Cáp. 3: Miel, lilas y luz de sol.

El bosque se encontraba en calma. Podía oír el murmullo del agua del río corriendo en su cause hacia el mar. Podía sentir el rasgar de la tierra producida por las patas de mi víctima. Ella aún no lo sabía pero pronto dejaría de respirar.

Me acerqué sigilosa con la seguridad de que no sufriría. Sería rápido. Era un ciervo de aproximadamente dos años de edad. Su olor apenas abría el apetito pero para mi era suficiente. Después de tantas décadas de cazar solo herbívoros ya ni siquiera arrugaba la nariz ante el olor, ni había deseado la sangre de ningún humano en particular.

Jamás me rendiría ante la tentación. Jamás lo defraudaría. Lo haría por él.

Cuando mi pequeña víctima se hubo desangrado me di cuenta de que estaba alerta, despierta, como hace tiempo no estaba. Me di cuenta, también, de que ahora pensaba mucho más en él. Y no creía que eso fuera posible. Pero su recuerdo ya no me causaba daño sino que, me hacía extremadamente feliz.

Desde que volví a Forks y me reencontré con todo lo que perteneció a él, he podido sentir su presencia junto a mí como si hubiera regresado y en silencio me hiciera compañía. Incluso en ese momento en el que dejaba a mis instintos de monstruo tomar control de mi cuerpo, casi podía oírlo tararear mi nana en mi oído. Y ese sentimiento me inundaba de paz y calma.

Pasaba horas sentada en la salita de nuestra casa en medio del bosque. Observando los retratos y cada detalle de ella. Casi no le creo a Esme cuando me dijo que ya se había encargado de ella. Creí que con el tiempo había ido deteriorándose pero no. O tal vez sí y Esme puso especial énfasis en dejar todo igual que antes. En esa posición podía admirar cada vestigio de nuestro amor. Su olor arremolinándose a mí alrededor como una caricia.

Sin embargo, también iba a casa de Esme buscando su presencia. Allí, en el rinconcito donde permanecía su piano era donde podía sentirlo con mayor nitidez, como si su maravillosa esencia hubiera sido absorbida por las teclas.

En un intento por tenerle cerca, hace unos veinte años, comencé a tocar el piano. Nunca sería tan buena como él pero no me importaba. Solo cuando acariciaba sus teclas armonizando una melodía me sentía realmente feliz. Como ahora.

Nunca había tocado la nana que Edward compuso para mí, pero desde que volví a Forks lo hacía cada tarde. Casi podía verlo a través del espejismo de mis emociones y por ello valía la pena. Todo el dolor del mundo valía la pena por haberle tenido cerca.

Suspiré aún con el ciervo en mis manos. Sentía mi cuerpo un poco más cálido y mis venas menos ardientes. El eco de la sed en mi garganta se había apaciguado y silenciado, por ahora.

Volví a suspirar.

Mañana comenzábamos el instituto.

Mentiría si dijera que había siquiera un deje de emoción en mí por ello. Hace tiempo que me había artado del instituto. Odiaba admitir que me incomodaba el hecho de que todos nos mirarían y hablarían de nosotros por un buen tiempo. Y siendo lo diferentes que somos los murmullos se oirán desde cada rincón. No deseaba eso.

Comencé mi camino de regreso a la casa con pasos lentos disfrutando del roce del viento sobre mi rostro. A unos cuantos metros pude distinguir a Emmett que también había terminado su cacería. Sonreía de tal manera que me sorprendió que su rostro no se trizara. Parecía haberse divertido bastante. Llevaba el cabello desordenado y sucio con restos de hojas y polvo. La camisa algo desgarrada y manchada con sangre. Sonreí mientras enarcaba una ceja.

─¿Gris, Emmett? ─supuse─.

─Negro ─contesto alzando los brazos y cruzándolos tras su nuca─.

─Suena bien.

─Más que bien.

─A Rose no le va a gustar verte así.

