Me sujeto el brazo, y como puedo, busco las llaves en el bolso para abrir la puerta del apartamento en New Haven. El dolor me recorre desde la punta del dedo índice del brazo derecho, hasta llegar al hombro, donde se extiende también hacia el cuello.

Hace unas semanas que no veo a Santana, y… La echo de menos. La echo tanto de menos, que he llegado al punto de quedarme parada, observando la pantalla del móvil cada vez que colgaba después de llamarla para preguntar cómo estaba.

Las llaves se me caen al suelo, sin poder agacharme a cogerlas. Me pongo de rodillas, pero una mano me para en seco, haciendo que me vuelva a incorporar para que no me agache. Su brazo, moreno con las uñas pintadas de negro se dirigen hacia el suelo, cogiendo entre sus dedos las llaves de mi apartamento. No tengo ninguna duda sobre quién es la persona que está detrás de mí. Coge las llaves y las introduce en la cerradura, abriendo la puerta de casa y haciendo que entre dentro. Santana López.

Me sienta en el sofá, quitándome la chaqueta y dejando el bolso en la mesa. Se sienta a mi lado, poniéndome el brazo sobre mi vientre y levantando su mirada hacia mí.

-¿Qué haces aquí? –Digo en voz baja sujetándome el brazo con un gesto de dolor.

-¿Qué te ha pasado? –Dice levantando la vista hacia mis ojos.

-¿No tendrías que estar en Nueva York? –Digo entrecerrando los ojos.

-Quinn, qué te ha pasado. –Me dice.

-Santana, ¿qué haces aquí? Tendrías que estar estudiando en Nueva York, o en Lima buscando a Brittany o algo así no comprendo cómo en este justo momento en el que necesito a alguien apareces tú de la nada y… -Pero no me deja seguir, coge mi rostro entre sus manos y comienza a besarme con fuerza, haciendo que me centre en ella completamente. Juega con mi lengua, la hace suya y yo la dejo. Dejo que me maneje, que me conduzca, que me seduzca hasta que ya no me importe nada que no sea estar bajo el mando de su lengua, de ella, de sus manos sujetándome la cara, hasta separarse de mí unos centímetros y limpiar con su dedo pulgar mis labios, que han sido manchados por su pintalabios rosa palo.

-¿Quieres decirme de una vez que te ha pasado? –Dice sujetando mi cara entre sus manos.

-Me he caído en clase de baile. –Respondo susurrando y mirándola a los ojos.

-Eso era todo lo que quería saber. –Dice esbozando una pequeña sonrisa, acariciándome la mejilla con el dedo pulgar de su mano.

-Y… ¿A qué has venido? –Digo levantando la mirada hacia ella.

-Diría que pasaba por aquí, y he subido a verte, pero no colaría. He venido, te echaba de menos.

-Me dijiste que estabas ocupada, y que no vendrías en un tiempo. –Digo dando un gran suspiro.

-Quería darte una sorpresa. –Dice sonriendo. Esbozo una leve sonrisa, pero eso no es suficiente para Santana. -¿Qué te pasa? –Me pregunta.

-Nada. –Sonrío como puedo y me duelo del brazo. Ella arquea una ceja, pero no sé qué responderle. No me pasa nada, no me ha ocurrido nada. Simplemente… Siento cosas que no debería sentir. Fueron dos noches, unos cuantos besos pero ella… No sé ni siquiera qué me está pasando por la cabeza. Hasta el dolor que siento en mi brazo derecho parece que remite al verla hablar.

-¿He hecho un viaje durante toda la noche desde Nueva York, para que me digas que no pasa nada? –Dice arqueando una ceja. Resoplo y sonrío mirándola.

-Dijimos que esto era sólo físico, ¿verdad? –Digo mirándola con un poco de temor.

-Aclaramos que ya no sólo era físico… Por lo menos para mí. –Dice levantando la mirada a mis ojos. Sostengo mis ojos clavados en los de ella, sin saber qué decir.

