Aviso: Crepúsculo pertenece a Stephenie Meyer y esta historia a musegirl.
.
Double Down
Capítulo cuatro
—¡Por dios, Bella! Tú no haces las cosas a medias, ¿no? —exclamó Tori.
Le di una débil sonrisa y me esforcé para respirar. Inhalo. Exhalo. Inhalo. Exhalo.
—B, ¿vas a estar bien? —Me miró preocupadamente.
—Si —solté—. Es… estoy un poco sorprendida. Eso es todo.
—Bueno, ¿qué vas a hacer? —preguntó gentilmente.
—¿Hacer? ¿Qué quieres decir? —Me incorporé bruscamente.
—¿Tú y Edward han hablado sobre tener niños? ¿Cómo se va a sentir él al respecto? ¿Cómo te sientes tú?
Mi corazón comenzó a latir más fuerte. Nunca habíamos hablado sobre el tema de niños, ni antes ni después de habernos casado. Él tenía cuarenta años, ya había criado a un hijo, y nosotros apenas teníamos dos meses de casados. ¿Cómo reaccionara ante estas noticias?
—No lo sé. Nunca hablamos sobre tener un bebé. Esto es una locura. Ni siquiera estoy segura de que estoy embarazada. Puede que haya otras razones por las que tengo un atraso. El estrés de empezar aquí o algo así…
—¿No se protegen? —susurró Tori con incredulidad.
—¡Si! —siseé—. Quiero decir, no hemos usado preservativos desde el comienzo, pero estoy tomando la píldora. La tomo todos los días religiosamente.
Ella bufó.
—No seria la primera vez que alguien queda embarazada mientras estaba con la píldora.
Me levanté y tomé mi bolso, agradecida que se suponía que tenia que trabajar por la tarde en la librería y tenia mi coche.
—Tengo que irme. Te llamaré luego, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, pero, ¿estás bien?
—Si, estoy bien. Solo necesito pensar… mear en el palillo… lo que sea. —Reí nerviosamente.
Tori se acercó y me abrazó fuertemente.
—Llámame si me necesitas, B.
Asentí y me fui de la cafetería. Llamé a mi jefe antes de dirigirme a la farmacia y luego a casa.
.
Después de los dos minutos más largos de mi vida, levante la prueba temblando, con el resultado mirando hacia abajo. Solté la respiración y cerré mis ojos por un momento. Si era positivo, ¿cómo me sentiría? Quiero decir, acababa de cumplir diecinueve, por Dios santo. Todavía no podía beber legalmente, ¿pero iba a ser madre? Ya era un bicho raro entre mis compañeros al no solo ser casada, pero casada con un hombre de cuarenta años. ¿Realmente iba a meter a un bebé a la mezcla? ¿Seria una buena madre a esta edad?
¿Qué iba a pensar Edward? Mi estómago dio un vuelco. Si realmente estaba embarazada y Edward no quería al bebé, ¿qué significaría para nosotros? ¿Y para el bebé?
Traté de imaginarlo sosteniendo nuestro bebé en sus brazos y mi corazón latió de manera desigual ante el pensamiento. ¿Acaso estaría para ver eso? Mi madre tuvo una hemorragia y murió dándome a luz. ¿Y si me pasaba lo mismo a mi? De repente, el miedo corría por mis venas.
—Isabella, ¿estás bien? ¿Qué haces en casa? Pensé que estabas trabajando. —Edward estaba de pie junto a la cama, sorprendido de encontrarme en el baño. Se dirigió hacia mi rápidamente y me di cuenta que me encontraba casi hiperventilando sentada allí sobre la tapa del inodoro. Reflexivamente, tomé la prueba de embarazo y la puse bajo mi pierna antes que él pudiera verla.
Edward se arrodilló frente a mí.
—Nena, ¿qué pasa? —preguntó preocupado, tomando mi rostro en sus manos. Pasó sus pulgares por mi mejilla para quitar las lágrimas—. Háblame, amor.
—Edward, yo… —Mi voz estaba temblando mientras trataba de hablar—. Nunca, em, esto, ¿qué piensas sobre los niños?
Frunció el ceño.
—¿Niños? Me gustan, ¿pero qué tiene que ver con esto?
—Me dí cuenta esta tarde que no he tenido mi período en seis semanas. Tengo un atraso.
Tragó ruidosamente y estuvo en silencio por un momento.