Hizo una mueca y agitó una mano restándole importancia.

─Le diré que fuiste tú y asunto arreglado.

Le fruncí el ceño.

Por alguna extraña razón, que aún no llegaba a comprender, Rosalie jamás se enojaba conmigo. No importaba lo que pasara, siempre estaba dispuesta a perdonar o ignorarlo.

Alice creía que lo hacía por Edward. Decía que él siempre estaba molesto con ella por su actitud hacia mí así que, para compensarlo de alguna manera, se había vuelto cordial y permisiva conmigo.

Tenía cierta lógica, eso había que reconocerlo, pero creo que hay algo más. Quizás algún día lo descubra o ella, simplemente, decida confesármelo.

─Vamos ─le urgí─. Se nos esta haciendo tarde. Alice quiere que veamos los atuendos que usaremos mañana.

Puse los ojos en blanco. Pero prefería no retar a Alice, si no conseguía lo que quería se volvía insoportablemente ella.

─Cierto ─acepto y lideró el camino de regreso─.

Más adelante hallamos a Jasper y Alice esperándonos recostados sobre un árbol con despreocupación. Alice soltó un gritito ahogado cuando vio el estado de las ropas de Emmett. Este se encogió de hombros y siguió caminando.

─¿Y Rose? ─pregunte al no percibir su aroma─.

─Termino hace tiempo ─respondió la duendecillo─. Se fue para ayudar a Nessie con su auto.

─Aja ─asentí─.

Me agradaba lo bien que se desenvolvía Renesmee en esta tierra. Gracias a Dios, los Quileutes sabían que existían personas como ella (no es que supieran lo que es ella) y no lo comentaban ni siquiera entre ellos. Era uno de los secretos de su tribu.

Así como la manada, Renesmee tampoco envejecía. Jacob, que ahora era el único alpha, decía que eran la manada más duradera que había existido en esas tierras. Al parecer mi hija tenía cierta culpa en ello.

La magia Quileute explotaba siempre y cuando los Fríos estuvieran cerca. Nosotros, si bien, hemos estado lejos suficiente tiempo como para que no quedara ninguno, hemos dejado parte de nuestra esencia aquí: Mi Renesmee. Mi pequeña niña mitad vampiro.

Según Quil me había contado, la manada estaba feliz como estaba. Extrañaban a sus amadas que ya habían fallecido pero se contentaban con poder cuidar de sus hijos, nietos y bisnietos además de su amada reservación.

Eso era bueno.

Antes de darme cuenta ya estábamos entrando a la casa blanca. Esme nos esperaba con una cálida sonrisa como se costumbre. Nos beso y se dirigió a la puerta junto con Carlisle. Ellos dos siempre iban de caza después de nosotros, al parecer era algo así como una tradición. Jasper y Alice también la seguían pero un poco diferente. A ellos les bastaba con cazar juntos, el uno al lado del otro. Yo los entendía perfectamente. Cazar junto a Edward era una de las cosas que más disfrutaba. Rosalie y Emmett eran diferentes, él es demasiado niño para que la seria Rose disfrutara su comida estando cercan de él. Entendía eso también.

Nos despedimos de ellos y fuimos hasta nuestras habitaciones para cambiarnos de ropa.

Yo estaba usando la habitación de mi Edward. No había podido obligar a mi cuerpo elegir otro lugar. Ya no me quedaban fuerzas para otra cosa que no sea amarlo.

"¿Qué me faltó por darte?", era la pregunta que venía a mí cada tarde. Le había dado todo pero él siempre encontraba la forma de darme más. Una sonrisa, una mirada, una caricia de sus manos de seda.

