CAPITULO 3

-¿Dónde cojones se ha metido Barton? – bramó el director Fury, mientras se movía de un lugar a otro de la habitación. Se giró tan rápido que los faldones de su gabán de cuero negro ondearon entre sus piernas.- ¡Romanoff! ¿Sabe dónde se ha metido su compañero?

Natasha no intentó mediar en el enfado de Fury. Se quedó donde estaba, al otro lado de la mesa de la sala de operaciones, junto a los demás técnicos: dos mujeres jóvenes y un hombre, que le harían de refuerzo en la central de S.H.I.E.L.D. Tardó unos segundos en negar con la cabeza, manteniendo su habitual estoicismo.

La respuesta no pareció complacer a su superior, que exhaló un bufido de contrariedad.

En aquel preciso instante, la puerta de la sala se abrió y Ojo de Halcón entró en la habitación.

Clint se tenía a sí mismo por una persona a la que era difícil sacar de quicio. Al igual, no era del tipo de persona que se mostraban estresados en cuanto algo se les iba de las manos. Clint podría ser la imagen personificada de la calma. Por esa razón, era tan bueno en su trabajo. Con tranquilidad, el agente cerró la puerta tras de sí y se encaminó hacia el asiento vacío que lo esperaba.

Fury se paró donde estaba, colocando ambas brazos en jarras.

-Vaya, señor Barton, veo que ha decidido obsequiarnos con su presencia esta mañana.

Clint avanzó por la habitación, dejando atrás a las tres personas y se colocó junto a Natasha. Saludó a su superior con un gesto de la cabeza.

-Lo siento.

La mirada de acero de Fury sobre su agente se desvaneció unos instantes después. Se giró sobre los talones, encaminándose a la consola de mandos que tenía tras de sí.

-Sabe que tenemos mucho trabajo por delante antes de que tomen el Quinjet dentro de un par de horas rumbo a Panamá.

Barton asintió con vigor.

-Lo sé, señor.

Clint esperó a que Fury añadiera algo más, pero éste no lo hizo. Así que se tomó la libertad de respirar por primera vez desde que entrara en la habitación. Sabía que llegaba tarde y que se merecía las palabras del director de la organización, cualesquiera que éstas fueran. Al menos, pensó, no había sido demasiado duro.

Natasha se inclinó hacia él levemente, sin perder de vista la espalda de Fury.

-¿Qué te ha pasado?-preguntó la mujer en voz baja, cerca de su oído.

Clint giró ligeramente la cabeza al responderle. A nadie más le interesaban sus asuntos.

-He tenido unas palabritas con la máquina del café.

Natasha asintió.

-¿Y?

Una amplia sonrisa se instaló en el rostro masculino.

-He ganado yo. – Contestó con satisfacción.

La comisura de los labios de Natasha se elevó en una contenida mueca que Clint sabía era una sonrisa.

-De eso no tengo la menor duda.

-¿Qué le ocurre a Fury? – preguntó sin darle la oportunidad a Natasha de añadir algo más. La mujer arrugó los labios.

-Ya sabes que se pone muy nervioso cuando estamos a punto de sumergirnos en una misión. –Respondió ella en voz baja, sólo para sus oídos.

Al otro lado de la mesa, el director de S.H.I.E.L.D. se adueñó de unas carpetas. Se giró y enfrentó a todos los presentes con su imponente figura.

-Ya que estamos todos reunidos, comencemos. Tomen asiento, por favor.

La luz de la estancia se apagó justo en el momento en que todos ellos se sentaban en las sillas que encontraron más cercana. La pantalla que había tras de Fury cobró vida, iluminándose.

-Los agentes Barton y Romanoff saldrán dentro de exactamente dos horas en dirección a Panamá – comenzó diciendo. En la pantalla apareció un gran mapa animado, que mostraba la situación del país en el subcontinente centroamericano. Todos los ojos estaban puestos en él.

