Capítulo 4

Bienvenido a Derry

1

Apreté el botón por última ocasión, casi rezando, y la guitarra de Troy Shondell se dejó escuchar con claridad en el inicio de This time. La canción de un desamor del siglo pasado. Ahora que lo pensaba: no me desagradaba la idea de volver a los maravillosos 50's, aquellos en los que podías comprar gran cantidad de cosas con sólo cinco dólares, aquellos en los que utilizar tirantes y un sombrero de paja era la vestimenta típica. Un atuendo adecuado para un hombre; no esas cosas de maricas, me había dicho alguna vez mi padre cuando se enfilaba en el carril derecho para recoger a mi hermano y veía a varios jóvenes cruzar la acera ondeando con orgullo sus chamarras de mezclilla. Ahora, en parte, comenzaba a creerle.

El camino que tenía tendido frente a mí era recto y muy pocos automóviles circulaban por ahí; nadie planeaba vacacionar al lugar a donde iba, a nadie le pasaba por la cabeza Derry, por lo que, sin meditarlo, pise el acelerador un poco más e inmediatamente sentí un fuerte tirón del elegante Infiniti Q70L en color negro que Al había alquilado para mí, en su afán por delatarme a donde quiera que fuera, así me encontrara en un lugar de mala muerte. Le había pedido, no, había suplicado a quien me atendió en el establecimiento que lo cambiara por alguno más sencillo y mucho más humilde, pero se negó rotundamente, pues el pago había sido hecho desde Inglaterra con anticipación de mi llegada a Bangor y tal cantidad de dinero era demasiada para devolverla sin antes hacer toda una serie de tediosos trámites y no podía perder más tiempo, por lo que no me quedó de otra que aceptar las llaves a regañadientes. A Al Bramson no se le puede escapar ni siquiera cuando voy a orinar. Debí pensar en el hecho de que descubriría todo por mi secretaria, Eileen.

¡Carajo! ¡Carajo!

¿Siempre había sido así viajar? Sinceramente, no lo recuerdo.

Quizá debía moverme al ritmo de la música, en aquellos días todo era más fácil así y la idea de desentonar me atraía con creces desde mi niñez. Entretanto, después de una pausa en la que el locutor anunció la hora, le siguió al silencio la inconfundible voz de Brendon Urie con Death of a bachelor entre los labios. Un cambio totalmente radical.

"Do I look lonely?

I see the shadows on my face

People have told me I don't look the same"

Así que aceleré, rebasando los límites de velocidad y dando libertad al viento de fluir en sentido contrario, acariciando amenazadoramente el poco sentido que me quedaba; y lo dejé, no quería recordar. Sin embargo, esto no tenía pinta de ser un recuerdo. Viajar al pasado es un don que poseen algunos escritores y sólo la mitad de estos logran pintar con palabras el lienzo. Yo no me consideraba dentro de ese círculo, debido a la dificultad con la que me resulta escribir sobre esto; sin embargo, ya que puedo sentir la ágil aproximación de mis miedos, comprendo que he vivido del pasado durante toda mi existencia, alimentando mi imaginación de mis temores de antaño, otorgándoles forma y cuerpo en mis libros.

Al fin tengo la respuesta a la pregunta que tantas veces me hicieron. ¿Quién será el primero en publicarla?

"Maybe I lost weight

I'm playing hooky with the best of the best

Put my heart on my chest so that you can see it, too"

Solté un bufido de histérica confianza, amenazando con probar la fidelidad de las palabras de quien me mostró el auto, asegurando que lograba alcanzar velocidades sorprendentes en tiempos escalofriantemente rápidos. Tal vez si hacía correr esto a su máximo lograría atravesar las grietas del tiempo, aquellas que me separaban de un pasado esotérico y un presente irregular. Tal vez.

"I'm walking the long road, watching the sky fall

The lace in your dress tingles my neck, how do I live?"

Escuché la explosión de sonido, mientras miraba a la aguja rebasar los 100 kilómetros por hora y cuando esto pasó, no pude distinguir figura alguna a mis costados.

"The death of a bachelor

Oh oh

Letting the water fall

The death of a bachelor

Oh oh

Seems so fitting for

Happily ever after

How could I ask for more?

A lifetime of laughter

At the expense of the death of a bachelor..."

Adecuado, ¿no?

110.

120.

130.

Sólo correr.

140.

150.

160.

Al alcanzar los 170 kilómetros por hora, convenientemente, pensé que los accidentes automovilísticos sucedían todos los días alrededor de todo el mundo. A nadie le extrañaría una noticia más de este tipo; logré imaginar a los reporteros comunicando que aquel hombre que viajaba por una carretera desierta había muerto esa tarde de jueves al perder el control total del auto que abordaba, que no se sabía aún la identidad del individuo debido al estado en que estaba el cuerpo, pero no sé tardarían en unir los cabos sueltos para averiguar que aquel era un hombre de polémicos libros. Algunos se lamentarían, otros pasarían de canal, cansados de ese tipo de cosas y yo, simplemente, ya no estaría. Sencillo. Sin embargo, los que me conocen, ¿me justificarían?