Me tumbe sobre su sillón negro en medio del cuarto cubriendo mi cara con mis manos. Lo necesitaba tanto. Él era mi guía, quién tomaba de mi mano y me jalaba hacia el futuro. Él era mi cordura, mi ancla a este mundo que me mantenía centrada y despierta. Ahora estoy tan cerca de la locura… estoy loca por sus labios y la necesidad de que me toque, de que me ame…

Me mantengo de pie a pesar de estar muerta. Así es como debía de ser. De pie por mi hija. Muerta por mi pérdida. Pero no es suficiente. Intento ser feliz, pero a pesar de las sonrisas y las carcajadas, no lo logro. No puedo borrar la tristeza de mi alma ni la sombra suave de su presencia en mi pecho, además no quiero hacerlo. Quiero recordarlo y sentirlo hasta que, al fin, pueda seguirlo.

─¡Bella!

El gritito de Alice me trajo de vuelta al presente. La observe entrar en la habitación danzando con los ojos brillantes y unas prendas en sus brazos. Se sentó a mi lado y acaricio mi brazo para reconfortarme. Siempre hacía lo mismo. Pero lamentablemente no lo lograba.

─¿Qué tienes ahí? ─pregunte para cambiar a el ambiente─.

Ella sonrió y danzo con una camiseta en sus manos.

─Dijiste que deseabas verte simple así que pensé que tu antiguo estilo te vendría bien, ¿Qué crees?

─Maravilloso

─¡Perfecto! ¡Pruébatelo!

Me entrego una hermosa camiseta de manga corta y escote en V de un profundo azul. Sonreí al color. Era su favorito, por lo tanto, también el mío. Unos jeans negros, zapatillas blancas y un chaleco blanco largo hasta las rodillas sin botones ni cierres complementaban mi "antiguo estilo". Fruncí el ceño. No recordaba haberme puesto algo así nunca. Ella rió.

─Vamos, Bella. No pongas esa cara. Es hermoso, ¿Verdad?

Su voz decepcionada no me sorprendió. Siempre lo hacía cuando creía que no aceptaría algo de ella. Era su chantaje emocional patentado. Y, aunque mi corazón estuviera destrozado, seguía queriéndola con lo poco que había quedado.

─Si, lo es.

Su sonrisa me incomodo por un momento. Vislumbré algo en ella que no entendía. Como si hubiera tenido alguna premonición que yo ignorara. Suspire. Después me encargaría de eso.

─Sabes ─le dije─, necesito relajarme. ¿Vamos a…?

─Nadar ─interrumpió─, ¡por supuesto!

Tomó mi mano y tiró de mí hasta salir de la casa. Me reí ante su entusiasmo.

Pasamos una tarde agradable juntas a orillas del lago. Cuando me hube artado de chapotear junto a Alice me senté a la sombra de un árbol en la orilla. Había algo que me estaba molestando hace tiempo pero no lograba identificarlo.

La piel de Alice resplandeció ante los rayos de sol que bañaban su cuerpo. Ella soltó una carcajada. Su sonrisa destelló creando un semblante angelical y alegre.

Me erguí ante esta realidad.

¿Por qué Alice estaba tan feliz?

La muerte de mi Edward nos había golpeado a todos. Ninguno de nosotros volvió a ser el mismo, ni siquiera Emmett quién de vez en cuando se quedaba en silencio con la mirada perdida. Siempre supe que en esos momentos pensaba en él. Sin embargo, sabía que a Alice fue a una de las que más le dolió. Había perdido su alegría y vivacidad, seguía igual de inquieta pero toda esa energía agobiante de había ido. ¿Y ahora? Ahora ella estaba radiante. Tanto así que hasta a mí me traspasaba un poco de su alegría. Pero, ¿Por qué?

Si mal no recuerdo esto comenzó hace un par de décadas, unos veinte años más o menos. Fue la primera vez que tuve una premonición como las de Alice. La tuvimos al mismo tiempo pero la de ella fue más explicita. Recuerdo que vimos los bosques de Forks, el río y un niño (más bien un bebé). Ella de seguro vio más pero no dijo nada. Desde esa tarde su estado de ánimo mejoró. Jasper nunca supo explicarme el por qué y yo desistí rápidamente. En ese tiempo no me sentía con fuerzas para investigar una tontería. Pero ahora si estaba intrigada. ¿Qué era todo esto?

