(la historia no pertenece es propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 2

El golpeteo de la lluvia goteando a través de las hojas y la neblina baja del Bosque Oakwald casi ahogaba la creciente corriente entre los baches y huecos.

Agachada junto al arroyo, de pieles vacías olvidadas en el banco cubierto de musgo, Aelin Ashryver Galathynius extendió una mano llena de cicatrices sobre el agua corriendo y dejó que la canción de la tormenta matutina la limpiara.

El crujido que rompía las nubes de tormenta y la ardiente respuesta del rayo había sido un violento y frenético golpe una hora antes del amanecer, ahora extendiéndose más a lo lejos, calmando su furia, así como Aelin calmaba su propio centro quemado de magia.

Respiraba en la fría neblina y lluvia fresca, arrastrándolos profundamente en sus pulmones. Su magia parpadeó en respuesta, como un bostezo de buenos días y cayera de vuelta a dormir.

De hecho, alrededor del campamento a la vista, sus compañeros seguían durmiendo, protegidos de la tormenta por un escudo invisible que había hecho Graham, y al abrigo del frío del norte que persistía incluso en pleno verano por una alegre llama rubí que ella había mantenido encendida toda la noche. Era la llama la cosa que había dificultado trabajar alrededor –cómo mantenerla chisporroteando mientras también convocaba al pequeño regalo de agua que su madre le había dado.

Aelin exionó sus dedos sobre el arroyo.

Al otro lado del arroyo, en lo alto de una roca cubierta de musgo metida en los brazos de un nudoso roble, había un par de pequeños huesos –blancos dedos flexionados y agrietados, un espejo de sus propios movimientos.

Aelin sonrió y dijo en voz tan baja que apenas era audible sobre el arroyo y la lluvia:

—Si tiene algunos consejos, amigo, me encantaría escucharlos.

Los dedos larguiruchos se lanzaron hacia atrás sobre la cima de la roca –así como tantos otros en estos bosques, que fueron tallados con símbolos y espirales.

La Gente Pequeña los había seguido desde que cruzaron la frontera hacia Terrasen.

Escoltando, había insistido Aedion cada vez que ellos se dejaban ver, profundos ojos parpadeando desde una maraña de zarzas o mirando de cerca a través de un racimo de hojas sobre uno de los famosos árboles de Oakwald. Ellos no se habían acercado tanto a Aelin para obtener un aspecto sólido de ellos.

Pero habían dejado pequeños regalos a las afueras de la frontera de los escudos nocturnos de Graham, de alguna manera depositados sin alertar a cualquiera de ellos que estaba de guardia.

Una mañana, había sido una corona de violetas silvestres. Aelin se la había dado a Evangeline, quién había llevado la corona sobre su cabeza dorada rojiza hasta que ésta se vino abajo. A la mañana siguiente, dos coronas esperaban: una para Aelin, y una más pequeña para la chica con cicatrices. Otro día, la gente pequeña dejó una réplica de Graham en su forma de halcón, elaborado de plumas de gorrión, bellotas, y cáscaras de escarabajo. Su Príncipe Fae había sonreído un poco cuando lo había encontrado –y la llevaba en su alforja desde entonces.

Aelin sonrió ante el recuerdo. A pesar de saber que la gente pequeña les estaba siguiendo cada uno de sus pasos, escuchando y observando, habían hecho cosas algo... difíciles. No es como si le importara de alguna manera, pero el deslizamiento entre los árboles con Graham era ciertamente menos romántico sabiendo que tenían audiencia. Especialmente cuando Aedion y Eliza se habían hartado de sus silenciosa, intensas miradas que los dos dieron endebles excusas para sacar fuera de vista y escena por un rato a Aelin y Graham durante un tiempo: la Lady había dejado caer su pañuelo inexistente sobre una ruta inexistente muy atrás; o que ellos necesitaban más leña para un fuego que no necesitaba madera que quemar.

Y en cuanto a su audiencia actual...

Aelin extendió los dedos sobre el arroyo, dejando que su corazón se convirtiera en un estanque del bosque calentado por el sol, dejando que su mente se sacudiera libre de sus límites normales.

