NOTA: Como gran fan de esta historia, me alegra mucho que les esté gustando. ¡Gracias por sus comentarios! No olviden agradecerle también a Requ, sigan su tumblr, háganle fanart o solo sufran y amen a Elsa como todos los que seguimos AFA. Trataré de estar actualizando lo más que se pueda, ya que tengo como meta alcanzar al fanfic en su idioma original para que no se pierdan nada. Disfruten el capìtulo!
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Un Acuerdo Formal / A formal Arrangement
Por: Requ / Traducción por Berelince
Capítulo 4
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Kai estaba estacionado como heraldo afuera del salón de baile y parecía hacer tiempo con cierta impaciencia. Consultaba su reloj de bolsillo, preguntándose qué podía estar entreteniendo a las Reinas. Había pasado casi un cuarto de hora desde que el Rey Frederick y la Reina Alice habían arribado. La Reina Alice le había dedicado la más inusual de las sonrisas cuando entró, deteniéndose brevemente para asegurarle que la real pareja llegaría pronto.
El mayordomo resopló. Todos los invitados estaban presentes y se sentía ansioso ante la idea de tantos miembros de la nobleza reunidos en un solo sitio con fácil acceso a los licores; esas situaciones nunca terminaban bien, especialmente para los sirvientes. Y aquella era una ocasión especial, Santo cielo, si la Reina no se aparecía pronto, estaba listo para enviar una comitiva a buscarla–
Los ojos de Kai se abrieron en redondo e inconscientemente se enderezó. Acababa de vislumbrar a la Reina Elsa caminando por el pasillo con su nueva esposa, y justo a tiempo, Finalmente, pensó el hombre. Caminaban sin prisa, con la atención de la una puesta en la otra. La Reina se veía impecable en su traje y la Princesa adorable en su vestido de gala.
Mientras esperaba, Kai notó lo relajados que se veían los hombros de la Reina y lo bien que caminaba con su esposa a su lado. Definitivamente una gran mejora desde la mañana, pensó con aprobación, al recordar lo tensa que la Reina Elsa había estado. Bueno, habían sido unos años muy duros para ella, pero Kai imaginaba que el matrimonio era justo lo que había necesitado. Las ocasiones en las que recordaba haberla visto más feliz eran aquellas en las que Anna visitaba el castillo.
"Me gusta tu cabello suelto así." Alcanzó a escuchar que la Princesa le decía a la Reina mientras se aproximaban.
"Buenas noches, sus majestades," Kai las saludó con una reverencia. Ambas asintieron y lo saludaron, esperando ante la entrada cerrada del salón.
"¿Lista?" le preguntó Elsa. La Princesa le sonrió y asintió.
Kai abrió las puertas.
"¡Damas y Caballeros, me permito anunciar la llegada de Su Real Majestad, Elsa, Reina de Arendelle, acompañada de Su Real Alteza Anna, Princesa Consorte de Arendelle y Princesa de Corona!"
Así que eso es lo que soy. Pensó Anna en desmayada admiración. Una Princesa Consorte.
El salón de baile era inmenso y fácilmente podían caber en él varios cientos de personas, tal vez incluso mil. Alrededor había dispuestas mesas y sillas acomodadas en un anillo, dejando espacio libre al centro para bailar más tarde. La mayoría de los invitados estaban sentados, con sus copas en mano, mientras los meseros iban de aquí para allá con charolas brillantes cargadas de comida y bebida. Todo estaba iluminado tenuemente bajo la luz de las velas que pendían de enormes candelabros, lo que hacía que el mármol y la madera oscura del interior brillara de manera cálida. Una orquesta estaba situada en un rincón y una gran y larga mesa había sido colocada en la cabeza del salón, por la escalera imperial, justo debajo de las puertas. Anna podía ver a sus padres sentados a la mesa, la cabecera estaba reservada para ella y para Elsa.
Todos se levantaron al unísono.
"¿A cuánta gente has invitado?" le susurró Anna a Elsa con los ojos abiertos en sorpresa.
"No estoy segura." Admitió Elsa. "Había tantos extranjeros relacionados con nosotros de manera tangencial y muchas otras familias nobles que al final le dejé todo a Kai, quien probablemente le dio esa tarea a alguien más para que lo arreglara todo con tu familia."
"Ni siquiera estoy segura de haber visto a tanta gente junta en un solo lugar." Anna se apretó contra Elsa nerviosamente. "Elsa, será mejor que me atrapes si me tropiezo otra vez. No será mi culpa si entorpezco porque decidiste invitar a ambos reinos a nuestra recepción."
Aquello hizo sonreír a Elsa. "Estarás bien."
Pero Elsa se aseguró de conducir a Anna alrededor de la escalera curva para que no se tropezara con el dobladillo de su vestido. Mientras descendían, las rodillas de Anna comenzaron a temblar. Podía sentir que cada par de ojos del salón estaban fijos en ella, la habitación se había quedado en silencio para verlas. Anna se agarró al brazo de Elsa como si se tratara de un salvavidas.
