Disclaimer: Nada de esto me pertenece, todo lo referente a los personajes y etc, etc pertenece a C. S Lewis.
Capitulo 4: Nivoso
Habían pasado cerca de tres días desde el regreso de su hermana y su hermano mayor. Ambos habían llegado el mismo día y habían esperado a la familia en la misma estación a las mismas horas de la mañana y ambos habían sonreído alegres al ver a cada uno de sus añorados familiares correr hacia ellos cubiertos de la cabeza a los pies por nieve, fría sustancia nívea que ni aún en el más cariñoso de los abrazos se había derretido por completo.
Lucía corría de un lado para otro a lo largo de la casa, sonriendo y jugando con Pedro, hablando y riendo con Susana, incluso en algunos momentos de la tarde, mientras sus padres estaban fuera, bromeaba risueñamente con Edmundo, quien por aquellos días se removía ansiosamente en el sillón de la sala viendo a Lucía casi tan alegre como en su reinado sobre Narnia, en su amado Cair Paravel.
Aquellas vísperas de Navidad, Lucía y Susana corrían y trotaban por doquier, poniendo los nervios de punta a Edmundo quien se encontraba bastante concentrado buscando la mejor posición para el árbol junto con Pedro. Susana colocaba las guirnaldas en las ventanas contando a sus hermanos las travesuras del único primo que tenían en Estados Unidos, niño que, según palabras textuales de la morocha, le recordaba mucho a Corín "Puño de Trueno".
Lucía se encontraba en el sótano, pero para ser más precisos-y sinceros- se encontraba estancada en las escaleras de bajada al mismo, intentaba distinguir entre la oscuridad del ambiente un polvoriento baúl en el cual encontraría los maravillosos adornos para el árbol que sus hermanos habían traído, pero la tarea era claramente difícil y aún no le terminaba de gustar la idea de bajar y hacer contacto con posibles excelentes tejedoras de ocho ojos y ocho patas.
No es que les tuviera miedo, pero nunca le habían gustado las criaturitas de seis u ocho o veinte mil patas que tuvieran…ese comosellama… y antenas y queratina en su estructura, en resumen, los insectos nunca habían sido los mejores amigos de su infancia y siempre esperaba no tener que verlos a más de quince kilómetros de distancia.
Llenó de aire sus pulmones y con inseguridad marcada en sus movimientos terminó de bajar las escaleras para caminar hasta el medio de la polvorienta y húmeda habitación, si los narnianos vieran la actitud de su antigua reina, avergonzados y sorprendidos abandonarían los cuentos y relatos de los magníficos hijos de Adán e hijas de Eva. Lucía la Valiente, según la menor, no era el mejor de los títulos para ella, era verdaderamente ilógico que las batallas frente a grandiosos ejércitos junto con el estrepitoso sonido de espadas chocando, arcos crujiendo y pasos rápidos de un batallón no le atemorizaran tanto como la presencia de una menuda y socarrona cucaracha.
Ya podía imaginar las palabras cargadas de decepción que le dedicarían los más pequeños faunos y las carcajadas de viejos y astutos búhos que la avergonzarían.
Evaluó el terreno y sin mucho ánimo aún se adentro un poco más, corroboró la presencia de posiblemente más de un millar de cajas apiñadas todas en contra de una pared grisácea. Giró sobre sus talones y en una esquina bastante cercana a la escalera, allí en un espacio totalmente oscuro distinguió un objeto grande. Caminó un poco y torpemente del bolsillo de su chompa resbaló la linterna eléctrica que Edmundo había comprado con los ahorros de su mesada luego de que la primera que tuvo se quedara en Narnia gracias a las sorpresas de la batalla junto a Caspian.
La tomó entre sus manos, la encendió y alumbró el lugar. Vio inmediatamente la vieja y roída madera de la que estaba formado el baúl. Sonrió al acercarse y posar una de sus manos sobre este, la arrastró hasta el seguro que lo mantenía cerrado y se sintió tan alegre como cada año al repetir la misma acción, si bien no era tan gratificante y maravilloso como colar su mano en la dorada e inmensamente sedosa melena de Aslan, lograba hacerla sonreír. Adoraba la navidad, no por los regalos, saludos, cartas u objetos, adoraba la navidad por el olor que envolvía la estancia en la que ella y sus hermanos estuvieran, adoraba la navidad por la alegría que oías transformada en cantos, le encantaba la navidad porque la hacía sentir un poquito más cerca de su verdadero hogar.
