Naruto Copyright © Masashi Kishimoto
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Amantes►
—por:ddeı—
No supe qué sucedió después de dormirme pero de lo que sí fui consiente es que al despertar él no estaba, odié que se hubiera ido. Salí de la cama de un saltito, tenía mi camisón puesto. Caminé por la alfombra gustosa de pisarla. Salí de mi habitación, asomando mi rostro por las escaleras y miré en todas direcciones. No había nadie.
Decidida avancé hasta la habitación continua a la mía. Estaba totalmente helada, el fuego no estaba encendido, fruncí el ceño ¿Cómo podía dormir así? Caminé directo a la cama, notando algunas ropas regadas sobre una de las sillas talladas. Mi corazón brincó al verlo, estaba tan apacible, no tenía ni esa expresión seria y distante, ni la sonrisa burlona, solo era él; Sabaku no Gaara.
Sonreí, era verdaderamente hermoso, dudosa miré hacia la puerta, no estaba segura de aquello. Sin embargo cuando me decidí a irme él jaló mi mano. Jadeé al caer sobre la cama y sin perder tiempo me metió debajo de las sábanas de seda, cubriéndome con ellas, me apegó lo más posible a su cuerpo y sonrió sin abrir sus ojos.
—Conde —exclamé avergonzada—… yo sólo —quise excusarme, de verdad que sí, pero no había ninguna excusa que sonara razonable.
—Que delicia es recibir el desayuno en la cama.
Me sonrojé. De verdad me sentía como su desayuno.
—Conde… ¿Puede soltarme?
—Por supuesto —respondió, intenté soltarme sin embargo pareció aferrarme con más fuerza—, pero desear hacerlo es algo muy distinto.
Maldije el instante en el que entré a su habitación. El silencio se hizo presente, uno como los tantos por los que había tenido que pasar junto a Kiba, pero él jamás me abrazo contra su pecho jamás aspiró el aroma de mis cabellos. Me pregunté si realmente serían así las horas que pasaríamos como amantes. Mis manos temblaban al instante en que las pasé por su cuerpo. Él pareció tensarse por unos instantes sin embargo se relajó al ver que lo abrazaba.
—¿Sólo amantes? —susurré.
—Por despecho, por placer, dale cualquier excusa a tú conciencia.
Suspiré. Ya no quedaba nada de mi conciencia y mi sentido común al solo formular esa pregunta.
Sus manos se deslizaron con cuidado por mis piernas, subiendo el camisón. Me estremecí al sentirlo y busqué su mirada para encontrarme con la seguridad que necesitaba. Besó mis labios de forma dulce y lenta, luego mis mejillas dejándome una sensación fría pero placentera mientras sus manos acariciaban la piel expuesta. Sus labios se posaron en mi frente y permanecieron allí por unos instantes, me sentí segura, luego de eso sus labios comenzaron a recorrer mi cuello, lamiendo y besando, las caricias dadas a mis piernas me hacían enloquecer, los besos, su simple presencia me excitaba, mi respiración se estaba acelerando y explotó en el momento en que su mano se deslizó por mis piernas. Las cerré por instinto, sin embargo él se encargó de abrirlas. Aún no podía entender ése poder descomunal que él tenía sobre mí. Estaba completamente segura de que no había sido muy difícil abrirme.
Podía sentir como cada parte de mi cuerpo lo buscaba, necesitando de sus caricias, de sus roces, sus labios. Y sin dudarlo los busque, consiguiéndolos de inmediato. Me besó de forma sensual, deslizando su traviesa lengua por mi boca, lamiendo cada parte que podía, acariciando con la propia. Me estremecí. ¡Dios! Arqueé mi espalda cuando introdujo dos de sus dedos en mi vagina, cerré los ojos con fuerza y abrí mi boca para poder jadear, él abrió más mis piernas y se coloco entre ellas, introdujo tres dedos y comenzó a formar círculos. A mi alrededor todo pareció más lejano que nunca, solo podía concentrarme en el delicioso placer que sus dedos me producían, deseaba que fuera más profundo, que tocara más, deseaba sentirme plena, alcanzar el orgasmo.
Mordí mi labio inferior para poder aguantar mis gemidos pero el movimiento que él hacia producía suspiros sonoros, el choque de mi piel ardiente de deseo y sus dedos fríos me hacía estremecer. Podía comprobar lo húmeda que estaba al sentir lo fácil que se deslizaba entre mis paredes vaginales. Parecía querer abrirme más y al contrario de lo que temí, no me dolía, me excitaba aún más, la presión me producía más placer. Su lengua comenzó a recorrer la mía, lento, de forma sensual, mientras mojaba con mis propios fluidos, prueba de mi deseo por él, mi clítoris.
