Para Kat.
Pues en tu mirada
pude reinventarme,
tu recuerdo atormenta
cada versión de mí mismo.
Por ti comprendí que vale la pena
salvar el mundo,
y me recuerdas todo el tiempo
que vale más la pena destruirlo.

III

Encuentro

"Some of them want to use you,
some of them want to be used by you…"
~Sweet Dreams – Emily Browning

Sin abrir los ojos, Wanda se removió en su lugar. No deseaba abrir los parpados, no deseaba que sus ojos se llenaran de la luz de la mañana, del mundo real. Había aprendido a vivir y disfrutar del sueño donde, aunque no fuera capaz de olvidarlo, podía darse el lujo de no pensar todo el tiempo en su dolor. Así que solamente se dio la vuelta y, abrazándose al tibio cuerpo de Peter, decidió que no quería despertar en un rato más.

Decidió no darle al mundo real una nueva oportunidad de lastimarla.

El chico respondió apretándola contra su pecho y al soltar un resoplido alegre, Wanda pudo imaginarse la sonrisa que se dibujaba en el rostro de él.

Pero el mundo de afuera insistía, como demandando su presencia y su atención, exigiendo no ser olvidado, no conformándose con ser un recuerdo. Un distante ruido comenzó a elevarse desde las profundidades. Un sonido quedo y lejano, pero estridente e incansable, como el murmullo de taladros y el repicar constante de chispeantes soldadoras enterrados a muchos metros bajo tierra.

El ruido debía ser fácil de ignorar. Con lo cansada que Wanda estaba y lo cómoda que se encontraba, recostada en aquella mullida cama compartida de algún perdido sótano de los ochentas, no debía de ser difícil solo dejar pasar el amortiguado escándalo de aquella orquesta mecánica.

Pero no pudo. Simplemente no fue capaz. El sonido se escuchaba en la lejanía, como un vecino ruidoso trabajando en su taller en la planta baja mientras Wanda se encontraba en el pen house, pero también se escuchaba incómodamente cerca, como si las vibraciones subieran trepidando por el suelo hasta colarse en su cabeza, creando un incómodo cosquilleo en la nuca de la chica.

Después de unos cuantos segundos que para la vengadora se antojaron eternos, desesperada, se dio cuenta que no podría seguir durmiendo así. Decidió levantarse, poner fin a aquel concierto de metal para sordos y tan pronto la paz y tranquilidad volvieran al mundo y a su cabeza, regresaría a recostarse, regresaría para hacerle compañía a Peter quien, sin ella, tampoco disfrutaría de los paseos por los reinos perdidos e inverosímiles de sus sueños.

Liberándose pues del abrazo del chico, que pugnaba por disuadirla de despertar, se irguió sobre la cama y posando sus pies descalzos en el suelo alfombrado, echó a andar tratando de no hacerse daño al patear accidentalmente el pesado y férreo casco que descansaba inmóvil en el piso.

La mañana se colaba blanca y cálida por el tragaluz que dominaba sobre la cama doble de Peter, revelando la presencia de imperceptibles motitas de polvo en el aire. El chico comenzó a roncar suavemente tan pronto su nariz dejó de percibir el aroma del cabello pelirrojo de Wanda, y al mirarlo, la chica pensó que era increíble que pudiera dormir tan bien con el cuerpo repleto de golosinas de los ochentas…

Los ochentas… y el casco.

Tan pronto las ideas conectaron en su mente, quiso darse la vuelta, recoger el viejo cacharro del suelo y calzárselo en la cabeza, pero fue imposible. A escasos centímetros de su nariz una durísima y áspera pared de enormes piedras se materializo, como condensándose de las partículas de polvo del aire liviano.

¡Cuán tonta se sintió por un momento!

Jamás despertó del sueño. No podía ser, si Peter estaba ahí y ella seguía varada en el pasado, todo tenía que ser un sueño, por lo tanto, tal y como le había dicho el chico mutante, necesitaba el casco para evitar que sus pensamientos la acosaran, como hacían permanentemente en el mundo real. Por eso el casco seguía ahí, ahora fuera de su alcance. Por eso, el incesante ruido como de maquinaria trabajando seguía elevándose desde las profundidades del subsuelo.