-¡Edmundo, Pedro, Susana, lo he encontrado!-grito a viva voz la pequeña de la casa e inmediatamente escuchó el fuerte crujido de la madera bajo los presuroso pasos de sus hermanos.
Edmundo corrió como tan solo él haría al oír la voz de su hermana llamándolo. Sorteó los muebles y esquivó a Pedro cuando en una improvisada carrera Susana quedó atrás riendo. Bajó las escaleras llamando a la antigua reina con alegre voz y no pudo evitar romper en carcajadas cuando una fuerte luz lo cegó y al segundo reconoció la escena que una temblorosa linterna iluminaba, una temerosa cucarachita se asomaba por ente una rendija para observar a la enorme desconocida que había decidido invadir sus dominios.
Logró alejar bastante al insecto con posar un pie cerca. Levantó la vista hacia su hermana y comprobó que estaba bastante menos asustada que la última vez, en aquella ocasión casi rompe toda la vajilla de un grito.
-¿Mejor?
-Mucho mejor, si me lo preguntas de verdad…creo que no le agradó mucho mi improvisada visita-agregó Lucía sonriendo a Pedro que acababa de terminar de bajar las escaleras.
-¿Me perdí de algo?-preguntó el mayor librándose de pequeñas ramitas que habían caído del árbol.
-No mucho-respondió simplemente Lucía acercándose a él y alumbrando de nuevo el baúl-Pero ya lo encontré, ahora lo difícil será…
-¡Por…por…por favor! ¿Cómo vamos a subir tremendo armatoste?-preguntó una divertida y algo agitada Susana, mientras terminaba de descender de las escaleras y trataba sutilmente de esconder en su rostro una pequeña gran tristeza.
Lucía la miró y sintió en su corazón anidar una profunda e inexplicablemente repentina desazón. Intentó descifrar en su pálido rostro el motivo, pero no logró su cometido, pues inmediatamente ya Pedro la hacía retroceder suavemente para él y Edmundo hacerse con el recién hallado baúl.
¿Dónde estaba el inmenso y majestuoso creador de las más bellas tierras de aquel lejano y adorado mundo, para ella?
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La tarea de subir el baúl escaleras arriba resulto pesada, tan agotadora que Edmundo había terminado apoderándose del sofá más grande de la sala y descansaba en él boca arriba, bañado en sudor y con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Pedro se encontraba en un estado similar, solo que sentado sobre el suelo de madera y apoyado en el baúl respiraba dificultosamente mientras Susana le limpiaba el sudor con un pañuelo blanco.
-¿Y ahora, me dejaran hacer algo por mi misma?-preguntó, cruzándose de brazos la menor de los Pevensie, sentada como estaba en el brazo de uno de los sofás.
-¡Lu, sabes que no podías ayudarnos con el baúl! Era demasiado pesado incluso para nosotros tres-agrego con una sonrisa en el rostro el blondo, la castaña solo se limitó a rodar los ojos y sonreír.
Susana abandonó la tarea de socorrer en su cansancio a su hermano mayor y sin mucha consideración para el menor de sus hermanos varones comenzó abrir ruidosamente, era lo suficientemente viejo como para deshacerse ahí mismo frente a sus narices, la apolillada y empolvada caja de madera.
-Si tanto quieres ayudar, Lucía, ven aquí y comencemos a arreglar este pino-agregó mientras hundía las manos entre el montón de cintas y pequeños hombres de nieve hechos en cerámica y pintados graciosamente por manos inglesas.
La niña sonrió y caminó hasta su hermana sentándose ahora en el brazo del sofá en el que Edmundo descansaba, él sólo gruñó un poco al abrir un ojo y ver que le daba la espalda. Los ojos verdosos de Lucía brillaron ante el espectáculo que apreciaban, reconoció entre el montón de lazos y botitas un bastante irregular pino, del tamaño de un mondadientes, que resaltaba por su graciosa multicolor estructura. Lo cogió y las mejillas de su hermano mayor se enrojecieron apenas. Lucía sonrió al ver que Pedro aún recordaba el esfuerzo de sus novatas manos en pleno jardín de infancia.
