Estuve escuchando el Vals de las flores y dije, tengo que escribir algo de gore poético. Aquí está.

Éste capítulo es un poco especial, representa parte de mi incertidumbre ante la muerte, donde la conozco muy bien pero no la asimilo y la trato como un juego, en resumidas cuentas.


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Camino rojo

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La mañana era fría y no se escuchaba ningún ruido. El que sus pasos, de manera osada quisieran romper el silencio con ese sonido tan vacuo y que le ponía ansiosa, le descolocaba en cierto sentido.

Sus prendas reposaban en el piso; cuando giró la perilla de la ducha, sintió la helada y molesta sensación del agua recorriendo su piel. Mas, supo que arrastraba sus impurezas y pensamientos hasta llegar a sus tobillos, cayendo al suelo despacio y desapareciendo por la tubería.

Al terminar, se miró al espejo y no pudo expresar que pasó por su mente en aquellos instantes, se extrañó, observada por unos ojos que no parecían ser los propios. De hecho, estaba convencida de que su rostro era de otra forma.

Ignoró su teléfono, que también quería corromper su paz, pero había sido silenciado.

Al salir del cuarto de baño, sus recuerdos volvieron de golpe al ver sangre en el suelo.

¿Era suya? Huh, quizás. ¿Por qué estaba ahí? No lo sabía, o bueno, sí. Pero no quería pensar en ello.

Tomó las llaves de su auto y arranco sin dilaciones; Tenía miedo.

Posó sus ojos en el retrovisor, ahí estaban otra vez esos ojos celestes que no la dejaban pensar. Lo más seguro es que en un punto ella se volvería loca y terminaría arrancándoselos.

No sabía a donde se dirigía, pero manejaba con determinación, sus manos temblaban, tenía frío. No sentía que entre sus manos estuviese el timón del auto.

Su teléfono seguía vibrando, tenía un montón de mensajes sin leer, no era necesario hacerlo si ya sabía que decía cada uno de ellos. Su corazón latía fuertemente, pero se sentía muerta.

Miró de soslayo hacia la ventana, ya no había edificios imponentes que querían ir más allá del cielo, pues fueron reemplazados por árboles, demasiados árboles, tantos, que se sintió estresada al solo ver verdes, verdes pálidos u oscuros. Cualquier variación de aquel color le empezaba a provocar nauseas.

Como si fuese un instinto, cambio la dirección a la que iba, así como si conociese el lugar de toda la vida, realmente no había estado ahí nunca. Avanzó, pero ya no había calles por las cuales seguir, bajo del auto y revisó el maletero.

Había tres bolsas negras, apestaban a sangre y otras cosas que no podrían tener nombre. Honoka bajó cada una, eran tan pesadas que tuvo que arrastrarlas. Caminó y caminó hasta llegar a su verdadero destino: Un precipicio.

-Papá, mamá, Yukiho. -Se dirigió a las bolsas. -La muerte me ha guiado hasta aquí, porque sé que era esto lo que debía suceder. -Honoka respiró hondo y suspiró mientras sonreía. -Éste era mi propósito.

Honoka lanzó las tres bolsas, miró divertida como caían a un gran vacío y se esparramaba el rojo sobre el suelo, allá a lo lejos.

-La muerte no pudo invitarme a un juego más divertido que este. -Honoka sacudió sus manos y luego las posó en su cintura. Se quedó mirando el horizonte, y como apenas salía el sol.

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Honoka siente poca conexión consigo misma, así que para ella su reflejo es alguien más (literalmente), creo que se le llama despersonalización. Y bueno, las razones por las que descuartizó a su familia podrían ser muchas, así que lo dejo a la imaginación de ustedes.