4. Los motivos incontenibles.

Media docena de guardias lo apuntaban al pecho y la cabeza. Se preguntó porqué razón Charles no hacía uso de su habilidad en ellos, y al manifestar esa apremiante duda, el profesor le confesó a regañadientes que era incapaz de manipular sus mentes.

Alivio.

El asalto del alivio fue una auténtica caricia. No comprendía la medida el nudo en su estómago hasta que este se disolvió en la claridad, liberándolo de un peso inconcebible. Lo miró, se estaba mordiendo los labios, y tuvo que reprimir el anhelo de una corta exigencia de contacto. Breve. Brevísima. Su dedo borrando la fisura de pena entre sus cejas. Se reprendió por no obviar que el verdadero motivo del telépata para no tocarlo debía tener un fundamento intruso y no subjetivo, mucho menos personal. Debió saberlo inmediatamente, ya que Charles tenía la particularidad de ser demasiado indisciplinado con sus imposiciones cuando estas iban ligadas a él. Casi le dio risa, casi llanto, pero la rabia lo contuvo. Diez años lo habían despistado gravemente sobre la inherencia de su bondad, pero al recuperar la compostura, también recobró el carácter. Se indignó. Y como ya estaba medio ebrio por la sensación tan próxima del metal que ocupaba la habitación y como de todos modos no había demasiadas opciones, se encogió de hombros y le solicitó al metal rendirse.

Ese conocimiento que le sabía mal, muy mal, sobre el valor que Charles le daba a las promesas se esfumó contra la fruición anticipada del poder y las ganas de irritarlo; las ganas de arañarle la cara hasta hacerlo cerrar los ojos azules. Casi pudo lamer las ondas electromagnéticas en el aire y la necesidad y la añoranza obstruyeron cualquier óbice. No supo nombrar el placer que sintió cuando su mutación se dilató hasta alcanzar el frío y brillante elemento que reaccionó a la inminencia de su dominio como si lo extrañara: enamorado, dócil y melancólico.

Todo indicaba que algo tremendo estaba a punto de acontecer y el temor hizo que los guardias desecharan cualquier vacilación. Pero justo antes de que accionaran los gatillos Charles gritó 'no', un no franco y atribulado que estuvo a punto de contenerlo, de verdad, pero sólo a punto, porque el metal ya estaba reaccionando a su caricia, ya estaba entregándose en convulsiones. Charles le puso una mano en el pecho, sobre el corazón. Desesperado. Casi a la vez los guardias se desplomaron en el suelo como si un huracán los hubiera puesto de cabeza. Las balas pasaron a centímetros de sus cuerpos. La fuerza de la ráfaga los jaló hacia atrás con arrebato. Se miraron entre ellos y la confusión sobre qué era lo que había pasado se materializó de la misma forma en sus rostros.

Peter, que con su velocidad había neutralizado la amenaza en un segundo, contemplaba la escena sonriente, desenfadado, aguardando los aplausos.

Sostuvieron la mirada, azul y metal, el tiempo suficiente para que Charles se ruborizara por completo de rabia y algo más, algo muy siniestro, y le quitara la mano de encima como si le quemara, absolutamente indignado.

No intercambiaron palabras. Ni siquiera rebotaron un gesto de desaprobación. Aquello le resultó sumamente extraño a Erik que ya lo esperaba como algo inevitable. Entonces comprendió, no le quedó la menor duda, y se regodeó como un gato en el entendimiento: el enfado que Charles sentía hacia él en ese momento no era por el odio innato que le profesaba ni por los diez años que había entre ellos ni siquiera porque en los últimos minutos hubiera roto sin falta su promesa, sino porque de una forma no tan impulsiva ni tan instintiva la mano que se había aferrado de aquella manera a su pecho no había sido tanto para detenerlo como para protegerlo.

Pobre, pensó Erik con sorna, debía ser frustrante no aguantar más de diez minutos la máscara de indiferencia. La sonrisa corta y malévola se instaló en su boca mientras lo miraba alejarse como si acercara, como si Charles fuera de metal y pudiera sentirlo desde adentro.


Erik es un cabrón. Sí lo es y ahora es más cabrón porque madurar también lo hizo menos inseguro, o eso digo yo. Me encanta. Yo ya iba a otra cosa pero esto salió como intermedio cómico (bueno, a mí me causó gracia) y no pude evitar publicarlo. Lamento la horrible tardanza. Espero sus comentarios hermosos. Muchas gracias por leer.