Elrond tenía delante a la persona que había matado a su hijo. La miraba y apartaba la vista para volver a mirarla más tarde.

En su interior crecían un sin fin de dudas y encrucijadas que le hacían a cada instante cambiar de idea y arrepentirse de lo que había hecho. Sabía que era él, Elrond, señor de Rivendel, culpable de todo. Mucha gente había muerto por su culpa. Era un egoísta egocéntrico que no recapacitó bien en su momento lo que era bueno para todos y cada uno. Y por su culpa su hijo había muerto. Y tenía delante a la persona que le clavó su espada y lo dejó desangrarse entre cadáveres y un olor a muerte.

Le costaba pensar en la idea de que no le volvería a ver. De que no volvería a hablar con él ni a oír su risa, le costaba pensar en la idea de que su hijo, inmortal, había muerto. Él le había dado la vida y ahora se la había quitado sin ningún motivo ni culpa. Y tenía delante a la persona culpable de la muerte de su hijo inocente.

Eran los dos culpables, él lo sabía, pero, aún así, le costaba hacerse a la idea.

Nadie lo sabía, pero Elrond había derramado lagrimas muchas noches. Densas y silenciosas que nacían lentamente en sus ojos y caían por sus mejillas blancas, tal como Aragorn, una vez, ante él.

Delante suyo dormía aquella persona, a la que miraba con miedo y que le hacia recordar a su hijo, en los asientos de terciopelo rojo de su carruaje, apartaba la vista, y volvía a mirarle con cierta incredulidad y dolor y volvía a sentirse culpable de todo, de todo lo sucedido.

Muerte, sangre, fuego, vidas inocentes perdidas, espadas, arcos, flechas, gritos, angustia, un campo sembrado por la muerte aparecía todas las noches en sus sueños y luego él, Elrond, señor de Rivendel, impasible, en su propio barco, observando la matanza desde un sitio alejado, como un cobarde, como un lobo que espera atacar escondido en su madriguera a un conejo indefenso. Eso era lo que había hecho, esconderse, y había mandado a su hijo a una muerte casi segura mientras él observaba. Se odió a si mismo casi tanto como Aragorn le odiaba y lloró, solo, sin compañía, sin nadie que lo consolara, silenciosamente caían lagrimas de sus ojos grises, tal como Aragorn, una vez, ante él.