-Los agentes Carter, Patel y Calderón serán vuestros ojos y vuestros oídos aquí, durante el tiempo que dure la misión en Panamá,- Fury se dirigió expresamente a Clint y Natasha, con una dura expresión en el rostro.- Cuando ellos digan no, será no. No quiero que se vuelva a repetir el asunto de Johannesburgo, o les estaré pateando el culo hasta que vuelva a ver por mi ojo malo, ¿he sido claro?

Clint miró a Natasha por el rabillo del ojo. Ésta se mantenía sentada firmemente a su lado, mirando a Fury con expresión pétrea. Recordaba el asunto al que se había referido el director. La central había dado una orden explícita mientras estaban en una misión en aquella ciudad. Tanto él como Natasha tomaron la decisión de contravenirla. Por suerte, todo había salido como ellos esperaban. Pero eso no los libró de la ira de Fury.

Fury colocó ambas manos en su cintura y echó el torso hacia adelante.

-¿Han entendido, agentes?

Clint y Natasha asintieron al unísono.

-Sí, señor.

La respuesta pareció convencer al director, que relajó visiblemente los hombros.

-Bien. Aclarado este punto, continuemos entonces.

En la pantalla, la imagen cambió. El mapa que aún continuaba mostrándose, se amplió en un punto, enfocando una ciudad, no demasiado grande.

-Aterrizarán en San José de David.- Un pequeño lugar se iluminó en el mapa. –Es la zona más cercana que hemos encontrado donde poder aterrizar el quinjet sin llamar la atención. Hemos contactado con las autoridades locales y ya han sido informadas. No queremos ninguna sorpresa.

El mapa cambió. El lugar donde se encontraba la ciudad continuó centelleando para que una ramificación saliera de ella, tomando una carretera. Fury se movió de un lado a otro de la pantalla y prosiguió bajo la atenta mirada de todos sus agentes.

-El sitio al que deben llegar está a poco más de cincuenta y cinco kilómetros. Pero las carreteras no están en muy buenas condiciones. No obstante, esperarán a la hora en que deben partir hacia El Salto, donde se encuentra el reducto de Madrox, en un piso franco a las afueras de David.

Fury se giró hacia Clint y Natasha, tendiéndoles un folio. Natasha lo tomó, sujetándolo para que ambos pudieran leer lo que en él había escrito. Dirección, teléfono y el nombre de una persona, seguramente su contacto en Panamá.

-Memorícenlo, agentes – les sugirió el director de la agencia con voz autoritaria.

Fury volvió sobre la pantalla.

-Atravesarán El Boquete, una pequeña población un par de kilómetros, antes de llegar a El Salto. – Un nuevo lugar se iluminó. – Dejarán allí el vehículo que les facilitará nuestro contacto al llegar.

Clint miró la pantalla con interés.

-Necesitamos la hora del ocaso.

Fury se giró con agilidad hacia uno de los agentes de refuerzo de la operación.

-¿Agente Patel?

Antes de que Fury hubiera terminado de decir su nombre, el aludido, un joven alto, con la frente despejada y mirada inteligente, se inclinó sobre la tableta que llevaba entre las manos. Tecleó con destreza y aguardó. Apenas unos segundos después tenía la información.

-Dieciocho y treinta, señor. Hora local.

-Gracias, agente Patel. – respondió el director, reconociendo la labor del hombre.

Los ojos de Clint y Natasha continuaban fijados sobre la información que se mostraba en la gran pantalla, casi sin parpadear ninguno de los dos, como si estuvieran memorizando todos aquellos datos.

-¿Qué diferencia horaria hay? – preguntó Natasha.

El joven agente Patel, antes de que el director se lo pidiera, tecleó de nuevo en su tableta. Al punto, levantó la cabeza y contestó:

-Una hora menos, agente Romanoff.

Natasha agradeció la información con un escueto gesto de su cabeza.

-¿Quién es nuestro contacto allí? – intervino Clint, incorporándose hacia adelante, apoyando los codos en ambas rodillas y uniendo las manos ante sí.

El rostro de Fury se tornó serio, más serio que de costumbre.

