preocupes, que no pienso abandonar esta historia, aunque a veces pueda que me retrase por exámenes y esas cosas.
¡Saludos!
mari: Hortence es muy importante en este lío, asi que no creas que he gastado puras palabras, pero eso la verás más tarde xD
Bueno, Link siempre ha estado en contra de la esclavitud, más que nada por Lucy, es decir, cómo aceptas que la persona que consideras tu madre no sea libre y tú sí, es complicado.
El tatuaje es una las cuantas estupideces que hizo en la milicia, gracias por reparar en eso.
En fin, muchísimas gracias por leer y comentar, espero que te haya gustado este capítulo :)
¡Saludos!
A los demás igualmente muchas gracias por todo, ¡vamos avanzando este fic juntos! Realmente no creí que llegara a ser tan bien aceptado como ahora.
¡Nos leemos en el siguiente!