Elsa la miró alarmada.
"¿Qué ocurre?" le susurró Elsa. Disminuyó su paso, lo suficiente para que siguieran moviéndose, pero sin tener tampoco urgencia por llegar pronto a algún lado.
"Um." Su boca se negaba a moverse. La pelirroja no estaba acostumbrada a que tanta gente se concentrara en ella. Muchos ni siquiera veían a Anna cuando estaba en su hogar en Corona. Había sido usualmente Kristoff el centro de la atención, o sus padres. Incluso la ceremonia de boda no había sido tan mala, especialmente porque no se encontraba mirando directamente a tanta gente.
Elsa examinó el pálido rostro y la tiesa expresión en la cara de Anna y lo comprendió. Le puso la otra mano sobre la que Anna le apoyaba en su brazo e inclinó su cabeza para hablarle quedamente al oído aunque pareciera que le murmuraba intimidades.
"¿Recuerdas esa ocasión en la que fuimos a patinar al lago que está afuera del castillo aquel verano? Tu tenías siete y yo…" se tardó en decirlo deliberadamente, esperando que Anna respondiera.
"Diez." le susurró Anna en respuesta. Su boca estaba seca, el corazón le latía fuerte. "T-tú c-congelaste el lago. Es verdad. Era, um… Agosto y, uh…"
"Hacía mucho calor." Terminó Elsa. Sus labios se curvaron, complacida de que Anna lo recordada. "Yo solía marearme mucho, ¿te acuerdas?"
Anna le estaba asintiendo y ya no parecía atemorizada de la multitud ni tenía su expresión de pánico de antes, su atención estaba puesta en Elsa.
"Y no te gustaba el calor y entonces te quedaste en el castillo porque estaba fresco, pero me aburrí–"
"Aun lo haces" le dijo Elsa secamente. Una pequeña sonrisa vaciló en los labios de Anna.
"Tenía siete años, ¿qué te esperabas?"
"¡Ciertamente no que te pusieras a jugar con las armaduras! A Kai casi le dio un ataque cuando derribaste esa que se suponía tenía 500 años y le había pertenecido a no sé cuál ancestro."
Anna se rio recordando el incidente. "Y Kristoff se fue con el yelmo dentado para mostrarle algunos amigos–
"Y fuimos desterrados al exterior y nos quedamos en el lago por el resto del día."
Habría podido haber dicho más, cuando se dio cuenta que ya no había más escaleras bajo sus pies. Sus ojos se abrieron en sorpresa –estaban en la base de la escalinata y ya no podía ver las cabezas de la multitud. Miraba a Elsa, maravillada, pero ella ya la estaba llevando hacia la mesa con su expresión compuesta y su vista fija al frente. Su mano aún reposaba sobre la de Anna, sus dedos se tocaban. La pelirroja relajó su agarre en el antebrazo de Elsa y entrelazo sus dedos con los suyos, apretándolos brevemente en agradecimiento. Anna pudo notar el fantasma de una sonrisa antes de que los camareros les alcanzaran las sillas. Se separaron para colocarse frente a sus asientos.
"Aun no te sientes." Le murmuró Elsa, sus labios apenas se movieron. Anna se detuvo a tiempo, apenas había comenzado a doblar las rodillas.
"Agradecemos su compañía esta noche." pronunció Elsa, su voz atravesó el salón. Era una voz que Anna nunca le había escuchado utilizar antes –no era que estuviera gritando, pero sonaba fuerte y clara. "Arendelle les da la bienvenida a todos los asistentes que celebran la unión de las casas de Arendelle y Corona."
Entonces la Reina se sentó antes de que nadie pudiera reaccionar, dejando a los asistentes preguntándose si debían aplaudirle o tomar asiento. Hubo una noción de palmadas y el sonido de sillas que se arrastraron. Anna contuvo una risita, disfrutando la confusión.
"Eso fue Rápido" dijo Anna cuando se hundió en su silla. "Por un momento creí que ibas a dar un gran discurso."
"Me temo que no." Le contestó Elsa. "Estoy hambrienta, no he comido desde el desayuno." Elsa parpadeó ante la mirada que le dedicaba su esposa. "¿Qué ocurre?"
"Bueno, te perdiste un maravilloso almuerzo conmigo y mis padres" le dijo, mirando hacia su diestra. Los soberanos de Corona estaban sentados a su lado y conversaban con un compañero de mesa. El mesero les sirvió sus platos.
"¿Oh?" Elsa arqueó las cejas. "Lamento haberlo hecho."
Anna le agitó la mano. "Nada pasó. Solo… lo usual. Mis padres siendo mis padres." Se inclinó un poco más cerca hacia Elsa, percatándose abruptamente lo mucho que había pasado desde que habían entablado una conversación de verdad. "¿En dónde estuviste, por cierto?"
