NOTA: ¿Capítulo ligeramente T?


—Kuon, ¿qué haces aquí? —La voz de Kyoko le llegó cargada de estática, con ese deje metálico de los intercomunicadores de corto alcance.

—¿Disculpa? —Pregunta más que justificada la suya, ya que ambos estaban flotando en el espacio, mirando la sobrecogedora negrura infinita más allá del perfil curvo de Nihon-Hoshi. Era su turno para la práctica de paseo espacial, atados a la estación por el preceptivo cable de seguridad, bajo la supervisión del profesor Sawara, y monitorizados por los VigiTecs que los seguían a cierta distancia.

Él se giró en el vacío a mirarla, como si ella pudiera ver el desconcierto en su rostro a través del cristal polarizado de su casco. Para él estaba muy claro lo que estaba haciendo aquí, así que a saber de qué hablaba Kyoko, porque con ella nunca se sabe… Sus formas de razonar el mundo, el universo, desafían a la lógica. Y ese, sin duda, era uno más de sus innumerables encantos… A él le fascinan sus aparentemente aleatorias formas de pensamiento, le maravilla cómo de A salta a F con una naturalidad pasmosa (y por lo demás, casi siempre correcta), y cómo percibe el universo y se mueve en él…

—Yo, como ya sabes —Un breve clic le indicó a Kuon que Kyoko había pasado a un canal privado. Nadie más podía escucharlos—, tenía mis razones para dejar la finca de mi madre, ¿pero tú…? Tus padres tienen una de las mayores empresas del planeta. Y-te-a-do-ran —recalcó ella, silabeando la última frase—. ¿Cuántas videocartas al día recibes de ellos? —le preguntó—. ¿Cuántas recibo yo de mi madre? —La voz le suena amarga, con un quiebro triste al final. Su casi inexistente relación con su madre será siempre una herida abierta—. En fin, a lo que quería yo llegar es a qué haces aquí, Kuon, pudiendo estar con ellos, con gente que de verdad te quiere, y con un futuro ya escrito para ti…

Él inspiró hondo, sin dar una respuesta. Su respiración contenida, sin palabras, sonaba en sus oídos y por un segundo, Kyoko se preguntó si habría presionado demasiado.

—Probarme a mí mismo —contestó él por fin. Kuon escuchó la exhalación pintada de sorpresa que Kyoko no pudo evitar—. Probarme que no soy solo mi apellido, que puedo forjarme un futuro distinto por mí mismo… —Kuon deja salir el aire lentamente—. Quiero demostrar que soy mi propia persona.

—Kuon, tú puedes ser lo que tú quieras… —le dijo ella. Su mano enguantada se apoyó suavemente sobre la suya. Kuon no podía verle el rostro, el casco le devolvía tan solo su propio reflejo, pero pudo imaginar su mirada, y sabía que en sus ojos dorados había la misma ternura y confianza que en su voz—. Siempre serás tu propia persona… —El silencio solo es roto por las respiraciones de ambos sonando en los intercomunicadores, al menos, hasta que Kyoko vuelve a hablar, preocupada—. ¿Pero y la empresa? —pregunta ella—. Quiero decir, obligaciones familiares y todo eso…

—Algún día —responde él, y Kyoko casi pudo verlo encogiéndose de hombros dentro de su traje espacial—, cuando me canse de explorar el universo, cuando haya llegado a la última frontera, supongo que volveré…

—Ese es un viaje muy largo, Kuon…


—No hay nada que hacer… No puedo con esto… —dijo Kyoko, y con un suspiro apagó sus hololibros. Kuon le echó una mirada por encima de sus propios libros y vio cómo se dejó caer contra el respaldo de la silla con un resoplido nada femenino, pero que hizo que sus labios se curvaran en una sonrisa torcida—. Siempre puedo ser tu jefe de ingeniería y tú mi comandante…

—Kyoko —le dijo él, apoyando la mano en la mejilla y mirándola, aún con esa sonrisa bailando en los labios, repitiendo las mismas palabras que ella le dijo un par de horas atrás—, tú puedes ser lo que tú quieras…

—Tú dame cables, circuitos, maquinaria… Dame si quieres, aguja e hilo... En eso soy buena, lo sé y lo reconozco, pero en todo lo demás… —Ella resopló de nuevo, los brazos caídos con desgana a ambos lados de la silla—. Lo tuyo es TODO lo demás, Don Perfecto…

A él volvió a curvársele la boca con la misma sonrisa torcida de antes, mientras las maripositas del orgullo viril revoloteaban contentas dentro su pecho. Así que perfecto, según tú, ¿eh?

