Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece.

Minos tenía la tarea de inspeccionar el hotel donde por los siguientes tres días estarían hospedados. Era uno de los más lujosos y céntricos de La Toscana. Mientras Aiacos buscaba una casa en donde pasar su estancia en el mundo humano. Hades había decidido presentarse ante los mortales como un magnate griego y ellos, los honorables Jueces del Inframundo, sus guardaespaldas.

En esos dos días, había suspirado más veces que en sus miles de años de existencia, volvió a inspeccionar la calle y se volvió a sentir estúpido. Amenos que de pronto llegara un Santo de Athenea, la propia Athenea o Athenea y sus Santos, no veía más peligro en aquellas calles de la ciudad italiana; y sí acaso se los llegarán a topar, no creía que lo reconocieran, él mismo no lo había hecho, traje a medida negro, cabello recogido en su totalidad, sin sus molestos mechones en la cara en una coleta baja y unos lentes oscuros resguardaban su identidad y su cosmos lo había bajado a casi cero.

Mientras tanto, Aiacos, con un aspecto similar al de Minos, había salido a buscar «una casa decente» para su Señor, llevaba dos días haciendo aquella búsqueda y ya estaba harto, harto de tener que tratar con humanos, harto de tener que llevar aquel estúpido traje, harto del sol, harto detener que vivir como humano y por todos los dioses aquello apenas iniciaba.

Por fin, había encontrado lo que para él era «decente» era una casa espaciosa, con 5 habitaciones, tres de ellas con baño incluído, recibidor, sala, cocina, comedor, cochera, jardín y cuarto de lavado, completamente amueblada. Era perfecta, no dudó en comprarla.

Para su fortuna su Señor no había puesto límite de presupuesto, por lo que estuvo los últimos dos días buscando una casa que cubriera todas las necesidades, la mayoría que vio no estaban amuebladas y sus órdenes eran, una casa «decente». Lo cual quería decir, para él, prolongar el contacto humano hasta conseguirla y no pensaba pasarse por mueblerías y otras tiendas, así que, una amueblada era la mejor opción.

Cumplió con la orden que le dieron a tiempo y a Hades le complació el trabajo hecho por su Juez, para mayor tranquilidad de éste. Así que a la mañana siguiente los tres salían del hotel para dirigirse a la que sería su casa por «el tiempo necesario». Aquello era bastante vago y nada alentador, pero ya se habían resignado.

Para alegría de ambos jueces, ninguno de los dos tuvo que aprender a conducir, pues Hades había contratado a un chófer. Ahora rogaban a todas las divinidades que conocían para que Su Señora pronto despertara y pudieran regresar al reino de los muertos, aunque viendo los avances logrados, dudaban que eso fuera a suceder.

Llevaban poco más de dos semanas en el mundo humano y su señor apenas y había conseguido dirigirle unas cuantas palabras a la que se supone era el "recipiente" de su señora, sus avances, saber su nombre. De seguir así, iban a tardar toda su vida inmortal para conseguir algo más que el nombre de la muchacha, que por cierto, era Ariadna.

—Mi señor, ¿por qué tiene qué hacer todo esto?—se atrevió a preguntar Aiacos que estaba tumbado en el sofá de manera poco elegante y buscaba algo que ver en la televisión.

Hades lo miró por un segundo, ¿ese era su serio juez?, de estar más tiempo ahí terminaría totalmente corrompido, o sea, ya ni siquiera se esforzaba por parecer serio ante él y luego vio a Minos, que ojeaba una revista de autos, tenían que darse prisa. Maldijo a Zeus y a toda su amplia descendencia.

—Zeus no me permite hacer las cosas a mi modo... Quiere que las haga a modo humano—respondió el Dios.

—Pues sí que la agarró contra usted, ¿no?—Minos habló sin despegar la vista de la revista. En otras circunstancias habría castigado al juez por ese atrevimiento, pero de haber sido así, Minos no las hubiera pronunciado.

—A mí es al que menos gracia me hace todo esto, solo hay que verlos, están perdiendo su seriedad.

Ambos jueces palidecieron como si acabaran de recibir una sentencia; Minos aventó la revista que tenía en manos y Aiacos se sentó recto en el sofá y apagó la televisión. Hades sonrió. Hasta ese simple gesto se estaba volviendo habitual en él, tenían que apurarse y definitivamente su sobrina, era la respuesta.

—Creo que después de todo, sí vamos a necesitar ayuda—habló con voz suave—Minos, ve a Grecia, al Santuario de mi querida sobrina, dile que sí vamos necesitar de su ayuda. Ella ya está enterada de los detalles.

—No creo que sea necesario...—intentó contradecir el Juez, no porque no creyera que necesitaban ayuda, sino porque no quería la del Santuario simplemente.

—Minos—sentenció el Dios del Inframundo. Y sin más, el Juez partió a su destino.

Minos llegó al Santuario al día siguiente, hacia el medio día y se dirigió al primer templo, al parecer todos allí sabían que iría, pues aunque con recelo, ninguno de los guerreros que estaban de guardias le impidió el paso. Así llegó al templo de Aries.

—¡Minos de Griffo! Que bien te ves—gritó Mü con una sonrisa que amenazaba en volverse una carcajada.