-Se llama Ernesto Pereira. Los estará esperando en el aeropuerto de David – aseguró el director de la organización, mientras separaba un sillón de la mesa que tenía frente a sí y tomaba asiento.- Agentes, se limitarán a tomar el coche que él les facilite y esperar en el piso franco. Nada más. Nos ha costado años tener a un agente infiltrado en aquel país. No quiero, y lo repito por si no les ha quedado claro, no quiero ninguna tontería.

Natasha y Clint se miraron mutuamente por el rabillo del ojo. En la mayoría de las ocasiones no necesitaban muchas palabras para entenderse. Exactamente como en aquel momento. Ambos asintieron sin dudar.

-Entendido, señor- contestó Barton, con la misma seriedad con la que Fury se había dirigido a ellos, mientras lo miraba con los ojos ligeramente entornados y la mandíbula apretada.

Tras unos segundos de mirar a ambos agentes, el director asintió.

-Muy bien, agentes. ¿Tienen alguna pregunta más antes de partir?


Las lágrimas corrieron por las mejillas de la joven tendida en la cama. Sus ojos almendrados de color miel se alzaron para implorar al hombre que tenía a tan sólo unos centímetros. Había estado evitando mirarlo a la cara desde que la arrojaron sobre la mullida superficie y la desnudaron de mala manera. Se había resistido, pero sólo había logrado que uno de los hombres que lo había hecho la golpeara en el rostro y le magullara el labio inferior.

Después había aparecido aquel otro hombre, más joven, que la miró con un dejo de tristeza en los ojos. Se había desnudado y estaba sentado en el borde del colchón, aguardando quién sabía qué.

-No llores – le dijo, con voz grave y melodiosa. Era casi tan joven como ella, y tenía una agradable mirada. En otras circunstancias y en otro lugar, tal vez le hubiera sonreído, coqueta e ingenua. Pero él estaba allí para hacerle daño y eso la asqueaba y le atenazaba las entrañas.

-No me haga daño, por favor- suplicó la chica, mientras una nueva lágrima se deslizaba por su rostro.

El hombre giró la cabeza, desviando la mirada sobre su hombro. Hizo una señal a una silla vacía al otro lado de la habitación. Una silla que aguardaba a alguien que tendría vista preferente ante aquella barbaridad.

-Está al llegar. Cuando lo haga, tendré que hacerlo. No tenemos otra opción.

Los labios de la mujer se crisparon.

-¡No, por favor! Por favor, déjeme marchar – rogó de nuevo, intentando incorporarse. Una mano grande del joven en su hombro la detuvo, aplastándola contra la dura almohada.

-No. Imposible –contestó, negando tajantemente con un movimiento de cabeza. -Si lo hago, tú y yo recibiremos el mismo castigo: nos apalearán hasta matarnos. Le tengo demasiado apego a mi vida como para permitirlo.

Nuevas lágrimas asomaron, cayendo como un torrente por las mejillas de la muchacha. Había cometido un error en su vida, sólo un error y lo estaría penando por siempre jamás. Había vendido su alma y ahora el diablo estaba reclamándole el pago.

Abrió la boca, pero le dolió. La tenía reseca en las comisuras y la garganta le pinchaba como si se hubiera tragado agujas. No se había dado cuenta hasta ese momento de que estaba tiritando. La habitación no estaba caldeada y su desnudez no ayudaba en aquel ambiente ligeramente fresco, haciéndola estremecerse. La piel de los brazos y de las piernas estaba erizada y sentía los pezones duros por el frío.

No podía evitar continuar llorando como lo estaba haciendo, sin consuelo, bajo la mirada de aquel hombre de ojos cálidos. Alzó los párpados hasta él.

-Nunca… nunca he estado con un hombre.

Una triste sonrisa se dibujó en el rostro masculino.

-Lo sé. Por eso estoy aquí. Madrox no quiere a vírgenes entre sus mujeres. Hacen que los hombres se mueran por desvirgaros. Y eso sólo trae problemas entre ellos.

Más lágrimas corrieron mejilla abajo. Sabía cuál iba a ser su destino pero escucharlo de viva voz era muy distinto. Lo hacía parecer irremediable.