—¿Cómo te sientes con eso, hermosa? Parecías estar mal cuando llegué.
Asentí y presioné mi frente contra su pecho.
—Estoy un poco abrumada y muy asustada también.
—¿Asustada? —comentó cuando me quedé en silencio.
—Si, no sé nada sobre ser madre o cómo te sentirás acerca de tener un bebé.
—Serias la mejor madre, Isabella, no importa qué edad tengas. Tú instintivamente amas y cuidas de los que te rodean, y también eres tan protectora. —Movió sus brazos, envolviéndome—. Por favor, no te preocupes, estaré contigo. No estarás sola.
—¿Y qué pasa si tú terminas solo? —pregunté llorando.
Sentí a Edward tensarse.
—No entiendo lo que estás diciendo, Isabella.
—Quiero decir, ¿Y si lo que le pasó a mi madre… me pasa a mí? Ella murió al darme a luz. Al menos ella y mi padre tuvieron ocho años juntos antes de tenerme. ¡Nosotros solo hemos tenido dos meses! —Lloré.
Me abrazó más fuerte y me dio un beso en mi frente.
—Shh, nena, no dejaré que te pase nada. Si realmente estás embarazada, nos aseguraremos que tengas al mejor doctor y cuidado posible. Las cosas han cambiado desde entonces. —Volví mi cabeza en el hueco de su cuello y traté de dejar que sus palabras me calmaran—. No te perderé.
—No planeamos esto, Edward. Acabo de empezar la universidad y estamos recién casados. ¿Cómo va a encajar un bebé en todo esto? ¡Tienes cuarenta años y tienes una hija ya crecida! Estoy segura que no querrás empezar de nuevo todo esto —me quejé.
—Isabella, una mejor pregunta sería cómo te sientes tú acerca de tener un bebé. Tienes diecinueve y mucho tiempo todavía para hacer otras cosas antes de forma una familia. No hablamos de esto antes y creo que tienes que pensar sobre qué quieres.
¿Quería un bebé? ¿Ahora?
Mi mano inconscientemente se movió hacia mi abdomen. Sí. Puede que no haya sido planeado o en el momento justo, pero nunca podría no querer un pedacito de Edward y yo mezclados.
Nerviosamente, levanté mi cabeza para mirarlo a los ojos.
—Quiero tener un bebé. No tiene por qué ser ahora mismo, pero con el tiempo... en algún punto, Io quiero. Contigo.
—¿Está segura, Isabella? No pasa nada si no lo quieres. —Él frunció el ceño mientras estudiaba mi expresión.
—Estoy segura. Quiero que tengamos un bebé. Ahora o en diez años, pero sí, estoy segura.
Sonrió ligeramente.
—Bueno, entonces, supongo que deberíamos empezar por ver a lo que dice esa prueba.
Tomé el palito con una palma sudorosa. No se le había escapado que Edward nunca contestó cómo se sentiría acerca de tener un bebé. Di vuelta el palito y miré hacia abajo.
Solté un sollozo estrangulado y mis ojos picaron mienta me quedé mirando al signo de más color rosa. Me quité mis lágrimas. Estaba embarazada. Emoción y nerviosismo revolotearon a través de mí. ¿Era un niño o niña? ¿Cómo seria su color de cabello y los ojos? Dios, esperaba ellos tuvieran el color de pelo de Edward. El color bronce era absolutamente hermoso, y me encantaría verlo a nuestros hijo con el mismo.
Poco a poco me la levanté.
—Es positivo, —susurré.
Los ojos de Edward se clavaron en los resultados y el signo positivo que tenia. Por un largo rato no se movió ni dijo nada. Entonces, mi sonrisa torcida preferida se asomó en su rostro y sus ojos se iluminaron.
—¿Vamos a tener un bebé?
Mordí mi labio inferior y asentí lentamente.
—Si.
De repente, me tomó en sus brazos y nos hizo girar. Tiré mis brazos alrededor de su cuello y lo abracé con fuerza.
—¡Vamos a tener un bebé! —gritó.
Reí fuerte, absurdamente aliviada que quiera a este hijo tanto como yo. Tal vez había estado asustada ante dar a luz y ser madre, pero confiaba en que Edward estaría conmigo en cada paso. Giró su cabeza y tomó mis labios en los suyos. Fue un beso que sentí hasta los dedos del pie, pero no de una forma caliente y llena de lujuria. Era un beso para compartir la alegría y amor que fluía entre nosotros. Era felicidad, emoción y adoración.