No lo sé, ni siquiera sé si llegaría a saberlo. No obstante, si me perdonan o no nunca se me había antojado tan distante como en ese entonces.

180.

190.

"Quiero correr hacia algo..."

De pronto, sentí un terrible dolor instalarse en mi cabeza. Me llevé una mano a esta, en tanto, la otra se afianzaba del volante, tratando de no soltarlo.

"... no lejos"

Una nueva punzada me atacó y me hizo apartar la vista del frente, aún con los 190 kilómetros por hora.

"Quiero correr hacia algo; no lejos"

Cerré los ojos, aterrado. ¿De dónde provenía eso? Aún no se encendía del todo aquella luz, pero parpadeaba indecisa, haciendo que zigzagueara peligrosamente cual serpiente sobre el asfalto.

¿Cuántos éramos los que jugaban en Los Barrens? ¿Cinco? ¿Seis?

Un jodido puntapié en la sien me asaltó y casi logró apartarme del camino.

Siete.

Éramos los siete de la suerte.

El Club de los perdedores.

¿Todos éramos chicos?

La respuesta llegó a mí enseguida de cuestionarme: no. Había una chica, ¿cierto?

Sentía mi cabeza como una botella de refresco agitada y a punto de explotar. Con esfuerzo, volví la mirada hacia la ruta, ahora con la velocidad disminuida a 175. Entorné los ojos cuando los escasos rayos del sol me tocaron, parecía brillar sólo con la intención de cegarme. El ocaso comenzaba a ceder ante la oscuridad por un lado, por el otro aún se podía notar el rojo intenso, parecía estar echando...

―... llamas. Su cabello parecía estar echando llamas.

¿Quién era ella?

Por un breve instante, el dolor desapareció, como si nunca hubiera estado ahí y desaceleré a 150 sin siquiera notarlo. Mi respiración se detuvo y mis manos se crisparon en torno al timón de aquella nave, con fuerza.

"Denbrough, no quiero verte en problemas, ¿entendido?"

Escuché una voz a la lejanía.

140.

"Quiero correr hacia algo; no lejos..."

2

―... de mí ―me miró fijamente, detrás de las gafas de sol que sólo ella podría llevar en un día con más nubes que las que yo cargaba en ese momento en la cabeza― ¿Acaso huyes de mí, una mujer a la que casi le sacas dos cabezas de altura?

―No lo hago. ―dije y eché mi cuerpo hacia atrás. Cruzado de brazos, agregué―: Puedes quitarte esas cosas de la cara. Nadie nos reconocerá aquí.

―Will ―apartó sus gafas, no sin antes echar un vistazo a nuestro alrededor y asegurarse de que nadie veía―, dame un minuto de credibilidad, al menos. Hace 17 años que no veo tu molesto trasero, pero heme aquí frente a ti; eres famoso, y las noticias corren, sé de sobra que has tenido una buena vida y que te superaste ―sabía lo que quería decir: dejar la bebida. Todos solían referirse a mi logro como "problemas", pero ella no, con ella era diferente―; sin embargo, cuando Al me telefoneó para decirme que te ibas a Dios-sabe-dónde, supe que tomar decisiones inesperadas no era lo tuyo. ¿Qué está pasando, William? No solíamos tener este tipo de secretos en la universidad —vi dudar por un segundo lo que diría a continuación; en ese interludio sus ojos cambiaron a un brillo totalmente diferente, al igual que su voz—; de hecho, no solíamos tener secretos, ¿qué cambió? —casi cuestionó para sí misma.

―¿Cómo es que Al consiguió tu número? ―algo obvio, pero fue lo único que encontré para ignorar su pregunta, comenzaba a perder la paciencia, no quería hablar de ello, quería que me dejarán seguir mi camino sin alguien entrometiéndose en mis planes todo el tiempo.

―No hay nada imposible para Al Bramson, excepto cuidar de su peso ―decía, en tanto sus manos jugaban con su botella de agua―. Además, hace algunos meses me ofreció el papel estelar en la película "Los rápidos negros" ―me guiñó un ojo de manera coqueta―. ¿Te suena?

Fruncí el ceño.

―N-n-nunca me lo comentó.

Por un instante me miró de una extraña manera. Notó que había tartamudeado (¡y yo que me había esforzado para no hacerlo). Gracias a Dios no cuestionó y dijo lo que traía en mente:

―Se supone que no lo hiciera. Quería sorprenderte en una semana con un encuentro dramático y al más puro estilo "Denbrough" ―dejó el cilindro de plástico para formar con sus dedos índice y medio unas comillas imaginarias―, pero (por lo que veo) mi sorpresa acaba de irse al carajo.