-Por favor. Por favor.

-Has tenido suerte. Créeme cuando te digo que podría haber sido peor.

La chica lo miró con la mandíbula apretada y los párpados entornados.

-¿Suerte de que vaya a ser violada? – inquirió, sus palabras rezumando veneno. – Yo no veo la suerte por ningún sitio.

El joven asintió con brevedad, mientras hacía un gesto con el rostro que se acercaba a una media sonrisa.

-Si se lo hubieran encargado a Márquez, deberías estar temblando de miedo. No tendría ninguna consideración y se correría dentro de ti. Yo, al menos, soy cuidadoso.

De repente, el chirrido de una bisagra rompió la quietud del cuarto y alguien entró. Inmediatamente, la luz de la habitación cambió. Las lámpara se apagaron y un potente foco iluminó desde arriba el lecho en donde se encontraban ambos, dejando al resto de la habitación sumergido en una densa penumbra. La puerta se cerró y unos pasos lentos y seguros avanzaron por la habitación, justo hasta el rincón donde se encontraba la silla. Las patas del mueble arañaron el suelo cuando la movieron y alguien se sentó en ella, y su estructura crujió al sentarse alguien en ella.

La chica miró hacia allí pero no pudo ver nada. El lugar en donde sabía estaba la silla permanecía oculta a la vista de quienes estaban en la cama, pero que le permitía ver todo lo que allí ocurría. Un nudo de terror le paralizó el estómago.

-Muy bien, comencemos- dijo una voz ronca y profunda; una voz acostumbrada a mandar y a que la obedecieran.

El miedo se apoderó de la mujer. Volteó la cabeza hacia el hombre que estaba sentado a su lado, que la miró a su vez con lástima. Ella negó con la cabeza.

-¡No! ¡No, por favor!

Despacio, el hombre se levantó, irguiéndose en toda su estatura. Tenía un cuerpo robusto y bien formado. Se llevó una mano a su miembro y comenzó a tocarlo, manoseándolo de arriba abajo, despacio primero para incrementar el ritmo poco a poco, hasta ponerse duro ante sus ojos. Ella retrepó sobre la almohada, buscando el inútil refugio del cabecero de la cama.

-¡Empieza! –ordenó la voz desde el otro lado de la habitación, impaciente.

El hombre miró hacia el lugar de donde provenía la voz y aceleró el movimiento de su mano hasta que estuvo completamente empalmado. Con habilidad desenrolló un condón sobre el miembro y lo ajustó a la base. Bajó los ojos hacia la chica.

-Abre las piernas – le ordenó con un suave susurro-. Te prometo que no te haré más daño del necesario, - añadió casi con dulzura.

La mujer se encogió aún más, replegándose sobre sí misma, cerrando las piernas con tanta fuerza como pudo, hasta que los músculos comenzaron a acusar el terrible esfuerzo.

-Por tu bien, abre las piernas, muchacha – le sugirió.

-¡No! ¡Déjame marchar, por favor! ¡Déjame marchar!

Un torrente de voz llegó desde la penumbra.

-¡Átala y termina con esto!

La chica se revolvió en el momento en que el hombre se cernió sobre ella, tomándola de las muñecas. Sobre el cabecero, a ambos lados, había dispuesto un par de grilletes colgados de unas cadenas encajadas en la pared. La fuerza del hombre se impuso con facilidad a la de ella, encadenándola, con los brazos extendidos y dejándola totalmente expuesta.

Le era mucho más difícil resistirse estando en aquella postura. Sus manos se abrieron y cerraron en garras, intentando zafarse, pero todo fue inútil. El hombre trepó a la cama y, aún con dificultad, le separó las piernas y se colocó entre ellas.

El llanto se hizo más fuerte. La garganta le quemaba y el aire le faltaba en los pulmones. El hombre se apostó frente a ella, de rodillas.

-Relájate y todo irá mejor – susurró.

La voz espectadora bramó desde su lugar:

-¡Hazlo de una puta vez!

