Esther Quesada Gálvez 2 julio 2006
Capítulo 4 – Sospechas
La policía inspeccionaba el piso de Baker Street con cuidado, intentando no pasar detalles por alto. El inspector Lutter se paseaba entre sus agentes para ver si había alguna pista.
―Bueno ―Carraspeó antes de mirar a Basil ―Me alegra que haya decidido contar con nosotros para esta misión. Ya sabía que tarde o temprano necesitaría de nuestra ayuda.
Lutter estaba disfrutando del momento: Basil era el mejor Detective de todo Londres en el mundo ratonil y casi nunca había pedido ayuda a Scotland Yard para ninguno de sus casos. De hecho, más de una vez era él mismo el que se había entrometido en los casos de la policía, y el inspector no lo soportaba. Basil se llevaba siempre los honores, aunque él negaba su actuación con falsa humildad. Estaba claro, pensaba Lutter, que Basil siempre le quitaba protagonismo a la policía y eso no era justo. Al fin y al cabo, era Scotland Yard quien debía detener a los villanos, no un Detective de pacotilla con aires de superioridad. Por esa misma razón, aquella mañana, Lutter no podía evitar sonreír con satisfacción cada vez que se dirigía a Basil. Estaba seguro de que se estaría retorciendo de rabia por dentro, y eso le agradaba bastante. Por primera vez, el inspector tenía ventaja sobre el caso.
―Puedo hacerle un par de preguntas? ―Preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
―Sí, por supuesto ―Basil asintió con los brazos cruzados al pie de la escalera.
―Bien ―Lutter chupó la punta de su bolígrafo y empezó el interrogatorio ―Más o menos, a qué hora sucedió todo?
―No estoy muy seguro, pero cuando volvía de la calle debían ser cerca de las doce y veinte.
―Le vio la cara al asaltante?
―La verdad es que estaba muy oscuro, Inspector. Sólo pude guardar mi espalda y no pude fijarme bien en su persona.
―Vaya, eso no ayuda demasiado. En fin ―Acabó de escribir algo y prosiguió ―Basil, sabe si era un tipo... corpulento?
―Bastante. Tenía mucha fuerza y era sumamente alto por lo que pude deducir después.
―Ya, y... su voz? Usted me ha dicho antes que en la pelea le habló.
―Tenía una voz grave. De hecho, diría que estaba acatarrado.
―Acatarrado? ―Lutter se extraño de que se hubiera fijado en algo tan insignificante y no en algo más importante como su cara.
―Sí. ―Basil le dio una explicación al ver su expresión interrogante ―Cuando nos resfriamos, acostumbramos a tener anginas, las amígdalas se hinchan y provocan un cambio en la circulación del aire y de la voz; así, dependiendo de la situación, la voz resulta disfrazada con pequeños cambios de onda, los cuales, normalmente, acostumbran a enronquecerla. Ese hombre tenía la voz muy ronca, pero a veces parecían salirle pequeños gallos. Incluso puedo afirmar que le costaba un poco respirar. De esa forma, no me queda más que deducir que, obviamente, estaba resfriado.
Lutter parpadeó sin soltar palabra, intentando descifrar la información recibida.
―Basil! ―Dawson entró en la casa a toda prisa y se dirigió a ellos ―Me he enterado ahora mismo. Cómo está? Y la Señora Judson está bien?
―Sí, Doctor. Todos estamos bien ―Lo tranquilizó él con una sonrisa.
―No sabe lo que me alegra. Me lo ha contado mi mujer esta mañana después de hablar con la vecina. En cuanto lo he sabido he venido tan rápido como me ha sido posible.
―Ya, no se preocupe. No ha sido más que un susto.
―Señorita, no puede pasar! ―Gritó un guardia desde la puerta ―Este sitio no es lugar para...
Los tres ratones miraron en dirección al recibidor y vieron a una joven de vestido azul con un lazo rojo decorándole los finos cabellos que avanzaba hacia ellos.
Basil retuvo el aliento cuando Olivia Flaversham se detuvo frente al trío.
―La policía es muy eficaz, pero deberían saber cuando permitir el paso o no, Inspector. ―Miró a Lutter con cierta molestia.
―Sólo nos aseguramos de la seguridad de la gente, Señorita.
