Parte 3: Tall, blonde and gorgeous (now, with extra salt)
El Kei Tsukishima de hacía un año, no habría creído en el Hanahaki aunque la comunidad científica hubiera hecho un consenso al respecto. Se habría reído en la cara de Kuroo si se lo hubiera mencionado. Habría creído patéticas a las personas que decían haberlo padecido hacía un tiempo, o que decían conocer a alguien que lo padeció.
Pero ese era el pasado.
Y el Kei Tsukishima presente, el que se esforzaba en mantener su llanto silencioso mientras metía ropa violentamente en su bolso, contaba los días antes que comenzara a escupir los primeros pétalos de flores. Maldecía bajo su aliento a su cerebro, o las hormonas, o su corazón o todo lo que pudiera maldecir en una situación como esa.
Porque finalmente había descifrado la cantidad ridícula de celos y soledad que sentía últimamente. Y, lo consiguió de una forma realmente patética.
Tomó un beso más bien tonto en la parte de atrás del colegio, con un Tadashi Yamaguchi en un uniforme ajustado y ojos brillantes de felicidad, con labios sabor a curry y jugo de manzana, que no podía parar de reírse porque para él todo el tema del primer beso era tan trivial –y si Kei no estuviera sintiéndose tan arruinado, seguramente seguiría pensando lo mismo–, para que Kei se diera cuenta de lo completa y totalmente jodido que estaba.
Porque claro que el Hanahaki le había parecido una enfermedad romántica cliché, de las que te encontrarías en una novela ligera. Así que, lo más lógico era que acabara desarrollándola por alguien tan obvio como su mejor amigo.
Quizás si lo hubiera notado antes, habría hecho algo para evitarlo. Pero lo ignoró. Sus deseos por abrazarlo y mantenerlo cerca, y la oleada de calidez que sentía al verlo sonreír, y cómo extrañaba la forma en la cual se le colgaba del brazo o lo abrazaba hasta sofocarlo.
Su pecho dolía, y solo ahora sabía el por qué.
Ahora solo era cuestión de tiempo antes de que una enfermedad totalmente ilógica comenzara a desarrollarse en sus pulmones, llenándolos pétalos de flores y espinas, hasta que lo matara.
O, que extirpase la flor. Junto con toda memoria y sentimiento de Yamaguchi.
Y, si imaginaba una vida sin su mejor amigo, de pronto la muerte le parecía algo gentil.
Porque, para Kei, el problema del amor no correspondido es que simplemente no puedes forzarlo a existir. Y, no importa cuánto ames a alguien, si el sentimiento no es reciprocado, no hay nada que hacer al respecto. Sólo, escupir flores y olvidarlo. Obviamente.
—¿¡Saltyshima va a estar aquí?! —La voz de Hinata perforó sus oídos en la entrada de la sala.
—Buenas noches a ti también, Hinata —respondió Kei, haciendo todo el esfuerzo humanamente posible para no sonar grosero en frente de los amigos de Yamaguchi.
Había esperado un máximo de dos amigos, además de Hinata, Kageyama y- ah, Hitoka se había unido a la reunión. Sin embargo había ocho personas en la sala, sin contarse a sí mismo y a Yamaguchi.
Y Kei de pronto sentía cómo la ansiedad escalaba por su espalda y le enfriaba el cuerpo.
Jamás había sido bueno en eso de estudiar en grupo. Era quizás el motivo principal por el cual no ayudaba a nadie con su tarea, y solo estudiaba con Yamaguchi. Últimamente, también con Hitoka. Pero, incluso las ya familiares voces de Hinata y Kageyama lo empujaban al límite.
Definitivamente debió pensar mejor todo esto.
—¡Tsukki! Deja tus cosas en mi cuarto y ven a estudiar —Yamaguchi levantó la mirada de su cuadernillo de inglés y -maldición, Yamaguchi estaba usando sus lentes de lectura, allí iba su pulso a acelerarse una vez más.
—Ya lo sé Yamaguchi —contestó, sonando inexpresivo.
Sonaba inexpresivo, pero no podía ni empezar a nombrar todo lo que estaba sintiendo.
¿Por qué su corazón latía tan deprisa? ¿Por qué sentía todo su cuerpo frío? ¿Por qué sentía como si sus piernas y brazos fueran componentes ajenos a su cuerpo? ¿Por qué sudaba tanto?
Tuvo que recostarse contra la puerta de la habitación de Yamaguchi durante un minuto entero. No podía perder la compostura de esa forma.