Los ojos del hombre se cernieron sobre la chica, que lloraba desconsolada. Tragó saliva antes de inclinarse sobre ella.

-Lo siento.

El grito de la mujer llenó la habitación cuando notó el miembro del hombre invadir su cuerpo, abriéndose paso a pequeños empujones, desgarrando su interior. Se retiraba para volver a entrar en ella una y otra vez, hasta que de una última y vigorosa acometida, algo cedió. Ya no podía hacer nada, tan sólo rendirse. Dejó atrás la resistencia que había mantenido hasta ese momento y su cuerpo quedó laxo.

Todo estaba vidrioso a su alrededor, a través de sus ojos empañados por las lágrimas. Cerró los párpados y éstas cayeron como ríos. El joven seguía entre sus piernas, empujando cada vez con más insistencia, pero ya no le importaba, tan sólo quería que terminara.

Desde el otro lado de la habitación se oyó el sonido de la puerta al abrirse y los pasos de alguien más que entraba. Distinguió entre las sombras la figura de un hombre no muy alto que se detuvo junto al espectador, inclinándose hacia él. Un segundo más tarde ambos salieron sin mirar atrás.

La puerta se cerró dejando dentro a la nueva chica, tumbada en la cama, con el hombre aún encima de ella. El rostro de Madrox lucía una sonrisa complacida. Se giró hacia el hombre que había entrado a sacarlo de allí y lo miró con dureza.

-¿Qué es lo que quieres? – preguntó entre dientes, irguiéndose en toda su estatura y cuadrando los hombros.

El hombre bajó la mirada, contrariado por haber tenido que estropearle la diversión

-Ha llegado el ministro Araya. Dice tener información importante que nos interesa.

Madrox pasó el peso de su cuerpo de una pierna a otra, cambiando de postura. Uniendo ambas manos ante sí, se balanceó de delante hacia atrás.

-¿Que nos puede interesar? –Alzó una ceja, mientras su mirada se tornaba pétrea.

Araya era un perro fiel a su causa, recapacitó Madrox, un hombre que se movía según sus propios intereses y que sabía ocultar su verdadera pasión por los excesos y el desenfreno a ojos de todos los demás. Algo que había heredado su único hijo y fuente de todas sus desdichas. Pero no podía quejarse, pues había sabido utilizar aquella debilidad del político en su propio beneficio y el de su organización.

El hombre frente a sí lo miraba expectante, aguardando su decisión. Madrox asintió.

-Vayamos a ver al bueno de Araya.

La sala a donde lo habían llevado para esperar a Madrox parecía un salón sacado de un castillo inglés de mitad del siglo diecinueve. Pinturas, estucos, relieves… todo ello muy ornamentado y recargado. Muebles de cara madera tallada, tapizados en brocados de seda de distintos colores. Chimenea de mármol blanco y reluciente, y alfombras de mullida lana persa. La habitación rezumaba dinero por todos sus rincones. La única nota discordante en aquella estancia eran los tres grandes espejos que ocupaban sendas paredes y que convertían a la habitación en una reiteración de imágenes.

El ministro Araya estaba sentado en uno de los sillones de damasco azul que ocupaban el centro de la habitación, junto a una mesita lacada en blanco. El hombre miraba a su alrededor, curioso. No era la primera vez que estaba allí. Había pasado mucho tiempo desde aquella otra ocasión en la que había acudido a la fortaleza de Madrox en busca de ayuda. Y, desde aquel día, se había convertido en uno de sus más leales informadores. Tenía mucho que agradecerle.

Se pasó un dedo por el cuello de su inmaculada camisa, separándolo de su piel caliente. Estaba sudando. Sacó un fino pañuelo de lino de uno de los bolsillos de su caro traje de cachemira azul y se limpió la frente. Intentó acomodarse en el sillón pero le era del todo imposible. Sentía que estaba siendo observado. Suponía que había alguien tras aquellos espejos, mirándolo, estudiando sus movimientos, fijándose en cómo actuaba o si estaba nervioso o no. No podía bajar la guardia. Sabía cómo las gastaba Madrox y cómo se enfadaba cuando se contravenían sus órdenes o cómo montaba en cólera cuando las cosas no salían como las había planeado. Madrox era metódico, listo y un hijo de puta de los pies a la cabeza.