-Creí que… Estábamos de broma. –Susurro mordiéndome el labio inferior.

-Pues lo siento, siento que todo esto haya ido a más… -Dice recostándose en el sofá, poniéndose las manos en la cara. –Te juro que lo intento, que intento no pensar cada maldita hora del día en ti, en qué estarás haciendo, en cómo estarás, pero no… Me pueden las ganas de verte, de rozarte, hasta de respirar el mismo aire que tú, Quinn. Me dan igual los remordimientos por hacer daño a los demás, me da igual lo que piensen de mí, Fabray. Me da exactamente igual. –Suspira y echa la cabeza hacia atrás en el sofá, cerrando los ojos. –Lo siento, de verdad. Sé que para ti todo esto es un simple juego experimental, pero no logro deshacerme de los pensamientos en los que se incluyen las partes de tu cuerpo. Todas y cada una de ellas. Lo siento, Quinn. Siento hacerte sentir violenta, pero no sé lo que me pasa. Supongo que será un capricho pasajero, pero lo que nunca me había pasado antes es despertarme a las cuatro de la mañana pensando en ti, y sin pensarlo dos veces coger el coche y venir hasta aquí para verte. –Se muerde el labio con los ojos cerrados mientras mira hacia el techo, recostada en el sofá.

Me quedo mirándola, con el brazo sujeto y sin poder parar de pensar en lo que acaba de decir. Sin palabras en mente y como puedo, me inclino hacia ella, dejándole un suave beso sobre sus labios. Al separarme de ella, abre lentamente los ojos, y se queda mirándome, parada. No reacciona, simplemente me mira extrañada desde abajo.

-¿Qué significa esto, Quinn? –Susurra con el rostro serio.

-No lo sé. Que… Podríamos dejarlo fluir todo, hasta ver donde desemboca. Te he dicho que no me pasaba nada, pero en realidad estaba aún en shock por verte aquí. Porque pensé que después de lo del baño no querrías verme. Porque cada vez que me has llamado me he quedado mirando la pantalla unos minutos más sonriendo. –Digo negando y sonriendo a la vez. Ella sonríe y niega al mismo tiempo al verme.

-Dijiste que era cosa de una sola vez. –Espeta.

-Te dije que contigo no. –Respondo levantando la mirada de nuevo hacia ella, doliéndome del brazo.

-¿Y qué pasará ahora, Quinn? –Dice incorporándose.

-Yo… Me guiaré por mis impulsos, es lo mejor que sé hacer. –Digo daleando la cabeza, ya que por el dolor no puedo encoger los hombros.

-Ya… Entonces yo también lo haré. –Dice sonriendo.

-¿Qué te dicen ahora tus impulsos? –Pregunto echándome en el sofá, cogiéndome el brazo con la otra mano.

-Una parte de mí me dice que quiere hacerte el amor aquí y ahora, y te veo así, con ese brazo vendado pegado al cuerpo y esa cara adorable de dolor y… Sólo quiero abrazarte hasta que el dolor pare. Y dormir, quiero dormir. No he dormido en toda la noche para venir a verte. –Dice riendo y agarrándome de la mano izquierda. Me levanta del sofá y me lleva hasta mi habitación, sentándome al filo de la cama. Coge mi cara entre sus manos y me besa suavemente, dejando otro corto beso antes de separarse de mí.

Con sumo cuidado, me quita la camiseta y me quita el sujetador, buscando una camiseta limpia en los cajones, hasta que la encuentra. La estira ante mis ojos, y se queda mirándome.

-¿Y esta camiseta de tío? –Dice sonriendo con el ceño fruncido.

-Es de Finn. –Digo riendo al verla.

-Me gustaba más cuando llevabas mi jersey… -Dice metiendo la camiseta por mi cabeza, introduciendo mis brazos por las mangas con sumo cuidado y al final, quitándome los pantalones para meterme en la cama.

-¿Tú no te quitas la ropa para dormir? –Pregunto mirándola desde la cama, cómo se quita su chaqueta de cuero.