Una cinta de agua ondeaba arriba del arroyo, gris y clara, y ella la movió a través de sus dedos ex- tendidos como si estuviera enhebrando un telar.

Inclinó su muñeca, admirando la forma en que podía ver su piel a través del agua, dejando que se deslizara bajo su mano y curvándose alrededor de su muñeca. Le dijo al hada mirando desde el otro lado de la roca:

—No hay mucho que informar a sus compañeros, ¿verdad?

Las hojas empapadas crujieron detrás de ella, y Aelin sabía que era sólo porque Graham quería que oyera que se acercaba.

—Cuidado, o ellos dejarán algo húmedo y frío en tu saco de dormir la próxima vez.

Aelin se obligó a soltar el agua dentro del arroyo antes de mirar por encima del hombro. —¿Crees qué aceptan peticiones? Porque dejaría mi reino por un baño caliente justo ahora.

Los ojos de Graham bailaron mientras ella se levantaba. Ella bajó el escudo que se había puesto a sí misma para mantenerse seca –el vapor esfumándose de la llama invisible mezclándose con la niebla a su alrededor. El Príncipe Fae arqueó una ceja.

—¿Debería estar preocupado por qué estés tan cariñosa tan temprano en la mañana?

Ella rodó sus ojos y se volvió hacia la roca donde el hada había estado monitoreando sus intentos chapuceros para dominar el agua. Pero sólo las hojas salpicadas de lluvia y la niebla serpenteante permanecieron.

Manos fuertes se deslizaron por su cintura, tirando de ella con intensidad, mientras los labios de Graham rozaron su cuello, justo debajo de su oreja.

Aelin arqueó la espalda contra él mientras su boca vagaba a través de su garganta, calentando su piel de la niebla helada.

—Buenos días —respiró.

El gruñido en respuesta de Graham hizo que doblara los dedos del pie.

No se habían atrevido a parar en una posada, incluso después de cruzar a Terrasen hace tres días, no cuando todavía había tantos ojos enemigos fijos en las carreteras y las tabernas. Cuando todavía corrían las de soldados de Adarlan marchando fuera de tu territorio maldito gracias a los decretos de Terry.

Especialmente cuando esos soldados muy bien podrían marchar de vuelta aquí, y muy bien po- drían optar por aliarse ellos mismos con el monstruo en Morath en lugar de su verdadero rey.

—Si quieres tomar un baño —murmuró Graham contra su cuello—, vi una piscina a un cuarto de milla atrás. Podrías calentarla... para los dos.

Ella corrió sus uñas por el dorso de las manos de él, por sus antebrazos hacia arriba.

—Podría hervir a todos los peces y las ranas dentro. Dudo que fuera muy agradable después.

—Al menos tendríamos el desayuno preparado.

Ella se rió en voz baja, y los dientes de Graham rascaron el punto sensible en su cuello que se encontraba con su hombro. Aelin clavó los dedos en los poderosos músculos de sus antebrazos, saboreando la fuerza allí.

—Los señores no van a estar aquí hasta el atardecer. Tenemos tiempo —sus palabras fueron sin aliento, apenas más que un susurro.

Al cruzar la frontera, Aedion había enviado mensajes a los pocos señores de su confianza, coordinando la reunión que iba a pasar hoy –en este claro, que Aedion mismo había utilizado para reuniones de rebeldes encubiertas estos largos años.

Habían llegado temprano a investigar el terreno, las trampas y ventajas. Ni rastro de cualquier ser humano merodeando: Aedion y la Perdición1 siempre se habían asegurado de que cualquier prueba fuera limpiada lejos de miradas hostiles. Su primo y su legendaria legión ya habían hecho tanto para garantizar la seguridad de Terrasen esta última década. Pero ellos todavía no estaban toman- do ningún riesgo, incluso con los señores quienes antes habían sido hombres de la corte de su tío.

—Podría ser tentador —dijo Graham, mordiendo su oreja de una manera que hizo difícil pensar—. Necesito estar en mi camino en una hora —para explorar el terreno por delante por cualquier amenaza. Besos como lengüetas de fuego cepillaron su mandíbula, su mejilla—. Y mantengo lo que dije. No te tomaré contra un árbol la primera vez.

