Muchas gracias a todos los que me habéis leído, y en especial a los que habéis dejado comentario: Snape's Snake, BlackCherryBlood, Azrasel, Sely Kat, VeyitaSnape, Soloemma, AnHi, DeathEaterBlood y Lilac's wine.

Y gracias muy especiales a mi beta, R.


Tomo II: Juventud

Febrero

La taberna Cabeza de Puerco estaba prácticamente vacía aquel sábado por la mañana. Sólo había dos jóvenes Slytherins ocupando sendas sillas junto al fuego; uno de ellos, con expresión lúgubre y el ceño fruncido, miraba las llamas con fijeza sin haber probado siquiera su vaso de hidromiel, mientras el otro hablaba sin parar con aquel ansia que siempre le poseía por desarrollar el tema de su interés hasta agotarlo o agotar la paciencia de su interlocutor.

—La legeremancia no es más que un atajo para vagos. No puedo tomarme en serio una práctica como esa, ¿dónde está el reto? La ciencia de la deducción es infinitamente superior y mucho más lícita, ya que los dos sujetos implicados parten de una base igualitaria. Además, si te basas en tu talento deductivo, el mérito de lograr tu objetivo y obtener la información deseada es sólo tuyo; con la legeremancia, en cambio, si el contrario no domina la oclumancia, éste se encuentra en inferioridad de condiciones, por lo que no considero el hecho de invadir su mente como una técnica especialmente honorable, es tan sólo una artimaña zafia y nada elegante, demasiado parecida a hacer trampas, para mi gusto.

La discusión sobre si la legeremancia era o no una competencia superior a las habilidades deductivas hacía tiempo que se había convertido en un tema recurrente entre los dos muchachos, pero ese día Severus estaba inusualmente callado y, a pesar de que a Sherlock –que estaba demasiado sumido en su propia disertación como para fijarse en nada más– le costó bastante darse cuenta, después de un buen rato exponiendo sus razonamientos sin recibir ningún comentario por parte de su amigo, al final no pudo evitar notar que algo ocurría. Tomó un sorbo de su bebida, observó con curiosidad a Severus, y dijo:

—Ahora viene cuando tú me dices que es estúpido no usar todas las armas que se tengan al alcance de la mano y que además la legeremancia es un arte en sí misma, pero que sus sutilezas se me escapan porque nunca me he tomado la molestia de aprender a usarla… —el otro chico siguió callado y Sherlock cambió de postura en su asiento. Se inclinó hacia delante, hacia su amigo, juntó las palmas de las manos frente a sus labios y preguntó— está bien, ¿qué te pasa? ¿Ha sucedido algo? Sabes que no soy muy bueno comprendiendo las emociones de los demás, así que tendrás que ayudarme un poco.

Severus hizo un gesto vago con la mano.

—No es nada. Sólo que… —sacudió la cabeza— nada que puedas entender.

—Ah… —exclamó Sherlock, echándose hacia atrás en su silla de nuevo— ya veo. Otra vez Lily —el ceño del otro joven se acentuó aún más, pero no dijo nada. Sherlock suspiró suavemente y preguntó—: ¿Puedo ser sincero contigo?

—No.

Como si no conociera el significado de aquella palabra, Sherlock prosiguió hablando sin hacer caso de la negativa.

—Verás, opino que tu relación con esa chica no es sana en absoluto.

—No jodas, ¿tú crees? —replicó Severus, irritado—. Yo conozco la manera perfecta de volverla más sana, pero ella no… —un gesto de dolor cruzó su rostro y su lengua se soltó por fin— Merlín, últimamente Lily parece ser una extensión del maldito James Potter. Ella me asegura que le desprecia pero, demasiado a menudo, cuando estoy en lo alto del roble sin que ellos me vean, les encuentro paseando juntos por el jardín, charlando y riendo como si fueran los mejores amigos. Además, la advertí de que Lupin es un licántropo y no quiso creerme. ¿Cuándo la he engañado yo para que me tenga por un mentiroso?

—Severus, ya conoces mi opinión sobre todo este asunto. Estás desperdiciando tu talento y tu energía persiguiendo un sueño, y tengo que decir que justamente a ti nunca te habría tomado por un soñador. Sentimientos como el cariño o el amor no son más que un obstáculo, abren brechas en tu línea de defensa y distraen tu mente de las cosas que importan de verdad —Sherlock dejó de hablar y frunció el ceño, irritado—. ¡Jesús! Ya hablo como mi hermano —arqueó las cejas y se encogió de hombros—. Aunque en este tema no puedo hacer otra cosa que darle la razón.