A pesar de que llevaba años siendo su informador, jamás lo había visto. Siempre que tenía negocios que hacer con él, lo hacía en aquella sala, donde sólo escuchaba su voz. Si tenía que verse con alguien, lo hacía con algunos de sus lugartenientes y con los hombres de más confianza. Había conocido a varios de ellos a lo largo de todo aquel tiempo. El destino de los que jamás volvió a ver era una incógnita para él. Sabía que era algo que no tenía preguntar y que no debía importarle.

De repente, la chimenea se encendió por sí sola y el corazón de Araya dio un fuerte respingo dentro de su pecho. La zona más cercana a ésta se iluminó de inmediato, llenándose con un falso reflejo anaranjado. Araya miró hacia arriba, hacia el techo, para terminar bajando la mirada sobre el espejo de enormes dimensiones que tenía en la pared frente a sí. Abarcaba desde el suelo hasta el techo, al igual que los otros dos, colocados en las paredes adyacentes.

-Bienvenido, mi querido Araya – le saludó una voz amortiguada por algún tipo de mecanismo, que la hizo reverberar en la imponente habitación. Araya alzó la vista hacia la parte superior del espejo y, despacio, inclinó la cabeza en señal de respeto.

-Muchas gracias por recibirme – respondió con la boca pastosa, moviéndose inquieto en su asiento mientras notaba una gota de sudor resbalar por la sien derecha, incomodándolo.

La voz rió y aquel sonido hizo que la piel de Araya se erizara.

-Oh, no, querido amigo,- intervino al fin. -El placer es todo mío.

Araya volvió a sacar el pañuelo y lo pasó por su rostro, mientras sus ojos iban y venían por los tres espejos que lo rodeaban.

-Antes de entrar en negocios, ¿le apetece algo? ¿Un refresco? ¿Algo más fuerte?

El hombre negó con la cabeza. En verdad sí que tenía la garganta como si se la hubieran frotado por dentro con una toalla pero, en realidad, todo lo que necesitaba era salir de allí cuanto antes. Ya tendría tiempo de tomarse un trago cuando dejara atrás aquellas cuatro paredes.

-Bien – aceptó la voz, llegada desde todas partes de la habitación. –Dígame, ¿qué lo ha traído hasta aquí?

Araya tuvo deseos de quitarse la chaqueta y dejarla sobre el asiento. Sentía la espalda de su camisa mojada por el sudor, pegándose a su piel. Hacía calor allí dentro, no iba a negarlo, pero estaba absolutamente convencido que todo aquello era obra de su nerviosismo. Intentó aclararse la garganta antes de hablar.

-Hemos recibido una llamada desde los Estados Unidos. Desde una organización que trabaja a nivel mundial.

Esperó a escuchar la voz de Madrox pero nada se oyó, así que decidió continuar.

-Nos han pedido colaboración para poder entrar en el país. Están vigilando este recinto. Aterrizan hoy mismo, esta tarde.

Aguardó de nuevo la intervención de su invisible interlocutor.

-¿Así que estamos en el punto de mira de una organización americana?- terció al fin Madrox. - ¿Y de quiénes se tratan? ¿F.B.I.? ¿C.I.A.? ¿Seguridad Nacional?

-S.H.I.E.L.D., Sistema Homologado de Inteligencia, Espionaje, Logística, y Defensa.-Aclaró Araya.- O eso creo que significan sus siglas.

-¡Vaya!–la voz distorsionada de Madrox sonó complacida.- Esto sí que es nuevo. ¿Cómo debería sentirme con semejante atención sobre mi persona?