—No sería contra un árbol, sería en una piscina —una risa oscura contra su ahora ardiente piel. Fue un esfuerzo no tomar una de sus manos y guiarla hasta sus pechos, para rogarle que la tocara, que la tomara, que la probara—. Sabes, estoy empezando a pensar que eres un sádico.

—Confía en mí, no me parece fácil, tampoco —tiró de ella un poco más fuerte contra él, dejándola sentir la evidencia empujando con impresionante demanda contra su trasero. Casi gimió ante eso, también.

Entonces Graham se apartó, y ella frunció el ceño ante la pérdida de su calor, por la pérdida de esas manos y ese cuerpo y esa boca. Se dio la vuelta, encontrando los ojos verde pino puestos en ella, y provocó una chispa a través de su sangre más brillante que cualquier magia.

Pero él dijo:
—¿Por qué estás tan coherente tan temprano?

Ella le sacó la lengua.

—Me hice cargo de la guardia de Aedion, desde que Eliza y Ligera roncaban suficientemente fuerte como para despertar a los muertos —la boca de Graham se crispó hacia arriba, pero Aelin se encogió de hombros—. No podía dormir de todos modos.

Su mandíbula se tensó mientras miraba hacia donde el amuleto estaba oculto debajo de su camisa y la chaqueta de cuero oscuro encima de ella.

—¿Está la Llave del Wyrd molestándote?

—No, no es eso —había tenido que usar el amuleto después de que Evangeline lo hubiera robado directo de sus alforjas y se puso el collar. Sólo lo habían descubierto porque la niña había regresa- do de lavarse con el amuleto de Orynth mostrándolo con orgullo sobre sus ropas de viaje. Gracias a los dioses que habían estado profundamente en Oakwald en ese momento –pero Aelin no iba a tomar más riesgos.

Especialmente ahora que Lorcan aún creía que tenía el auténtico.

No habían oído del guerrero inmortal desde que salieron de Rifthold, y Aelin a menudo se preguntaba cuán lejos al sur había ido, si es que todavía no se había dado cuenta de que tenía una Llave del Wyrd falsa dentro del amuleto de Orynth igualmente falso. Si él había descubierto dónde estaban los otros dos escondidos por el rey de Adarlan y el Duque Perrington.

Sin Perrington, Erawan Sino.

Un escalofrío se deslizó por su espalda, como si la sombra de Morath hubiese tomado forma detrás de ella y un dedo con garras la recorriera a lo largo de su columna vertebral.

—Es sólo... esta reunión —dijo Aelin, agitando una mano—. ¿Podríamos haberla hecho en Orynth? Fuera en el bosque es parecido a como estar a... capa y espada.

Los ojos de Graham se volvieron de nuevo al horizonte del norte. Al menos otra semana se extendía entre ellos y la ciudad –el único glorioso corazón de su reino. De este continente. Y cuando llegaran allí, sería un sinfín de consejos y preparativos y decisiones que sólo ella podía tomar. Esta reunión que Aedion había dispuesto no sería más que el comienzo todo.

—Es mejor ir hacia la ciudad con los aliados establecidos que entrar sin saber lo que puedas encontrar —dijo Graham al final. Él le dio una sonrisa irónica y dirigió una mirada mordaz a Goldryn, enfundada a través de su espalda, y a los diversos cuchillos atados a ella—. Y además pensé que 'capa y espada' era tú segundo nombre.

Ella le ofreció un gesto vulgar a cambio.

Aedion había sido tan cuidadoso con sus mensajes mientras armaban la reunión –había elegido este lugar lejos para evitar bajas de cualquier tipo posibles o los ojos de espías. Y a pesar de que él con aba en los señores, de quien él a ella había familiarizado en estas últimas semanas, Aedion aún no los había informado de cuántos viajaban a su reunión, ni de los talentos que tenían. Solo por si acaso.

No importaba que Aelin fuera portadora de un arma capaz de acabar con todo este valle, junto con las grises montañas Staghorn sobre él. Y eso era sólo su magia.

Graham jugó con un mechón de su cabello, que había crecido casi hasta sus pechos de nuevo.

—¿Estás preocupada porque Erawan aún no ha hecho un movimiento?
Ella succionó un diente.