Una cosa era que Yamaguchi casi lo viera llorar –lo cual ya le era lo suficientemente terrible, dadas las circunstancias en las que se dio–, y otra cosa que ocho personas lo hicieran.
Es decir, podía confiar en que Yachi no diría nada, y con un poco de esfuerzo Hinata y Kageyama también guardarían un secreto. Pero no podía confiar en los cinco amigos de Yamaguchi –para él, desconocidos totalmente–.
Simplemente no podían verlo perder el control de esa forma.
—¡Tsukki, apresúrate! ¡Necesitamos ayuda con inglés!
Respiró profundamente.
Podía hacerlo; y si no podía, lo intentaría igualmente, porque si había una cosa que odiaba –y, la lista era extensa–, era decepcionar a Yamaguchi.
No dejaría que su mejor amigo lo viera siendo tan patético.
—Apuesto mis ahorros a que las personas en América no hablan de esta forma.
—Los americanos creen Japón se cubre brotes de flores de cerezo en primavera.
—Los americanos creen que el anime es real, como si aquí hubieran personas aleatorias que midan más de 1,75 - oh. —Las tres personas más altas que 1,75 en la habitación sintieron la urgencia de rodar los ojos. Kei lo hizo.
Kei se esforzaba en recordar sus nombres, por supuesto que lo hacía, pero simplemente se deslizaba de su mente.
Una vez leyó que el cerebro desecha la información que no encuentra lo suficientemente importante para mantener. Quería explicarle eso a Yamaguchi sin que sonara como si dijera "tus amigos no son importantes para mí".
Así que simplemente se mantuvo silencioso. Por su mente pasaban quizás decenas de respuestas cargadas con acidez y sarcasmo, y las tragó. En cuestión de 45 minutos, los apodos que le ponía Hinata se hicieron cada vez más y más ridículos, solo para que Kageyama se uniera y –para su desesperación–, los amigos de Yamaguchi.
Para cuando acabaron, su nombre se había amorfado a una combinación de papas fritas, sal y un chiste con el McDonalds que no comprendía del todo bien –pero que aparentemente Yamaguchi encontraba hilarante–.
Kei quería golpearlos. Pero ignorando las sabias sugerencias de su cerebro reptil, decidió no hacerlo.
Aparentemente el homicidio de tercer grado es ilegal en Japón.
Cuando ya no pudo soportar la mezcla de ansiedad, de sentirse ajeno a absolutamente todas las conversaciones y de que los amigos de Yamaguchi hablaran de él como si no estuviera allí sentado entre ellos, pidió permiso para retirarse de la mesa e ir a la cocina.
A ahogarse bajo la tubería si era necesario.
—Maldita sea —gruñó entre respiraciones profundas. Sus manos se sentían imposiblemente heladas. Estaba teniendo problemas para respirar y nada de lo que sentía tenía el más remoto sentido—, maldita sea.
—¿Tsukishima? —Levantó ligeramente la mirada para encontrarse a Yachi al otro lado de la mesa en la cocina. Curioso, no la había escuchado llegar.
—Lo lamento Yachi ¿Querías agua? —Preguntó Kei, apartándose de la puerta del refrigerador. Claro, había dicho que buscaría agua, no que estaría maldiciendo por dos siglos seguidos.
—¿Te sientes bien? —No podía permitir que Hinata y Hitoka, las dos personas más nerviosas que conocía, le preguntaran cómo se sentía, ni que lo observaran demasiado.
—Perfectamente, Yachi ¿Hay algún motivo por el cual no lo estaría? —Suficiente— La noche es fresca, la tarea va bien —silencio, Kei—, todo está en perfecto orden —CÁLLATE–.
Yachi lo siguió observando, y juraba por todo lo que mantenía sagrado que estaba odiando cada segundo de eso. A diferencia de Hinata, Yachi además de ser buena observadora, era muy lista y tenía el respaldo de su peor enemigo en la vida: la intuición femenina.
¿Desprendía algún aura u olor? ¿Era su lenguaje corporal? ¿Exceso de sarcasmo? ¿Falta de sarcasmo? ¿Y si Yachi ya lo había deducido todo?
—Tsukishima, puedo oír tus pensamientos —bromeó Yachi.
—¡No le digas a Yamaguchi! —Pero su cerebro no estaba a la altura de percibir una broma en esa precisa situación.
Maldita sea.
—¿Qué? —Yachi se irguió, ahora alerta
—No– yo no– no le digas– —si su cerebro y su lengua pudieran conectarse para completar una oración coherente, sería fantástico, en serio.