Deslicé mi mano por la suya y él enterró más sus dedos, sacándolos y metiéndolos, una y otra vez, presionando sin compasión mi entrada.
Me aferré a él, la palma de su mano se presionaba contra mi clítoris, tenía un calor desesperante, sus labios besaban los míos, se deslizaban a mi cuello, todo mi cuerpo temblaba por sus atenciones.
De pronto, una tensión demasiado placentera se centró en mi clítoris, cerré mis ojos y llevé mi rostro hacia atrás, él cubrió su cuerpo con el mío sin detener su mano, aumentando el ritmo, tapó mi boca con la suya callando mi grito de placer. Era demasiado, la deliciosa sensación me envolvía, me aferré con fuerza a él y exploté, exploté en miles de pedazos. Mi alrededor desapareció, solo podía existir la calidez de su mano presionando, causándome un orgasmo más que delicioso. Ahogué mi grito, besándolo con desesperación, con deseo, él aumentó el ritmo. Jadeé ¡Dios, me estaba excitando más!
— ¡Ah, Gaara! ¡Ah, ah! ¡Más! ¡Mételos más!
No sé si gritaba ó susurraba, lo único que sabía era que sus dedos presionaban con más fuerza, me abría, me expandía, me hacía estremecer, me producía pequeñas convulsiones y parecían ser interminables. No pareció cansarse de disfrutar verme alcanzar el orgasmo hasta el tercero.
No estaba segura de muchas cosas en mi vida, pero de lo que estaba completamente segura en ese instante en el que él me acariciaba para calmar mis temblores mientras limpiaba el sudor de mi frente y besaba mis labios, era que ése hombre era mi amante.
Matsuri canturreaba cortando las flores mientras yo me apoyaba en uno de los frondosos árboles, leyendo una de mis novelas favoritas. La miré de reojo sintiendo algo parecido a las nauseas acentuarse en la boca de mi estomago, realmente no estaba enojada con ella, Kiba no era relevante en mi vida, sin embargo siempre la había considerado algo así como una amiga. Muy pocas veces habíamos conversado, pero cuando lo hacíamos eran temas profundos, los cuales jamás me atrevería a hablar con nadie más.
Me pregunté si ella le contaba todo a Kiba y si él se portaba como Gaara se comportaba conmigo. Me sonrojé de inmediato, no podía creer que tuviera un amante. Al tiempo me sentí tonta, actuaba como niña enamorada, como si él y yo ya tuviéramos una relación de años. Me alegró el recordar que había prometido que dormiría conmigo esa noche y por primera vez en muchos años deseaba dormirme temprano. Sonreí mientras bajaba la mirada para poder leer el libro. Pero Gaara no salía de mis pensamientos, ¿dónde estaría en ese instante? Luego de desayunar juntos no lo había vuelto a ver.
Con un suspiro me levanté. Matsuri lo notó al ver que estaba pisando mi vestido y me costaba, gruñí y se apresuro a ayudarme. La empujé de forma sorpresiva, ambas nos quedamos estáticas. Había logrado quedarme de pie, nos miramos por largo tiempo y ella me miró preocupada. No había podido ocultar ese deje de decepción en mi mirada. Bajé el rostro y me encamine hacia la mansión.
Busqué con cuidado —mostrando poco interés— al conde, sin embargo no había nadie en casa, al menos no en el primer piso, sabía que Kiba permanecía encerrado en su estudio. Subí las escaleras para ver si Gaara se encontraba con él. Recogí con mi mano derecha un poco de mi vestido, sosteniendo el libro y con la izquierda tomé con firmeza la baranda, era demasiado torpe. Llegue hasta el estudio de Kiba y toqué un par de veces.
Sin recibir respuesta entré. Kiba leía tranquilamente mientras bebía algo que no logré identificar. No le presté mucha atención. Alzó su vista y luego la bajó.
—Hoy debes ir a visitar a la Señorita Temari, así espero que el conde se quede con su hermana.
—Pero —mordí mi labio inferior y busqué las palabras adecuadas—… Puede interpretarlo como que no lo queremos aquí… Creo que es descortés.
Frunció el ceño sin mirarme.
—No estás aquí para creer Hinata, no te consulté si querías ir, te dije que debías ir.
Apreté mis puños con fuerza.
—Pues no quiero…
Kiba alzó su mirada y vi reflejado lo que nunca creí ver en él.
Ira.
Jadeé cuando se levantó. No era tan rápido como Gaara, pero mi torpeza no me permitió huir, de un momento para otro me encontraba atrapada entre su cuerpo y la pared. Mis ojos lo miraron con terror, él frunció el ceño y gruñó.