—¿Qué es lo está esperando él? ¿Estamos locos por esperar una invitación para marchar contra él? ¿O es que está dejando reunir nuestras fuerzas, dejándome volver con Aedion para conseguir a La Perdición y levantar a un ejército más grande alrededor, solo así él pueda disfrutar de nuestra total desesperación cuando fallemos?

Los dedos de Graham se detuvieron en su pelo.

—Has oído al mensajero de Aedion. Esa explosión se llevó una buena parte de Morath. Él podría estar reconstruyéndose a sí mismo.

—Nadie se ha atribuido la explosión así como que haya sucedido. No creo eso.

—Tú no confías en nada.

Ella lo miró a los ojos.

—Confío en ti.

Graham rozó un dedo por su mejilla. La lluvia era intensa nuevamente, su golpeteo suave el único sonido por millas.

Aelin se puso de puntitas. Sintió los ojos de Graham sobre ella todo el tiempo, sintió que su cuerpo le seguía con atención depredadora, mientras ella besaba la comisura de su boca, el arco de sus labios, la otra esquina.

Suaves, burlones besos. Diseñados para ver cuál de ellos cedía en primer lugar.

Graham lo hizo.

Con una inhalación brusca, la agarró por las caderas, tirando de ella contra él mientras inclinó su boca sobre la de ella, profundizando el beso hasta que sus rodillas amenazaban con doblarse. Su lengua rozó perezosamente –hábiles caricias que le decían a ella lo que él era capaz de hacer en otro lugar.

Brasas chisporrotearon en su sangre, y el musgo debajo de ellos silbó mientras la lluvia se convertía en vapor.

Aelin rompió el beso, con la respiración entrecortada, satisfecha de encontrar el propio pecho de Graham subiendo y bajando en un ritmo irregular. Tan nuevo –lo que había entre ellos seguía sien- do tan nuevo, tan... crudo. Absolutamente incontenible. El deseo era sólo el comienzo del mismo.

Graham hacía a su magia cantar. Y tal vez esa era la unión carranam entre ellos, pero... su magia quería bailar con la suya. Y por la escarcha chispeante en sus ojos, ella sabía que la de él exigía lo mismo.

Graham se inclinó hacia delante hasta que estuvieron frente a frente.

—Pronto —prometió, con la voz ronca y baja—. Vamos a un lugar seguro en algún lugar defendible.

Debido a que su seguridad siempre era lo primero. Para él, mantenerla protegida, mantenerla viva, siempre era lo primero. Él había aprendido de la manera difícil.

Su corazón se tensó, y se echó hacia atrás para levantar una mano a su cara. Graham leyó la suavidad de sus ojos, su cuerpo y su propia ferocidad inherente se deslizó en una dulzura que pocos podían ver. Su garganta le dolía por el esfuerzo de mantener las palabras.

Había estado enamorada de él desde hace tiempo. Más de lo que quería admitir.

Trató de no pensar en ello, si él sentía lo mismo. Esas cosas, esos deseos estaban en el fondo de una lista de prioridades muy, muy larga y sangrienta.

Así que Aelin besó a Graham suavemente, sus manos otra vez entrelazadas en su cadera. —Corazón de Fuego —dijo sobre su boca.

—Buitre —murmuró en la suya.

Graham rió, el ruido resonando en su pecho.

Desde el campamento, la dulce voz de Evangeline sonó a través de la lluvia:

—¿Ya es hora del desayuno?

Aelin resopló. Efectivamente, Ligera y Evangeline ahora estaban empujando a la pobre Lysandra, tumbada como un leopardo fantasma junto al fuego de leña inmortal. Aedion, enfrente del fuego, estaba tan inmóvil como una roca. Ligera podría probablemente saltar sobre él a la próxima.

—Esto no puede terminar bien —murmuró Graham.

Evangeline aulló:

—¡Cooooomida! —Ligera contestó con un aullido un segundo más tarde.

Entonces un rugido de Eliza onduló hacia ellos, silenciando a la niña y perra.

Graham rió de nuevo y Aelin pensó que nunca podría cansarse de ello, esa risa. Esa sonrisa.

—Debemos hacer el desayuno —dijo, volviéndose hacia el campamento—, antes de que Evangeline y Ligera saqueen todo el sitio.