—¿Qué sabrás tú del cariño o del amor? —escupió Severus, con rabia—. Nunca los has experimentado, nunca te has interesado por nadie más que por ti mismo.

—¿Para qué iba a querer experimentarlos? Veo lo que esas emociones han hecho contigo y es toda la prueba que necesito para confirmar que sólo son un inconveniente.

—Pues te equivocas del todo. Yo tampoco siento amor ya. Sólo odio.

—El odio tampoco es una ventaja: te paraliza, nubla la mente y te hace perder el sentido de la proporción. Además —concluyó, con un ademán de rechazo de su mano—, lo que dices es falso. Llevas el amor prendido en la piel como si el propio fuego de esa emoción la hubiese marcado de manera indeleble. Incluso alguien tan ajeno como yo a ese tipo de sentimientos puede verlo. Aunque debo admitir que últimamente has llegado a dominar con bastante maestría el arte de ocultar tus emociones tras una máscara de piedra y sólo bajas la guardia cuando crees que nadie te mira. Quien no te conociera podría llevarse a engaño y creer que no eres capaz de sentir nada; pero que lo simules bien no lo hace más cierto. Querido amigo, me entristece tener que informarte de que, a pesar de todo, tus emociones siguen gobernando tu vida y tus actos de manera poco menos que lamentable.

—Vete a la mierda, ¿quieres, querido amigo? —gruñó Severus, completamente irritado.

Sherlock volvió a suspirar y se inclinó de nuevo hacia delante.

—Me gustaría poder ayudarte con ella. De verdad que me gustaría, pero sabes que no soy la persona más indicada para aconsejarte en estos temas. Aún así, si hay algo que pueda hacer por ti, sólo tienes que decirlo.

La mirada furiosa de Severus se suavizó un tanto, después hizo una mueca amarga y tomó su vaso para beber un buen trago antes de dejarlo de nuevo sobre la mesita.

—No puedes hacer nada, yo ya he hecho mis mejores esfuerzos por estropearlo todo entre los dos. Odia a mis amigos, odia mis aspiraciones para el futuro, odia las cosas que más me interesan… creo que debe odiarme a mí también, pero no lo dice por educación.

Sherlock asintió pensativo.

—Yo también desprecio a tus amigos y considero que son una pésima compañía, pero eso no hace que te odie a ti —Severus chasqueó la lengua—. Vamos, tienes que admitir que Avery y Mulciber son carne de presidio, además de dos zoquetes sin parangón, no sé por qué te empeñas en relacionarte con ellos.

—Algunos necesitamos tener contacto con la gente de vez en cuando, aunque no sea gente demasiado agradable —protestó Severus—. Avery y Mulciber están a punto de recibir la Marca, no puedo rechazarles abiertamente si algún día quiero llevarla yo también.

Sherlock ladeó un poco la cabeza sin dejar de estudiar el rostro de su amigo.

—Ahí está el otro problema, relacionado de manera directa con uno de los puntos que has mencionado: tus aspiraciones. En serio, Severus, ¿en qué estás pensando? ¿Llevar la Marca? ¿Por qué alguien en su sano juicio querría cometer una locura semejante?

Severus se echó hacia delante con furia para acercarse al rostro del otro chico hasta quedar a sólo un palmo de él.

—Sherlock, pronto, muy pronto va a estallar una guerra, y créeme cuando te digo que no querrás estar en el medio. Te va a tocar elegir bando y tu vida dependerá de que sepas escoger cuál es el correcto.

El otro joven le estudió con calma, examinando las luces y las sombras que el fuego de la chimenea proyectaba en el rostro de su amigo. Le pareció que esas luces y esas sombras llegaban mucho más adentro que su piel, fundiéndose en la persona de Severus como si fueran parte de su alma.

Recriminándose en su interior por haber cedido durante un segundo a pensamientos tan melodramáticos y poco fundamentados en la razón como las sombras y el alma, Sherlock entreabrió los labios y, tras una estudiada pausa, comentó con voz apacible:

—Permíteme que intente aclarar el concepto para saber de qué estamos hablando exactamente: ¿el bando correcto es el que quiere exterminar a los nacidos de muggles, como tu adorada Lily y como yo mismo?

