Viñeta del Mestro Roshi (Kame senin) y la tortuga de mar (umigame)
Con vista a Kame House.
-¿Este lugar está bien, tortuga perezosa?- el viejo y perpetuo Maestro Roshi depositó a la tortuga justo en la roca en la que ella le había indicado: junto a la palmera de los cocos jugosos donde tenía un ángulo perfecto para contemplar toda la extensión del mar azul celeste que en ese ese momento se encontraba tan quieto como si aguardara pacientemente por el viento para continuar en movimiento. También podía admirar desde ese rincón a la Kame House, donde había pasado los mejores momentos en compañía de sus amigos.
-Si, está bien aquí- la voz de la tortuga estaba apagada y más lenta de lo común. Pero alzó la cabeza hacia su amigo e intentó mostrarse optimista –es el lugar perfecto-
-¿No deberías irte al mar?- preguntó el anciano levantándose las gafas oscuras que insistían en resbalarse por su ganchuda nariz. Observó a la tortuga escarbando lentamente en la arena, patada a patada hasta cavar un hoyo profundo. Meditaba la respuesta apropiada para el insolente anciano que estaba a su lado. Al cual, por otro lado, admiraba y estimaba.
-Nunca fui una tortuga normal. Quiero ver la casa- Roshi emitió un sonido nasal en señal de aprobación. Después el silencio se apoderó de la isla por unos minutos, no había aves cerca ni brisa que agitara a la palmera, el tiempo se había detenido para darles la oportunidad de permanecer juntos.
-Tiene sus contras haber tomado una poción para la longevidad sin límites- cuando el humano rompió la magia del silencio, su voz sonó cansada a pesar de la resignación de su destino. No hizo nada para ayudar a la milenaria la tortuga a introducirse en el nicho que había cavado, ni siquiera al notar el esfuerzo que le costaba.
-Es hora. Nos veremos en el otro mundo- contrastando con la poca velocidad con la que había vivido, su muerte llegó rápidamente. Tan sólo tuvo tiempo de mirar a su amigo de toda la vida por última vez y después, nada. Sólo murió. Roshi terminó de echar la arena de la isla a la que tanto amaba su amiga tortuga hasta dejar de ver el caparazón. Estoicamente no dijo ni una sola palabra, aunque el nudo en la garganta se lo hubiera permitido, no había nadie más ahí para escucharlo.
Se levantó pausadamente, inmortal o no, ya su cuerpo no era el mismo. Con el rostro impávido, se dirigió a su casa para protegerse del sol. Buscó en el bolsillo trasero de su pantalón corto la revista de muchachas con poca ropa mientras una lágrima rodaba de sus ojos cubiertos por los lentes negros y se perdía en la tupida barba blanca.
Jamás había estado tan triste.
Inspirado en la escena en la que Gokú se despide de Krillyn antes de irse con Shen Long para siempre.
Dedicado a George, la tortuga gigante que murió sola en la Isla Galápagos.