A Elsa se le ocurrió que Anna podía estar pensando que había estado evitándola durante el almuerzo. Lo cual era… cierto. No le tomó mucho tiempo arreglarse y su valor se mantuvo ausente bastante tiempo.
"Solo terminando algo de trabajo de último momento" le dijo. Lo cual era medio verdad. Había estado metida en su estudio intentando trabajar, pero al final no pudo terminar nada. Los nervios y el estrés la habían consumido casi en su totalidad, aunque en ese momento se sentía bastante relajada.
"Oh, ¿Qué tipo de trabajo?"
Elsa parpadeó. Anna nunca había mostrado interés en sus obligaciones, o en realidad, en cualquier tipo de actividad que involucrara el manejo diario de un reino. Y resultaba un poco desconcertante haber sido pillada justamente cuando se le ocurría decirle aquella mentira blanca, cuando pensaba que Anna la dejaría pasar por tratarse de algo que no le importaba, no debía haberle soltado nada, incluso si había sido (en su mayoría) la verdad. Así que mientras Elsa estaba sopesando el dilema en el que se había metido, la chispa de interés en los ojos de Anna y su sonrisa comenzaron a desvanecerse, siendo reemplazados por un dejo de desconsuelo y resignación.
"No tienes por qué decirme" le soltó Anna, apartándose. Sintiendo Elsa su retirada como una promesa rota. "De todas formas seguramente ni siquiera lo entendería."
¿Qué? Eso no era lo que había inferido. ¿O lo había hecho? Ella había pensado que Anna no tenía interés alguno en los asuntos políticos o mercantiles. Y para ser justos, cuando Elsa rememoraba a Anna, no la imaginaba como una gran mente política o académica. Ella veía a la despreocupada amiga que la había incluido en sus juegos de la infancia, la que le escribía cartas que la llenaban de alivio y soledad, quien era encantadora más allá de toda expresión, y tan vivaz. Una joven que no pertenecía a una biblioteca u oficina mal ventilada, sino a vestidos a la moda en iluminados salones de fiesta justo como en el que se encontraban, o en exterior a horcajadas de un brioso corcel. No era que no creyera que Anna fuera suficiente como para desempeñar trabajos mundanos, sino que Elsa no era capaz de asociarla con ellos. Anna estaba por encima de eso.
¿Y eso era todo lo que podía pensar de ella? No, se contestó de inmediato. Anna tenía otras cualidades, solo que…
No tenía idea. La sensación no fue muy diferente a la de que ser golpeada en la nuca con una piedra, estaba tan aturdida. Su cerebro no le resultaba de ninguna utilidad.
Para cuando Elsa recuperó el control de sus cuerdas vocales, Anna había desviado la vista y la tenía puesta en su plato.
"Anna," balbuceó Elsa alarmada por el extraño giro en la conversación. "Y-yo no, yo no quise decir eso, no es que pensara que no lo ibas a comprender –"
"Dije que no importa, Elsa" le contestó Anna, sus ojos clavados en la mesa. Hubo algo en su voz que hizo que la garganta de Elsa se le cerrara por la culpa. "De verdad."
Sabía que no era cierto, y cualquier tópico o intento de explicación no remediaría su metida de pata. ¿Cómo había sido capaz de cometer una insensibilidad así tan de prisa? ¡Apenas habían comenzado a platicar! Pero no tuvo más remedio que consentirlo. Asintió rígidamente y volteó la vista hacia su propio plato, de repente su apetito la había abandonado.
El estómago lo sentía revuelto y estrecho por la desesperanza.
Lo había echado a perder otra vez.
Estaba comenzando a pensar que no debía haberse casado.
…
La champaña era excelente. La comida era excelente. Todo era excelente. Pero Elsa se había comportado cuidadosa con ella nuevamente, sus modales dolorosamente apropiados y estudiados. Incluso su postura era estricta, su espalda estaba tan recta, que Anna casi esperaba ver el palo de una escoba atado a ella y a su silla.
Observó las manos enguantadas apretadas en su regazo; la tela se estiraba por sobre sus nudillos. El estado de las manos de Elsa siempre era un buen indicador para conocer su estado de ánimo.
Soltando un largo respiro, se acercó y tocó el brazo de Elsa. La Reina pegó un pequeño salto y le lanzó una tensa mirada de sorpresa.
"Esto es una fiesta." Anna intentó sonreírle de forma tranquilizadora. "Deberías disfrutarla."
Ella fue recompensada con una sonrisa amarga. "Anna, no sé si podría."
Sus cejas se alzaron. Se preguntaba si el cambio de humor de Elsa se debía a alguna noción equivocada que no le ayudara a terminar su trabajo o algo por el estilo. Kristoff solía ser así también: en un momento estaba feliz y al siguiente se hundía en melancolía. O se retraía. Ambos, Kristoff y Elsa se retraían mucho.