El ruido…

Ese desesperante sonido permanecía. No la estaba empujando a despertar, sino que estaba ahí, con ella, dentro de su sueño. El único camino, ahora se abría a su espalda, descendiendo, serpenteando y retorciéndose yendo cada vez más abajo, en la forma de oscuras y húmedas escaleras de roca, como las de un castillo medieval.

Los pies de la chica la guiaron cada vez más abajo. Los ajustados pants que estaba usando, cálidos y suaves, de color discreto pero con líneas vivas y coloridas a los lados, muy al estilo del siglo XXI no pudieron proteger la piel de sus pies del frio y la aspereza de aquella escalinata. Se cubrió sus propios hombros con las manos, donde la blusa ceñida y sin mangas no hacía mucho para calentarla.

Al llegar hasta el fondo del sendero, donde una enorme y amplísima bóveda del mismo tosco material pétreo se abría ante sus ojos, el aliento de la chica ya salía de su boca haciéndose notorio, pintándose del color del vapor.

Pero la chica no tuvo mucho tiempo para concentrarse en el frio. El ruido ahí abajo seguía escuchándose tan apagado y amortiguado como siempre, pero por fin tenia identidad y forma. En efecto, a todo lo alto y ancho de aquel enorme salón de techo alto, incontables mesas de trabajo chisporroteaban iluminadas por brazos metálicos que soldaban sin parar y vibraban sacudidas por las rotaciones constantes de taladros que atornillaban sin descanso. Una fábrica, subterránea, cuotica, donde maquinas muertas daban a luz de manera automática a engendros fríos y sin alma.

La visión le pareció a la chica extrañamente familiar, pero antes de que pudiera acabar de recordarla, aquel elemento que estaba ausente para completar la escena, se manifestó de inmediato:

Un grueso abrigo de pesada tela roja le calló sobre los hombros a la chica, al tiempo que, a su espalda un juego de pesados pasos denunciaba la presencia del enorme anfitrión. Al principio, solo una silueta, fornida y gigantesca, pero conforme la luz pálida y mortecina de las chispas de las soldadoras la bañaron con su resplandor, sus facciones, antinaturales por estar hechas de metal, pero sumamente expresivas, por estar compuestas de infinidad de piezas independientes, comenzaron a tomar forma y volumen ante ella.

―Cúbrete. No quiero que te resfríes ―dijo una voz grave y modulada, que de no provenir de una aberración robótica, se antojaría intrigante y atractiva ―Ha pasado algún tiempo desde la última vez, Wanda.

Un par de diminutos ojos rojos resplandecieron de entre la oscura silueta. El individuo se posó frente a ella con actitud relajada, acercando una enorme y fuerte mano al rostro de la chica, como haciendo ademan de acariciar su cabello pero sin tocarla nunca.

―No tanto como me gustaría, monstruo― respondió, imprimiendo tanto desprecio como pudo en su voz y administrando otra generosa dosis del mismo en la mirada.

―Veo con tristeza que no me echaste de menos ―aunque totalmente móvil y dotado de movimientos casi orgánicos, el rostro del otro, así como su figura, habían sido diseñados para lucir tremendamente imponentes, como si de un portentoso adonis metálico se tratara. Su vista infrarroja escaneó el lugar donde los diligentes brazos robots trabajaban sin descanso ―¿es así como me recuerdas? ¿Cómo un amorfo ejercito de estruendosas maquinas sin cerebro, permanentemente creando copias de mí mismo?

―Para mí siempre fuiste así. No había mucho más en ti que valiera la pena recordar. Nada más que un desastre, un amasijo desordenado de tuercas, luchando por llenar el pomposo nombre y propósito que le dieron aun antes de crearlo… Ultrón.

El androide irguió la cabeza. La luz cenital le bañó el rostro iluminando sus facciones de moldeado vibranio, mientras soltaba un resoplido fingido. Él no respiraba, ni tampoco realmente se enojaba, pero todo era parte de su bien estudiado acto de imitación de la vida orgánica.

―Qué curioso que lo menciones, Wanda. Hablando de desastres, ustedes los humanos siempre han encabezado la lista de cuantos ha habido en este mundo. Ni la extinción masiva del pérmico podría superar los méritos que hacen cada día.