—Esto tiene que ver con Yamaguchi —Nononononononono—. ¿Es por sus amigos en la sala? ¿Te sientes ansioso?
—No sé de qué hablas —sentía su corazón acelerarse. Pronto, hacía demasiado frío y demasiado calor, y no podía mantener la mirada fija, sus manos temblaban y estaban increíblemente frías y no podía respirar—. Maldita sea.
—¡Estás pálido! Digo, ere–eres pálido, pero ahora estás incluso más blanco que Suga- ¡Tsukishima, respira! —Yachi lo tomó de las manos. Su cuerpo agradeció el contacto cálido. Kei, como sea, sentía que si alguien soplaba en su dirección, posiblemente acabaría desmoronándose.
—Siento que el corazón se me saldrá por la boca, Yachi —confesó, finalmente. Intentó aligerar la gravedad del asunto con una risa leve. Intentó.
—¡T–Trá–Trágatelo!
Kei se sentía mal por Yachi. Terrible, de hecho. ¿Cómo podía preocuparla de esa forma?
Si él mismo no podía lidiar con la ola de nervios y ansiedad que lo estaba azotando desde hacía meses –y, que sinceramente no veía fin en ningún momento cercano–, no podía esperar que Hitoka de todas las personas corriera al rescate, como heroína en brillante armadura.
Yachi posiblemente no podía levantar una armadura, pero ese no era el caso.
Kei no era fuerte, o al menos, no era la persona con más fortaleza mental que conocía. No era perseverante, carecía de iniciativa, y mucho más de motivación. Luego de que Yachi atravesara las gruesas –gruesas– capas de timidez al inicio de su época como mánager, y con ayuda del resto del equipo –sobre todo Hinata, quien según Kei era la personificación de apoyo y motivación, pero no lo atraparían muerto diciendo algo así en voz alta–, resultó ser una chica asertiva, capaz de manejar las situaciones que se le presentaban.
Y, una buena amiga además.
Si Yamaguchi le hacía sentir feliz, y Hinata le hacía sentir extrañamente acelerado y motivado, entonces Yachi le hacía sentir calma.
Dio un respiro profundo. Luego otro. Y otro.
Si se atrevía a preocupar a Yachi de nuevo, él mismo patearía su propio trasero.
—Lo lamento Yachi, perdí la cabeza un momento —aún estaba perdida, pero tendría que manejarlo.
—Kei Tsukishima, eres un terrible mentiroso —le contestó ella, con lágrimas en los ojos. Aún sostenía sus manos firmemente.
—Por favor no llores, no soy bueno consolando personas —si se trataba de cruda realidad...
—Tus manos siguen muy... —Yachi acercó sus manos a su rostro. Sí, seguían frías, temblorosas y sudorosas—Tsukishima, sabes que si no te sientes bien, puedes hablar conmigo ¿Verdad?
—Lo sé Yachi, pero no era nada, en serio —Kei intentó de evadir el tema con una sonrisa despreocupada, como siempre hacía. La escuchó suspirar.
Ella besó la palma de cada mano. Luego sus nudillos. Entonces, dejó ir sus manos y le sonrió cálidamente. Kei sonrió –honestamente, por primera vez esa noche–, y el resto de su cuerpo recuperó la movilidad.
A Kei le agradaba estar alrededor de Yachi. No había una razón en particular, simplemente era tan sencillo estar a su alrededor que no se molestaba en luchar contra ello. No como Hinata, quien requería verdadero esfuerzo físico para seguirle el paso, o Kageyama, a quien había que tenerle infinita paciencia por su falta de tacto social. Estar con ellos era divertido, pero requería tanto esfuerzo que acababa irritable al cabo de unas horas.
Estar con Yachi era tan terriblemente sencillo que a Kei realmente le preocupaba que un día la chica simplemente comenzaría a hablarle en medio de una clase y Kei le seguiría la corriente, sin importarle que a) estaban en medio de una clase, y b) Yachi ni siquiera estaba en su clase.
Kei finalmente terminó de colocar los vasos de agua y la jarra llena en una bandeja, y con ayuda de Hitoka lo llevó de regreso al sitio de estudio.
Aparentemente, no había pasado tanto tiempo desde que ambos se fueron.
—¿Será así toda la semana?
Yamaguchi y Kei estaban en la cocina. El grupo se había ido hacía quizás 10 minutos –siete, si no tomaba en cuenta que Hinata había regresado para recuperar un libro–, y ahora ambos estaban preparando su cena.