"Claro que puedes. Es una fiesta. A todos les gustan las fiestas" Anna acarició la mano de Elsa, deseando que quitara esa expresión de pesadumbre. Un poco más y Elsa podría machacarse la mano. "¿Qué te tiene tan afligida?"
Elsa le dirigió una mirada incrédula.
"De verdad no lo sé, Elsa," le dijo pacientemente. Justo como solía hacerlo con Kristoff.
"Lo de antes…" Elsa frunció el ceño profundamente. "el… trabajo."
"Muy bien…" Anna inclinó la cabeza y se mordió el labio, perpleja. ¿No tenía tareas reales? "No estoy entendiendo muy bien a qué viene esto, lo siento."
"No, tú no tienes por qué disculparte." Elsa bajó la vista a sus manos. "Lo que dije – o lo que supongo que no dije que estuve haciendo durante el almuerzo."
"Oh, Eso." Anna lo había puesto en el fondo de sus pensamientos. Ella acostumbraba hacer eso con frecuencia. –Siempre le habían dicho que había cosas importantes que hacer y comúnmente le dedicaban miradas apuradas cuando se le ocurría preguntar sobre ellas. Cómo si les pidiera que fueran a la Luna y le trajeran un pedazo de queso para acompañarlo con su té o algo parecido. ¿Para que querría la hija de repuesto, la mujer, estar preguntando sobre asuntos importantes? Ella no tenía por qué preocuparse por esas cosas. Ni ser incluida en ellas. Ella podía correr por ahí, ¿tal vez trabajar en su costura? ¿Practicar en el pianoforte? Seguramente cualquier pretendiente habría quedado impresionado…
"–terminar nada," escuchó a Elsa decir.
Ella parpadeó. "¿Espera, que?"
Elsa se sobresaltó "Tu -¿Qué no escuchaste nada de lo que dije? Te decía que en realidad no había terminado nada. Solamente estaba revisando algunas propuestas de negocios que buscaban inversionista."
"Oh" ¿Elsa le estaba contando aquello por pena? Eso le resultaba todavía peor. Anna intentó pensar en algo qué decir, algo que detuviera a Elsa porque no quería que la conversación girara en torno a algo que su esposa se sentía obligada a decirle. "uh, bueno –"
"Tú ya debes saber esto, pero la riqueza de Arendelle proviene de sus minas de oro," Se precipitó Elsa, sintiendo claramente la creciente torpeza y su intención de mantenerla a raya. "La tierra de Arendelle no es particularmente cultivable y las montañas no ofrecen la mejor comodidad, pero las minas de oro nos permiten expandirnos a través de inversiones en industrias extranjeras, como –"
"Elsa, para." Anna casi no podía contener su sonrisa. "Tú no tienes que tirarme tu discurso real a mí. Prácticamente todo mundo sabe que Arendelle es rico."
Elsa se puso roja y se aclaró la garganta. "Bien."
Anna le apretó la mano. "No tienes que hablarme de eso. En realidad no creo que pueda entender nada de lo que haces" Y de verdad dudaba que pudiera. Habiendo pasado la mayor parte de su vida esperando casarse había significado pasársela con tutores en música y danza más que con los de historia y matemáticas.
Las cejas de Elsa descendieron mientras la estudiaba. Anna ignoraba cuáles eran los pensamientos de la Reina. Pero las manos de Elsa se relajaron.
"Está bien." Anna tenía la sensación de que no era así. –Elsa no parecía enteramente convencida, pero era suficiente por el momento.
…
"¡Un brindis por mi hija y mi nuera!" bramó el Rey Frederick luego que se sirviera el plato principal, con la copa aflautada de cristal levantada en el aire.
"¡Por Elsa y por Anna!"
Las copas se levantaron y varios "¡hurra, hurra!" inundaron el salón. Anna alzó su copa con apagado entusiasmo y bebió un sorbo. Nunca había sido capaz de dominar el alcohol y el pensamiento de bailar borracha, sin importar lo entretenido que pudiera resultar, seguro terminaría por avergonzarla. Obsequiando con más historias humillantes a su madre, que era lo último que Anna deseaba.
Aun así. Anna se sentía de buen humor. En un punto entre el segundo y tercer plato, un mesero le había acercado un pequeño platón con chocolates que colocó junto a su plato. Sus ojos recorrieron a los vecinos, pero nadie parecía estar recibiendo nada como esos dulces. Anna sabía que el origen detrás de aquello estaba sentada a su lado, con una expresión tan inocente como la de un ángel.
Anna casi se inclinó para besar esa cara de estudiada distracción que ponía Elsa, pero optó por acariciar el dorso de la mano enguantada que la Reina reposaba entre sus asientos. El mantel ocultaba el gesto a la vista ajena, pero aun así Elsa se ruborizó profundamente ante el toque. Dioses, sí que se sonrojaba fácilmente.