Edward me puso de nuevo sobre mis pies y se puso de rodillas, subiendo mi camiseta. Presionó sus labios en mi vientre plano y puso su mano allí.
—Hola por allí. Soy tu papá. Sé que no te veremos por un buen rato, pero estoy muy emocionado por conocerte. Eres el bebé con más suerte en el mundo porque tu mamá es la mujer más increíble y va a ser la mejor mamá. Y yo haré todo para asegurarte que los dos estén siempre felices. —Besó mi vientre de nuevo antes de levantarse.
Para ese momento, yo estaba hecha un desastre, completamente abrumada por las emociones. Él tomó mi mano y nos llevó hacia la cama. Me puse contra él, ubicada cómodamente en su abrazo y suspiré con satisfacción, al fin sin llanto. Sentí a Edward presionar un beso en mi frente.
—Siempre quise tener más hijos. No quería tenerlos con la mujer equivocada, y no estaba seguro si era algo que nos iba a ocurrir a nosotros. —Me apretó suavemente—. Eres todo para mí, Isabella. Haz hecho realidad cada sueño que tenia y no tengo idea cómo agradecerte tu generosidad y amor. Amo a Alice más que a la vida, pero sabia que no era correcto con Rosalie. Ella no estaba hecha para mí. Tú lo eres, y ahora tengo a este pequeñín creciendo dentro de ti y lo creamos juntos. No podría estar más feliz.
Empecé a llorar otra vez y estaba un poco molesta conmigo misma. Quería compartir este momento con Edward y estar feliz pero estaba goteando como un grifo.
—¿Por qué mierda estoy como volviéndome una loca emocional?
—Buenos, estás embarazada. Las hormonas te pueden hacer todo tipo de cosas salvajes ahora.
—¡Pero acabo de enterarme! Esto no puede ser normal —razoné.
Sentí a Edward reírse.
—Exactamente. Acabas de enterarte e incluso si no te ha afectado antes, tu cuerpo está cambiando y cualquier cosa puede causar una reacción. —Puso un mechón detrás de mi oreja—. Está bien sentirse abrumada, Isabella. No puedo mentir y decir que no hay una parte de mí que no está nervioso, —posó su mano sobre mi abdomen—, pero este bebé es una bendición. Se supone que tenemos que hacer a esta pequeña vida feliz.
Me giré y me senté a horcajadas en su regazo.
—¿De verdad lo dices?
—Por supuesto —sonrió—. Dios, tendría un millón de bebés contigo so no fuera tan viejo.
—No eres tan viejo —reprendí—. Además, en estos días probablemente es más común tener hijos más cerca de tu edad que a la mía. —Me incliné y lo besé suavemente—. Tendría más hijos contigo —susurré—. No sé si un millón, pero dos o tres suenan bien para mí.
—¿En serio?
Asentí hacia él.
—Mientras que sea seguro, me encantaría tener varios hijos con tu cabello y ojos. —Mi sonrisa se volvió malvada—. Piensa en toda la diversión que tendremos haciéndolos. Además de practicar, no podemos olvidarnos de practicar por entre cada uno. No nos queremos volver oxidados.
Tarareó de acuerdo y tomó sus labios en los míos.
.
Cinco semanas después, mi clase de Arquitectura se reunió fuera del sitio de construcción para el nuevo Hospital Universitario de Washington. Quedaba a unas cuadras del hospital actual y tenía dos de las cuatro nuevas torres de operación. Fuimos divididos en pequeños grupos para los recorridos y el mío estaba actualmente en una de las puertas principales para que nos orienten antes de entrar. Edward ya me había traído aquí varias veces a lo largo de los años así que estaba familiarizada con las reglas.
Después de tener varios episodios de náuseas matutinas, lo que era completamente inapropiado y parecía que llegaba en cualquier momento, estaba concentrada en controlar las náuseas. Deseaba que estuviéramos en el campus en vez de aquí así podía irme a tomar una siesta en el suave sofá de cuerdo que estaba en la oficina de Edward. Era mi lugar favorito para esta y a menudo él me encontraba durmiendo allí entre clases.
Sonreí débilmente hacia Seth, el capataz que había trabajado con Edward desde hace varios años, y metí una galleta en mi boca para intentar calmar mi estómago. A veces un poco de comida ayudaba, otras veces no hacia ninguna diferencia. Por último, nos dieron los cascos y empezamos a entrar para el recorrido.