—¡No me mires así, maldición! —grité cuando caí al suelo. ¡Me había golpeado!
Mis lágrimas comenzaron a salir. Aquél no era mi esposo, era un monstruo. Intenté arrastrarme, sin embargo él tomó mi muñeca con su mano derecha, sus facciones estaban surcadas por la rabia, casi parecía un perro rabioso. Me apretó con tanta fuerza que sospechaba que terminaría con la muñeca rota. Gemí por el dolor y bajé el rostro. Él me tomó por la barbilla con fuerza y causó que nuestros ojos se encontraran.
—¿Por qué no quieres que se valla, eh? ¿Te gusta? ¡Dime!
Cerré mis ojos con fuerza, no podía permitir que viera mi terror.
—¡Kiba suéltame! —bramé con todas mis fuerzas.
— ¡No me alces la voz!
Volvió a golpearme, sentí como mi labio se rompía. Tenía que huir, estaba fuera de sí. Me solté de su agarre pues se había descuidado, él intentó atraparme logre forcejear con él y empujarlo logrando que trastabillara. Grité intentando buscar ayuda. Corrí hasta la puerta arrastrando el vestido. Salí y me apoyé en el barandal intentando tomar aire, escuché unos sonidos provenientes de mi espalda, no quise mirar, así que corrí directo a las escaleras, pero cuando estaba a punto de llegar tomaron mis cabellos. Grité adolorida, podía saborear la sangre en mi boca. Caí arrodillada y cerré mis ojos sintiendo nauseas.
Aquello tenía que ser una pesadilla.
Traté de apartar sus manos de mis cabellos y lo logré. Al menos eso creí hasta que sentí unos brazos rodearme. Abrí mis ojos y noté que era Gaara, con horror me aferré a su pecho, temblando. Deseaba desmayarme, siempre me desmayaba y por primera vez deseaba hacerlo, pero nada… Seguía sintiendo el incesante horror, el dolor. Ni siquiera las caricias de Gaara podían calmarme. Temblaba de manera inhumana, como si fuera a deshacerme y no podía parar de llorar, por más que lo intentaba las lágrimas eran incesantes.
Gaara me alzó en sus brazos, Shino había llegado para calmar a Kiba, las voces se escuchaban tan lejanas, solo podía ver borroso por las lágrimas sin escuchar palabra alguna.
El aturdimiento aún no terminaba de abandonarme, mis pasos, lentos y torpes, parecían ser un golpe directo a mi cabeza, acentuando así el dolor. Temari parecía tratar de reconfortarme apretando con fuerza mi mano, pero era inútil, estaba aterrorizada, avergonzada por el aspecto que debía tener; podía sentir la sangre desbordar de mi boca, pero sobre todas las cosas, me aturdida que Gaara estuviera distante. Caminaba presuroso y aún cuando el leve trote lo disimulaba, temblaba de la ira.
Deseé llorar, odiaba sentirme así, tan débil y torpe, podía predecir su frialdad, no seríamos amantes y las mañanas que había soñado se vieron demasiado lejanas. Él se introdujo en la gran mansión, no era suya, sabía que la familia Sabaku se quedaba en los grandes terrenos del doctor Hatake. Al parecer eran amigos de familia.
Me detuve de golpe.
—No, señorita Temari —supliqué notando que Gaara me había sacado de mi hogar— yo no… —me silenció con dulzura.
—Tranquila, está bien. Ya todo está bien…
Realmente quise creerle, deseaba sonreír y decir que había escapado de la casa del terror y que ya no había dragón alguno. Pero no. No era así, no había huido, solo había empeorado mi matrimonio. Ya estaba hundida y no saldría, al contrario, parecía recaer en mí más y más arena.
La mansión en su interior no era nada del otro mundo, era lúgubre y muerta, la tela de araña parecía su adorno más llamativo. Kakashi salió con su acostumbrada boquera tapando parte de su rostro. Sus ojos me escudriñaron con cuidado, dejó sobre una pequeña mesa de mármol la bandeja con el té, desapareció tras lo que parecía la cocina. Me pregunté si no tenía sirvientes, pero apareció acompañado de un hombre de piel moreno con una gran cicatriz en el medio de su rostro, portaba en sus brazos una bandeja con varios instrumentos que no podía definir.
—Hyūga, ¿no? —asentí mientras curaba mi labio.
—Vaya que te han dado duro —bromeó.
Temari golpeó su cabeza y este se quejó levemente. Solté una pequeña risa y gemí de dolor.