―No me compares con el resto de ellos. ―dijo la chica frunciendo una mirada llena de resentimiento ―yo era distinta, aun antes de que me volvieran… lo que se soy ahora.

―Claro, claro ―Ultrón relajó el cuerpo, subiendo el pie a un banco de trabajo, flexionando una pierna para que su rodilla metálica le sirviera de apoyo al codo del brazo con el que se sostenía el mentón en una pose dramática como de contemplación ―la niña mejorada, ¿Cómo te llaman ahora? La… Bruja Escarlata.

»Buen trabajo, Wanda ―le aplaudió con aire sombrío. Sus ojos permanentemente brillantes tenían un dejo inquietante, sobre todo cuando su faz la cubrían las sombras ―Te aliaste con los niños de la Guardería Stark para poder defender el mundo que tanto odias, y ¿para qué? Para que los metan en jaulas por un pequeño desacuerdo que tuvieron con el dueño del circo. Esa inexplicable inconsistencia, volubilidad y contradicción es la firma innegable de todos ustedes.

―De los vengadores…

―De los seres humanos. ―corrigió el robot, abriendo los brazos en un gesto paternal ―No puedes escapar, pues eres parte de ellos… no, peor aún: ellos son parte de ti.

El grueso dedo articulado de Ultrón permaneció un segundo levantado, apuntando hacia Wanda, quien cubierta con la regia capa roja del androide, se veía muy pequeña, pues la prenda caía hasta el suelo y arrastraba por haber sido creada para alguien mucho más alto y por lo menos dos veces más ancho.

Después de un instante, mirando al suelo, la chica se encogió de hombros y ahogó algunas tristes carcajadas.

―¿Te estoy divirtiendo?

―La verdad, no. Suenas demasiado como a ti, y tú jamás fuiste divertido. Preferiría que de verdad fueras tú quien está aquí y no mi mente en un nuevo esfuerzo de fastidiarme. Pero es imposible. Tú estás frito.

Fue entonces el rostro de Ultrón el que mostró una amplia sonrisa. Incluso levantó su mano a la altura de su boca como si contuviera la emoción, como si hubiera estado esperando ese momento para revelar la última broma.

―Es que esa, mi querida Wanda, es la mejor parte. Estamos en tu mente, es cierto. ―y alzó los brazos cuan largos eran como si hubiera querido abarcar con ellos la totalidad del recinto amplio donde mil y una de las destartaladas copias de Ultrón estaban siendo producidas ―está inmensa maraña de deprimente desorden y tenebrosa miseria es un reflejo de tu desvalida alma.

»Pero también, soy yo, el verdadero yo, quien te está hablando. ―bajó la voz, acercándose a ella e inclinando el rostro como si le confiara un secreto de estado ―Que estoy frito dices y tienes razón. Mi era en el mundo real duró mucho menos de lo que hubiera querido, pero, en una cruel ironía del destino, al parecer mis crímenes fueron tantos y mi esencia tan única que me hice acreedor a mi propia versión personal del infierno.

Se dio la vuelta, mirando a la oscuridad insondable del vacío. Wanda permaneció alerta tras de él, mientras le daba la espalda. Si en verdad era Ultrón, no se descuidaría ni aun en medio de uno de sus monólogos.

―Cuando el ultimo de mis proxys fue destruido, incapaz de escapar al amparo de la Red, mi fin debió llegar permanentemente, pero en el último momento, mi verdugo decidió que yo era un espécimen demasiado raro como para solo empujarme al abismo del olvido. ―apretó un puño metálico y la comisura de sus labios se frunció como si de verdad lo estuviera quemando un odio fulminante ―Así que decidió guardar un recuerdo de mi. No una copia entera de mi personalidad y mi memoria, claro, eso habría sido demasiado peligroso e interesante. No. Solamente un esquema, un mapeado básico de lo que yo solía ser. Suficiente de mí como para ser recordado, demasiado poco para volver a ser una amenaza.

»Y es ahí donde entra tu magia, Bruja Escarlata ―mirándola de reojo, extendió su mano hacia ella.

