Bien, lo primero que haré será pediros perdón a todos por el capítulo anterior, ya me han regañado por lo del cambio de narrador.

Soy mujer, por si os lo preguntáis.

Por ahora Kaneki va ganando en la encuesta, pensé que Ayato tendría más votos… en fin, el público es el público. No intento influenciaros… ¡Oh qué demonios! claro que sí lo hago.

Bueno, espero que disfruten este nuevo capítulo de la historia.

Por primera vez en días podías levantarte de la cama, y era un alivio después de todo estabas harta de Ayato y él también de ti. Aunque a veces cuando te levantabas en mitad de la noche podías verlo como la cabeza entre sus brazos y arrodillado al lado de tu cama.

Era raro verlo así, pacífico y tranquilo, pero más extraño aún se te hacía que durmiera al lado de tu cama, sinceramente se te hacía tierno y confuso. Pero, nunca habías visto a Kaneki al lado de tu cama, como otras noches al despertarte por el insomnio derramaste lágrimas amargas por su culpa. Pero eran inútiles, a menos que Kaneki las viera derramarse eran total y completamente inútiles. Te las quitaste con rabia, pero te moviste más de la cuenta, despertaste a Ayato en el proceso.

¿Qué…? – preguntó desorientado y en una voz muy baja, luego te vio, furiosa y triste, la luna derramaba su luz plateada sobre ti creando un velo y haciendo resplandecer tus lágrimas saladas.

Entonces te diste cuenta de que estaba despierto, lo miraste asustada y él te miraba incrédulo, por una parte no parecía creer el hecho de que estabas llorando y por otra parecía no saber qué hacer o decir.

Parezco patética. – soltaste a nadie en particular, aunque eso le hizo reaccionar un poco. – Lloro cuando no tiene sentido que lo haga, qué idiota. – y es que en ese mundo duro y cruel las lágrimas eran para muchos, entre ellos Ayato, una muestra de debilidad.

¿Se las merece? – preguntó de improviso, sorprendiéndote con creces, ¿A qué se estaba refiriendo? – ¿Se merece Parche esas lágrimas? Yo creo que nadie merece las lágrimas de otro, y quien se las merezca no te hará llorar. Ahora duerme, a ver si te recuperas de una vez y me dejan salir a cazar otra vez.

¿Te estaba… dando ánimos? Realmente, Ayato era un muchacho extraño… o a esa conclusión habías llegado después de estos días juntos, a veces era amable otras un completo cabrón, no podías entender cómo funcionaba su cerebro. Pero por una vez te había dado un buen consejo aunque al final lo hubiese arruinado. Te limpiaste las lágrimas por última vez y te volviste a acostar en la cama, para dormir de una vez por todas.

Era un sueño bonito y algo recurrente en esos días de enfermedad, Kaneki venía a tu cuarto y miraba ofuscado a Ayato, luego dirigía su mirada gris hacía ti, se sentaba en el lado de la cama en el que no estaba Ayato y se inclinaba sobre ti y se quedaba mirándote con unos centímetros de separación, luego con la ternura que usaba cuando estabais empezando a salir te besaba la frente, la nariz, una de tus mejillas, un suave beso en los labios, como si tuviera miedo de despertarte, entonces se incorporaba y cogía tu mano, finalmente la besaba y podías ver su silueta recortada contra el cielo nocturno y delineada por la dulce luz de la luna, con los ojos cerrados y el cabello blanco brillante. Pero cuando despertabas no estaba, obviamente, después de todo era solo un simple sueño, un inocente y dulce sueño que te encantaba pero que te hería tanto como él. A veces te preguntabas si era que lo amabas demasiado o eras algo masoquista.

Lo que no sabías era que ese dulce e ingenuo sueño era real, a Kaneki no le gustaba ver a Ayato al lado de tu cama, ocupando su lugar, debería ser él quién estuviera ahí para ti. No él. A veces odiaba Aogiri, por no permitirle estar contigo como desearía, a veces se odiaba a sí mismo por buscar calor en otros brazos, a veces odiaba a Ayato por ocupar su lugar junto a tu cama, a veces lo odiaba todo, pero no podía odiarte a ti, eras la única persona, humana o ghoul, que nunca podría odiar.