—Dos cosas, Kyoko… —dijo Kuon, alzando el dedo índice frente a él—. Primero, eres una muy buena estudiante —Ella fue a protestarle, pero él la calló con un gesto—. Tus notas son iguales a las mías. Así que deja de menospreciarte…

—Pero tengo que poner más esfuerzo, mientras que tú... —medió ella, porque simplemente tenía que decirlo.

—Y segundo —le interrumpió él—. Es por eso que hacemos tan buen equipo tú y yo —Y le brindó a Kyoko esa sonrisa esplendorosa suya que prácticamente la dejaba ciega—. Nos complementamos… Nos entendemos casi sin palabras…

—Eso es cierto —le reconoció ella, con el corazón latiendo como loco sin saber la razón. O quizás sí que la sabía… Y también le sonrió. Esa sonrisa que él adoraba desde el primer día. Desde antes incluso de saber cómo se llamaba—. Y eso que podrías haber elegido cualquier otro compañero de estudios —añadió ella, señalando con la cabeza a las tontas de las otras mesas, que no hacían más que hacerle ojitos, aleteos de pestañas, y sonrisas que querían pasar por invitadoras y seductoras.

Él ni las miró.

—Nadie es como tú… —Su voz sonó más seria de lo que pretendía, más nacida de adentro, mostrando más de la verdad de su corazón de lo que inicialmente era su intención—. No querría a nadie más a mi lado.

Y Kyoko sabía —sentía— que era verdad.


Una gota de sudor se deslizó por su cuello y descendió hasta más allá de la licra de su escote. Kuon se encontró tragando saliva, prácticamente hipnotizado, siguiendo con la mirada fija el recorrido de una simple gota sobre su piel.

Que Kyoko jadeara por el esfuerzo físico, no ayudaba en nada…

—Oh, yo no tengo tu fuerza ni tu altura —se quejó ella, haciendo un pucherito (adorable, en su parcial opinión) y dejando caer los puños. Kuon entonces parpadeó dos veces y pareció volver de dondequiera que estuviera—. Jamás podré ganar un entrenamiento…

—Pero eres más pequeña y más ágil, Kyoko —le dijo—. Y muy rápida. Deberías aprovechar eso a tu favor —aconsejó él, como si fuera un senpai o un sensei. De hecho, hasta había cruzado los brazos sobre el pecho, como si estuviera impartiendo una lección—. Siempre hay maneras de derrotar a alguien más grande que tú.

—¿T-Te refieres a...? —preguntó ella, sin ser capaz de terminar la frase, a la vez que rubores escandalosamente rojos aparecían en sus mejillas.

—¿A qué, Kyoko? —inquirió Kuon, no entendiendo a qué podría referirse ella, y mucho menos, a cuento de qué se había puesto taaan colorada…

—A… —Ella no terminó la frase, pero miró hacia abajo, hacia la entrepierna de Kuon (sí, miró), mientras el resto de su piel iba adquiriendo el mismo tono carmesí, casi como si fuera a explotar en llamas en cualquier momento.

—Oh.

Kyoko apartó la mirada con rapidez, encontrando el techo de la sala de entrenamientos mucho más interesante. ¿De verdad había hecho eso? ¿De verdad le había mirado su…? ¡Pervertida!

—Bueno —dijo él, rascándose nervioso la nuca y apartando también la mirada. Había cierto rubor en sus mejillas que podría ser achacado a la actividad física. Pero Kyoko lo conocía mejor…—, yo me refería a llaves y técnicas de luchas, pero eso también serviría...

Kyoko quería que el suelo se abriera y se la tragara…

Desde el otro lado de la sala de entrenamientos, Kimiko los observa. Tiene los ojos entrecerrados, los puños apretados y el corazón negro de ira.

Odia la forma en que él la mira.

Odia la forma en que ella lo mira a él.

Los odiaba a los dos, porque ellos tenían algo que ella no tendría nunca.

Odia también cómo la humillación, el poder, el control, se le escurren siempre de entre los dedos.

La pueblerina necesita una lección. Un buen susto, sí. Algo que le recuerde que este no es su sitio, que ella no se merece estar aquí, respirando su mismo aire…

Que no se le olvide a esa palurda que ella no es nadie.