Susana cogió el adorno y se lo paso al mayor quien lo coloco entre una de las fuertes ramas de aquel gran pino, casi al medio.
Las horas para los hermanos transcurrieron rápido entre comentarios y alegres risas, entre bromas por parte de Edmundo y anécdotas de los mayores. Susana disfrutó de arreglar el árbol junto a sus hermanos, había extrañado el sonido de sus risas y los gestos característicos de cada uno, había extrañado el aroma de su casa y con ilusión reía junto a Pedro cuando Edmundo hacía algún comentario gracioso a cerca de los adornos que cada uno había hecho en cada año de su infancia, al parecer se había ensañado con el arte de Lucía.
-Mira ése-señaló Lucía- ese lo hiciste tú, Su ¿Recuerdas?-su hermana asintió sonriendo con dulzura- me recuerda tanto a…a… ¡Aslan!
Pedro abrió los ojos desmesuradamente y miró la galleta que ya Edmundo trataba de perforar con la mirada. Una figurita que intentaba parecer una inocente galleta de jengibre escondía para Lucía la forma de una melena y eso era cierto si te ponías a estudiarla con detenimiento, la cabeza de la galleta estaba bastante irregular y el cuerpo ligeramente curvado y ya cambiado por los años semejaba bastante a un ser cuadrúpedo, la galleta de Susana se aproximaba bastante, si lo deseabas con toda la fuerza de tu corazón, a aquel mayestático león.
-No ofendas a Aslan con esos comentarios, Lu-agregó Edmundo quien miraba la galleta algo más calmado y divertido.
-Me pregunto que estará haciendo él en estos momentos…-murmuró la menor.
-Eso no lo podemos ni imaginar-murmuró también Pedro abrazando a Susana que de repente había enmudecido y cambiado de una expresión de alegría a una de disimulada contrariedad.
Pedro recordaba su última conversación con el león, coloquio en el que habían tratado distintos temas y en el que se había enterado de su imposibilidad de volver a la hermosa tierra de grifos, faunos, dríades y hamandríades. Sonrió apagadamente, comprendía a Su, era bastante confuso aquello que sentía cuando recordaba Narnia. La recordaba con la alegría y emoción que siempre se sentía al pensar en batallas y aventuras de la Edad de Oro y la melancolía y tristeza pronto lo invadían al pensar en la gente a la que no vería más.
-Pero…seguro a él no le gustaría verte así-la ánimo el mayor, acariciándole suavemente el pelo mientras Susana se removía incomoda y con la mirada gacha- ¡Ánimo, Lu, pronto tú y Ed lo volverán a ver!
-Espero que te oiga-Lucía sonrió tristemente a Pedro y Edmundo puso una mano en su hombro, sintiendo en su pecho nacer una incomoda sensación al escuchar tan apagada la voz de la menor.
-Terminemos con esto antes de que mamá y papá lleguen-agregó con un extrañamente vivaz tono de voz- te ayudaré a poner la estrella.
El ambiente, saturado por el silencio, comenzó a colmarse de una extraña sensación por parte de cada uno de los presentes. Las reacciones de los mayores contrastaron la insana palidez del que antaño fue conocido como Edmundo "El Justo" y con sonrisas incrédulas en el rostro aliviaron el abatido corazón. Susana miró a Pedro, que ya comenzaba a acentuar su sonrisa desdeñando las dudas sobre el inusual comportamiento de su hermano.
Lucía levantó el rostro con ominosa incredulidad y sin aún confiar en lo que en su cabeza retumbaba y acallando al abigarrado corazón miró a Edmundo quien, ya de pie y con una perezosa sonrisa, la observaba. Sonrió encantada y haciendo tripas del corazón olvidó la tristeza y añoranza que aún vibraban en su interior, con los fuertes latidos de su corazón intentando disipar la abrumadora falta del león, estrujó su vestido sintiéndose presa de un singular nerviosismo.
De un salto se puso de pie y con prontitud acabó de pie sobre la vieja caja, había adquirido gracia y habilidad en sus viajes a Narnia y ella no era la única que lo notaba, incluso los profesores en la escuela habían dejado de considerarla torpe para maravillarse con la flexibilidad de sus movimientos, dignos de una delicada pero resistente guerrera en tiempos mejores.