Aelin rió, pero miró por encima de su hombro a la selva que se extendía hacia Staghorns. Hacia los señores que eran la esperanza de hacer su camino hacia el sur –para decidir cómo iban a proceder con la guerra... y la reconstrucción de su reino roto.

Cuando volvió a mirar, Graham estaba a la mitad de camino al campo, el pelo dorado rojizo de Evangeline parpadeando mientras ella se dirigía a través de los árboles empapados, el príncipe pidiendo por tostadas y huevos.

Su familia –y su reino.

Dos sueños que creía perdidos, se dio cuenta cuando el viento del norte le revolvió el cabello. Que ella haría cualquier cosa –estropearse a sí misma, venderse a sí misma– para protegerlos.

Aelin estaba a punto de dirigirse al campamento para alejar a Evangeline de la cocina de Graham cuando notó el objeto en lo alto de la roca a través del arroyo.

Despejó la corriente en un salto y estudió cuidadosamente lo que le habían dejado las hadas.

Fabricado con las ramitas, telarañas, y escamas de pescado, el pequeño wyvern era alarmante- mente precioso, sus alas extendidas y los colmillos de espinas rugiendo.

Aelin dejó el wyvern donde estaba, pero sus ojos se desplazaron hacia el sur, hacia la antigua corriente de Oakwald, y Morath acechando mucho más allá de allí. Con Erawan renacido, esperando por ella con su horda de brujas Ironteeth y soldados Valg de infantería.

Y Aelin Galathynius, Reina de Terrasen, sabía que el tiempo llegaría pronto para probar lo mucho que ella podría sangrar por Erilea.

ooooo

Era útil, Aedion Ashryver pensó, viajar con dos dotados con manipuladores mágicos.

Especialmente durante el mal tiempo.

Las lluvias se detuvieron durante todo el día, mientras se preparaban para la reunión. Graham había volado hacia el norte dos veces para seguir el progreso de los señores, pero no los había podido rastrear por su olor.

Nadie le hacía frente a los caminos notoriamente fangosos de Terrasen en este tiempo. Pero con Ren Allsbrook en su compañía, Aedion tenía pocas dudas de que ellos se quedarían ocultos hasta la puesta del sol de todos modos. A menos que el tiempo les hubiera retrasado. Lo que era una buena posibilidad.

Un trueno retumbó, tan cerca que los árboles se estremecieron. Los relámpagos llegaron apenas un segundo después, haciendo parecer a las hojas empapadas con plata, iluminando el mundo con tal intensidad que sus sentidos Fae estaban cegados. Pero al menos estaba seco. Y cálido.

Habían esquivado tanto a la civilización que Aedion apenas había presenciado o sido capaz de rastrear cuántos manipuladores mágicos se habían escapado escondiéndose, o quien ahora estaba disfrutando el regreso de sus dones. Sólo había visto a una niña, de no más de nueve, tejiendo zarcillos de agua por encima de la fuente en solitario de su pueblo para entretenerse y el placer de un grupo de niños.

Caras de piedra, adultos con cicatrices habían mirado desde las sombras, pero ninguno había interferido para bien o para mal. Los mensajeros de Aedion ya habían confirmado que la mayoría de la gente ahora sabía que el rey de Adarlan había ejercido sus poderes oscuros para reprimir la magia estos últimos diez años. Pero aun así, dudaba que quienes habían sufrido su pérdida, luego del exterminio de su especie, pudieran cómodamente revelar sus poderes en cualquier momento.

Al menos hasta que la gente como sus compañeros, y esa chica en la plaza, les mostraran al mundo que era seguro hacerlo. Que una chica con un don del agua podría garantizar a su pueblo y sus tierras de cultivo prosperidad.

Aedion frunció el ceño hacia el cielo oscuro, girando distraídamente la Espada de Orynth entre sus manos. Incluso antes de que la magia hubiera desaparecido, se había producido un tipo de miedo por encima de todo, los portadores de magia siendo parias en el mejor de los casos, muertos en el peor de ellos. Cortes en cada territorio los habían buscado como espías y asesinos durante siglos. Pero su corte...