Y es que el aspecto que lucía el de Griffo no era lo que el santo de Aries se haya imaginado algún día ver, traje de marca, en lugar de su sapuri o su túnica de juez. Así que no pudo reprimir la risa de verlo vestido así.

—Cállate, Aries. Vengo de parte Hades, para...

—Sí, sí. Athenea ya estaba esperando algo así. Vamos—interrumpió el ariano sin dejar de sonreír.

Minos se preguntó si no había forma de hundirse en el Tártaro en ese momento, por cada templo que pasaban recibía las mismas miradas de burla, pero en definitiva a quienes sí tuvo deseos de matar fueron al gemelo menor, Máscara Mortal y Milo, esos no habían reprimido las carcajadas al verlo y lo peor es que iban con él. Estaban llegando a Piscis y vio al duodécimo guardián mirarlo de arriba abajo de forma altiva, esperaba una sonrisa o una burla, pero lo que hizo, por alguna razón, lo hizo enojar más.

El maldito pez lo había ignorado, una fría mirada de reconocimiento y luego... nada, simplemente lo había ignorado, como si fuera una mota de polvo de la cual deshacerse. Quién se creía que era. Volvía a sentirse humillado por el portador de la misma maldita armadura, la misma cabellera azul celeste y de igual modo, hermoso. Malditos fueran los santos de Piscis.

Llegaron hasta la cámara del patriarca donde se encontraban Shion y la diosa Athenea y vio que de inmediato los santos se arrodillaron ante ellos, él permaneció de pie, tratando de ocultar el enfado y la incomodidad que sentía y esperó a que fuera la deidad la que dijera las primeras palabras.

—Se bienvenido, Minos. ¿Quieres tomar algo?—ofreció Saori con amabilidad, descolocando un poco al juez.

—No, por el momento, estoy bien... gracias. Supongo que sabe el motivo de mi visita ¿no es así?

—Sí, esperábamos noticias del Inframundo, ¿cómo les está yendo?—Minos paseó su vista por aquella sala, deseando que los molestos santos desaparecieran. Suspiró.

—La señora Perséfone se encuentra en La Toscana, Italia, su nombre mortal es Ariadna y...—no quería decirlo—no nos ha ido muy bien—las risas no se hicieron esperar y trató de ignorarlas—por eso el señor Hades solicita su ayuda.

—Sí, ya habíamos pensado en un plan para esta misión, Milo y Aioria te acompañarán, ellos ya saben que es lo que tienen que hacer.

Aquellas palabras sí que no se las esperaban, o sea que ellos ya estaban enterados de la misión que tenían en el mundo de los mortales e incluso se habían preparado para llevarla acabo. Se sintió frustrado, los creían unos inútiles y para rematar les enviaban a los santos más ególatras. Vaya suerte.

Le ofrecieron quedarse en el Santuario y partir al día siguiente, iba a rechazar la oferta, él prefería salir de ahí rápido, pero al escuchar que podía quedarse en la casa de su preferencia cambió de idea en el acto y decidió instalarse en la casa del único santo que lo había ignorado y que no estaba presente, Piscis.

En serio Minos iba a matar a ese santo, aún teniéndolo en su casa lo había ignorado y para hacer más desesperante la situación, el capricornio se había ofrecido a quedarse con ellos y, Afrodita, no lo había rechazado, dejándolo a cargo y él desapareciendo en algún rincón de su templo. Cuando intentó salir en su busca, Shura lo había detenido.

—Este templo está lleno de rosas envenenadas, yo no saldría de aquí si fuera tú, y créeme, Afrodita no moverá un dedo para evitar que mueras.

Minos vio que el santo se movía por aquel templo como si fuera el suyo, revolviendolo todo para sacar todo tipo de utensilios para cocinar, lo que lo hizo sospechar que Capricornio era recibido frecuentemente por Piscis. Aquello le molestó.

—Y tú debes saberlo muy bien, ¿no?

—Claro, fui testigo de cómo Máscara Mortal casi muere por ignorar las advertencias de Afrodita. No es alguien que se haga repetir—se sentó frente a él mientras esperaba que la comida estuviera lista.

—Pero sobrevivió.

—Claro, Afrodita gritó desde su jardín donde estaba el antídoto y tuve que administrarlo rápidamente. Ni siquiera una mirada le echó a Máscara—Minos se sorprendió por esa declaración, creyó que Máscara era un gran amigo del Pez.

No tuvo tiempo de replicarle a Shura pues el santo de Piscis hizo acto de presencia en ese momento y miró fijamente por un momento a su compañero y a Minos, para aumentar su enfado, lo volvió a ignorar; el juez fue consciente que por alguna razón a Afrodita no le caía en gracia, detestaba que hubiera elegido su templo, aunque gracias a los dioses Shura estaba ahí, sino probablemente terminaban matándose. Debió elegir Aries.

Al día siguiente Minos, Milo y Aioria partieron hacía Italia, el juez no había conseguido que el decimosegundo le dirigiera la palabra, en cambio el del décimo templo no le había parecido tan despreciable, para tener la cara tan seria, su conversación había sido... agradable. ¿Tendría algo con el santo de Piscis?

Espero que les esté gustando.

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