El castaño joven se acercó a su hermana y tras tomar la estrella que se hallaba a escasos metros de él, se la tendió a Lucía. Ella sonrió, más allá de la cautivante y algo enfermiza sensación disfrutaba la sonriente y cálida compañía de sus hermanos, de todos ellos. Tomó la estrella e ignorando que se encontraba bastante cerca de un extremo del baúl se enderezó y empinó lo suficiente para rozar con sus dedos la copa del alto árbol, sonrió satisfecha y cuando alargó un poco más el brazo haciendo uso de toda su flexibilidad, algo falló.
Edmundo abrió mucho los ojos y en seguida el golpe seco retumbó en los oídos de Pedro que veía la escena ya de pie.
Sus amables ojos azules se elevaron hasta la punta del árbol en donde algo inclinada brillaba una estrella de tamaño promedio, inmediatamente descendieron hasta el suelo y en seguida se fijaron en el rostro de Susana, la dueña de un ensortijado y reluciente cabello que intentaba camuflar una risotada en un improvisado acceso de tos.
Él también tosió y se vio rodeado del armonioso sonido de la risa de su hermana y atacado por las rabiosas miradas de los dos más jóvenes del grupo. Reconoció la expresión en sus rostros y poniendo en práctica su extremado autocontrol, paró de reír, mas no dejo de sonreír y los contempló con risueña amabilidad.
-¿Todo bien allá abajo?-preguntó mientras Susana aún intentaba domar a su yo interior.
-¡Oh, pero claro que todo está bien! ¿Qué no ves que estamos muy cómodos? Si el dolor de una docena de huesos rotos no nos hace ni cosquillas ¿Estamos muy bien así, cierto Lucía?-comentó con falsa amenidad el joven que ahora hacía gala de un profundo ceño fruncido.
-Pero que exagerado eres, Edmundo-comenzó Susana- si sólo ha sido un pequeño golpe, deja las chiquilladas ¿si?-sonrió a su hermana-¿Todo bien, Lu?-preguntó a la castaña niña.
Lucía la miro y optó por un educado y refinado silencio en respuesta.
Se removió tratando de ponerse de pie, pero sólo logro caer esta vez de cara contra el pecho de Edmundo, quien se mordió la lengua para no soltar la retahíla más larga de insultos proferida alguna vez por su boca. Lucía se sonrojó y apenada recordó en una fracción de segundo su estrepitosa caída sobre el vientre de Edmundo. Giró el rostro para verlo y se encontró con su nariz más roja que un tomate, suponía por la ira, resaltando en su rostro. Al instante se alejó terminando sentada un metro más a la derecha del antiguo rey.
Como vaticinando los hechos Lucía se levanto sin prisa del suelo, pero antes de dar un paso, el fuerte grito que su garganta desgarró hizo a Edmundo dar un salto e inclinarse al instante a ver la compungida expresión de Lucía, quien se presionaba el tobillo con sus pálidos dedos.
-¿Lu, qué pasa?-se adelantó a Pedro el menor- ¿Te duele?-preguntó poniendo una vez más una mano sobre su hombro y posando la otra sobre la suya propia.
Lucía levantó el rostro y mordiéndose los labios no pudo evitar sentirse repentinamente enferma. Los centímetros que separaban sus narices eran escasos y la voz de Pedro se perdía como el azul del cielo en el cristalino océano. Contempló los oscuros ojos de su hermano y sintió miedo de no poder abandonar la hipnosis que empezaba a consumirla. El dolor se volvió ajeno en un minuto.
Percibió un malestar colosal en el estomago y las palmas de las manos cosquillearle, negó con la cabeza y como repelida, se alejo de él.
-¿Todo está…
-No, Susana, nada está bien-respondió con extraña y maleducada actitud cortante y sin importar el punzante dolor en el tobillo subió las escaleras mordiéndose la lengua a fin de no soltar lamentos.
-¡Lucía!-escuchó la voz de Edmundo cerca del primer peldaño-¿Qué pasa? Déjame ver…
-No-gritó-No, todo está bien-agregó más calmada y se giró sonriéndole, para luego casi correr a su habitación y cerrar de un portazo la misma.
