Dicen que hablar solo es síntoma de locura; Sirius Black lo sabe pero no puede evitarlo.
Yacía tumbado de cualquier manera sobre la cama de la Casa de Los Gritos, pensando en voz alta y dándose conversación a si mismo para (según él) no perder la práctica.
Ese mes se le había hecho eterno; y no es que quisiera verla, no. Él era una persona madura y una niña mandona y marisabidilla no era nada preocupante. Tenía que cumplir una misión muy importante... Pero también quería volver a verla. Aunque seguramente, solo fuera para preguntarle por qué no le había delatado, o cómo consiguió atraer, tan joven, la varita sin ella. Pero quería volver a verla. Diane... Al pensar en su encuentro, Sirius esbozó una media sonrisa. Sí, lo sabía todo sobre ella. Absolutamente todo. Y valoraba mucho el que le hubiese mentido para proteger a su amigo, pero le hacía mucha gracia que hubiera cambiado tan radicalmente su identidad (que no su origen muggle) para "intentar" protegerse a sí misma. Qué mala mentirosa... Para nada.
Sirius ya sabía quién era ella antes de haberla visto personalmente.
El profesor Flictwick se sentaba a revisar y releer sus exámenes; en uno 115 de 100, en otro un diez, otro 9'75, otro diez, y otro, y otro... Sus respuestas parecían calcadas (pero con una letra más bonita) del libro. McGonnagall también fruncía el entrecejo cuando leía alguno de sus muchos trabajos para subir nota, apretando los labios, y Hagrid...
Hagrid, en una de sus visitas a Cabeza de Puerco, se la pasó bebiendo, mientras le contaba a un perro negro muy educado (Sirius sonrió maliciosamente) las aventuras del primer y segundo año de "los mejores amigos que se puedan tener", mientras dejaba una fotografía mágica en la mesa berreando a voz en grito: " ¡...Y ellos me comprenden y me tratan bien sin cobrarme, no como tú, pedazo de estiércol de troll... !". Como era de esperar, cierto perro se quedó con la imagen. Harry aparecía sonriente mirando a sus amigos y (la imagen se movía) negando con la cabeza de vez en cuando, como dándolos por perdidos. Era tan parecido a James que, de no ser por sus ojos (verdes, como los de Lily) los hubiera confundido.
A su lado estaba un muchacho pelirrojo, entre molesto y divertido, que señalaba acusadoramente a la única chica de la foto. Y oyó comentarios entre el ministro (después de haber bebido más whisky de fuego del que debiera) y la señora Rosmerta en las Tres Escobas, que daban a entender que Hermione Granger era "la más sensata del trío ese... " y empezaron a apostar sobre si en el futuro seguirían siendo un trío o no...
Y hasta ese entonces, no le dio mucha importancia a la niña de impresionantes ojos castaños y pelo enmarañado, que sabía sería un rizado más bonito que el de su prima Bellatrix, que se reía con ganas de algo que había dicho o hecho el pelirrojo. Luego fijaba la mirada en el fotógrafo, hacía un pucherito y sonreía ampliamente, saludando a la cámara con una mano. Y Sirius, ahora que se fijaba, vio que había cambiado. Lo primero que llamó su atención fueron sus ojos, muy sabios para su edad, y luego sus dientes; impolutos, blancos y perfectos (como su dentadura) pero con las palas un poco más grandes de lo normal. Y, gracias a los vaqueros que llevó en su último encuentro, pudo imaginarse las curvas que se le estarían formando.
Al ver en lo que pensaba, sacudió la cabeza cual perro, con la voz de su conciencia (en ángel y diablo, uno en cada hombro), que curiosamente, eran Lily y James, respectivamente, golpeándole insistentemente en las sienes.
"Canuto-sonreía James, con la colita del disfraz de diablillo entre las manos-solo merodea..."-aconsejó, con una sonrisa bastante pícara.