Severus compuso un gesto de dolor. Fue algo muy fugaz, tanto, que Sherlock estuvo tentado de creer que se lo había imaginado, y cuando el otro volvió a hablar, su tono era mucho más sereno.

—No pretende exterminaros, Sherlock, en realidad no —dijo, pero sus ojos, que rehuyeron los de su amigo, no parecieron del todo convencidos—. Eso sólo es propaganda extremista para atraer a los sangre puras y convencerles de que apoyen al Señor Tenebroso. Pero no tienen intención de erradicar de verdad a los muggles, eso sería absurdo, además de totalmente inviable.

—Lo que es absurdo y ofende hasta a la lógica más elemental, querido Severus, es que tú, el alumno más inteligente del colegio (aparte de mí, por supuesto) te hayas dejado engatusar con todas esas chorradas. ¿Qué te han prometido? Espero que al menos sea un puesto a la mismísima derecha del Lord…

Severus apretó las mandíbulas con fuerza durante unos instantes y después volvió a hablar.

—Me han prometido respeto, y esa marca en el brazo que evitará que nadie se vuelva a reír de mí nunca más. Estoy harto de que se burlen de mí y tú deberías entenderlo, eres el segundo objetivo favorito de las bromas de todos los alumnos del colegio.

—¿Y me has visto alguna vez preocuparme por ello o darle la más mínima importancia al asunto? ¿Qué más me da, lo que piensen los demás? Lo importante es que me respete a mí mismo. Tú deberías hacer igual.

—La diferencia entre tú y yo es que yo soy un ser humano, no una estatua de hielo con forma de persona —le espetó Severus, con rabia, y, por un segundo, Sherlock pareció herido por el comentario, pero se recobró enseguida—. No negaré que a veces me gustaría ser como tú, y quizá algún día lo consiga, pero hoy por hoy tengo que reconocer que me afectan los insultos y los desprecios de los demás. Por eso necesito que me tomen en serio y pienso hacer que me respeten, cueste lo que cueste.

Se produjo una pausa algo tensa que Sherlock aprovechó para analizar cada una de las palabras, inflexiones de voz y expresiones faciales que había percibido en su amigo, intentando asegurarse de que no se le escapaba nada y que comprendía a la perfección todo lo que se estaba cociendo en su interior, para no cometer ningún error al contestarle.

—Está bien —dijo al fin—. Entiendo que no puedas ignorar el acoso de los alumnos del colegio, pero aún así no creo que eso, por sí solo, justifique que hipoteques tu vida por una causa en la que en realidad no crees. Hazme un favor, te lo pido como amigo: piénsatelo bien. No te precipites en tomar una decisión, ¿qué prisa tienes por lanzarte al peligro con los mortífagos? Estoy convencido de que ésta es la clase de cosas de las que uno puede arrepentirse toda la vida, de manera que no actúes a la ligera. Acaba los estudios hasta el último curso y después, si todavía quieres llevar la Marca, puedes ir a ver a ese tal Voldemort y besarle el culo de mi parte.

Severus se estremeció en un escalofrío al escuchar ese nombre.

—No deberías llamarle así. Y además, ¿acaso no eres tú el que se está siempre quejando de lo ilógica y surrealista que es una escuela de magia? ¿El que no puede soportar lo irracional que resulta todo en Hogwarts? ¿El que se ha cansado de pregonar a los cuatro vientos que está seguro de que no podrá aguantar hasta séptimo y que es un milagro que haya sobrevivido tantos años asistiendo a esas clases tan absurdas?

—Por supuesto —admitió Sherlock—. Todo eso es cierto, pero es cierto para mí. El concepto de la magia siempre me ha resultado muy difícil de asimilar, y lo sabes. Pero para ti es todo tu mundo. Desde que tienes uso de razón has soñado con estudiar en Hogwarts, y, tal como yo lo veo, una formación sólida es lo que mejor asienta las bases para un futuro prometedor. Tú deberías completar tu formación mágica. Yo hace tiempo que debería haber abandonado estos estudios y centrarme en lo que me gusta de verdad. Si no lo he hecho todavía es por inercia.

Severus le observó con una mueca burlona.