Tomé algunas notas mientras caminábamos y deseé que ojala nos dirigiéramos a áreas dónde haya baño. Me estremecí cuando mi estómago se revolvió y suavemente puse mi mano sobre mi abdomen. Aunque tuviese ya once semanas, mis pantalones me quedaban chicos y tenía que usar una de esas bandas diseñadas para parecer que estaba usando una camiseta debajo de mi camisa mientras que sostenía mis pantalones desabrochados. No era atractivo, pero era muchísimo más cómodo.
Edward ya estaba allí, haciendo sus rondas habituales para comprobar cómo marchaban las cosas y saludó a nuestro grupo a medio camino. Lo noté observándome para cómo estaba bien y le asentí haciéndole saber que estaba bien… por ahora. Después que termináramos en el lugar, iríamos a ver a mi obstetra para mi primera visita prenatal. Estaba muy emocionada de escuchar los latidos del corazón del bebé por primera vez.
Fue cuando él estaba dando una pequeña reseña sobre la viga de refuerzo cuando sentí que no podría resistirlo y frenéticamente busqué un lugar para buscar donde tirar mis galletas, por así decirlo. Me abalancé sobre un cubo de basura que había a un lado y gracias a Dios que me había atado el cabello en una coleta. Después de devolver las galletas saladas que me había obligado a comer a mi misma, me di cuenta que Edward estaba frotando círculos en mi espalda lentamente y sentí los ojos de mis compañeros sobre nosotros.
No me jodas.
De hecho, esa idea me estaba gustando en ese momento. Malditas y raras hormonas de embarazo. Estaba caliente en momentos inoportunos.
—Ugh, tú me hiciste esto —gemí y le fulminé con la mirada cuando Edward comenzó a sonreír—. ¡No! No te atrevas a sonreír así, bastardo engreído.
Edward rio y se encogió de hombros.
—Es verdad, sin embargo. Yo lo hice. —Movió sus cejas hacia mí y le golpeé juguetonamente.
—Llévame a un baño, por favor. Necesito cepillar mis dientes. —Por desgracias, había estado vomitando inesperadamente por bastante tiempo que había empezado a llevar un cepillo de dientes conmigo.
Se inclinó y presionó sus labios en mi frente.
—Por aquí, cariño.
Me ayudó a levantarme y me giré para ver a todos con expresiones que iban desde atónitos a repugnancia a confusión.
—Oh, dejen de mirarnos así. Estoy embarazada y él es mi esposo. —Rodeé mis ojos y tomé la mano de Edward. Ese pequeño anuncio atrajo nuevas miradas y murmullos, todos criticando.
—Isabella se está sintiendo un poco enferma, como puedes ver —comentó Edward en voz baja a Quil—. No creo que me necesitan por el resto del tour, si no te importa. Puedo asegurarte que Isabella ha estado es varios sitios previamente y tiene el conocimiento que puedan surgir en un examen.
—Por supuesto. Espero que te sientas mejor, Bella —contestó.
Me encogí de hombros.
—Dame un par de semanas y lo estaré, eso espero.
.
Poco después, me encontraba vistiendo una bata de hospital, una sabana de papel por mis rodillas y mis pies estaban en los estribos mientras me hacían un ultrasonido vaginal. Valía la pena para poder ver a la pequeña gota en forma de maní en la pantalla frente a mí. Tenía lágrimas corriendo por mi rostro y Edward me apretó la mano. Él suspiró y apoyó su cabeza contra la mía.
—Mira eso, cariño. Lo estás haciendo muy bien, creciendo y protegiendo a nuestro pequeño. —Todo lo que pude hacer fue sobarme las lágrimas y sonreír ampliamente.
—¿Ves aquella mancha que late? —preguntó y apuntó la Dra. Young.
—Mmm… —murmuré con mis ojos todavía pegados a la imagen frente a mí.
—Ese es el latido del bebé. Es muy bueno que podamos ver eso. Las probabilidades de abortar bajan al 5% si somos capaces de visualizarlo.
Solté el aire temblorosamente. Estaba por hablar cuando de repente parecía moverse un poco.
—¡Oh! —chillé—. Edward, ¿viste eso? ¡Se movió!
Se rio suavemente.