-¡Oh, no...!-exclamó, en voz alta-esa palabra no solía traer nada bueno...
y ahí estaba el ángel pelirrojo que le confirmó lo que ya sabía.
"Sirius, cariño-sonrió, dulcemente-recuerda que es una niña; podría ser tu hija...-se le borró la sonrisa de la cara –cuida de Harry, como nos prometiste, y haz de esa rata traidora una hamburguesa como las de McDonals para enviársela a Voldemort, y deja tus ansias pederastas para cuando te mueras, que aquí hay de todo...¿vale?"-sonrió ampliamente, enseñando todos los dientes. James-demoniete no parecía estar muy de acuerdo con su pelirroja, aunque seguía mirándola lascivamente, relamiéndose cada vez que se le subía un poquito la faldita blanca.
-¡ dejad los dos de comerme la oreja, coño!-exclamó, y Lily-angelito (que de ángel solo parecía tener la voz) puso una cara que hasta al mismísimo Voldemort acojonaría.
"¿no vas a hacerme caso?"-preguntó, secundada por su marido.
-Sí...-asintió, cansado.
"¿sí a mi o sí a James?"-volvió a preguntar. Sirius se lo pensó muy poco. Esbozó una sonrisa perruna, muy merodeadora y contestó:
-si a ambos-alzó una ceja, con no muy buenas intenciones en mente, mientras los dos duendecillos (rojo y blanco) desaparecían de sus hombros dándose el lote.
Bufó, desesperada. Ginny volteó a verla, dejando de lado el bollito que iba a devorar.
-¿qué te pasa ahora?-preguntó desde la otra punta de las cocinas.
-me estoy frustrando...-suspiró Hermione.
-Mione-la miró comprensiva y sonriente-masturbarse no es malo...-negó con la cabeza, con voz dulce, la misma que se utiliza para explicarles cosas a los niños.
-ay, no, Ginny-se quejó-que tengo un dilema...-la pelirroja abrió desmesuradamente los ojos, como si la hubiera visto gritando en medio de la biblioteca. (Dios y Merlín, el mundo se ha vuelto loco, ahora se para, y habrá un Papa negro como dijo Nostradamus y moriremos todos... xD)
-eso me suena a "me acabo de leer a Kant"-contestó, con pesimismo, como si no tuviera cura. Hermione omitió el pequeño detalle de que no lo había hecho, anotándolo mentalmente para hacerlo más tarde (pero seguro que sí de Rousseau, Descartes, Platón, Aristóteles...)-mira, Hermione- la observó con seriedad-la solución está en no darle vueltas a la cabeza, y cada vez que te preguntes les dices que se lean el libro de la Razón Pura, o sino, que tu también piensas que Kant debería haber cerrado la boca...-sonrió-esa última contestación no es mía,-añadió-pero es buena, ¿verdad? Yo también lo creo aunque no lo haya leído, pero bueno...lo leí en el 20 ese de los ordenadores...-hizo un gesto elocuente con la mano.
-Se llama "tuenti", Ginny, y no, a lo que me refiero es que...bueno, realmente, no sé si está bien moralmente, me refiero...-se intentó explicar.
-¿Einch?-preguntó, boquiabierta-¿qué? Hermione, al final voy a tener que estudiar árabe además de francés para entenderte...
-Él me salvó de que cayera escaleras abajo, Ginny-aclaró-y estaba muy delgado-sacudió la cabeza-aunque no sé si el perro lo estaba más...y comparten la misma comida-a Ginny se le descolgó la mandíbula.
-¿Insinúas...? ¿Estás pensando...?-Tartamudeó, atónita.
-¿Crees que debería llevarle algo de comer...?-preguntó la castaña a bocajarro, tomando entre sus manos un pan de cuarto.
-Hermione...-buscó las palabras, para no ofenderla...sin éxito-¡yo no le llevaría una barra de pan por haberme salvado de un moratón en el culo...!-gritó ,asqueada. Hermione asintió, avergonzada.
