Seamos amigos, amor mío. CAPÍTULO 4

— Hola Terry— dijo la recién llegada con una tímida pero honesta sonrisa.

— ¡Candy!— dijo éste, y sin dudarlo ambos cortaron la poca distancia que los separaba para darse un amistoso abrazo.

— ¡Qué alegría me da verte!— dijo la rubia cuando se separaron.

— A mí también me da gusto verte, creí que no ibas a querer verme— contestó Terry.

— Te diré lo mismo que a Albert, la amistad no se le niega a nadie— contestó Candy sin saber lo que sus palabras significaban para el actor.

— "amigos", será acaso que ya no me ama, ¡vamos Terry!, no pienses en eso, además vienes a reconquistarla ¿no?— se reprendió a sí mismo mientras admiraba a detalle el rostro de la joven.

— ¡pero que descortés soy!, siéntate Terry, te ofrezco algo de tomar— ofreció la rubia.

— gracias Candy, así estoy bien— contestó el actor tomando asiento en un cómodo sofá para dos— dime, ¿cómo has estado?, Albert me dijo que sigues trabajando.

— así es, ese fue el trato, si Albert me dejaba seguir trabajando, yo vendría a vivir aquí con él y la Sra. Elroy—

— supongo que a ella no le agradó mucho la idea, debe ser una anciana amargada y anticuada ¿no?— bromeó Terry —

— ¡Terry!, respétala, ahora es totalmente diferente, aunque le encanta reprenderme, pero ahora ya no me siento mal cuando lo hace— dijo Candy contemplando el sillón que solía ocupar la anciana cuando estaba en la sala de estar.

— Nunca cambiarás Candy, siempre justificando a los demás, ahora me vas a salir con que Eliza ahora es buena— dijo Terry sarcástico.

— ¡claro que no!, por desgracia Eliza nunca cambiará, le pase lo que le pase— dijo Candy frunciendo el ceño.

— ¡Milagro!, la primera persona que no justificas, ¡milagro!— dijo él, elevando los brazos hacia el cielo.

— El que nunca cambiará serás tú, te burlas de todo mundo, no quiero saber lo que dices a mis espaldas— dijo la enfermera con una expresión "molesta", pero aunque lo intentara no podía enfadarse con Terry.

— no Candy, eso sí que no, a ti, a mi mamá y a Albert, son las únicas personas a las que respeto— contestó el joven con una sonrisa que derrite a todas.

Candy rio, y Terry se le unió; cuando ella tuvo una idea:

— Ven, quiero mostrarte algo muy especial— dijo ella tomándolo de la mano, lo que provocó en Terry, una extraña pero hermosa sensación.

Candy lo guio hasta su querido Portal de las Rosas, las flores estaban en su mejor época, parecían felices de que Candy estuviera con ellas, ya que cada vez que podía, pasaba horas con ellas, contándoles como le había ido en el hospital, o como estaba Albert, Annie, Patty, la Sra. Elroy, en fin ellas eran como su diario, con las que podía confiar, por eso decidió llevar a Terry a ese lugar tan especial para ella y el resto de la familia Andley.

Cuando Terry vio aquel hermoso lugar, se sorprendió por su belleza, admiró cada detalle, todas las flores eran hermosas, pero sólo una llamó su atención, un hermoso rosal blanco, que le recordó:

el amor es ciego, y la locura siempre lo acompaña— dijo en un murmullo, pero para Candy fue muy claro.

— ¿qué dijiste?—

— Estas rosas me recordaron un poema sobre los sentimientos—

— ¿de qué trata?—

— Sobre el amor, la locura, y todos los sentimientos que el ser humano es capaz de sentir—

— cuéntamelo, por favor— pidió Candy como una niña pequeña.

Cuenta la leyenda que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el ABURRIMIENTO había bostezado por tercera vez, la LOCURA, les propuso:

— ¿jugamos al escondite? — La INTRIGA levanto la ceja, y la CURIOSIDAD sin poder contenerse preguntó:

— ¿al escondite? ¿Y cómo es eso?

—Es un juego —explicó la LOCURA — en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden y, cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes al que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego.

Candy puso más atención:

El ENTUSIASMO se halló secundado por la EUFORIA. La ALEGRÍA dio tantos saltos que terminó por convencer a la DUDA, e incluso a la APATÍA a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La VERDAD prefirió no esconderse; ¿Para qué? si al final siempre le encontraban y la SOBERBIA opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que le molestaba era que la idea no había sido suya), y la COBARDÍA prefirió no arriesgarse...

— Uno, dos, tres... — comenzó a contar la LOCURA.

La primera en esconderse fue la PEREZA, que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino.

La FE subió al cielo, y la ENVIDIA (en este caso Eliza, comentó Terry) se escondió tras la sombra del TRIUNFO, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.

La GENEROSIDAD (o sea tú Candy, agrego el actor) casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: ¿que si un lago cristalino? ¡Ay ideal para la BELLEZA!; ¿que si la rendija de un árbol? ¡Perfecto para la TIMIDEZ!; ¿que si el vuelo de una mariposa? ¡Lo mejor para la VOLUPTUOSIDAD!; ¿que si una ráfaga de viento? ¡Magnífico para la LIBERTAD! Así que termino por ocultarse en un rayito de sol.

El EGOÍSMO, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo...eso sí, sólo para él. (Ésta es otra característica de Eliza—dijo Terry— oh vamos, Terry, sigue contando la historia—)

La MENTIRA se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arcoíris), y la PASIÓN y el DESEO en el centro de los volcanes, el OLVIDO... ¡se me olvidó donde se escondió!... pero no es lo importante.