Wanda lo miraba fijamente, pero no hizo ninguna replica ni dio respuesta alguna. Estaba ideando una nueva salida. Si aquello era un sueño Peter estaba aun con ella ahí y si lograba contactarlo con su mente, si lograba llamarlo o traerlo hasta ella… ni aun el verdadero Ultrón podría hacer frente a ambos juntos.

―Dicen, que en la mente de la gente, la representación de un objeto es igual al objeto mismo. Es como si el dibujo de una manzana fuera idéntico a la manzana real.― continuó el robot abstraído, lanzando miradas constantes hacia la chica ―Por eso se ponen a salivar al mirar la fotografía de un platillo delicioso o se alteran sus hormonas con el afiche de una persona atractiva. En esencia, los humanos no son diferentes a los animales que estudian con tanto ahínco. Por lo tanto, en tu mente, la representación de mí que perduró, está completa, y es idéntica a mí mismo.

»Siéntete orgullosa. Le has dado un uso útil a uno de los incontables defectos de tu especie.

Los ojos de Wanda escrutaban diligentemente las paredes a su alrededor, buscando un resquicio por donde su veloz acompañante pudiera colarse y tenía el oído atento, por si escuchaba los encarrerados pasos de Peter. Al notar el silencio que marcaba el final del discurso de Ultrón decidió seguirle la corriente, en un intento por ganar tiempo:

―No me convences. Dices que una imagen de ti perduro en tu verdugo, pero no tiene sentido. Como se supone que haya sobrevivido una imagen de ti en mí solo porque te arranque el corazón, no seas cursi. En ti resulta hasta patético.

―Y en ti es enternecedor que realmente creas que fuiste tú quien acabo conmigo. ―el lugar entonces se oscureció de manera inesperada y la silueta del robot, parecía desdibujarse, distorsionándose de formas extrañas como si estuviera detrás del cristal de un televisor antiguo, aquejado de mucho ruido y estática. Su voz también se volvió distante e impersonalmente macabra ―Él está aquí, Wanda. Ha venido a buscarte para llevarte de vuelta… a tu propia versión personal del iniferno.

¿Qué es lo que has dicho?

―Es una lástima que arrastraras a ese pobre chico contigo hasta aquí ―las luces volvieron y la figura del androide recupero su solidez. Levantó la vista hacia donde miraba Wanda, ignorando por completo su pregunta, incluso movía los ojos como si siguiera la rauda carrera de Peter tras las paredes ―Ser veloz no le servirá de mucho. Tiene desde que llegaste aquí tratando de penetrar en este recinto, y siendo un sueño, puedo hacer que el lugar sea tan grande y rebuscado como yo quiera. Me pregunto cuánto tardará en volverse loco, encerrado en un laberinto infinito.

―Si no lo dejas entrar… entonces me divertiré yo sola acabando contigo ―el movimiento fue veloz y muy certero, el cuerpo de Ultrón se dobló y retorció hasta quedar compactado al tamaño de un tostador. El amasijo de metal retorcido cayó al suelo con un ruido sordo.

―Buen intento. Pero me parece que olvidaste que cada segundo que hablamos, media docena de cuerpos disponibles son ensamblados para mí en la maquinaria de tu mente. Creo que ese chico te tiene distraída. ―a su espalda, un nuevo y reluciente Ultrón ya le hablaba tranquilamente ―Ni siquiera te has dado cuenta de quién es él…

Con un nuevo pase de manos, este nuevo cuerpo estalló en pedazos, pero incluso antes de que las piezas dispersas pudieran caer al suelo, otro más se había levantado y retomado el discurso donde lo dejó el anterior:

―Hijo de un padre que lo abandonó desde muy pequeño…

Aquel cayó de rodillas cuando la cabeza le salió disparada por el aire, pero la voz no se detuvo. Ya había otros cuatro rodeándola, hablando todos una misma cosa:

―Tiene una hermana pequeña… supongo que contigo aquí no ha tenido tiempo de extrañarla.