-¿Quieres que me la quite? –Pregunta dándose la vuelta hacia mí. Asiento y ella va a uno de mis cajones, cogiendo una de las camisetas de la Universidad de Yale en gris, con las letras en azul. Se quita los pantalones lentamente, tirándolos al suelo y quitándose también el sujetador. -¿Me quedo así o me pongo la camiseta? –Dice levantando la camiseta y mordiéndose el labio.

-Como pases menos frío. –Digo arqueando una ceja.

Ella se pone la camiseta y se mete a mi lado en la cama, pegándome a su pecho y acariciando el brazo lastimado.

-¿Y ahora qué pasa? –Pregunta sonriendo y acariciándome la mejilla.

-Ahora me besas y me duermo a tu lado, ¿no? –Se encoge de hombros y se inclina hacia mí, dándome un largo y suave beso en los labios, pero su mano no se está quieta y va bajando por mi vientre hasta el borde de mi ropa interior, hasta que decide introducir su mano en mi sexo.-Santana, no… -Digo mirándola.

-¿Por qué? –Dice mirándome y entrecerrando los ojos, sonriendo.

-Porque soy diestra, y justo este es el brazo que no puedo mover… Por lo que… -Digo, mientras su mano sigue acariciando mi sexo, haciendo que cierre los ojos al sentirla. –San…

-Me da igual… -Susurra plantando un nuevo beso sobre mis labios. Su dedo comienza a estimular mi clítoris, y cierro los ojos al sentirla. –Necesito que me sientas, sólo eso.

-No quiero hacerte daño con mi mano izquierda… -Susurro jadeando.

-Tú hoy a mí no me tocas, Fabray. –Dice introduciendo uno de sus dedos en mi centro, haciendo que comience a jadear más seguido, agarrando con la mano libre la cabeza de Santana para que me bese. Se pone encima de mí, aumentando el ritmo de sus dedos, mientras mis gemidos se hacen más seguidos al notar como sus dedos entran y salen con rapidez de mi interior.

-San… -Gimo en voz baja, mientras su boca se pasea por mi cuello, mordiéndolo y dejando algunos moratones en él, y su mano comienza a dar embestidas con más fiereza aún.

-No me digas que pare, ahora es tu casa, no un baño… -Dice mordiendo el hueso de mi clavícula, bajando hacia mis pechos, que hace suyos. Mete mis pezones entre sus dientes, mordiéndolos y haciendo que gima aún más alto de placer. Lame mis pechos, los bordea con su lengua, los saborea. Saborea mi vientre, bajando con la punta de su lengua por la línea recta de mi abdomen hacia mi sexo, que a la vez que penetra con sus dedos comienza a lamer. Su lengua sigue el ritmo de sus dedos con rapidez. Ya casi no puedo más, y con la mano libre comienza a estimular mi clítoris, haciendo que de un gran gemido, levantando mi cuerpo de la cama y agarrando con la mano izquierda la cabeza de Santana.

-San, ya… -Digo mordiéndome el labio inferior, con la boca entre abierta, sintiendo cómo mi cuerpo se tensa y me sumerjo en un gran orgasmo, cayendo a plomo sobre la cama, mientras Santana aún sigue en mi sexo, lamiéndolo, saboreándolo.

Mi respiración está agitada, y Santana sube hasta mí, sin sacar su mano de mi sexo. Sigue acariciándolo por su superficie, sin dejar que mi respiración se estabilice. Me besa, lo hace con fiereza y suavidad a la vez. Lento, cálido, suave, y su mano sigue ahí, sin querer irse.

-¿Estás bien? –Me pregunta sonriendo. Asiento sin pronunciar palabra, siguiendo el beso.

-San, la mano… -Susurro. Ella ríe y por fin saca la mano de mi sexo, cogiéndome del cuello para besarme de nuevo. -¿A partir de ahora hacemos el amor? –Pregunto jadeante.

-Yo a ti siempre te he hecho el amor.