―No tengo duda de ello. ―Sonrió fríamente y se giró hacia Dawson y Basil ―Buenos días, señores.
―Buenos días ―Sonrió Dawson.
―He venido tan pronto como me he enterado de lo sucedido ―Miró a Basil ―La Señora Judson se encuentra bien?
―Sí... muy bien ―Basil habló casi en un susurro.
―Me alegro ―Por alguna razón, Olivia no parecía tan... dulce como el día anterior. De echo, tenía una actitud más bien fría; más que de costumbre.
―En fin, si me disculpan continuaré con mi trabajo ―Dijo Lutter ―Si no le importa, Basil, continuaremos con el interrogatorio más tarde.
―De acuerdo, Inspector.
Pasaron unos veinte minutos más mientras los policías acababan de inspeccionar hasta el último rincón de la casa. Basil y compañía se mantuvieron en el comedor. La Señora Judson tuvo que preparar té para todos y pastas.
Finalmente, el Inspector Lutter decidió que ya no había más pistas que buscar. Continuarían con lo que tenían.
El cuerpo de policía de Scotland Yard se despidió y marchó de nuevo hacia la central. Lutter le aseguró a Basil que haría todo lo que pudiera por encontrar al culpable de los hechos y luego se fue.
Basil, Dawson, Olivia y la Señora Judson volvieron a quedarse solos en el comedor.
―Piensa dejarle todo el trabajo a Scotland Yard? ―Preguntó Dawson, de repente, cuando Judson marchó a la cocina.
―Está de broma? ―Basil sonrió con picardía ―No sería un verdadero Detective si les dejase hacer y me escabullera del caso.
―Ya sabía yo...
―Además, sin esa pista no creo que vayan muy lejos
―Una pista? Qué pista? ―Olivia alzó las cejas con interés.
―Ésta ―Basil buscó en el bolsillo interior de su chaleco y sacó...
―Un diente?
―Exactamente ―Sonrió él.
―Basil... ―Comentó Dawson ―No me diga que ha cambiado de profesión y ahora se dedica a hacer de Ratoncito Pérez.
Olivia rió.
―Estoy segura de que ese diente es del asaltante.
―Elemental, querida Olivia ―Sonrió Basil ―Sólo con aplicarle un proceso químico podré saber exactamente algunas características importantes de nuestro sujeto. Y con un poco de suerte, tal vez logre saber incluso de donde procede.
―Eso es fantástico! ―Dijo ella con entusiasmo
―Recuerdo que una vez ya hizo algo parecido con una hoja de papel escrita con tinta de pluma. ―Dawson sonrió con picardía.
―Pues sí. Lo siento por Scotland Yard, pero no pienso dejar esto en sus manos; es algo muy peligroso.
―Pero... entonces, por qué les ha llamado? ―Preguntó la muchacha
―Más que nada por la Señora Judson; me dijo que así se sentía más tranquila. Sin embargo, no quiero inmiscuir a nadie más en esto. El hombre que me atacó no se lo pensó dos veces, y si hubiese querido robarme no se habría molestado en despertarme. Es obvio que lo que quería era verme muerto.
―Pero por qué? ―Insistió ella
―Eso es lo que tengo que descubrir. ―Se levantó de la butaca ―Dawson, necesitaré de su ayuda; tal vez tengamos que desplazarnos a algún lugar concreto. Si usted no tiene inconveniente, claro.
―Inconveniente? Por nada del mundo me lo perdería!
―Muy bien, pues. Subamos a mi habitación; prepararé mi equipo de química.
―Espéren, yo también quiero ayudar.
Ambos se dieron la vuelta para mirar a Olivia.
―Me temo que es algo muy peligroso, por no decir que es impropio para una dama. No puedo permitirlo. ―Basil contestó con firmeza.
―Pero...
―No se hable más. Vuelve a casa y no te preocupes por nosotros. Ya te avisaremos si hay noticias nuevas.
Basil subió las escaleras seguido de Dawson y ambos se encerraron en su habitación.
―No cree que ha sido un poco brusco no ella? ―Dawson se sentó en la cama mientras Basil se acercaba a su mesa de experimentos con el diente.