Pasé por alto los rostros alarmados de dos ancianos que parecían nunca haber escuchado a una dama decir palabrotas. Desvié la mirada, aún cruzado de brazos y haciendo un esfuerzo sobrehumano por no tartamudear.

―¿Me dejarás marchar?

―Quizá, quizá no.

―De cualquier modo, me iré.

Hice el ademán de levantarme; sin embargo, su mano me detuvo, pero así como me sostuvo por un instante, se alejó, fugaz.

―¿Por qué no me dices qué te pasa?

Por primera vez, en lo que llevábamos de plática, la miré directo a los ojos largo y tendido, carente de recato alguno, sin decir palabra y fue ella, ahora, quien desvió avergonzada la mirada incapaz de sostener la mía. ¿Qué cambió? No lo sé, dímelo tú. Fue en ese momento que, recobrando el control de la situación, decidí erguirme lentamente de mi lugar y expectante ante cualquier llamado de atención, dije:

―Eres perfecta para el pa-papel, Audra.

Pese a mi obvia negativa de darle información y aun mirando hacia otra parte, esbozó una sonrisa, resignada.

―Supongo que, si tengo la aceptación del creador, todo estará bien.

Iba a alejarme, con la finalidad de pedir las llaves del auto y largarme, mas volví a escuchar su voz partiendo mi postura por algunos segundos:

―Al menos prométeme que vendrás al estreno.

Conocía el sucio truco de aquello. Hacerme prometer algo a largo plazo era su trampa más usual para asegurar que tendría un mañana; pero no podía prometerlo, pues no sabía con lo que me encontraría más adelante ni si saldría ileso, no sabía siquiera si regresaría... A pesar de ello, contesté que estaría ahí, dispuesto a llevarla del brazo sobre la alfombra roja.

3

Cuando regresé en mí, el viento apenas hacía bailar mi cabello. Miré la aguja que marcaba indecisa la velocidad entre los 75 y 80 kilómetros por hora. Desconocía la cantidad exacta de tiempo en la que había invertido aquel fresco acontecimiento, la estación de radio ahora emitía Mr. Brightside de The killers; el sol casi se extinguía por completo en el momento que volví la vista al horizonte y, al hacer el movimiento de cabeza, sentí una gota caer en la tela seca de mis pantalones. No era una gota de sudor; sino una lágrima. No había notado que por mis mejillas corrían con presteza gotas saladas de la más inocente frustración que me embargaba terriblemente los sentidos. Aún no alcanzaba a comprender la razón de ello, en el tiempo que, a lo lejos, divisé con horror el lugar lúgubre en el que había crecido, irguiéndose amenazadoramente en la orilla oeste del Kenduskeag y con mayor desagrado descubrí un cartel de demacradas letras amarillentas que se volvían cada vez más grandes a medida que avanzaba, las cuales rezaban la sentencia del décimo círculo del infierno: "Bienvenido a Derry".

Al cruzar el límite, un gran y pesado velo se cernió sobre mí.

4

Eran las ocho menos cuarto cuando giré a la derecha en Kenduskeag Avenue y subí por Up-Mile Hill hasta Main Street. El camino al Hotel Town House fue una terrible neblina de recuerdos mal iluminados. Esperaba ver encendidos los faroles de carruaje delante de la fachada, pero no fue así, por el contrario, con dificultad lograba divisar la entrada entre esa espesa oscuridad. Frené frente al lobby, cogí mi escaso equipaje y bajé del auto con un andar tembloroso; apenas con la fuerza necesaria, empujé la puerta de cristal que me separaba del vestíbulo. Una vez dentro, arrastré los pies sobre la alfombra hasta el escritorio de la recepcionista (supongo que el turno matutino lo tomaba el chico con el que había hablado por teléfono). Esta, despegando la vista de la televisión sólo una vez, me tendió la llave de mi habitación ―que tenía grabado en relieves el número 311― y casi la dejé caer junto algunos papeles para firmar. Subí al segundo piso, como me indicaban, siguiendo el camino de lo que se me hizo un pasillo eterno. Al encontrar la puerta con el número indicado, traté de meter la llave con el pulso lastimosamente afectado, no obstante esta se negó a entrar las primeras cuatro veces; en el momento en el que la sentí hundirse en la cerradura, giré la muñeca y la puerta cedió con un molesto chirrido de protesta como recibimiento.

5

Estando al fin en cama, no podía dejar pasar la profunda inquietud que se superponía a mi abismal agotamiento, siendo descartado el hecho de dormir una buena parte de lo que quedaba de la noche. No me esperaba menos, después de todo:

Mi estancia en Derry había comenzado.