—Claro que sí. —Besó mi cien y movió nuestras manos unidas hacia mi abdomen—. Te amo, Isabella.
—Te amo —respondí.
—También te amamos, pequeño frijol —le dijo a mi estómago y mi corazón se derritió. Él era jodidamente perfecto,
La Dra. Young removió su vara que estaba dentro de mí y nos dio varias imágenes del ultrasonido. Luego, comenzó a pedirnos nuestra historia clínica.
—La madre de Isabella murió dando a luz a ella. Me niego a dejar que le pase eso a ella.
Ella volvió su vista hacia mí.
—Lo siento. ¿Qué pasó?
—Tuvo una hemorragia durante el parto y no pudieron detenerla. No sé más que eso. Mi padre siempre dice que no había nada malo durante el embarazo.
La Dra. Young asintió y anotó un par de notas.
—¿Cuántos años tenía ella?
—Veintiséis.
—¿Eras su primer embarazo?
—Creo que sí. Mi padre siempre es vago al respecto. No le gusta hablar mucho de mi madre.
—Está bien. No te preocupes, tener una hemorragia es mucho menos común en estos días y hay mucho más que podemos hacer si llegara a ser una preocupación. No hay mucho para validar que existe un vínculo genético.
—¿En serio? —pregunté con inquietud.
Ella sonrió y asintió tranquila.
—En serio. Mantendremos un ojo sobre ti, pero no veo ninguna razón para creer que puedas tener algo menos que un embarazo normal y saludable.
.
Para cuando llegó la semana de Acción de Gracias, al fin había superado todas las náuseas y vómitos y ahora vivía ciudad caliente. Acababa de terminar mi último examen final del semestre y estaba tan excitada que prácticamente volé hacia la oficina de Edward. Mi último examen fue de mi clase de Introducción a la Arquitectura y mientras que lo estaba respondiendo, todo lo que me podía concentrar era en que Edward me ayudara y cada vez que respondía bien, él se sacara una prenda. Una vez desnudos, saltaba sobre él hasta que me hiciera venirme tres veces. Y ahora aquí estaba, menos de veinticuatro horas después, sintiéndome como una zorra rogando por un buen polvo.
De repente, me detuve sobre mis talones ante la vista de alguien familiar.
—¿Jasper?
—Oh, hola, Bella. —Me sonrió timidamente. Incliné mi cabeza y me di cuenta de la chica bonita e hispana que sostenia su mano. Levanté mi ceja al estilo perra y levanté mi vista—. Eh, esta es María. María, ella es Bella. Bella y yo fuimos juntos a la escuela.
¿Qué rayos? Mientras lo que decía era verdad, solo nos hablábamos por Alice. Y ¿por qué mierda estaba de la mano con esta chica?
—Así que, ¿has visto a Alice últimamente? —pregunté deliberadamente, sin preocuparme ante su evidente incomodidad.
—Nop. Ella decidió quedarse en California hasta quién sabe cuando. No hemos hablado en mucho tiempo. Creo que tú tampoco, ¿eh?
—En realidad no, sigue algo enojada conmigo. —Froté mi mano distraídamente sobre mi estómago. Al estar de diecinueve semanas, mi vientre no era enorme todavía pero se notaba si te ponías a mirar.
—Mierda, ¿quién te embarazó? —exclamó Jasper.
—Ese seria Edward, mi esposo. ¿Recuerdas, idiota? —Rodeé mis ojos ante la mirada que María me dio. Como si me importara lo que ella o Jasper pensaran de mí.
—Diablos, ¿siguen casados? Como que pensé que iban a conseguir una anulación o divorcio o algo así.
—No, imbécil. Realmente nos amamos. Ninguno de los dos dijo esos votos sin sentirlos realmente. Si nos casamos por el placer de hacerlo, ¿por qué le dijimos a todos? Especialmente a Alice. Dios, ella está mucho mejor sin ti.
—Hey, púdrete, Bella. Tú eres la crisis de mediana edad de un tipo.
—No, gracias. Prefiero follar a mi esposo. Él es un verdadero hombre y sabe como satisfacer a una mujer. Lástima que Alice no podía decir lo mismo de ti.
Me alejé, decidida a no permitir que Jasper me impida mi propósito original. Ver su cabellera rubia y con rulos otra vez puede que me haya enojado, pero seguía siendo una mujer caliente y controlada por las hormonas y con una misión para follar.
