Cap 4: Ojos azules
Kagami no había podido olvidar esos ojos azules justamente desde aquel día que los vio a través del cristal de la ventana destellando bajo la luz de la luna. Esa noche y las que le siguieron realmente no pudo dormir.
Aomine le había preguntado si le pasaba algo. Pero decidió mejor no alarmar al otro contándole lo que había visto y prefirió negarlo y culpar al cambio de clima de su cuidad al pueblo.
Realmente su paranoia había aumentado un poco desde esa ocasión, ahora creía ver esos ojos centellantes a todas horas a lo lejos, o en los espejos del baño o a través de las ventanas. Había días en que tan cobarde se sentía que prefería estar todo el día fuera y toda la noche encerrado en su habitación, o en la de Aomine si se sentía más temeroso. Y había días en que una curiosidad extraña lo hacía sentirse lo suficientemente valiente como para deambular sólo por la casa en busca de algo, que no estaba seguro de querer encontrar.
El fantasma, quien fuera o lo que fuera no había vuelto a aparecer esos días. Aomine se había tranquilizado un poco, burlándose en ocasiones del miedo que tuvieron en un principio, miedo que Kagami aun sentía. Y el que regresaba a ambos cada vez que escuchaban un relato en el pueblo acerca del fantasma.
Una de esas historias decía que cerca de medianoche se veía al fantasma caminar por el jardín de la vieja mansión. Cosa que Kagami ya había visto una vez, y, que pretendiendo satisfacer su curiosidad o apagar su miedo, se había intentado asomar en otras ocasiones, pero sin resultado. Eso debería alegrarlo, o al menos tranquilizarlo, pero no pudo evitar sentir una especie de decepción cada vez que corría las ventanas y se encontraba con el jardín vacío, y los árboles un poco más secos que el día anterior.
Por el pueblo se rumoraba que el fantasma levitaba por los pasillos de la casa cual soplo de aire, después de escuchar eso Aomine había optado por cerrar todas las ventanas de la casa para estar seguros cuando en realidad escuchaban al fantasma deslizarse por el interior de la casa. Kagami se encontró prestando atención hasta el más ligero sonido de viento y en lugar de correr en lugar contrario a la fuente como era coherente hacerlo, sorpresivamente corría en sentido donde se escuchaba sin encontrar nunca ningún rastro del fantasma.
Fue una noche, cuando la luna ya no se encontraba en su máximo esplendor, y había empezado a menguar. Cuando de nuevo fue despertado por un ruido de rechinar de una puerta, luego ese sonido del viento, y después el portazo casi imperceptible de la puerta principal. Al igual que aquella vez, no era un sonido fuerte, pero él estaba demasiado alerta como para notarlo enseguida.
Dio un salto de su cama y aun enredado en las cobijas caminó hacia la ventana, y corrió las cortinas. Sus pupilas se dilataron un poco más para acostumbrarse a la oscuridad de la noche que contrastaba con la luminosidad de su habitación.
Y cuando sus ojos se acostumbraron alcanzó a notar una silueta un poco más lejana a la fuente y más cerca a la entrada de la casa. La misma piel blanca, y los mismos ojos azules, vistiendo de nuevo sus ropajes negros como el cielo nocturno.
Kagami cerró la ventana rápidamente, antes que eso pudiera notar que lo estaba observando desde el segundo piso. Tiró la cobija y empezó a correr hacia la entrada de la casa. "La curiosidad mató al gato Taiga" había resonado su conciencia en su mente. Pero la ignoró.
Cuando llegó al recibidor, casi con pasos felinos se aproximo hasta la ventana, que, si el fantasma no se había movido de lugar, podía observarlo demasiado de cerca desde allí.
Esa ventana no tenía cortinas, y las luces del recibidor estaban apagadas. Se acercó y alcanzó a distinguir la figura aun en el mismo lugar que hacía rato, en lugar de retroceder avanzó hasta casi quedar pegado a la ventana. Aprovechó esos dos metros de distancia que separaban al fantasma de la ventana para suponer que él no podía verlo.
Su piel era más pálida de cerca, pero no podía ver sus ojos dado que el fantasma volteaba a otra dirección. Su cabello celeste danzaba sedosamente con el viento bochornoso de la noche de verano. Kagami contempló esa imagen por largos minutos sin siquiera atreverse a cerrar los ojos al saber que podía desaparecer justo como lo hizo aquel día.
Kagami quiso grabar esa escena en su memoria, bajo el título de "no lo soñé, tampoco lo imaginé, esto es real" para que al día siguiente no le asaltaran mil dudas al respecto.
Al cabo de algunos minutos se vio en la necesidad de parpadear, pero al contrario que la otra ocasión el fantasma no desapareció al abrir los ojos. En su lugar lo primero que hizo al abrirlos fue encontrarse con otro par de pupilas sólo con el cristal de la ventana de por medio. Esos ojos azul, más profundo que el mar lo miraban directamente. Y el rostro inexpresivo del fantasma quedaría grabado en su mente para siempre. A escasos treinta centímetros del suyo, con la ventana como única protección.
No parpadeó de nuevo, y esa vez no fue por miedo, si no porque había quedado casi petrificado al mirar el rostro pálido tan cerca del suyo. Quiso gritar, quiso correr, quiso al menos obligarse a cerrar los ojos pero no pudo. Su mente estaba invadida con el azul de sus pupilas. Había escuchado que los fantasmas podían robar las almas de los cuerpos, y se preguntó si aquello le estaría sucediendo a él, sentía sus manos sudar, y ni siquiera sabía si su corazón se había detenido o estaba latiendo demasiado rápido. En pánico total lo único que lo mantenía consiente era su sentido de la vista, que le ofrecía la imagen frente a él.
El fantasma parpadeó, cerrando lentamente sus ojos y ocultando las pupilas azul mar más allá de la vista de Kagami . Fue sólo un instante, instante que bastó para que Kagami se liberara del extraño hechizo al cual había sido sometido. Quiso gritar pero de su garganta sólo salió un chirrido casi mudo, luego alcanzó a ver de nuevo a ese fantasma que se movía, no , el que se movía era él, se dio cuenta cuando se sintió más cerca del suelo. Supo que se estaba desmayando pero sus extremidades aun no respondían lo suficiente como para evitarlo. Antes de perder la conciencia miró de nuevo la imagen a través de la ventana, luego, ya no supo nada.
Y en la mañana, un escalofrío recorrió su cuerpo al escuchar a Aomine diciendo que él lo había encontrado dormido en el sofá y no frente a la ventana como recordaba haber caído.
