El chico podía sentir que la cara de la muchacha estaba completamente empapada y que, de hecho, seguía llorando mientras lo besaba. Es más, había sido ella quien profundizó el beso. El joven no lo podía creer, desde el momento en el que se encontró con Pilika, había sentido que estaba en trance, como si se tratase de un sueño del cual no podía salir. Y ahora, ella lo estaba besando de nuevo. Quizá no en las condiciones que él hubiese preferido, es decir, hubiese sido genial si ella no estuviese llorando pero, qué diablos? así y todo, el beso era perfecto. Ella lo tomó de la cara y lo separó de sí, y mirándolo a los ojos le dijo:
- Duerme conmigo. Por favor...
Su cara no solo estaba húmeda, sino que también estaba extremadamente roja. Estaba algo agitada, tanto por el llanto como por el beso, pero su abatimiento no le impidió hacer su petición de manera clara.
- Recuéstate aquí a mi lado y duerme conmigo...
Lo decía con voz muy baja y algo triste. Su cara también oscilaba entre la angustia y el atrevimiento. Sus ojitos celestes lo miraban de una forma irresistible, cómo decirle que no? o mejor dicho, por qué decirle que no? Si lo que más había deseado en todo el día era volver a estar cerca de su cuerpo, volver a sentirla. Y aunque las intenciones de la muchacha no fuesen las que él hubiese deseado, la sola idea de dormir a su lado le gustaba bastante. Además, ella lo necesitaba, necesitaba que él la acompañase, y él no se iba a permitir excederse porque era, ante todo, un caballero. Sin siquiera contestarle a la muchacha, se quitó la ropa quedando solo en boxers y así se acostó junto a ella. Algo que a ambos les resultaba extraño era la confianza con la que se habían manejado. Ella tenía puesta la camisa de Len y ropa interior, y él ni siquiera se había tomado la molestia de ponerse unos cortos para dormir junto a ella. Y ninguno de los dos parecía reparar en el asunto, se sentían cómodos el uno con el otro como para preocuparse por la vergüenza o el pudor.
En el medio del silencio, Len estaba recostado sobre su espalda prácticamente tieso e inmóvil. No eran precisamente los nervios lo que lo mantenían así, temía que al acercarse mucho a la chica, el cuerpo le jugase una mala pasada. Pero Pilika no pareció tener esto en cuenta cuando lentamente pasó su mano por su pecho, luego por su cuello hasta llegar a su mejilla, y ejerciendo algo de presión, acercó su cara hacia ella y le dio un leve beso. "Buenas noches", le susurró y lo abrazó por la cintura, apoyando su cara en el hombro de él. "Será una larga noche", se dijo para sí el shaman.
La luz que entraba por la ventana hizo que se refregara los ojos antes de poder abrirlos. La blanca habitación brillaba tanto con los rayos solares de la mañana, que la muchacha se despertó algo enceguecida. Bostezó y estiró los brazos para luego sentarse en la cama. El chico que se había dormido a su lado ahora ya no estaba allí y, al notarlo, se apoderó de ella una desesperación tan inexplicable como repentina.
-LEEEEEN!- Gritó y automáticamente el chico salió del baño.
-Hola.- Le dijo. -Vístete, nos vamos. Arreglé con el piloto del avión que en una hora partimos.
-Está bien...
Desayunaron rápidamente y partieron rumbo a Hokkaido. En el avión, Len se quedó dormido debido a que no había podido descansar la noche anterior. Dormir junto a Pilika lo había mantenido despierto casi toda la noche. Pilika, en cambio, estaba completamente anonadada: iba a volver a su hogar! Y si realmente su hermano estaba allí? Luego de tanto tiempo de no verlo, de no saber si quiera si estaba con vida... Las cuatro horas del vuelo pasaron lentas, pero sobre todo ansiosas. Al aterrizar, Len pudo observar que la cara de la chica adoptó una expresión que jamás había visto antes, era mezcla de tristeza con felicidad... era nostalgia. Estaban en un bosque, un frío bosque cubierto de nieve que, casualmente, quedaba cerca de la aldea donde la chica vivía. Sin decir nada, Pilika tomó de la mano a Len y salió corriendo en dirección de su hogar. Corrieron al rededor de un cuarto de hora, quizá unos veinte minutos. La chica estaba cansada pero aún así no aminoró la marcha y jadeando abrió la puerta de su casa, sin soltar a Tao en ningún momento. La pequeña cocina estaba tal y como Pilika la había dejado.
-No está aquí.- Dijo, casi en un susurro y comenzó a temblar. Las lágrimas escapaban de sus ojos lentamente hasta que se quebró y rompió en un llanto tan profundo como desesperado. Len no sabía qué hacer, había visto a la chica llorando pero nunca en ese estado, se sentía tan inútil y se odiaba por ello, odiaba no poder hacer más que mirar cómo la muchacha lloraba, ahora arrodillada en el piso, hasta que de repente cayó inconsciente.