.
—Por favor, que esté allí. Por favor que esté allí —rezaba en voz baja mientras iba por los pasillos hacia la oficina de Edward. No estaba completamente segura de cuándo tenia sus exámenes finales y si estaba para servirme. No era como si eso me detendría. No seria la primera vez que me había masturbado en su sofá mientras estaba rodeada de sus cosas y su olor.
No me molesté en tocar la puerta y entré de una, aliviada como el infierno cuando vi mi sexi, hermoso y sexualmente talentoso esposo trabajando en su escritorio. Me dio una mirada de asombro mientras yo cerraba la puerta y echaba cerrojo.
—Cómeme —rogué. No podía imaginar lo salvaje y desenfrenada que debí sonar porque los ojos de Edward se abrieron como platos mientras me miraba. Miré como se quedó mirando mis pechos que estaban moviéndose ante mi respiración y noté como se removía con picardía.
Sonreí diabólicamente. Te atrapé, cariño.
—Emm… ¿qué? —dijo aturdido.
Caminé hacia su escritorio, quitándome la ropa mientras avanzaba.
—CÓ-ME-ME.
Me quité mis zapatos siguiéndole por mi sweater. Adiós a los feos, pero fáciles de poner, pantalones de maternidad. Deslicé mis manos para tomar mis pechos cubiertos por encaje negro y me estremecí cuando mis pulgares rozaron mis duros pezones.
—Fóllame con tu lengua. —Me puse entre Edward y su escritorio mientras él miraba con atención. Mis dedos hicieron a un lado a mis bragas y estas cayeron al piso—. Pon tu boca sobre mi coño y hazme venir. —Salté sobre su escritorio y me recosté sobre mis codos—. Por favor, Edward.
De repente, su cabeza estaba enterrada entre mis muslos y me mordí fuertemente mi labio para evitar gritar. Metió su lengua dentro de mí una y otra vez, follándome literalmente con ella. Envestí mis caderas hacia arriba y cerré mi puño sobre el escritorio mientras corrían escalofríos por mi cuerpo. Él me sujetó con una mano y mientras sus dedos de la otra frotaban y jugaban con mi clítoris. Luego intercambió de lugar sus dedos y lengua y juro que escuché el canto de los ángeles. Me sentí tensar cuando curvó sus dedos dentro de mí mientras mi orgasmo me sobrellevaba. Edward movió la punta de su lengua por mi pezón mientras que succionaba fuertemente y la tensión que se estuvo acumulando fuertemente, estalló y palpitaba a través de mis venas.
—Edward —gemí cuando él se levantó y enterró su polla profundamente en mí. Lo amé mucho más por no tratarme como si estuviera hecha de cristal solo porque estaba embarazada. Había unas posiciones que no podíamos hacer por mi creciente barriga, pero esto solo parecía funcionar muuuuy bien para mí. Extrañaba sentir su peso sobre el mío mientras hacíamos el amor, pero era difícil de encontrar la razón para quejarse cuando él se movía dentro de mí con tanta intensidad y sensualidad.
Santos conejos, pero Edward era un aficionado maestro del coño. Él sabia exactamente cómo tocarme y tomarme para que estuviera al borde y completamente a su merced. Gemí y él enlazó sus dedos en los míos mientras seguía enterrándose en mí. Sostuvo su mirada en mí y me dejé sumergirme en sus profundos ojos color esmeralda.
—¿Es eso lo que necesitabas, Isabella? ¿Mi polla enterrada en tu apretado y caliente cuerpo? ¿Tu sabor en mi lengua y cubriendo mi polla?
—¡Si, mierda, si! —Dios, pero amaba cuando hablaba sucio. Me volvía loca y él lo sabía.
—Quiero sentirte llegar, nena. Déjame sentir tu dulce coño succionar mi polla.
Solté un gritito ahogado e hice exactamente lo que pidió. Me vine tan jodidamente fuerte. Lo sentí meterse en mi profundamente y escuche su gruñido cuando estalló dentro de mí.
Edward se quedó quieto por un momento y luego me tomó en sus labios.
—¿Te sientes mejor, amor? —preguntó besándome suavemente.
Arqueé una ceja ante su expresión engreída.
—Si, gracias. —Dije y nos reímos—. Vamos. Te llevaré a casa a descansar antes que me tomes con locura otra vez.
—Si, ama —respondió con una sonrisa.