"Gracias." Le susurró Anna.
Elsa, sin mirarla, se permitió asentir levemente.
Los chocolates estaban deliciosos –la pelirroja discretamente los compartió con la rubia a pesar de sus protestas ("Necesitas ganar algo de peso.") Elsa incluso había recordado cuáles le gustaban. Anna encontró ese detalle ridículamente complaciente, y se mantuvo observando a su esposa constantemente a lo largo de la cena, como si la Reina se tratara de un regalo envuelto, uno que no se le permitiría desenvolver hasta la medianoche, pero sobre el que sus ojos se posaban con anticipación.
Y Anna ciertamente vibraba por la anticipación. Aunque no sabía precisamente por qué – ¿Quizá por el baile? Ella y Elsa tendrían su primer baile, por supuesto. Donde más personas las estarían observando. Por alguna razón la idea no hizo que le temblaran las rodillas como le sucedió en la entrada, quizá porque sabía que no tendría que estar viendo a los demás. Si se enfocaba en Elsa como antes, probablemente estaría bien. Anna maldijo su falta de gracia y se preguntó de dónde rayos la habría adquirido; ninguno de sus padres había sido tan torpe.
Le dedicó otra mirada a Elsa. La Reina tenía la mano enroscada sobre su propia copa, el codo sobre el reposabrazos de su silla, su rostro plácido. La imagen de un interés educado. No tan ausente, pero tampoco integrada en la cháchara como los otros invitados que conversaban entre ellos.
Elsa de hecho también se encontraba pensando sobre el baile. Para aquel punto, lo que hacía era repasar los pasos que tendría que realizar en su primera danza con Anna. Como si se tratara de una actuación; no era que Elsa lo hiciera porque lo disfrutara, sino porque quería que resultara perfecto para ella. Después de todo, los cuentos de hadas nunca hablaban de graciosos príncipes y caballeros. Aunque tampoco mencionaban princesas adorablemente torpes; pero aun así el baile era para Anna, no para ella. Inconscientemente comenzó a golpear el ritmo del vals con los dedos contra el cristal de su copa al tiempo que cada paso se manifestaba en su mente.
Uno, dos, tres… Uno, dos, tres…
"El caballero dirige y la dama completa sus movimientos, sus pasos." Le decía el maestro de etiqueta, su voz haciendo eco en el enorme salón vacío.
"El baile es para mí prometida" le dijo Elsa cruzándose de brazos, su camisa y pantalones aún crespos y no tan húmedos como en prácticas anteriores. "Es para su… disfrute."
"Lo entiendo, su majestad, pero el baile no es algo que pueda hacer uno o el otro. Es una unión. Ambas partes deben moverse juntas, disfrutar el baile en sincronía. Usted quiere hacer todo el trabajo por sí misma."
Elsa suspiró. "No sé muy bien cómo bailará mi pareja. Nunca la he visto bailar formalmente."
"Tenga más fe, su majestad. Estoy seguro que la princesa Anna será más hábil de lo que piensa."
"Da lo mismo. –"
"Discúlpeme su majestad, pero no da lo mismo. Bailar requiere de cierto nivel de confianza por parte de ambos, caballero y dama. Deben confiar el uno en el otro para tener una buena danza. Usted está pensándolo demasiado y permitiendo que su enfoque se disperse. Trate de disfrutar el baile y deje que le salga natural."
Elsa le dirigió una mirada exasperada. "Solo quiero bailar bien y prevenir los malos pasos."
El maestro suspiró. Habían tenido aquella conversación tantas veces que ya no le importaba contarlas. "Su majestad, usted es talentosa. Baila excelentemente en el rol femenino, pero cuando cambia al rol masculino, sus pasos se vuelven muy calculadores y controladores. Pierde toda su gracia y se vuelve una marioneta. Se convierte en madera. La princesa lo notará."
"No sé qué hacer. Hago todos los pasos correctamente. Es solo que no me siento cómoda con esto."
"Si, y eso es parte del problema. Sus pasos son correctos, pero usted está muy tiesa, rígida. Sus movimientos se reflejaran en su pareja. Bailar es algo que fluye. Déjese llevar."
Elsa no paraba de moverse nerviosamente, su mirada caía a las tenues marcas de tiza dibujadas sobre el suelo. Ella se sabía los bailes, de verdad los había practicado lo suficiente. Pero podía sentir que se volvía rígida en sus pasos, las piernas y el abdomen se le tensaban. Afortunadamente tenía el suficiente control como para no machacar las manos de su compañera, pero algunas veces era una cosa cercana.
El maestro de etiqueta la apremió para que lo intentara nuevamente. Una joven dama, una de sus estudiantes, se aproximó a la Reina cuando el pianoforte comenzó a sonar. Elsa hizo una reverencia, y su pareja le dedicó una inclinación. La dama –era una jovencita en realidad, y parecía cautivada por bailar con la Reina. –miraba a Elsa con ojos deslumbrantes, aunque Elsa no lo notaba, sus cejas se fruncían en concentración.