-Sí, tienes razón-tomó unos cuantos bollitos, magdalenas, etc, asintiendo, mientras la pelirroja soltaba lentamente lo que le quedaba de mala ostia, a través del aire-le llevaré unos cruasanes...-los guardó en la mochila. Ginny reprimió un grito de frustración, aunque soltó lo que le quedaba de golpe.
-Eso es lo que te ha dicho a ti-contestó, un poco borde-además, ni se te ocurra acercarte a él, Hermione-le advirtió-prométeme que no vas a darle de comer, porque sino, te juro que se lo cuento a McGonnagall...-amenazó, con cierto timbre inseguro. Al ver que no sabía ni ella misma lo que decía, intentó hacerla desistir.
-Pero es que estaba muy delgado...morirá de hambre...-añadió, dejando notar esta vez su preocupación.
-No caerá esa breva-contestó, desafiante-y que Morgana no le interrumpa, que eso es lo que debería haber hecho hace trece años-Hermione no respondió a la provocación, sino que siguió guardando lo que había cogido en la mochila-Hermione...¿estás sorda o qué?-preguntó de malas maneras.
-Me ha quedado claro, Ginny-se giró a encararla con una sonrisa huidiza en la cara-me gusta que te preocupes por mi-volvió a sonreír-eso demuestra que estás madurando...de verdad-aseguró, con voz profesional-que es para el perro, que estaba más delgado.- Ginny la miró, fijamente, queriendo saber si le mentía o no.
-Bueno-aceptó, dando por zanjado el asunto. Le puso en la mano un para de monedas de plata- tráeme algo de Honeydukes, por favor...-sonrió, como si fuera una niña pequeña.
-Vale.-sonrió ella. Ginny salió primero de las cocinas, dándole un beso fugaz en la mejilla, excusándose que tenía que ir al baño-le preguntaré a Madame Pince si fuiste o no a la biblioteca-gritó, cuando esta ya estaba fuera, sobreentendiendo que se acordaba de que Ginny tenía que hacer una redacción de pociones. Y en el momento se cerró la puerta, sacó su varita, apuntando a la mochila-lo siento, Ginny, pero no necesito tu permiso-añadió, como cuando desobedecía a sus padres. Suspiró y susurró-"traspasus"-y la mochila vibró. Hermione sonrió como si Snape le hubiera dado 50 puntos para Gryffindor.
Caminó un poco más deprisa, haciéndose la desentendida, como si lo observara todo por primera vez y se dirigió a las vallas, lejos de las miradas curiosas. Solo Merlín sabía lo que le había costado deshacerse de Ron y su culpabilidad por dejarla sola. Se sentó en una gran roca cercana a esperar, y también a observar, con disimulo, si había o no movimiento en la Casa, mientras le caían copos de nieve. Alzó la mano y dejó que cayeran sobre el guante. Lo miraba ensimismada, hasta que se dio cuenta de que, a su lado, cerca de la roca, la observaban unos maliciosos ojos azules grisáceos. Pegó un bote en el sitio, clavándose parte de la piedra en la pierna derecha. Hubiera jurado que el perro se reía de ella, hasta que lo miró fijamente. Se quitó el guante y lo acarició.
