Drómeda veía a Igor cada muy poco tiempo. Encajaban a la perfección aunque se llevaran trece años y fueran muy diferentes.
Él no dejaba de sorprenderse por lo puro y fresco de la personalidad de ella en comparación con sus hermanas, lo cual era aún más curioso dado el grado de parecido físico que existía entre Bellatrix y Andrómeda.
Ella, por su parte, estaba simplemente enamorada de sus rasgos tan poco ingleses, de su forma de hablar tan correcta y distinguida y del alo de misterio que desprendía.
Ese día había ido a una fiesta privada de un amigo íntimo de él que trabajaba en Dumstrang.
Bailaban lentamente, él con movimientos amplios, correctos y precisos, ella, simplemente disfrutando, contagiaba de felicidad a los que pasaban a su lado.
No podía dejar de sentir una gran admiración por su forma de ser y de actuar y lo miraba sin disimularlo.
Él se dio cuenta por primera vez de lo bonita que era y de lo bien que habían encajado.
-Estoy muy a gusto en tu compañía Andrómeda.- y esta vez sus ojos participaban en su expresión.
-A mí también me gusta mucho estar contigo.- contestó ella a quien no había pasado desapercibida la diferencia.
Y respaldada por la idea de que había conseguido sacarle la primera sonrisa auténtica que recordaba, se acercó a él tímidamente.
Él paro el baile sonriéndole y se dirigió al jardín, para allí, besar los labios de la hermana mediana de las Black, la más encantadora, la más sincera, el alma más pura e inocente.
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Narcissa despertó.
Los rayos de sol entraban a raudales por el balcón de plata y cristal de su dormitorio.
Se incorporó en la cama y, mirándose al espejo de su tocador que quedaba justo enfrente, arregló un poco su magnífica cabellera rubia y lanzó una mirada satisfecha a su reflejo.
En ese momento, Lucius entró en el dormitorio, seguido por el elfo doméstico que llevaba la bandeja del desayuno, y la besó sentándose a su lado.
-Buenos días.- le dijo con amor.
-Que temprano te has despertado hoy.- le sonrió ella mientras él le apartaba un mechón rubio de su blanca frente.
-Así he podido encargar que nos trajeran el desayuno a la cama. Gracias querida.- Le dijo mientras le pasaba la taza de café que el elfo acababa de llenar.
-Pues me parece una idea maravillosa.-
Vivían felices, unidos y enamorados, algo que parece extremadamente fácil si vives entre galeones y joyas talladas por duendes, pero que en realidad no lo es tanto.
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Rabastan estaba harto de estar dentro de Hogwarts, su hermano siempre le escribía contándole las emocionantes misiones que tenía allá afuera y no estaba dispuesto a quedarse en segundo plano para siempre.
No podía compartir sus pensamientos con su compañero, porque Barty siempre defendía que había que acatar las órdenes del señor oscuro con orgullo y lealtad.
Y por esto se sentía cada vez más solo y abandonado.
Ya llevaban dos años y medio trabajando como profesores en Hogwarts para así tener acceso a los estudiantes, es decir, cumpliendo a rajatabla las órdenes que recibieron en un principio. Era hora de buscar la forma de salir de allí.
Escribió a su hermano diciéndole que hablase con Voldemort para recomendarlo para otra clase de misiones, y sorprendentemente funcionó.
A las pocas semanas encontraron la forma de que saliera de Hogwarts sin resultar muy sospechoso.
Barty tuvo la ocasión de salir también de su trabajo en el colegio de magia, era más fácil sacar a dos que a uno sin levantar sospechas de los otros profesores haciendo por ejemplo que fingieran pelearse y ser así expulsados, pero Barty dijo que prefería quedarse hasta acabar ese año.
Su pequeño proyecto, el mejor de sus alumnos, este año acababa por fin el colegio, y después haberse sabido que Sirius, su hermano mayor, se había unido a la orden del fénix, no podía dejar que éste saliera de Hogwarts sin su protección.
-Serás grande Regulus.- Le decía una tarde después de uno de los duros entrenamientos de oposición a maldiciones.
-Tienes ya una base en artes oscuras que muchos hubieran querido justo antes de tener que salir al mundo. Has aprendido muy deprisa, y eres fuerte y perseverante.
Y a pesar de tu juventud, y perdóname por recordártelo, de la mala influencia de tu hermano, tienes muy claras tu ideas, lo cuál es digno de admiración.
Sí, serás muy grande.-
-Gracias maestro.- Sonrió el muchacho.
-Pero Sirus ya no es parte de mi familia desde que fue a vivir con ese Potter.- Escupió Regulus, y Barty le sonrió orgulloso.
-Y en cuanto a mi preparación, gracias de verdad por estos años, porque no lo hubiera conseguido sin usted.- le dijo seriamente.
Barty puso la mano encima del hombro del muchacho, que ya quedaba a su altura. -Por ti han valido la pena Reg.-
Se miraron unos segundos a los ojos.
Había sido una suerte haberse encontrado, para Regulus, por la ocasión de tener alguien de quien aprender y en quien fijarse para evolucionar, además de ser un gran apoyo.
Para Barty, porque había educado al joven con la atención y el reconocimiento que su padre nunca tuvo hacia él. Era algo que necesitaba y sabía que con nadie habría sido tan reconfortante como con Regulus.
Y pareció lo más natural, como las miles de conversaciones que habían tenido, cuando Regulus se le acercó titubeante y Barty besó sus labios un segundo.
Se miraron de nuevo, nada había cambiado, porque era eso lo que habían sentido todo el tiempo, porque ese beso, y todos los que siguieron, fueron como una palabra de reconocimiento, como una sonrisa orgullosa, como una palmada de ánimo, como una firme decisión, como una mirada de complicad durante la clase, como una relajada risa por un comentario que solo ellos entendían.
Porque ese pequeño roce, y los más intensos que siguieron, eran parte de esa mutua admiración y reconocimiento, eran parte de esa relación tan parecida y distinta a la de un padre y su hijo, y eran la prueba de lo que sintieron casi desde el principio: que los unía algo más allá de todo.
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