Intentó imaginar que bailaba con Anna. Ojos cerúleos, mejillas pecosas, su siempre presente sonrisa, abundante cabellera cobriza. Elsa adoraba el cabello de Anna, con todos los colores que se reflejaban en él, especialmente cuando brillaba bajo la luz del sol. Aun recordaba la gentil curva de su cuello cuando la presenció furtivamente en Corona, y por supuesto, cuando pensaba en la garganta de Anna, solo podía imaginarse besándola, preguntándose qué tan suave resultaría su piel. Y entonces esos pensamientos la conducían a fantasías en las que enterraba su rostro en el espeso cabello de la pelirroja mientras le exploraba el cuerpo con las manos.
Anna sería cálida. Muy cálida. Tal vez ella podría incluso disfrutar lo que Elsa le hiciera, aunque Elsa trataba de no albergar esperanzas sobre aquello. Era mejor ocuparse en asuntos de los que realmente podía encargarse, como bailar. Y planear la boda. Y comprar demasiados obsequios. Aunque se trataran de cosas tangibles que pudieran retener a Anna en Arendelle por tanto tiempo como se pudiera.
Sus brazos se sacudieron. Elsa bajó la mirada y se percató de la cara de la chica que se contraía de dolor. Le había estado apretando muy duro la mano a su pareja de baile y la liberó inmediatamente. Retrocedió un paso.
"Mis disculpas." Sus palabras se sintieron artificiales, incluso para ella.
El maestro de etiqueta lo había visto. –la reina había divagado otra vez. No era raro que muchos de los caballeros y damas se desconectaran del mundo y permitieran que la memoria muscular se encargara de guiar sus pies por ellos, pero parecía que cuando la Reina lo hacía se iba a sitios infelices. Ella nunca había mostrado esa tendencia cuando bailaba como una dama, pero los matrimonios inminentes hacían que las personas hicieran cosas extrañas. Aunque por todas las intenciones y los propósitos, la Reina no parecía objetar demasiado los esponsales. Todos en el castillo sabían que le estaba dedicando a los preparativos la mayor parte de su tiempo, a tal punto de encontrarse descuidando otras de sus obligaciones. Claro que, lógicamente, nadie lo mencionaba.
"Su majestad," empezó. Ella lo miró inexpresiva. "Recuerde quedarse en el momento. No trate de pensarlo demasiado."
Ella asintió, pero él dudaba que la Reina lo hubiera escuchado. "Disculpen" dijo de nuevo "Pero tendremos que continuar en otra ocasión." ya se había retirado a grandes zancadas antes de que alguien pudiera reaccionar, empujando las puertas que se abrieron en su despertar.
Y el momento finalmente había llegado para el primer baile. Su primer baile juntas.
Elsa se levantó y se encontró a sí misma sintiéndose firme. Con una reverencia, extendió la mano.
"¿Me permites esta pieza?"
…
Anna prácticamente pudo escuchar los suspiros de cada una de las mujeres del salón. Realmente no podía culparlas – ¿A quién no le gustaría que la sacaran a bailar tan galantemente? Y además para tan significativo baile
La pelirroja le sonrió flamantemente y deslizó su mano hacia la de Elsa. La Reina era agraciada, pero aun así le tembló la mano ligeramente ante el roce de Anna. Elsa la condujo a la pista de baile. Una mano enguantada le descansaba suavemente en la parte baja de su espalda, otra le sostenía la mano en alto. Anna colocó su mano en donde se unían el hombro y el brazo de Elsa, todavía le sonreía.
Se quedaron inmóviles, esperando que la orquesta comenzara. Había ciertamente una emoción palpable flotando en el aire. Anna no podía decir si era por ella y Elsa o la audiencia. Sus miradas se encontraron y, justo antes que la música diera inicio, Elsa exhaló su respiración. Su cuerpo se relajó entre las manos de Anna y le devolvió la sonrisa. Elsa estaba radiante.
La Reina siempre había sido grácil. Anna recordaba que incluso cuando niña, Elsa se movía siempre con cierta intención y postura que desmentía su relativa juventud. Anna clamaba que era el fino engendramiento lo que había hecho que Elsa fuera lo que era. –generaciones tras generaciones de personas igualmente hermosas y delicadas que se emparejaron hasta culminar con la actual Reina de Arendelle. Pero había algo sobre Elsa que la separaba de otros caballeros y damas que compartían linajes semejantes. Elsa era sencillamente especial, de alguna forma etérea y elusiva, y ese tipo de personas no se presentaban tan fácilmente en la vida.
Tenías que aprovecharlas, aferrarte a ellas, hacerlas tuyas.