Hola –sonrió. El animal se dejaba hacer, mimoso- te he echado de menos –sonrió- en Hogwarts tengo un gato, Crookshanks –se le acercó un poco más- entre tú y yo, un poco feo –se alejó con cara de haber confesado algo muy interesante- pero muy inteligente –asintió- aunque creo que no más que tú –frunció el entrecejo y un poco los labios, empezando a parecerse a McGonnagall. Lo miró, con ojo crítico, y sacó un gran cruasán de la mochila- Toma, que estás muy delgado –el perro no hizo ascos y se lo comió en un abrir y cerrar de ojos, aunque de forma extraña. Hermione tuvo que darle una magdalena más para saber lo que lo diferenciaba de los demás perros que había visto. Soltó una exclamación admirada- ¡Caray! ¡Qué educado! Tú no comes con la boca abierta como Crookshanks... –el perro engulló la magdalena y, con el morro, olfateó a Hermione, buscando comida, por todas las partes que tenía a mano hasta dar con la mochila, que se sentó a esperar a que ella le diera. Ella sonrió avergonzada pensando que se estaba convirtiendo en una zoofílica- creo que ya sé como te voy a llamar –asintió un poco sonrojada, ya que el perro la olfateó ENTERA- Hocicos –esperó- ¿Te gusta? –el perro no le hizo ni santo caso, siguió con la lengua colgando, mirando la mochila. Le dio un bollito– Hocicos... –susurró, cuando terminó de comer la miró- ¿Está en la casa? –preguntó mirando hacia aquel lugar. No pronunció su nombre, pero el perro la miró con intención y ladró. Hermione tragó saliva. Lo miró una vez más, como queriendo asegurarse, y le preguntó con toda naturalidad, como si le pudiera responder- ¿Crees que si entro a dejarle la mochila, me hará daño... ? –susurró con miedo mordiéndose el labio inferior nerviosa. Obviamente, el canino no le contestó, sino que le mordió el pantalón, tratando de llevarla a la Casa de los Gritos. Luego la soltó, y empezó a andar hacia la casa, dándole a entender que lo siguiera. Poco a poco se fue acercando, con el corazón batiéndole a mil por hora hasta llegar a la puerta.
Giró el pomo y otra vez sintió esa sensación de Déjà vu al oir el crujir de la puerta. Olía a humedad, y vió como se filtraban goteras en las esquinas superiores del piso. Se adelantó por las escaleras hasta llegar a la planta superior y se encontró todo más roto que la última vez que entró.
Miró con ansiedad hacia todos los rincones y puertas posibles, pero no había ni rastro del fugitivo. El perro trotó hasta la cama y de un bote subió a ella, acomodándose y mirándola, apoyando la cabeza sobre las patas con paciencia. Hermione se decidió a entrar en la habitación y dejó la mochila sobre el sillón, ya que la mesa estaba completamente destrozada. Se aseguró una vez más de mirar disimuladamente a su alrededor, y se acercó al perro, acariciándole detrás de las orejas
-No comas más ratas, ¿de acuerdo? –se aseguró. Luego volvió a mirar la mochila- él distinguirá el hechizo, solo aprovéchate para que de verdad comparta la comida contigo –le sonrió con calidez, riéndose ante el tacto de la nariz. Se dio la vuelta dispuesta a irse cuando el perro saltó de la cama- no, quédate aquí. Fuera hace frío –y bajó las escaleras, sin sujetarse a la barandilla, rota en ciertos tramos que parecía estar a punto de caerse al más leve signo de apoyo por su parte. Llegó a la puerta y la abrió; alzó la mirada para ver si el perro permanecía donde le había ordenado y, en el umbral, en lo alto de la escalera, vió una figura humana envuelta en una túnica raída y muy sucia.
Sirius Black la miró fijamente. Sonrió de lado, provocándole un escalofrío y la saludó con un gesto mudo de la cabeza. Hermione restó quieta, con la puerta abierta ante ella, observándolo. Imposible, pero no; parecía haber vuelto a adelgazar. Aún a lo lejos, distinguió sus ojos claros pero no esperó más.
Después de unos segundos eternos Hermione salió de la casa de los gritos sin dejar de mirarlo fijamente, cerrando la puerta ante sí y echó a correr hacia el pueblo. Con el corazón en un puño. Todavía tenía que comprarle a Ginny brujitas de chocolate, que tanto le gustaban.
Sirius cogió la mochila y se arrellanó en el sofá, devorando con una sonrisa huidiza en la cara un enorme cruasan.