Un ronroneo gutural encantado retumbó a través de su pequeño campamento, y Aedion desvió su mirada al tema de sus pensamientos. Evangeline estaba arrodillada sobre su colchoneta de dormir, tarareando mientras cepillaba suavemente el pelaje de Eliza.

Le había llevado días para acostumbrarse a la forma de leopardo fantasma. Años en los Staghorns acostumbrado a la reacción intensa de terror en él. Pero era Eliza, garras replegadas, tendida sobre su vientre como en su sala de cepillado.

Espía y asesina de hecho. Una sonrisa tiró de sus labios en los ojos verdes pálido, párpados pesados con placer. Eso sería un buen espectáculo para los señores cuando llegaran.

La cambiadora de forma había utilizado estas semanas de viaje para probar nuevas formas: pájaros, animales, insectos que tenían una tendencia a vibrar en su oído o morderlo. En raras ocasiones –tan raramente– Eliza había tomado la forma humana que él había conocido de ella. Teniendo en cuenta todo lo que le habían hecho a ella y todo lo que se había visto obligada a hacer en ese cuerpo humano, Aedion no la culpaba. A pesar de que tendría que tomar forma humana pronto, cuando fuera presentada como una dama en la corte de Aelin.

Se preguntó si ella usaría esa exquisita cara, o encontraría otra piel humana que le convendría.

Más que eso, a menudo se preguntaba lo que se sentía ser capaz de cambiar hueso y piel y color, aunque él no había preguntado. Sobre todo porque Eliza no había estado en forma humana el tiempo su ciente para hacerlo.

Aedion se parecía a Aelin, sentada frente al fuego con Ligera tumbada en su regazo, jugando con las largas orejas de la perra –esperando como todos ellos. Su prima, sin embargo, estaba estudiando la antigua espada –la espada de su padre– que Aedion con tan poca ceremonia giraba y lanzaba de mano en mano, cada pulgada de la empuñadura de metal y el pomo de hueso roto tan familiar para él como su propia cara. El dolor brilló en sus ojos, tan rápido como el rayo encima, y luego desapareció.

Ella le había regresado la espada a él en cuanto salieron de Rifthold, eligiendo mantener a Goldryn en su lugar. Había intentado convencerla para mantener la espada sagrada de Terrasen, pero ella había insistido en que estaba mejor en sus manos, que merecía el honor más que nadie, incluyéndola a ella.

Se estaba volviendo más tranquila cuanto más al norte viajaban. Quizás semanas en la carretera la habían minado.

Después de esta noche, dependiendo de lo que reportaran los señores, él intentaría encontrarle un lugar tranquilo para descansar por un día o dos antes de hacer el último tramo de la caminata a Orynth.

Aedion desenroscó sus pies, envainando la espada al lado del cuchillo que Graham le había regala- do, y se dirigió a ella. La cola de Ligera lo golpeó a modo de saludo mientras se sentaba al lado de su reina.

—Podrías necesitar un corte de pelo —dijo. De hecho, su pelo había crecido más de lo que él acostumbraba mantener—. Esta casi del mismo largo que el mío —Ella frunció el ceño—. Hace parecer que nos pusimos de acuerdo.

Aedion resopló, acariciando la cabeza de la perra.

—¿Y qué si lo hicimos?

Aelin se encogió de hombros.

—Si quieres empezar a usar conjuntos a juego, estoy dentro.

Él sonrió.

—La Perdición nunca me dejaría olvidarlo.

Su legión ahora acampaba en las afueras de Orynth, donde les había ordenado reforzar las defensas de la ciudad y esperar. Esperar a matar y morir por ella.

Y con el dinero que Aelin había conseguido maquinando el asesinato de su antiguo maestro esta primavera, podrían comprarse un ejército para ayudar a La Perdición. Quizás mercenarios, también.

La chispa en los ojos de Aelin murió un poco como si ella también considerara todo lo que implificaba estar al mando de su legión. Los riesgos y costos –no de oro, sino de sus vidas. Aedion podría haber jurado que la fogata parpadeó también.

Ella se había sacrificado y luchado y casi muerto una y otra vez durante los últimos diez años. Sin embargo, él sabía que se resistía a enviar soldados –enviarlo a él– a luchar.

Que, por encima de todo, sería su primera prueba como reina.