A Kei no dejaba de sorprenderle el talento que tenía Yamaguchi para cocinar. Yamaguchi por otra parte, parecía encontrar muy entretenido que Kei le tuviera miedo a freír pescado.
"No es miedo" diría Kei "Mi cerebro reconoce el riesgo del aceite hirviendo y me alerta. Es instinto, Yamaguchi"
Yamaguchi reiría.
—Uh, no, creo que Yachi no puede acompañarnos todo el tiempo —respondió Yamaguchi, más concentrado en picar cebolleta—. El resto sí vendrá.
—Oh —Kei no estaba feliz con ese arreglo, pero no es como si pudiera quejarse.
—¿Ya te sientes mejor? —Preguntó Yamaguchi cautelosamente, luego de unos momentos de silencio. Kei parpadeó, perplejo. No le había dicho ni media palabra sobre lo que le había pasado antes.
—¿Cómo–
—Conozco tus tics nerviosos, Tsukki, tan solo que no creí que apreciarías que mis compañeros de clase notaran que estabas, en efecto, ansioso —confesó Yamaguchi, con una sonrisa tranquila.
—No tenía intención de ponerme así, lo siento —se disculpó honestamente, porque su plan del día definitivamente no había sido preocupar aún más a Yamaguchi.
Tenía que detenerse.
—Son buenas noticias que Yachi se ofreciera a ayudarte ¿no crees? —Yamaguchi seguía picando. Sus manos mantenían un ritmo constante con el cuchillo, y aunque estaba lejos de ser algo prolijo y profesional, seguía estando terriblemente lejos de lo que Kei podía hacer en la cocina. La lista se limitaba a hervir agua para el té.
—¿La enviaste?
—No, ella se dio cuenta sola, Yachi es realmente lista ¿no crees? —Sonrió de forma soñadora. Kei sintió su pecho doler, como si le clavaran cientos de agujas. No sabía si eran celos, Hanahaki o ambos.
Es Hitoka Yachi, intentó convencerse Kei. Literalmente ayudaste a Yamaguchi a decirle lo que sentía, no seas absurdo, Kei.
Y Yamaguchi había estado triste cuando la respuesta de Yachi fue que le gustaba alguien más. Su tristeza, como sea, no duró demasiado cuando notó que la mirada de Yachi se mantuvo en Shimizu durante un momento demasiado largo.
No puedo competir contra Shimizu, fue lo que le dijo Yamaguchi poco después, con una sonrisa apenada.
Kei supuso que Yamaguchi no tenía prohibido seguir encontrando a Yachi linda e inteligente, mucho menos cuando la chica era linda e inteligente. De hecho, Kei no podía prohibirle nada, así que sus sentimientos no tenían ni siquiera una base sólida sobre la cual fundamentarse. Lo cual, por lógica, debería volverlos inexistentes.
El dolor en su pecho no retrocedió.
—Tus amigos son muy lentos con el inglés —Kei habló finalmente, luego de una pausa demasiado extraña para su gusto—. Es decir, no lentos nivel Hinata y Kageyama, supongo que lentos para el nivel de la clase cinco.
—Son promedio para la clase cinco, Tsukki —respondió Yamaguchi, quien ya estaba apagando las hornillas y sirviendo la comida en sus respectivos envases—. Tan solo estás acostumbrado a Yachi y a mí.
—Y ese chiste absurdo...
—¿McFrenchFry Saltyshima? —Yamaguchi comenzó a reír sin control. Kei seguía sin entender la broma.
—Yamaguchi, estoy esperando que me expliques el chiste.
—Verás, alguien photoshopeó tu cara en un anuncio del McDonalds–
El chiste acabó por ser tan absolutamente estúpido, que Kei se encontró a sí mismo luchando contra la urgencia de salir de la casa de Yamaguchi, caminar hasta su casa, encerrarse en su habitación y no salir jamás.
Porque aparentemente, casi había tenido un ataque de ansiedad por un chiste sobre papas fritas.
—Vamos, no te enojes, Saltyshima.
—Yamaguchi.
—¿Vas a dejar de hablarme, McFrenchFry?
—Es un chiste muy patético, Yamaguchi.
Y era un chiste muy patético, en efecto. Eso no evitó que Yamaguchi estallara en risitas aleatorias durante la cena, y que eventualmente Kei comenzara a unírsele.
—Tsukki, si eres una papa frita, y las papas fritas son mi comida favorita ¿Significa que estoy comiendo Tsukkis?
—Yamaguchi, ve a dormir.