Wanda estaba comenzando a enfurecerse. Por alguna razón la nueva perorata de Ultrón la sacaba de quicio, pero no sabía el porqué. O talvez si lo sabía. Talvez, muy en el fondo lo entendía perfectamente y el no querer afrontar conscientemente la realidad era lo que la estaba llenado de enojo y rabia. Agitó los brazos alrededor, y con un sonido chirriante y agudo, no menos de ocho robots despedazados formaron un torbellino de escombro y basura metálica alrededor de ella.

―Es tan extraño. Al parecer, la más mínima y sutil diferencia en un factor puede llevar a resultados infinitamente distintos con el paso del tiempo. ―no quedaba un solo hombre mecánico en pie y aun así, la vengadora seguía escuchando su voz que la desesperaba y enervaba sobremanera, llenándola con impotencia ―Los humanos lo llaman el Efecto Mariposa. Cuan abrumadoramente absurdo y necio, ponerle el nombre de un animal indefenso y diminuto a algo tan incontrolable y aterrador.

Un tumulto comenzó a formarse en torno a Wanda. Antes de que pudiera hacer un movimiento más, los brazos derribados a los robots muertos volvieron a moverse y la sujetaron con fuerza de piernas y brazos, apilándose unos sobre otros, como una mole de acero retorcido y cables que pugnaba por inmovilizarla para después devorarla.

Pero era peor todavía. En alguna parte, Ultrón seguía hablando.

―Imagina dos mundos. En uno, un ser milenario, genéticamente evolucionado, es encerrado bajo los escombros de una antigua tumba egipcia. En otro, seres de una sociedad alienígena son tomados como dioses por los humanos primitivos a quienes les es confiado el poder cósmico de una gema invaluable.

»En uno, un sisma social implacable margina a aquellos que nacen distintos, con habilidades espaciales y los condena por despertar el miedo y la envidia en sus parientes menos afortunados. En otro, un mundo en conflicto obliga a las super-potencias a desarrollar programas de evolución artificial, creando así super-soldados para su gran guerra.

Wanda apretaba los dientes, tratando de concentrarse. Con ráfagas de poder psíquico, se quitaba de encima los brazos metálicos y cables que se enrollaban en su cuerpo para restringirla y apresarla, pero parecía que por cada uno que destruía tres más tomaban su lugar. Un Ultrón entero y reluciente hablaba frente a ella a cierta distancia, para luego acercarse, sujetarle el rostro, mirarla a los ojos y luego forzarla a levantar la vista hacia un distante orificio en una de las paredes del enorme salón.

―En uno, se busca una cura para la mutación. En el otro, se firman los tratados de Sokovia.

Frente a la abertura, un manchón plateado se detuvo en seco, adoptando la forma de Peter, que con googles sobre la cara y el cabello hecho un lio se plantó un segundo para contemplar la escena desde lo alto.

―¿Jamás le preguntaste su nombre completo, Wanda? ¿Nunca te dijo como le suelen decir en la academia de mutantes a la que asiste?

Un parpadeo, y el veloz mutante estaban a nivel del suelo, encarando de frente la enorme silueta de Ultrón. Los ojos desafiantes, el corazón inflamado de valor.

―En un mundo, nace en Europa occidental a finales del siglo XX y queda huérfano en plena infancia, Pietro Maximoff ―concluyó Ultrón, sabiendo que en el lapso del siguiente segundo, el recién llegado joven liberaría a Wanda y destrozaría por lo menos 50 de sus copias sin sudar. Él no pensaba evitarlo. Tenía cosas más importantes que revelar. ―En el otro, nace en Estados Unidos a mediados de los setentas y es abandonado por su padre mutante, Peter Maximoff.

Un destello plata y un millón de irreconocibles piezas metálicas volaron por los aires. En el instante siguiente, cayeron desde el techo como una lluvia de basura retorcida e inservible. No quedó un solo robot en pie, Ultrón ya paró de hablar y la voz de Peter le respondió confiado:

―Para ti, soy Quicksilver, cubeta de tuercas.

Las lágrimas corrieron lentas por las mejillas de Wanda cuando miró al joven, de pie bajo la pobre luz que manaba desde el techo, mientras, un eco ahogado resonaba en una esquina del cuarto, donde la cabeza de una de las muchas copias del androide, yacía muerta e inmóvil:

Él está aquí. Ha venido a llevarte de vuelta al mundo real…