Pero antes de eso... esta reunión.

—¿Recuerdas todo lo que te dije acerca de ellos?

Aelin le dio una mirada plana.

—Sí, lo recuerdo todo, primo —ella le dio un golpecito en sus costillas, justo donde aún se seguía curando el tatuaje que Graham le había pintado hace tres días. Todos sus nombres, entrelazados en un complejo nudo de Terrasen a la derecha cerca de su corazón. Aedion hizo una mueca mientras ella pinchó la carne dolorida, y él golpeó lejos sus manos mientras ella enumeraba—. Murtaugh era el hijo de un granjero, pero se casó con la abuela de Ren. A pesar de que no nació en la línea Allsbrook, sigue contando con un asiento, a pesar de tu insistencia en que Ren tome el título —ella miró hacia el cielo—Darrow es el propietario más rico después de su servidor, y más que eso, él controla a los pocos señores que sobreviven, principalmente a través de años de cuidadosa manipulación durante la ocupación de Adarlan —le dio una mirada lo suficientemente a lada para cortar la piel.

Aedion levantó las manos.

—¿Me puedes culpar por querer asegurarme de que todo vaya bien?

Ella se encogió de hombros, pero no mordió el anzuelo.

—Darrow era amante de tu tío —añadió, estirando las piernas delante de él—. Por décadas. Él nunca me ha hablado ni una vez sobre tu tío, pero... ellos eran muy cercanos, Aelin. Darrow no lamenta públicamente a Orlon más allá de lo necesario después de la muerte de un rey, pero se convirtió en un hombre diferente después. Es un duro bastardo ahora, pero aun así es una persona justa. Gran parte de lo que ha hecho ha sido por su amor eterno por Orlon y Terrasen. Su propia maniobra nos mantuvo lejos de morir de hambre y en la miseria. Recuerda eso —de hecho, Darrow estaba en la delgada línea entre servir al Rey de Adarlan y debilitarlo.

—Yo. Lo. Sé —dijo ella con fuerza. Empujó demasiado lejos –ese tono era probablemente su prime- ra y última advertencia de que estaba empezando a enojarse. Se había pasado muchas de las millas que habían viajado en esos últimos días hablándole de Ren, y Murtaugh, y Darrow. Aedion sabía que ella podía probablemente ahora recitar sus tierras, sus cultivos y el ganado y los bienes que producían, sus antepasados, y los miembros de la familia muertos y sobrevivientes de esta última década. Pero presionarla una última vez, para asegurándose de que lo sabía... No podía eliminar sus instintos para asegurarse de que todo iría bien. No cuando había tanto en juego.

Desde donde había estado posado en una rama alta para vigilar el bosque, Graham chasqueó su pico y aleteo en la lluvia, navegando a través de su escudo como si se abriera para él.

Aedion descansó a sus pies, explorando el bosque, escuchando. Sólo el goteo de la lluvia en las hojas llenó sus oídos. Eliza se estiró, dejando al descubierto sus largos dientes mientras lo hacía, sus garras como agujas patinándose libres y brillando en la luz del fuego.

Hasta que Graham diera el visto bueno, hasta que fueran sólo los señores y nadie más, los protocolos de seguridad se mantendrían.

Evangeline, como le habían enseñado, se arrastró al fuego. Las llamas se separaron como cortinas para permitirle el paso a ella y a Ligera, que sintiendo el miedo de la niña se mantuvo cerca, pasan- do a través de un anillo interior que no la quemaba. Pero que derretiría los huesos de sus enemigos.

Aelin simplemente echó un vistazo a Aedion en una orden silenciosa, y él dio un paso hacia el lado occidental del fuego, Eliza ocupó un lugar en la parte sur. Aelin tomó el norte, pero miraba al oeste, hacia donde Graham aleteaba.

Una brisa seca y caliente fluía a través de su pequeña burbuja, y las chispas bailaban como luciérnagas en los dedos de Aelin, su mano colgando casualmente a su lado. La otra tomaba a Goldryn, el rubí en su empuñadura brillaba como una llama.