Araya miró a uno y a otro espejo. La voz le llegaba por todos lados. Tal vez fuera su imaginación o su mente, que le estaba jugando malas pasadas, pero podría jurar que la voz, en ocasiones, le llegaba con cierto tono masculino, y otras, con matices de mujer. Se pasó de nuevo el dedo por el rígido cuello de su camisa, pensando en que debería haberse quitado la corbata antes de entrar.

-No especificaron cuál era el asunto que les traía hasta aquí. Y el gobierno no preguntó. – Se pasó las manos por las rodillas, fingiendo que se las masajeaba, cuando en realidad estaba secando las palmas de las manos en el tejido del pantalón.

-Los americanos son muy dados al teatro, queridísimo Araya.

El hombre asintió, haciendo una pausa antes de preguntar:

-¿He hecho bien en avisarlo, señor Madrox? – preguntó con un hilo de voz, como si temiera la respuesta que iba a recibir.

Ésta llegó de inmediato:

-¡Oh, ha hecho muy bien, señor Araya! Muy bien – dijo la voz absolutamente complacida de Madrox.- No olvidaré esta, digamos, pequeña deferencia hacia mi persona, téngalo por seguro.

Araya dibujó una sonrisa en sus labios que apenas llegó a sus ojos, ocupados en ir de un espejo a otro, a la expectativa. Se removió inquieto. Hizo ademán de levantarse pero la voz de Madrox, llegada desde todas partes, lo detuvo.

-Antes de marcharse, mi querido amigo, dígame: ¿qué tal se encuentra su hijo?

El ministro se quedó petrificado en su sitio. Su hijo había sido el artífice de aquel lejano primer encuentro con Madrox, Dios recordaba hacía cuánto. Como hombre público que era, había determinadas cuestiones de su vida privada y de las de su familia que jamás podrían salir a la luz. Y su hijo, el cabeza loca de su único hijo, había sido lo suficientemente egoísta como para buscar sólo su propio placer, metiéndose en líos de los cuales no había sabido salir sin ayuda. Ni con ayuda tampoco, pensó con un dejo de tristeza.

Se pasó la lengua por los labios resecos e intentó conjurar una sonrisa.

-Está mejor, muchas gracias.

-¿Lo atienden bien en aquella residencia a la que lo enviamos? –preguntó, con un matiz de auténtica preocupación en la voz, pero que Araya sabía era del todo fingida.

Araya asintió pesadamente.

-Muy bien.

Esperó a una réplica por parte de Madrox, que no llegó. Araya, despacio, se levantó, mirando hacia la parte superior del espejo que tenía frente a sí, como si estuviera seguro de que su interlocutor se encontraba en aquel punto exacto.

-Espero haberle sido de ayuda. – Y añadió: -Si no tiene ninguna pregunta que hacerme, me marcho.

Se colocó bien la chaqueta con un movimiento nervioso, ajustándose las solapas y los faldones y esperando que Madrox se manifestara.

-¡Por supuesto que me ha sido de ayuda! Vaya con Dios, señor Araya.

El ministro miró por última vez hacia el espejo que tenía frente a sí y, con un cabeceo, se despidió. La puerta se abrió antes de que él llegara hasta ella, como si la hubieran accionado con un resorte oculto y salió, sintiéndose aliviado en cuanto puso un pie en el pasillo.

Si Natasha hubiera tenido que recorrer en hora punta la distancia que separaba el centro de Nueva York de donde se encontraban las instalaciones logísticas de S.H.I.E.L.D., en Englewood, le hubiera llevado casi una hora. Afortunadamente, a media mañana, aquella distancia podía solventarse en poco más de veinte minutos. Y eso la hacía inmensamente feliz. Odiaba los atascos. Odiaba aquellas situaciones que se escapaban de sus manos y que no le dejaban otra alternativa más que esperar. Ella no era mujer de esperar: era mujer de tomar la iniciativa y pasar a la acción.

Cuando entró en el hangar donde los mecánicos y técnicos estaban echando el último vistazo al quinjet, todos interrumpieron lo que tenían entre manos y la miraron al pasar. Aún llevaba sus ropas de civil, que consistían en unos vaqueros negros y una camiseta de color azul, pero, aún sin su vestuario de Viuda Negra, Natasha imponía su presencia por donde pasara.

