Capitulo 4

Capitulo 4. Te Deseo.

Los labios se deslizaron suavemente sobre los de ella hasta que ya no pudieron más y se abrieron, dando paso a su boca, invadiéndola, haciéndola estremecer.

Sesshômaru le paso los brazos por la cintura y la atrajo más contra él, como queriendo absorber su calidez y abrigar con ella su frío cuerpo.

Kagome, que se encontraba perdida en un mar de sensaciones solo atino a enterrar sus manos en sus cabellos y acariciarlos, mientras cerraba los ojos despacio.

Al soltar la cesta, esta hizo un ruido que los sacó a ambos de su ensimismamiento, haciéndoles reaccionar.

La chica no se paro a mirar de nuevo al Ángel Caído, tomo la cesta y echo a correr hacia la salida, muerta de vergüenza y completamente colorada.

Cuando salio de la sala, Sesshômaru se rozo levemente los labios con las yemas de los dedos, como queriendo constatar que lo que acababa de pasar no era una alucinación. No lo era, había besado a Kagome y esta le había correspondido, pero después había huido como quien ha hecho la cosa más horrible de su vida.

No pensó nada, no era necesario, conocía bien la sensación que la morena acababa de despertar en él, era uno de los mayores defectos de los humanos y el que más rápido contagiaban a los ángeles: el deseo.

Sonrió, entonces ya todo encajaba: deseaba a la chica y de eso partían todos sus problemas. Pero bueno, como en esta vida, todo tiene solución.

Calibro sus fuerzas... Si, ya estaba listo. Ya tenía poder suficiente como para romper el maldito escudo y acabar con ese ridículo cautiverio.

Él no se dio cuenta, pero en ese preciso instante, sus ojos ambarinos se volvieron de nuevo carmesíes.

Mientras, al otro lado de la ciudad, Kagome estaba atendiendo una niña que acababa de caerse y tenía una herida bastante fea en la cabeza. Su grupo de amigos la rodeaba, intentando animarla para que no llorase.

Kagome la curaba mecánicamente, pero sus pensamientos estaban muy lejos de allí, hundidos en lo más profundo del Santuario del Norte, junto a Sesshômaru.

¿Por que la había besado? ¿Y por que su corazón se había vuelto loco de contento cuando lo hizo? Vaya preguntas más estúpidas, la respuesta era clara y sencilla: Se había enamorado de Sesshômaru.

-Señorita Kagome...

-¿Si, pequeña?

-¿Que es ese ruido?

-¿Eh?

La sacerdotisa callo y presto atención, si, había sonidos extraños en el aire...Parecían voces.

Volvió a la realidad de golpe y porrazo, aquello no eran voces, eran gritos. Al otro lado de la ciudad se oían gritos de alarma. No tardaron en sonar los cuernos de aviso para los caballeros y sacerdotes.

Presto atención un segundo y, horrorizada, comprendió el mensaje que los cuernos anunciaban en el idioma caballeresco de guerra: Sesshômaru había escapado y Naraku, Onigumo y los demonios acababan de llegar.

-¡¡Señorita Kagome!! ¡¿Que hacemos?!

Miro a los niños y pensó rápido.

-Ir a la casa de la anciana Shiori y refugiaros en su sótano hasta que todo esto pase, ¿entendido?

-¡¡Si!!

-¡Vamos, correr!

Vio como los niños la obedecían y cuando ya estuvieron lo suficientemente lejos, echo ella a correr hacia su casa, para tomar el arco y presentarse a la batalla.

Por el camino, apenas vagos pensamientos cruzaron por su cabeza.

"¿Por que?" "¿Para esto me ha besado?"

Los expulsó rápido, necesitaba mantener la cabeza fría y solucionar lo que sin duda alguna, era culpa suya. Por el camino, contemplaba pálida los cadáveres de sus vecinos, amigos y conocidos. Era normal, los ángeles habían salido para un ritual de purificación, sucedía cada cierto tiempo y era necesario. Entonces estaban siempre solos ante el peligro.

"¡No tendría que haberlo salvado!"

Llego a su casa y quedo paralizada frente a la puerta.

Estaba abierta. Había alguien allí y sabía quien era. Su cerradura era mágica, de tal manera que ni Inuyasha ni nadie mas en esa ciudad podrían abrirla. Pero sin duda, para Sesshômaru o alguno de los suyos sería coser y cantar forzarla.

Entro y cerró la puerta tras ella, su propia seguridad ya no le importaba: si moría en ese momento, bien merecido se lo tenía. Eso sí, le debía algo su ciudad: se llevaría con ella a Sesshômaru a la muerte.

Avanzo despacio hacía la sala en donde guardaba el arco y sus ropas de sacerdotisa. No tenía tiempo ni ganas de cambiarse, pero necesitaba su arma.

Sin embargo, al llegar frente a la sala, la puerta de esta se cerro ante sus narices. El mensaje era claro: Sesshômaru no quería que entrara ahí. De pronto, todas las puertas se cerraron frente a ella.

Bueno, todas menos una. La de su dormitorio permanecía abierta.

Era evidente, Sesshômaru quería que fuese allí.

Un extraño presentimiento de lo que podría ocurrir le sacudió el cuerpo, pero lo expulso con rapidez. No quería seguirle el juego al maldito arcángel, pero no tenía mas remedio.

Avanzo lentamente hasta entrar en el. La puerta se cerró tras ella y al mismo tiempo Kagome cerro las puertas de su corazón, para que, ocurriese lo que ocurriese, no pudiera rompérselo.