"Diablos! Y si por toda esta angustia le pasase algo? qué debo hacer?" Por lo pronto, cargó a la muchacha en brazos con la intención de acostarla en su cama. Al fondo del pasillo había dos puertas de un lado y otra del lado contrario, probó con la primera y en seguida se dio cuenta que era el cuarto de Horohoro: era pequeño y azul y sólo contaba con un futón, una silla y un armario. Junto a este, había un par de tablas de snowboard; sobre la silla, ropa que seguramente su hermana le había doblado. Era escalofriante pensar que el cuarto se veía cómo si Horo hubiese estado allí horas, quizá minutos antes. Todo conservaba un orden tan hogareño que era difícil de creer que allí mismo estuviese sucediendo tal evento. Len abandonó ese cuarto tan pronto esa sensación extraña lo empezó a invadir. La casa de los hermanos Usui tenía, para él, esa particularidad, era pequeña y bonita pero, a pesar de no haber estado allí nunca en su vida, le daba una especie de nostalgia. Como si la ausencia de Horohoro se sintiese en las paredes. Len probó con la puerta de al lado y ésta sí era la del cuarto de Pilika. Era igual al de su hermano, con la diferencia de que las paredes eran de un celeste pastel y que además ella tenía una máquina de coser. Recostó a la chica en el futón y se sentó frente a ella. No pasaron ni diez minutos que el muchacho ya se había quedado dormido.
Al despertar, Len se dio cuenta de que Pilika ya no estaba allí recostada. Salió del cuarto y el olor a comida le hizo entender que la chica estaba cocinando.
-Hola, Len... no sé preparar comida china, pero espero que ésto te guste.- Le dijo Pilika con una leve sonrisa.
-Sí...- Le contestó vagamente el chico, lo confundía verla tan recuperada.- Oye, estás bien?
-No, pero sabes? Hoy me di cuenta de que si a mi hermano le hubiese ocurrido algo, ya me hubiese dado cuenta. Lo hubiese sentido, entiendes? Lo hubiese sentido.. aquí.- Dijo, señalándose el percho.
El chino le sonrió de forma arrogante, como siempre que sonreía, y le aseguró que iban a encontrarlo. Pero la chica lo miraba seriamente:
-Nunca en la vida podré encontrar forma de agradecerte lo que hiciste por mí. Realmente no quiero ser una molestia...
-No.. No lo eres. Además, ahora que estamos en tu casa, la molestia sería yo.- Al oír esto, la chica se sonrío, pero luego su expresión cambió a una angustiada. Sonrojada, le preguntó:
-Puedes quedarte conmigo, Len?
-Ya te dije que te acompañaría, o no? Te dije que íbamos a encontrar a Horohoro y, hasta que no suceda, no te dejaré.
-Eres increíble.- Murmuró Pilika mientras movía la sartén de forma chistosa y torpe. Era temprano para cenar y tarde para almorzar, técnicamente era la hora de la merienda. Pero ambos estaban bastante hambrientos entonces hicieron una especie de cena a las 5 de la tarde. Comieron en silencio y con bastante prisa y al terminar, Pilika se levantó y, sin decir nada, se fue a su cuarto. Se veía pálida. "Ella es caucásica.. es obvio que va a verse pálida". Pero luego de recordar mejor su rostro cansado y triste, Len pensó que quizá fuese a enfermarse. Se dirigió al cuarto de la chica sólo para ver si se sentía bien y la encontró recostada boca abajo en su futón. Tenía los brazos cruzados bajo su frente, como si los estuviese usando de almohada. De su cabello -ahora negro- brillaban destellos azules causados por la luz y, seguramente también, por el desgaste del tinte. También podían verse las raíces celestes. Len había ido a verla con la intención de preguntarle cómo estaba, pero al llegar, su mente cambió de planes y se quedó observando a la muchacha. Su cabello terminaba en su cintura, la cual estaba algo descubierto por el descuido al momento de acostarse; más abajo, una falda que cubría la justo y necesario y marcaba las curvas de la chica. Len estuvo mirándola unos momentos, conteniéndose el impulso de tirarse sobre ella. "Si quiero ayudarla debería dejar de pensar esas cosas... pero cómo hacerlo si ella está ahí, en frente mío?", se dijo y al momento se le ocurrió una idea que ayudaría a Pilika y a la vez lo enfriaría un poco.
-Oye... iré a las montañas a buscar a tu hermano...
Al oírlo, Pilika se sentó en el futón instantáneamente.
-¿Qué?¿Estás loco? Aunque desde aquí no se sienta, allí nieva. Mucho, de hecho. Si mi hermano no regresó de allí, tú menos.
-No podrás hacer nada para detenerme. Quédate aquí y no te preocupes... si no vuelvo para las 11, ahí ya puedes preocuparte.
Esto último intentaba ser un chiste, pero la chica estaba realmente angustiada. Al notarlo, Len le aseguró que iba a estar bien y, para sorpresa de ambos, se acercó él y besó la frente de la chica.
-Adiós.