Las hojas se movían ligeramente y las ramas chasqueaban y la Espada de Orynth brillaba en oro y rojo a la luz de las llamas de Aelin mientras él desenvainaba. Ladeó la antigua daga que Graham le había regalado en su otra mano. Graham había estado enseñándole a Aedion –enseñándoles a todos ellos, en realidad– sobre las viejas costumbres estas semanas. Acerca de las tradiciones y códigos olvidados hace tiempo de los Fae, en su mayoría abandonadas, incluso en los tribunales de Maeve. Pero que renacerían aquí, y se sancionarían a partir de ahora, mientras caían en los roles y deberes que ellos habían resuelto y decidido para sí mismos.

Graham salió de la lluvia en su forma Fae, su cabello plateado pegado a la cabeza, su tatuaje marca- do en su rostro bronceado. No había señales de los señores.

Pero Graham sostenía su cuchillo de caza contra la garganta desnuda de un hombre joven y de delgada nariz y lo condujo hacia el fuego –el extraño viajero estaba manchado con la ropa empapada y sostenía el escudo de Darrow con notable fastidio.

—Un mensajero —dijo Graham entre dientes.

oooo

Aelin decidió en ese mismo momento que no le gustaban las sorpresas.

Los ojos azules del mensajero estaban muy abiertos, pero su cara pecosa mojada por la lluvia es- taba en calma. Estable. Incluso cuando vio a Eliza, sus colmillos dorados con la luz del fuego. Incluso cuando Graham lo empujó al frente, con ese cruel cuchillo todavía en su garganta.

Aedion señaló con la barbilla hacia Graham.

—No puede entregar el mensaje con un cuchillo en su garganta.

Graham bajó su arma, pero el príncipe Fae no envainó el cuchillo. No se movió a más de un pie del hombre.

Aedion demandó:

—¿Dónde están?

El hombre se inclinó ligeramente a su prima.

—En una taberna, a cuatro millas de aquí, General.

Las palabras murieron cuando Aelin al fin dio la vuelta a la curva del fuego. Mantuvo la ama alta, mantuvo a Evangeline y Ligera en su interior. El mensajero dejó escapar un pequeño ruido.

Él sabía. Por la manera en que él mantenía la mirada entre ella y Aedion, viendo los mismos ojos, el mismo color de pelo... él sabía. Y como si el pensamiento le había golpeado, el mensajero se inclinó.

Aelin observó la forma en que el hombre bajó los ojos, vio la parte trasera de su cuello expuesta, su piel brillaba con la lluvia. Su magia se calentó en respuesta. Y esa cosa –ese horrible poder colgando entre sus senos– parecía abrir un antiguo ojo en toda la conmoción.

El mensajero se puso rígido, con los ojos abiertos ante la cercanía silenciosa de Eliza, retorciéndose los bigotes mientras olía su ropa mojada. Él fue lo suficientemente inteligente como para permanecer quieto.

—¿Está cancelada la reunión? —dijo Aedion de modo cortante, explorando el bosque de nuevo.

El hombre hizo una mueca.

—No, General, pero quieren que vayan a la taberna donde se están quedando. Debido a la lluvia.

Aedion rodó los ojos.

—Ve a decirle a Darrow que arrastre su cuerpo hasta aquí. El agua no lo va a matar.

—No es Lord Darrow —dijo el hombre rápidamente—. Con el debido respeto, Lord Murtaugh no ha estado bien este verano. Lord Ren no lo quería afuera en la oscuridad y la lluvia.

El viejo había recorrido los reinos como un demonio del infierno esta primavera, recordó Aelin. Tal vez le había pasado factura. Aedion suspiro.

—Sabes que necesitaremos explorar la taberna primero. La reunión será más tarde de lo que quieren.

—Por supuesto, General. Ellos cuenta con eso —el mensajero se encogió cuando por fin vio a Evangeline y a Ligera dentro del anillo de fuego seguras. Y a pesar del príncipe Fae armado junto a él, a pesar del leopardo fantasma con las garras desenvainadas que lo olía, la visión del fuego de Aelin hizo su cara palidecer—. Pero ellos están esperando y Lord Darrow es impaciente. El estar fuera de las paredes Orynth lo pone ansioso. Nos pone a todos ansiosos, en estos días.

Aelin resopló suavemente. Por supuesto.


1 La Perdición/The Bane: se re ere al ejército de Aedion.