Se iba antes de que saliera el sol y volvía de madrugada, por alguna razón siempre que volvía estabas bañada por la luz de la luna. Tan delicada como una flor bañada de rocío. Eras bella.

Parecías hecha de porcelana, una muñeca de esas tan frágiles, pero de alguna manera eras más, mucho más. No solo era tu belleza, tu cuerpo o tu cara. No, era tu dulzura, tu amabilidad, tu coraje, tu personalidad, tu carácter, era todo.

Ahora, ahora que nadie miraba podía adorarte como siempre hubiera querido hacerlo, como no le fue permitido desde que entró en Aogiri, pero quería protegerte, no, no solo a ti, quería proteger a Touka, a Hinami, a Hide, a todos los de Anteiku. Por eso estaba bien para él de esa forma, incluso si solo podía hacer este tipo de cosas de vez en cuando. Estaba bien para él, no te dañaría, no te heriría, no te rompería.

Pero él no se había parado a pensar si no te estaba haciendo daño ya, ¿Acaso no veía las huellas ardientes que tus lágrimas dejaban por toda tu cara? ¿Es que no vio tu expresión cuando escribieron eso en la pared? ¿Acaso lo llamaste cuando caías? ¿Le hablabas ya si quiera?

Eran cosas que no veía, o más bien eran cosas que no quería ver.

Te levantaste a la mañana siguiente viendo que como siempre habías sido un sueño, Ayato entraba por la puerta seguido de Sakura, era una ghoul de estatura media, pelo largo y negro, ojos avellana y piel tostada.

¡Agh! ¡Date prisa, no podemos tenerla esperando toda la mañana! – le gritaba Sakura a Ayato, este estaba ya acostumbrado después de un mes oyéndola día tras día tras día, aunque eso no significaba que no le molestase.

¡Ya me lo has dicho cuatro veces en cinco minutos que se tardan de la cocina aquí! ¡Cállate de una vez zorra médica! – le gritó el otro en respuesta.

¡Yo seré una zorra pero tú eres un idiota que no sabe cocinar! ¡¿Se puede saber cómo has tardado tanto en hacer un maldito desayuno y coger un par de pastillas?! – le gritó entrando por el umbral. – ¡Por Dios, no hay quién te aguante! ¡Con razón no consigues novia!

¡Y a ti qué te importa si tengo o no pareja! ¡Cotilla de mierda! – le dicho entrando después de ella a la habitación. Si había algo que echabas de menos eran las mañanas tranquilas o al menos las que no estaban gritándose insultos a la hora de desayunar. Ayato puso la bandeja del desayuno en tu regazo y sin mirarte te dijo. – Come, no tengo todo el día y luego soy yo quien tiene que limpiar tu mierda.

Sí… - contestaste sin un ápice de convicción empezando a comer rápido pero sin atragantarte. Sabías que estaba harto, realmente lo estaba, Sakura podía llegar a ser tremendamente cansina. No te hubiera extrañado si te hubiese confesado que estaba un poco loca en realidad.

¡Ayato, maldito! ¡¿Cómo te atreves a…?! – empezó a decir, pero la paraste con tal de que no tener que presenciar otra vez una pelea entre esos dos, un hombro dislocado y un labio partido eran más que suficientes.

Tranquila Sakura, ya sabes cómo es Ayato. – interviniste a tiempo, últimamente habías ganado el don de la oportunidad. Él te miró por un segundo, quizás recordando lo que había pasado esa noche, le miraste y notaste que sus ojos se parecían un poco al cielo nocturno que veías cuando de niña, antes de viajar a Japón y perder a tus padres, en la montaña a la que fuisteis de excursión cuando estabas en primaria. Ayato también se había fijado en tus ojos por primera vez, eran transparentes y profundos, de un singular color [color de ojos].

Hacía un rato que Ayato se había llevado los platos del desayuno, Sakura se había quedado contigo un rato, os habíais hecho amigas, ya no era solo una relación médica-paciente, también podíais hablar de temas más personales… y problemáticos, como Kaneki.

Se lo contaste todo, desde que empezasteis a salir hasta ese mismo día. Sakura estuvo meditando un rato antes de manifestar su opinión.