—¿Te arde? —preguntó. Asentí levemente—. Bien, luego de curarte te pondremos a dormir —supuse que debí poner cara de terror por la risa ahogada que soltó—. Tranquila, solo para que puedas descansar, estas tensa, necesitas descansar y no lo harás por ti misma.
Aquello no me relajó, menos si veía a Gaara mirar fijamente el suelo, huyendo de mi mirada, sentí unas terribles ganas de llorar ¿Por qué siempre pasaba algo cuando sentía la felicidad demasiado cerca? Trague saliva con algo de dificultad. Mi garganta comenzó a arder, me sentí débil. Bajé la mirada y grité de horror al ver la aguja incrustada en mi vena ¿En qué momento lo había hecho? Me moví deseando no dormirme, pero ¿A dónde correr? Ya no estaba el Kiba del cual me había enamorado, ya no estaba mi primo, ya no estaba Gaara y es que cuando la esperanza de tener a alguien en el cual resguardarme me golpeaba en la cara, cuando alimentaba mis ganas de vivir, se desvanecía, tal cual como mi conciencia lo hacía dejándome caer en un sueño profundo.
Miré de forma indiferente la carta sobre el piano, me incline para alcanzar una tecla y luego regresé a mi postura normal. Mis ojos viajaban de aquí para allá, del blanco de las teclas al marrón claro de la carta, realmente no me sorprendía que Kiba me hubiera escrito, después de todo es mi esposo, aún cuando se había tardado demasiado.
Quizá deseaba divertirse en paz con Matsuri ó simplemente no sabía dónde estaba. Pues aunque la gente de la ciudad vive de los chismes —y más en una ciudad tan pequeña— los terrenos de Kakashi quedaban apartados, es decir ningún rumor para hablarse, nadie había visto nada.
De no ser por ése hecho podía dar un ojo a que hasta en los diarios saldría como había llegado llena de sangre a la casa del excéntrico Hatake y no había salido en toda una semana.
Presioné las teclas que mis dedos alcanzaban formando un sonido ensordecedor. Estaba cansada, me iría a casa, sin importar lo que dijera Kiba. Tenía que alejarme de Gaara, estaba harta de su frialdad, aún cuando había conseguido una maravillosa amiga en Temari estaba cansada de la indiferencia del pelirrojo ¡Hasta su hermano mayor parecía apreciarme más! Me sentía más que todo engañada y frustrada, siempre sucedía esto, siempre la felicidad se me iba de las manos.
Abrí la carta y leí.
« Esposa mía. Espero que recibas esta carta, me ha costado un poco dar con tú paradero, espero poder hablarte pronto, te espero en nuestro hogar, necesitamos hablar. Con amor, tú esposo »
Entrecerré la mirada insultándolo mentalmente.Miré por la ventana hacia el exterior, Temari tomaba el té junto a Gaara bajo un gran árbol. Sentí como mis ojos se llenaban de lágrimas. Odiaba sentirme así. Caminé hasta salir de la habitación y di al final del pasillo, me escabullí y conseguí mi antiguo vestido. Lo aprecié por unos instantes.
Realmente no importaba con qué me fuera, luego enviaría algún criado a entregarle el vestido a Temari o quizá yo misma lo haría. Asentí con la cabeza y dejé el vestido sobre una de las sillas, justo cuando me iba me detuve, admiré una pequeña foto puesta de forma desordenada sobre la cama. La tomé entre mis manos y sonreí ¡Dios, pero si Gaara de bebé era una ternura! Suspiré tristemente y acaricié la imagen, la coloqué sobre la cama y salí de la habitación cerrando detrás de mí.
Caminé a paso firme, Kakashi estaba encerrado investigando con Iruka, me detuve un segundo ¿Estaría bien irme sin despedirme? Miré la puerta, sería más que descortés. Regresé y entré a la cocina, pasé por la mesa donde se supondría se debía tomar en desayuno pero que Kakashi usaba para otras cosas. Toqué un par de veces y luego de algunos sonidos sordos la puerta se abrió.
—Señorita Hinata —saludó Iruka.
—Oh, Iruka —sonreí— vengo a despedirme.
—¿Qué? —sus ojos se abrieron por la sorpresa.
—Debo regresar a mi hogar. Prometo volver a visitarlos lo más pronto posible —sonreí. Él me miró dudoso, sin embargo luego sonrió y me abrazo.
—Permítame llamar al doctor.
—Por favor —asentí. Kakashi salió a la luz poco después.
—¿Pasa algo, Hina?