Así que Anna disfrutó el momento. No le importaba que no hubiera visto a Elsa en años, que nunca hubiera pensado en besar a Elsa hasta aquel día, que nunca considerara como podía cambiar el pensamiento de simplemente estar cumpliendo con su deber al convertirse en la esposa de Elsa. Aquello no era deber. Se sentía cercano a la… necesidad. Como algo vital y indispensable.
En ese momento, Anna supo que quería a Elsa como nunca antes había querido algo.
Su mundo se cerró, enfocándose, aguzándose solamente en lo que estaba frente a ella. No era consciente de nada más que de Elsa. Las manos de Elsa sobre ella, cálidas y simplemente ahí, sosteniéndola. La cercanía de Elsa, que no la tocaba, pero que al mismo tiempo –la llenaba, como una presencia confortable. Solamente que Anna no se sentía exactamente confortable. No se sentía incómoda, pero era como si sus sentidos se elevaran y se pusieran en sintonía con ella y eso le alteraba los nervios que sentía tan vivos, recorriéndole la piel y calentándola como si estuviera sentada cerca del fuego en un día de invierno. Su corazón palpitaba mientras se movían juntas.
Anna podía respirar la esencia de jabón y nieve fresca con un ligero toque de lavanda que desprendía Elsa. El olor de Elsa le recordaba el frío, pero en la forma en la que este era limpio, y crudo y puro. Bajo sus manos, Elsa se sentía sólida y aun así ligera –era tan ágil sobre sus pies en las botas como lo era sobre patines. Todo pareció caer en su sitio, como un rompecabezas en el que la pieza faltante que estaba perdida es encontrada en el lugar más obvio y te sorprendes por nunca haberlo notado antes.
Entonces el baile terminó con aplausos, pero Anna apenas y fue consciente de ello. Sus ojos seguían fijos en Elsa, Sus manos se negaban a liberarla. Algo había cambiado, desplazándose y transformándose en algo totalmente nuevo durante ese baile. Anna no tenía idea si había sido en ella o en Elsa, o Quizá que era solo la culminación de un largo día y que todas las cosas nuevas que estaba experimentando la habían dejado en blanco y atontada pero ella sabía, así como se sabe que el sol se levanta por el este y que la lluvia cae del cielo, que nunca iba a dejar ir a Elsa. No creía que pudiera hacerlo, incluso si lo quisiera.
Dios, si Kristoff pudiera escucharla nunca habría dejado de burlarse por semejante bobada romántica, y tal vez lo fuera.
Pero al menos en ese momento, se sentía como la verdad.
…
Cuando se separaron, Elsa apenas le prestó atención a la multitud de gente que se había levantado. Sus manos todavía unidas a las de Anna. La pelirroja tenía la expresión más extraña que Elsa le hubiera visto en el rostro y no supo cómo interpretarla.
Elsa decidió que el baile había salido muy bien. Lo había logrado. Sin tensión, ni rigidez, o el exceso de control que el maestro de etiqueta no había dejado de señalarle. Anna había bailado bellamente, justo como él se lo había dicho. Y ella lo había disfrutado. Lo había disfrutado inmensamente. Dejándose llevar y perdiéndose en el momento con Anna entre sus brazos. Elsa emitió un suspiro de aliviada felicidad sintiendo el cuerpo notoriamente ligero.
Finalmente caminaron fuera de la pista de baile y ahí fue cuando Elsa se dio cuenta que había dejado pasar un pequeño detalle crucial: Iban a tener que bailar con otras personas. Había estado tan concentrada en que el asunto del baile le resultara perfecto y asegurándose de no trastabillar como una idiota y pisarle los pies a su esposa, que se había olvidado completamente de los invitados.
La Reina palideció ante el mar de ojos femeninos puestos en ella. Oh Dios. Ella no bailaría con hombres, había quedado implícito por sus ropas y por el hecho que en su primer baile interpretó el rol masculino. Y por todos los cielos, si cada mujer presente no quería probar la novedad de danzar con una Reina travestida, entonces ella se comería su corbata. De pronto se sintió acorralada ante una manada de lobos.
Elsa estuvo a punto de girar sobre los talones y salir del salón a toda prisa y fue solo el agarre de Anna lo que evitó su retirada.
"Todo mundo te está observando." Le comentó su esposa con quizás demasiada diversión. "Bailaste tan bien."
"Lo olvidé" le alcanzó a decir.
"¿Se te olvidó bailar?"
"Olvidé que tenemos que bailar con… otras personas."
Anna tuvo las agallas de arquearle una ceja. "Elsa, es una fiesta. Parece que se te sigue olvidando lo que sucede en las fiestas."
"No si me voy."
Por un momento, Anna la miró alarmantemente anhelante. Como si ella hubiera estado considerando la misma cosa.
"Podríamos –"
"No." Dijo Elsa desesperanzada. "Se vería mal. No podemos. Es nuestra recepción."
"Pero tú eres la Reina –"
"¡Eso lo hace todavía más inapropiado!"