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Esa tarde fría y nivosa los ojos azulinos de Susana se reflejaban en la ventana. Sumida en sus cavilaciones la joven cantaba melancólicas canciones clásicas de la estación narniana y en un afán de olvidar su procedencia concentraba toda su atención en el caminar de las personas fuera de casa y si es que ya no pasaba nadie, en el caer de la nieve.
Pedro se hallaba leyendo un libro que el profesor Kirke le había recomendado y conciente que llevaba en la misma página más de un cuarto de hora, la pasó. Contempló el reloj que se encontraba frente a él unos metros más allá e intentó buscar una forma de persuadir a su hermana de abandonar su pequeño claustro.
La historia, sin embargo era otra para Edmundo, desparramado sobre el sofá como estaba se fundía los sesos tratando de encontrar diversas explicaciones, unas más fantásticas que otras, a la actitud de su hermana. La expresión de su rostro lo tenía consternado y no podía deshacerse de la maldita sensación de culpabilidad, ni la voz melodiosa de Susana lograba apaciguarlo. Cerró los ojos y en la oscuridad que encontró con finos trazos se dibujó la imagen de Lucía, la imagen de una niña que rechazaba y abandonaba repelida su pensamiento.
Susana dio un salto al tiempo que su canto ceso y a Pedro se le resbaló el libro de las manos cuando Edmundo se puso de pie y subió las escaleras ignorando a los mayores.
"Edmundo, ya intentamos por todos los medios sacarla, tal vez solo necesite estar sola"-alcanzó a oír de su hermano y rodó los ojos ante la posibilidad, conocía a Lucía, ella mil veces antes de la soledad prefería aunque sea la más pequeña de las compañías.
Se detuvo frente a la puerta e importándole un reverendo pepino la intimidad de la niña, ingresó a la habitación. El silencio reinaba y la entrada a la guarida había resultado más fácil de lo pensando, caminó un segundo y reconoció el cuerpo de su hermana sobre la cama, el ritmo pausado y soporífero con el que su pecho se hinchaba la delató. Lucía dormía.
Con pasos suaves y pausados se acercó. La miró desde arriba con una ceja arqueada y tras un corto intervalo de tiempo se acuclilló. Observó su pacífico y algo sonrosado rostro y de lado, sonrió. Fue invadido por el aroma a manzanas de su cabello y pronto se sintió perdido viendo la pureza de su rostro. La inocencia grabada en su expresión. Se sintió cautivo de un extraña opresión y sin poder-ni querer-evitarlo coló una mano entre su cabello y acarició su nuca, haciendo que la niña apenas se moviera. Una pequeñísima curvita, evidencia de una sonrisa de ensueño, se instauró en su rostro.
La contempló y el crujido de la madera distrajo su atención. Susana se asomaba por la puerta y fue justo el tiempo necesario para que con delicadeza soltara sus cabellos y se pusiera de pie, "La Benévola" sonrió al ver durmiendo a su hermana y se sintió feliz al ver la sonrisa aún patente en el rostro de Edmundo.
-¿Todo va bien?-preguntó observándolo desde la puerta, haciéndole una seña para que saliera de la habitación.
El joven asintió y tras lanzar una mirada de reojo a Lucía abandonó la habitación.
Edmundo no pudo dormir mucho esa noche y lo poco que logró soñar siempre retrataba la misma escena y en sueños siempre sentía siempre el mismo aroma envolverlo.
Esa noche, muy cerca de las 4:00 AM, sonrió con sarcasmo y en el último sueño que tuvo creyó presenciar el fin del universo que él conocía, imaginó observar el fin de todo, pero estuvo seguro de verse sonriendo en medio de una basta e infinita soledad.
"Nada está bien Susana-sonrió- esto nunca estará bien"
¡Hola!
Otro capítulo, algo más largo ha llegado.
Como se notará, he tratado de mencionar bastante a Narnia en esta parte y es que los cuatro la recuerdan constantemente cuando están juntos, sobre todo ahora que se ven después de un largo periodo de tiempo, al final creo que me he puesto algo melancólica, en fin. Gracias por todo a todos(as) los que leen y a todo aquel que deja su review, cuídense.
PD: Disculpen la prisa, pero es que no debería estar aquí xD.