En su mano derecha llevaba una bolsa de cuero negro, en donde había metido su atuendo de trabajo. El traje de kevlar era liviano y cómodo y, en muchos casos, le había supuesto la diferencia entre la vida y la muerte. Era su seña de identidad, así como lo eran sus Glocks, y sus más mortíferas aliadas, dos dispositivos mortales, diseñados exclusivamente para ella.

Llegó hasta el quinjet y subió a bordo sin mirar atrás. Dejó su bolsa en el compartimento de carga y pasó a la cabina. Antes de sentarse tras el tablero de mandos, miró su reloj de muñeca. Clint aún no había llegado.

Le resultaba extraño que todavía no estuviera allí. Había hablado con él justo antes de salir y le había asegurado que ya estaba en camino. Cuando estaba a punto de tomar su móvil para enviarle un mensaje, Clint apareció por una de las puertas del hangar.

Sabiendo que no podía ser vista desde su posición, Natasha se demoró en observar la entrada de su compañero en las instalaciones. El caminar de Clint era seguro y de zancada larga, contoneando levemente los hombros a cada paso que daba. Llevaba en una mano una bolsa negra de cuero, idéntica a la suya, y en la otra un maletín grande, de resistente plástico negro, en donde Clint guardaba su arco, sus flechas y sus puntas trucadas.

Natasha sonrió al verlo caminar hacia donde ella se encontraba. No había en el mundo nada que Clint quisiera más que a aquel arco. Era su arma, en efecto, y su seña de identidad. Pero también era una extensión de sí mismo. Que se atuviera a las consecuencias aquél que osara tocarlo, rozarlo siquiera, sin el consentimiento de Clint.

Pensó que hubiera sido bonito haber tenido a alguien en el mundo, a lo largo de su vida, a quien ella pudiera importarle tanto como a Clint le importaba aquel arco. Tal vez, si hubiera sido importante para sus padres, como debería serlo cualquier niño, no habría conocido la Habitación Roja ni nada de lo que llegó tras ella. No habría conocido la soledad, ni el abandono, ni el vacío que dejaba en el alma su trabajo. Pero, de haber ocurrido aquello, la niña que hubiera resultado ser no sería Natasha Romanoff, la Viuda Negra; sería otra bien distinta. Ni mejor, ni peor, sólo diferente. Sabía que había cometido muchos errores en su vida, mucho saldo en rojo en su haber, pero era quien era y estaba orgullosa de lo que había conseguido, de adonde había llegado. Si le dieran a elegir cambiarlo, probablemente no lo haría.

Natasha parpadeó, intentando hacer regresar a su mente a la realidad del momento. Lo que pudo ser y no fue, no era nada. Ella era Natasha, la Viuda Negra y estaba orgullosa de ello.

Fijó sus ojos de nuevo en Clint cuando éste estaba a punto de subir al transporte. Aclaró su garganta y se enderezó en el asiento de la nave. Estaba ajustándose el cinturón cuando oyó los pasos de su compañero a su espalda.

-Estás aquí.

Natasha volteó la cabeza. Su media melena, suelta, ondeó ante su rostro. Le sonrió de manera lánguida.

-Te estaba esperando.

Clint pasó a su lado, colocándose en el asiento que había junto a ella, sonriéndole a su vez, elevando sutilmente la comisura de sus labios.

-Pues aquí me tienes.

Como si estuvieran cumpliendo con un ritual, ambos comprobaron los indicadores de los que eran responsables y, casi al unísono, se colocaron los auriculares y ajustaron el micrófono ante sus respectivas bocas. La voz de Clint sonó por los auriculares de Natasha, alta y clara.

-¿Estamos listos?

Natasha lo miró y alzó el pulgar ante su rostro.

-Entonces, en marcha – fue la respuesta de Clint.

El eco de la voz de Ojo de Halcón se desvaneció enseguida de los oídos de la Viuda Negra, apagado por el sonido de la turbina de la nave al despegar.