Me senté apoyando mi espalda en el tronco rugoso del árbol y fije mi mirada en la nada buscando concentrarme, tal vez así sabría que estaba pasando. Luego de un momento el paisaje se desdibujó ante mis ojos mientras cambiaba. De pronto una aula de clases remplazó al bosque verde, un hombre regordete de apariencia desaliñada dirigía la clase monótonamente como si en realidad no quisiera estar ahí. Llevaba un libro en la mano y leía unos versos que distinguí como los de Bécquer. Era la clase de literatura. Apreté los labios. Todo eso no significaba nada. Después de un momento de oír la lectura del profesor me rendí y sacudí la cabeza.

Frente a mí se encontraba Alice mirándome ceñuda.

─¿Qué viste? ─me interrogó con voz molesta─.

No entendí el motivo de su enojo pero le respondí tranquilamente.

─Una clase de literatura.

Ella rió. Pude distinguir el alivio en su risa pero no di señas de haberlo notado. Nos pusimos de pie y volvimos a casa. Yo en silencio y ella hablando por las dos.

La noche paso rápidamente hasta que llegó la hora de ir al instituto. Nos despedimos de Esme y Carlisle y montamos en el auto de Jasper. Ninguno dijo nada. Yo, simplemente, me dediqué a mirar por la ventanilla y a pensar en él. Preguntándome donde está y donde estoy con él. Porque ese trozo que fue arrancado de mi corazón se fue con él y volverá sólo si él vuelve.

Sesenta años que no lo tengo. Sesenta años que he padecido. Esta vez las falsas ilusiones no han acudido a mi minerva por lo que no he tenido consuelo.

─Bella ─susurró Alice─.

─Si…

─¿Qué harías si Vladimiro reencarnará?

Voltee a verla con los ojos muy abiertos. ¿Me preguntó lo que creí que había preguntado?

─¿Lo dices en serio? ─asintió─. Bueno creo que básicamente haría lo mismo, aunque esta vez no dejaría participar a Emmett…

─¿Lo matarías?

─Él asesinó a Edward ─indiqué─. Por supuesto que lo haría.

Apretó los labios y se giró dándome la espalda. ¿A qué vino todo eso?

─Además ─agregué─, si ese maldito reencarnará me dedicaría a esperarlo una y otra vez para volver a matarlo.

Rosalie me miró con la aprobación plasmada en su rostro hermoso. Emmett soltó una risotada para después refunfuñar ante mi negativa a que él me ayudara. Jasper curvó sus labios en una mueca burlesca que poco a poco me iba sacando de mis casillas. Sólo Alice permanecía impávida, como si estudiara mi respuesta. No le di importancia y para ese momento ya estábamos en el estacionamiento.

Todos respiramos hondo y bajamos uno a uno del lujoso deportivo negro. Pude percibir las miradas de todos los presentes clavadas en nuestra espalda. Incluso yo me avergoncé de la escena. Podía imaginar lo extraño que nos veríamos en esa formación. Rosalie y Emmett encabezando la marcha, Alice y Jasper al final, y yo sola en medio como si fuera escoltada por cuatro ángeles de mirada fría y carente de emoción. De seguro sería imposible pasar desapercibida.

Podía oír los desagradables cuchicheos desde todos los rincones. Voces estridentes y desagradables increíblemente celosas de nuestra apariencia y de los hombres que nos acompañaban. Sentí compasión cuando me di cuenta de que mi Edward paso por esto tantas veces, por exactamente la misma situación incomoda por la que estoy pasando ahora, sola y sin él. Incompleta desde su partida.

Me falta todo lo que se fue con él y en momentos como este lo necesito. Necesito ese pedacito de corazón valiente que me ayudaba a alzar la barbilla indiferente y la fuerza para respirar tranquila y profundamente mientras las puertas a una nueva vida se abrían momentáneamente para nosotros.