Cuando la LOCURA contaba 999999 el AMOR aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y, enternecido decidió esconderse entre sus flores.

— ¡Un millón!— contó la LOCURA y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la PEREZA, sólo a tres pasos de la piedra. – Candy sonrió al imaginarse a la pereza—

Después escuchó a la FE discutiendo con Dios en el cielo sobre zoología, y a la PASIÓN y al DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes. – La rubia solo se sonrojó al imaginarse esta otra escena—

En un descuido encontró a la ENVIDIA, y claro, pudo deducir donde estaba el TRIUNFO.

Al EGOÍSMO no tuvo ni que buscarlo; él solito salió desesperado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la BELLEZA.

Y con la DUDA resulto más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún en qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos: el TALENTO entre la hierba fresca, la ANGUSTIA en una oscura cueva, la MENTIRA detrás del arcoíris... (¡Mentira, sí ella estaba en el fondo del océano!), y hasta el OLVIDO, al que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero solo el AMOR no aparecía por ningún sitio.

La LOCURA buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal y las rosas... Y tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas había herido en los ojos al AMOR, la LOCURA no sabía qué hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró, pidió perdón, y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra, el amor es ciego y la locura siempre, siempre le acompaña. — Cuando Terry terminó de narrar, una lágrima brotó de los ojos de Candy—

— Candy, disculpa, no fue mi intención hacerte llorar— se disculpó Terry, preocupado por su Pecosa.

— Descuida Terry, es solo que, es muy lindo lo que acabas de decir, y tiene razón, por amor, hacemos cosas sin pensar, y de las que a veces nos arrepentimos— dijo Candy, limpiando sus lágrimas.

— Tienes razón— contestó Terry, y ambos guardaron silencio, cada uno pensando en el pasado, y en lo que pudo haber pasado si no se hubieran separado, cuando de repente, los gritos de una de las mucamas se escuchó:

— ¡Señorita Candy, Señorita Candy!— dijo una jovencita al entrar al Portal.

— ¿Qué sucede?— preguntó preocupada.

— El caballo… el caballo del Señor Anthony… ha escapado— dijo la mujer recuperando el aliento.

— ¿qué?, pero cómo— preguntó Candy. Seguramente había dejado abierta su caballeriza cuando lo visitó.

— Cuando Franz, lo sacó a que diera una vuelta, se puso muy inquieto, y se echó a correr, Franz intentó detenerlo, pero con una patada lo tiró al suelo— contestó la mucama y Candy desechó su idea.

— ¡no puede ser!, tenemos que buscarlo— dijo Candy mientras caminaba para ir en busca del corcel— oh, disculpa Terry, pero tengo que ir, si algo le pasa a ese caballo….— dijo Candy con angustia.

— Descuida Candy, voy contigo— dijo Terry, dirigiéndose a la rubia, para ir en busca del animal.

— Gracias— fue lo único que puedo decir.

Cada uno montó un caballo, y se dispusieron a cabalgar, fueron a los lugares más cercanos de la mansión, pero no encontraron rastro de él.

— es imposible, Candy, nunca lo encontraremos, tal vez alguien lo encuentre, lo reconozca, y, lo traiga de vuelta— dijo Terry vencido.

La joven no se daría por vencida, tal vez Terry tenía razón, pero sentía la necesidad de seguir buscando, cuando:

— ¡No puede ser!— dijo y en seguida, guio a su caballo, a aquella pradera, donde fue escenario de aquel fatal accidente.

— ¡Candy!, ¡espera!— gritó Terry, tratando de dar alcance a la rubia—

Cuando al fin llegaron, se escuchó claramente como relinchó un caballo, y a unos cuantos metros, ahí estaba.

— ¿Es aquél?— preguntó Terry— Candy solo asintió— espera aquí Candy, yo voy—y en un abrir y cerrar de ojos aquella terrible escena se presentaba en frente de Candy. Terry estaba a punto de saltar, tan alto como lo hizo Anthony la última vez.

— ¡No Terry!— gritó Candy, comenzando a llorar—

El aludido escuchó el grito de su amada, e hizo frenar al caballo, cuando giró a verla, ella lloraba inconsolablemente.

— ¡¿Candy?!— dijo Terry, dirigiéndose hacia ella— tranquila Candy— Terry bajó del caballo, y ayudó a Candy a hacer lo mismo, cuando ésta tocó tierra, se aferró a Terry, y lloró aún más. Entre sollozos, ella sólo pudo decir— no quiero perderte—

— aquí estoy Candy, tranquila. — intentó consolarla, aunque se la hacía un nudo en la garganta al verla sufrir de esa manera.

— No quiero perderte a ti también— dijo ella todavía llorando. — no te vayas—

— No voy a ir a ningún lado Candy, voy a estar contigo hasta que tú quieras— dijo Terry abrazándola más fuerte.

— ¿Me lo prometes?— preguntó Candy, viendo a los ojos a Terry.

Este solo asintió, y…. sin dudarlo más… la besó, sellando aquella promesa que estaba dispuesto a cumplir a como diera lugar. El beso fue correspondido por Candy; y aquel beso que comenzó con lágrimas, terminó en risas e ilusiones para ambos. Ahora nada ni nadie los iba a separar, estaban juntos hasta el fin.

El corcel blanco, como si hubiera terminado una tarea, regresó con ellos, sin protestar. Había ayudado a Candy a encontrar su felicidad, la ayudó a superar aquella pérdida de años atrás, con la que inconscientemente había creado una barrera para el amor, que se había hecho aún más fuerte el día que se separó de Terry en Nueva York.