—Ya debo irme, por favor… despídase de mi parte de Temari, Kankuro y Gaara.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Como costumbre Kakashi me escudriñó. Sonrió y besó mi frente. Sentí que él era el padre que no tenía. Sonreí con dulzura y lo abracé con fuerza, se tensó por unos minutos, sin embargo me correspondió. Pude percibir que su aroma estaba concentrado en la bata blanca. Me separé y le sonreí.
—Cuídate, regresaré.
—Tú también cuídate.
Iruka se ofreció para acompañarme a la salida sin embargo me negué continúe mi camino y quede cegada por unos instantes al salir a la luz del día. Mordí mi labio inferior, no deseaba ir a casa sola, realmente deseaba quedarme y amanecer en los brazos de Gaara. Maldije interiormente, no habíamos pasado casi nada juntos ¿Por qué necesitaba tanto al conde? Cerré mis ojos y tomé aire, llegue hasta el final de la calle y asomé mi rostro. Uno que otro carruaje pasaba, más allá —como a cinco cuadras— de la casa de Kakashi, volteé para ver atrás y me decidí. No siempre podría depender de un criado o de Kiba, debía sobrevivir por mí misma, ya tenía que saber la realidad nadie estaría allí cuando yo necesitara a alguien.
Parándome con firmeza camine directo hacia la calle transitada, sin mirar a un lado, solo de frente. Aceleré el paso, ya había pasado una cuadra. Me sentí aliviada, sobreviviría, al menos eso pensé hasta que el carruaje negro cruzó volando, justo en mi dirección.
—¡Hinata! —abrí mis ojos y me encontré con el rostro aliviado de Itachi.
—¿Itachi, Deidara? Pero —parpadeé confundida— ¿Qué hacen aquí?
Itachi bajó del carruaje.
—Primero sube, aún estas pálida, te explicare de camino a la mansión Uchiha.
Itachi se movió y miró con ira a quien parecía ser su mayordomo, el tipo con piel casi cercana a un azul sonrió con sus dientes desaliñados y casi puntiagudos, entendí que él había sido el que cruzó de esa forma tan brusca, solo para asustarme. Hice caso omiso de aquello y subí con algo de dificultad hasta que Deidara se apoderó de mi cintura. Mantuvo firme su agarre, evitando cualquier caída.
En el resto del camino Itachi me contó que Naruto y Sasuke estaban desesperados, no paraban de buscarme. Hacía poco que se había enterado de mi desaparición y por eso, suponía, que Kiba había enviado la carta. Naruto había intentado quemar la mansión y Sasuke trató de matarlo a golpes. Así que sí, mis deducciones fueron acertadas.
Al llegar, una sirvienta de cabellos negros nos recibió, Deidara e Itachi me condujeron por un largo pasillo, lleno de fotos de los antepasados del mayor de los Uchihas, no había mucha diferencia entre cada pariente, todos eran de piel clara, facciones duras, cabellos negros y ojos profundos, de gran belleza y se notaba que tenían un carácter arisco, era una pena que con la guerra todos perecieran, dejando sólo a Itachi y Sasuke.
Sentí un leve escalofrío ante ése pensamiento. Deje de mirar a los lados y clavé la vista en Deidara quien caminaba con prisa, como era él, apresurado, lleno de energía, se dejaba llevar fácil —tal cual como Naruto— mientras que Itachi iba a paso lento, con su porte galante, sus cabellos delicadamente recogidos en una coleta baja tan contrarios a los de Deidara, sueltos y rebeldes, balanceándose ante su paso, solté una risa muerta, realmente eran tan desiguales y aún así, por lo que me había contado, no parecían separarse.
Llegamos a lo que parecía la sala, mordí mi labio inferior, era realmente inmensa nada comparado con la propia o la de Kakashi, incluso la de los Uzumaki. Itachi me indicó que me sentara, seguí sus instrucciones, murmuró algo por lo bajo con Deidara y él desapareció tras la puerta. Itachi tomó asiento frente a mí.
—Lamento si no tenemos té —hizo una mueca—, ni a mí ni a Sasuke nos gusta.
—Tranquilo, no es relevante —sonreí.
La charla se extendió, no tanto como para perder la paciencia, pero —pude notar que el nombre de Deidara ponía inquieto a Itachi— al parecer cuando se trataba del Uzumaki mayor, Itachi perdía todo rastro de esta, no era que los Uchihas fueran pacientes, pero sí mucho más que los Uzumaki. Se excuso y dijo que iría por Deidara. Pero nadie volvió la incomodidad pudo con mi paciencia así que me levanté y salí de la sala, justo por donde se había ido Itachi y Deidara.
« ddS »
!βeta r: No está beteado.
!arreglado: Jueves, 9 diciembre. 10:37