─Solo por el momento… ─me repetí bajo mi aliento─

Emmett me observó hacia atrás y me sonrió tontamente. Casi suelto una carcajada en ese mismo instante pero recordé que estábamos montando una actuación. Indiferencia, era la palabra clave. Indiferencia me repetí distraídamente.

Nos encaminamos en la misma formación hacia la oficina del director por nuestros horarios. El pequeño cuarto seguía estando en el mismo lugar de siempre. La anciana señora Cope era remplazada por otra anciana de apariencia desdeñosa.

Nos miró sin demostrar ninguna emoción en sus ojos semi-cubiertos por sus arrugados parpados. Rebuscó en un cajón con una calma que me asustó. ¿Cómo podía estar frente a nosotros cinco sin sentir admiración o temor?

Sacó un grupo de papelitos de una carpeta color verde y las leyó en voz alta.

─¿Cullen y Masen?

Asentimos horrorizados.

─Sus horarios ─repuso con calma─. Luego de clases deben venir y entregarme la hoja con las firmas de sus maestros y para que firmen su informe personal.

De otra carpeta sacó una hoja en la que se veía claramente la fotografía de Jasper junto a su "información académica". Solté el aire que estaba conteniendo. Ella ya se había acostumbrado a nuestros rostros, eso era todo.

Alice le dirigió una sonrisa deslumbrante ante la cual la anciana hizo una mueca de agradecimiento.

─¿Isabella Cullen? ─dijo entregándome mi horario─

─Así es ─respondí con recelo─.

─Hubo una joven llamada así hace tiempo ─luego pareció recordar algo─. Bueno, no exactamente así. Se llamaba Swan, pero se casó con un joven de apellido Cullen…

Esto último lo dijo casi tartamudeando avergonzada. Le sonreí amablemente para tranquilizarla.

─Era mi bisabuela ─le respondí─. ¿Cómo sabe usted de ella?

Emmett bufó ante la forma en la que hablé. Igual como solía hablar mi Edward cuando quería conseguir algún favor.

─Mi madre fue su amiga ─cuando dijo esto los ojos se le vidriaron y bajó la cabeza para ocultar sus lágrimas─.

Me sorprendí ante esa revelación. ¿Su madre mi amiga?

─¿Le molestaría decirme el nombre de su madre? ─pregunté cortésmente─. Tal vez mi padre sepa algo…

─Weber ─dijo rápidamente─. Ángela Weber.

─Oh! ¡Ang! ─exclamé sin poder contenerme. Jasper me observó horrorizado─ He oído tanto de ella. Mi padre aún conserva un antiguo albún de fotos de esa época.

Ella sonrío radiante.

─¿Podrías mostrármelo, niña?

Me encogí ante la alegría de esa mujer. Voltee a ver a Jasper que mantenía los ojos cerrados con una expresión llena de paz. Lo entendí. Eran las emociones de la anciana.

─Por supuesto, ¿Señora…?

─Cheney ─respondió en seguida, yo sonreía ante eso─.

─Señora Cheney ─asentí─.

Ella les entregó sus horarios a los demás y abandonamos la oficina con un cálido adiós.

A diferencia de otras épocas, hoy habíamos empezado el curso con una sonrisa. El encuentro con la señora Cheney me había puesto de un excelente humor.

En esta ocasión Rosalie, Alice y yo fingíamos tener la misma edad y Jasper y Emmett eran un año mayor. Como de costumbre innegable Jasper y Rose eran hermanos pero su apellido había cambiado a Masen (esto como símbolo de que Edward seguía con nosotros), se suponían que, así como Alice, Emmett y yo descendíamos de los "originales Edward y Bella", ellos eran los bisnietos de Rosalie y Emmett Cullen.