"Si tú lo dices." Le dijo Anna, sus pensamientos sobre el asunto eran obvios. "Yo tendré que bailar también."
Elsa de pronto pensó que convertiría en hielo sólido a todo hombre que se atreviera a bailar con su esposa. "Tú también bailaste muy bien." Le dijo en lugar de la idea que le cruzaba por la mente.
Anna le dedicaba esa misma extraña e inescrutable mirada nuevamente. "Mmm."
Elsa se preguntó que significaría. No queriendo arruinar el momento en caso de que dijera algo erróneo otra vez, divisó al Rey Frederick y a la Reina Alice que se aproximaron por la orilla de la pista de baile.
"¡Oh, bien hecho, cariño!" le exclamó la Reina Alice a Anna. "¡Ustedes dos bailaron espléndidamente! Ciertamente me trajo recuerdos."
El Rey Frederick sonreía indulgentemente. "¿Tal vez puedas honrar a tu padre con un baile?"
Elsa le cedió la mano de Anna delicadamente al Rey Frederick y los vio marcharse. La Reina Alice declinó su propia oferta de bailar con ella la siguiente pieza. "Mira todas esas voraces damas. Creo que me destrozarían si reclamara tu brazo."
Un escalofrío le recorrió la espina. "Tía, Yo en realidad, no –"
"¡Oh, cariño, mira, aquí llega la del arranque!" Sumamente entretenida, la Reina Alice golpeaba ligeramente con su abanico el brazo de Elsa. "Santo Dios, Elsa, perece que la propiedad se ha salido por la ventana esta noche. No creo que estas damas siquiera vayan a esperar a que tú las invites a bailar."
Una pálida Elsa se giró a regañadientes. "La del arranque" era una atractiva castaña en un impactante vestido rojo. Su cabellera color chocolate se apilaba sobre su cabeza, algunos mechones le caían sobre los hombros desnudos. El vestido le abrazaba las curvas del cuerpo, y el corte era tan llamativamente corto que rozaba la indecencia. Elsa repasó en su memoria, ahora cargada con conocimiento sobre moda, y reconoció que la prenda era de estilo francés. Posiblemente con alteraciones para lograr ese corte. Santo Dios.
Y la mujer caminaba con intención, como si tuviera una misión. Con el corazón hundido, Elsa se imaginó que ella era probablemente su objetivo.
Kai apareció a su lado para hacer las presentaciones. La mujer se detuvo y le dedicó una reverencia en la que Elsa se encontró vislumbrando unos evidentes senos desnudos entre el pronunciado escote. Podía sentir cómo su suegra se debatía por ahogar sus risas a su lado y Elsa deseaba con todas sus fuerzas que se encontrara en otra parte menos ahí. Tal vez debía haberle hecho caso a Anna y mandar los modales al demonio.
"La Condesa de Artois, Lady Charlotte," anunció Kai. Una condesa francesa, entonces. Eso explicaba la elección de su atuendo.
"Buenas noches, sus majestades." Saludó Lady Charlotte.
La Reina Alice le dedicó una inclinación en reconocimiento. Elsa, aunque no tenía la necesidad de hacerlo, dado su status de monarca, le dedicó una ligera reverencia. "Buenas noches."
"La felicito por su matrimonio, su majestad." Le dijo Lady Charlotte. Su voz era profunda, del tipo que se desliza por la espina como dedos viajeros. "La ceremonia y la cena han sido excepcionales, como se esperaba de Arendelle."
"Gracias, mi lady."
Espesas pestañas descendieron y desde debajo unos recatados ojos verdes la miraron. "Disculpe mi atrevimiento, su majestad, pero me estaba preguntando si podía solicitarle el siguiente baile."
Santo Dios, fue directa al grano. Elsa compuso una sonrisa educada en su cara y se giró a la Reina Alice. "Lo siento mucho, pero me temo que esa pieza ya ha sido apartada para mi suegra–"
"¡Oh cielos, no!" se sonrió la Reina Alice. "Creí que me habías escuchado, cariño, pero me sentaré durante este baile."
Elsa estaba atónita. La Reina Alice la había abandonado. Le concedía que le hubiera rechazado su invitación anterior, pero ¿qué no se daba cuenta que aquello era una emergencia? Elsa pudo haberla llevado a la pista de haberlo querido, no era como que tuviera un problema de salud. La otra Reina era tan saludable como un potro.
Penetrantes ojos se iluminaron victoriosos. "Entonces clamaré bailar esta pieza con usted, Reina Elsa."
Elsa quiso protestar, clavar sus tacones al piso y quizá mirar ferozmente a su suegra mientras se retiraba dado que la mujer mayor había decidido lanzarla a los tiburones. Se le formaron excusas en la mente, pero ninguna, absolutamente ninguna, le iba a ser de utilidad. Dando un suspiro interior, le ofreció la mano"
"Será un placer, Lady Charlotte."