Nee, [tu nombre], yo he llegado a una conclusión, no sé si te servirá pero me gustaría que la tuvieses en cuenta… – dijo al principio. – Si no te quieren como quieres que te quieran ¿Qué importa que te quieran? Después de todo tu tienes demasiadas heridas que no puedo curar, aquí. – te confesó señalando tu corazón. Y ciertamente tenía razón, necesitabas sanarlas por tu cuenta o encontrar a alguien que las curase en tu lugar, pero si ese alguien es el mismo que te las ha hecho ¿Qué podías hacer?

Eso era un sin vivir, ni él era feliz ni tú lo eras, ¿Cuándo le viste sonreír por última vez? Le habías dado todo, pero no había sido suficiente, él no era feliz y tú tampoco, entonces si ninguno era feliz ¿De qué servía que siguieran juntos? ¿Había alguna razón para no cortarlo todo de raíz? Sí, que lo amabas. Pero te dolía hacerlo, te dolía demasiado, era un dolor sordo que te carcomía por dentro, que se convertía en agujas y te hacía sangrar, que te hacía llorar y te mataba poco a poco por dentro. ¿Cómo podía algo tan precioso, tan tierno, tan dulce, haberse convertido en algo tan bizarro, tan retorcido, tan hiriente?

¿Se había cansado de ti? Obviamente sí, si no nada de esto estaría pasando, tú no te estarías sintiendo tan lamentable, tan digna de lástima. ¡Él no estaría engañándote, joder! Quizás era hora ya de hacerlo lo que más te iba a doler, quizás deberías cortarlo todo de raíz por fin y buscar la salvación en otros brazos.

Quizás… era hora de olvidar a Kaneki.

Las lágrimas afloraron y Sakura no pudo hacer otra cosa que abrazarte y dejar que te desahogases, gritaste, pataleaste y lloraste tanto y tan fuerte como te lo pedía el corazón, Ayato, quien estaba escuchando desde el amplio alfeizar miró al solitario firmamento mientras lo sacabas todo de tú pecho. Y sintió rabia, impotencia y furia, hacía Parche por hacerte llorar, no era como si te quisiera o algo… a quién pretendía engañar, te había acabado tomando más cariño del que estaba dispuesto a admitir y no le gustaba oírte llorar, no te lo merecías.

Había llegado la noche y Ayato fue a tu cuarto a traer las medicinas, se sentó en el borde de la cama y te tendió la pastilla correspondiente, con los ojos hinchados te la tomaste. Y el proceso se repitió en silencio hasta que te tragaste la última pastilla.

Hey Ayato. – llamaste susurrante, después de todo estabas más bien ronca. – ¿Te puedo pedir un solo favor? – preguntaste abrazando tus rodillas, asintió con la cabeza y te miró interesado, realmente quería quitarse la espina de la impotencia que se le clavaba inclemente y le molestaba de sobremanera. – Abrázame. – tu petición le descolocó y le hizo sonrojar.

¿Por qué? – preguntó saliendo un poco del shock.

Por favor, – pediste mirándole, veía la luz anaranjada de la lámpara de noche reflejarse en tus ojos [color de ojos], dándoles una luz anaranjada y cálida, realmente empezabas a convertirte en una debilidad, una que, aunque no podía entender por qué, no le molestaba. – abrázame. – suspiró y abrió los brazos esperando para recibirte, en realidad pensaste que no iba a aceptar de ninguna de las maneras, pero fue una grata sorpresa comprobar que sí había atendido a esa petición.

Te abrazaste a él con fuerza, enterrando la cara en el hueco de su cuello, olía a invierno, uno de tus aromas favoritos, y a café, quizás hasta un poco a chocolate, o igual era tu olor mezclado con el suyo, que te creaba esa sensación. Estuvieron así mucho tiempo o eso os pareció, finalmente os separasteis y te decidiste a hacerle un favor algún día a cambio. ¿Era eso que habías sentido lo que sentía Kaneki cuando abrazaba a otra mujer? Tal vez sí, tal vez no.

Le diste las gracias y te echaste a dormir, como siempre él apagó la lámpara, se sentó en el suelo y apoyó los brazos en la cama, usándolos como almohada, se durmió a tu lado. Y tú por primera vez en mucho tiempo, no soñaste con Kaneki, sino que recordaste el calor y la seguridad que te había transmitido Ayato con su abrazo.

Esa noche Kaneki no te visitó cuando volvió a vuestro ático.