—O sea, que a mí me aconsejas que, por mi bien, termine todos los cursos que me quedan por hacer. Pero en cambio tú eres incapaz de seguir el consejo contrario, que también sería por tu propio bien. ¿No te parece un poco hipócrita?

Sherlock asintió despacio.

Touché. Muy bien, te diré lo que haremos: si tú terminas tus estudios, yo ahora mismo iré a ver al director Dumbledore y le diré que me largo, que no aguanto más, que se meta sus clases donde le quepan. Con un poco de suerte, quizá me admitan en Oxford, aunque ya estemos a mitad de curso.

—¿En Oxford? ¿No crees que eres un poco ambicioso? Todavía no tienes edad de entrar en la universidad…

Sherlock compuso una sonrisa petulante.

—¿Crees que he estado ocioso durante mi tiempo libre y las vacaciones de verano? Mientras mis padres y mi hermano me obligaban a seguir asistiendo a Hogwarts bajo el argumento de que es una experiencia "única, irrepetible y reservada sólo para unos pocos privilegiados", yo no he abandonado ni por un momento los estudios de verdad. En cuanto a la edad… sí, puede que sea algo joven, pero estoy seguro de que después de pasar el test de admisión sin ningún error y con la ayuda de la recomendación que pienso hacerle escribir a Mycroft para mí, no tendrán reparos en aceptarme.

Por primera vez en varios días, Severus se sintió lo bastante relajado y de buen humor como para permitirse sonreír abiertamente. La sempiterna arrogancia de Sherlock, tan descarada, que en cualquier otra persona le sacaba siempre de quicio, le resultaba curiosamente entrañable en su amigo. Puso una mano en su hombro y lo apretó con suavidad, en gesto fraternal.

—Espero que te acepten y puedas estudiar por fin lo que deseas —dijo.

—¿Entonces estás de acuerdo? —preguntó Sherlock, con mirada expectante—. ¿Tenemos un trato?

Severus se lo pensó sólo un segundo más.

—Sí, tenemos un trato. Yo me quedo en Hogwarts hasta graduarme y tú te vas a labrar tu propio futuro en Oxford. Aunque nunca entenderé que prefieras cursar esos aburridísimos estudios muggles antes que seguir ahondando en el fascinante mundo de la magia —apostilló, con un brillo burlón en los ojos.

Sin embargo, la mirada de Sherlock no parecía divertida, sino súbitamente preocupada.

—¿Me prometes que no me odiarás sólo por ser muggle si al final decides renunciar a la sensatez y hacerte mortífago? —murmuró, casi en un susurro.

Severus se puso serio de golpe y apartó la mano de su hombro.

—Tú no eres un muggle ni lo serás nunca, aunque estudies en Oxford —repuso con aspereza, pronunciando el nombre de la prestigiosa universidad como si fuera algo repugnante.

—Lo seré si yo elijo serlo, si elijo no utilizar nunca la magia que he aprendido —replicó su amigo con determinación. Se miraron con intensidad unos segundos y, de pronto, las facciones de Sherlock se suavizaron un tanto—. Vamos… sabes que esto no está hecho para mí. Nunca lo ha estado. Recibir la carta de Hogwarts cuando tenía once años fue un terrible error que no debería haber ocurrido jamás.

—Te equivocas, tú eres un gran mago, si sólo pusieras un poco más de interés…

—Pero ésa es la cuestión: no me interesa —rechazó, tajante—. ¿Y bien? ¿Me lo prometes?

Severus contempló la danza del fuego en la chimenea durante unos instantes, en silencio. Después sus hombros se hundieron un tanto, como si le acabasen de dar una mala noticia que no supiera cómo sobrellevar, y suspiró de manera casi imperceptible.

—No te odiaré por ser muggle. No puedo odiarte, por más idiota, testarudo e insoportable que puedas llegar a ser en ocasiones. Tú has sido un amigo fiel para mí durante todos estos años cuando nadie más ha querido serlo. Incluso Lily parece que a veces se arrepienta o se avergüence de haberme conocido… —sacudió la cabeza para apartar a la chica de sus pensamientos— te lo prometo. No te odiaré.

Sherlock asintió despacio, todavía con gesto grave.

—Gracias, amigo —dijo.

Y, por fin, sus claros ojos azules se despejaron como una mañana de primavera y volvieron a brillar con intensidad.