La historia era bastante más simple que la que tenían antes: Nuestros primos lejanos eran nuestros mejores amigos y, como su familia viajaba mucho, vivían con nosotros. Lo de las parejas realmente no era importante. Hace décadas que dejó de importarnos. Pero también era más sencillo que sumar "dos más dos": la gente hermosa siempre está con la gente hermosa. Y en mi caso, al no haber nadie lo suficientemente hermoso, no había motivos para que me fijara en ellos realmente.

Me separé de los demás para ir a mi primera clase: matemáticas.

La mañana paso realmente tranquila. Haciendo a un lado las constantes miradas de los curiosos fue una gran jornada. Me dirigí a la cafetería flanqueada por Rose y Jasper que compartían conmigo la clase de biología. De lo que yo estaba sinceramente agradecida. No podía evitar buscar su presencia mientras escuchaba la clase que compartí con él la primera vez que lo vi.

Cerré los ojos recordando las palabras de Carmen: "La muerte no es muerte, Bella. Nadie muere realmente hasta que se le olvida". Por ello tenía claro que mi Edward jamás moriría totalmente. Y, aunque parezca una locura, siempre buscaré su presencia en cada lugar que vi junto a él.

Entramos a la cafetería y el murmullo cesó abruptamente. Todos se nos quedaron mirando mientras nosotros caminábamos sin demostrar ningún interés.

En una mesa cerca de la ventana distinguí a Alice y Emmett que permanecían con la mirada perdida sin mirar a ningún lado en particular. Tomamos nuestro almuerzo y nos sentamos frente a ellos de espalda a la puerta con la misma expresión.

Alice se giró hacia mí y me miró con los ojos brillantes. La observe dubitativa y con desconfianza ella sonrió y se encogió de hombros. Parecía ansiosa pero no lograba entender por qué.

De pronto, una ráfaga de aire sacudió mi cabello y mi corazón muerto. Estoy segura de que mis ojos estaban abiertos de par en par. Sentí como Rose se tensaba a mi lado y se ponía rígida en su asiento igual que yo, igual que todos, seguramente, pero no tenía cabeza para pensar en ello.

Desde le puerta me acaricio un aroma maravillosamente familiar. Jadee en busca de aire a pesar de no necesitarlo y sólo logré embriagarme con la esencia, su esencia. Ese maravilloso aroma mezcla de miel, lilas y luz de sol.

Alice sonrió a más no poder. Los ojos de Emmett se abrieron y pude distinguir como se debatía entre quedarse ahí y correr hacia el aroma. Tuve que obligar a mi cuerpo a quedarse donde estaba. Una vez que me repuse del impacto también pude percibir ese olor dulzón característico de los humanos y un corazón palpitando acompasadamente.

Lo seguí con mis sentidos (excepto con mis ojos) mientras se desplazaba por el lugar. Me negaba a mirarlo. Temía que su rostro hubiera sido dañado por la imperfección humana pero, más aún, temía a que luciera exactamente igual. Mi corazón no podría soportar mucho tiempo sin explotar de felicidad.

Observe a mi familia y parecía que se echarían a llorar en cualquier momento. Sus expresiones eran de una dicha infinita. Sus pechos subían y bajaban a gran velocidad mientras contenían sus cuerpos tensándose.

Dirigí mi mirada a Alice que me sonreía anhelante. Rodee mi cuerpo para apaciguar el sin número de sensaciones que su aroma produjo en mi interior. Mi cabello cayó por mi pecho al encorvarme para mantenerme unida. No había forma de que soportara todo eso. Me puse de pie y salí corriendo de la cafetería lo más humano que pude fingir antes de abalanzarme sobre aquel extraño que poseía su aroma. La esencia de aquel que amo más que a nada.

Estaba segura de que si no me alejaba de él me lanzaría a sus brazos a velocidad vampírica y mandaría todo nuestro teatro al diablo.

─¡Maldita sea, Alice! ─le grite a pesar de estar sola─ ¿Por qué no me lo dijiste?

Me deje caer sobre un gran tronco en el bosque cercano al instituto con mis manos cubriendo mi rostro y la respiración entrecortada.

Al fin mi Edward había vuelto.