―No sé a qué se refiere. ―Contestó sin mirarle
―Quiero decir que la trata todavía como a una niña. Tal vez una figura de porcelana no sería tan delicada para usted como ella.
―Dawson, lo he hecho por su seguridad. La muchacha es demasiado intrépida. Acaso pretende que la deje venir con nosotros? Si le llegara a ocurrir algo yo sería el primer responsable de ello, por no mencionar que jamás me lo perdonaría por haberla puesto en peligro. ―Intercambió unos líquidos de unas probetas con otras.
―Eso ya lo sé, pero... parece como si... le molestara tenerla cerca.
―Cómo puede decir eso? Es ridículo.
―Sin embargo, cuando la tiene cerca no dice casi nada. Es como si se le comiera la lengua el gato cada vez que se encuentran.
Basil se dio la vuelta para mirarle.
―De donde ha sacado semejante tontería?
―Lo he visto. ―Dijo Dawson, con una media sonrisa ―Es que no se acuerda de lo que me dijo ocho años atrás? Usted mismo me comentó que no era una mala chica.
―Y lo sigo pensando
―Entonces?
Basil suspiró, sin decir nada durante un rato. Finalmente volvió a darse la vuelta para centrarse en su experimento y comentó...
―Sólo pasa que Olivia ya no es una simple niña y yo... no sé como tratar con adolescentes, eso es todo.
―Ah sí?
―Por qué cree que no aguanto a las criaturas? ―Sonrió, intentando disimular su nerviosismo ―Mi juventud pasó hace mucho tiempo.
―Basil, sólo tiene treinta y seis años; aún es joven.
Él sonrió.
―Comparado con los diecinueve de Olivia, soy ya un viejo. En fin ―Se apresuró a cambiar de tema ―sólo me queda añadir unas gotitas de esto para comprobar mi teoría. Ahora veremos qué información nos da.
Encendió unos pequeños fogones de gas que calentaron un tubo de cristal que se enroscaba. Justamente el mismo que había usado aquella noche de ocho años atrás.
El líquido verde comenzó a avanzar por los tubos hasta llegar al vaso de precipitados que había al final, con una mezcla azul y con el diente dentro.
―Uno, dos y... ―Basil esperó a que la gota cayera en la mezcla y apagó el fuego. ―Vaya, vaya, justo lo que imaginaba.
―El qué?
―Para nuestra sorpresa, querido amigo, nuestro hombre proviene de un lugar que ya conocemos.
―En serio?
―Come basura y bebe muchísimo, para ser exactos, una cerveza de poca calidad y un brandy barato que sirven en las tabernas vulgares. Ya deduje que provenía del puerto cuando le vi la ropa...
―Pero si le dijo al Inspector que no sabía como era ni como iba vestido.
―Usted cree que voy a decirle siempre todo a nuestro querido Lutter? ―Sonrió con malicia ―Ya le he involucrado demasiado dejándole inspeccionar mi casa. Ahora nos toca el turno a nosotros.
―Ha dicho que el asaltante es del puerto?
―Sí, concretamente de la sección poniente del río.
―Cómo! Pero eso no es...?
―Exactamente, querido amigo. ―Basil le miró con astuta picardía ―Ha llegado la hora de hacerle una visita a nuestra querida y vieja taberna del puerto, La Trampa del Ratón. Esta noche nos disfrazaremos como en los viejos tiempos y nos mezclaremos entre los alcohólicos y villanos del bajo mundo.
Olivia apartó la oreja de la puerta y se tocó el mentón con un dedo.
―Conque La Trampa del Ratón, eh? Creo que yo también saldré esta noche a pasear un poco. ―Susurró en voz baja.
―Olivia, querida ―La Señora Judson subió las escaleras con unas tazas de café. ―Iba a traerles un poco de café a los hombres, qué haces aquí fuera?
―Em... nada, yo... ―Carraspeó un momento ―He venido a despedirme, tengo que irme a casa ya y se me está haciendo tarde.
―No te quedas a tomar el café?
―No, de verdad que no puedo, pero le estoy agradecida por su hospitalidad, Señora Judson. Ya nos veremos otro día. ―Y diciendo esto descendió las escaleras y se fue de Baker Street, dejando a la Señora Judson con la bandeja en la mano.
