Entre frías brisas y grandes ventiscas llegó enero, pero las nevadas y el frío absoluto se mantuvieron hasta febrero, en donde el sol comenzó a calentar más los días y la temperatura subía de a poco.
Las fases de la luna pasaban lentamente para una mujer mayor, golpeada ya por la edad, quien esperaba pacientemente a que su amiga volviese de su "retiro", pues no la había visto llena en dos meses… hacia dos meses que no la había visto en su fase favorita: la llena.
Pero ella sabía que ese mes iba a ser diferente, ello lo sentía en sus palpitaciones y en su nerviosismo… ella sabía que ese mes la vería. Ese día… sólo unas horas, sólo faltaban unas horas para verla de nueva, para volver a admirar su belleza y su luz, adentrándose hasta en lo más íntimo de su ser y hasta en lo más inhóspito de sus pensamientos…
Tonks estaba en aquel pequeño cuarto en el que Remus se recluía las noches de luna llena, ese pequeño cuarto que servía de aislamiento para el sufrimiento de un pobre hombre que no tenía la culpa de ser diferente, de tener una enfermedad… de ser hombre lobo. Todas las cicatrices y todas las marcas eran recordadas con exactitud por Tonks; cada rasguño y cada dolor Tonks los recordaba con una expresión de tristeza y añoranza.
Tonks miraba fijamente la ventana cuando ocurrió por fin., estaba ante ella el astro más grandioso de todo el universo. Ni todas las lunas de Saturno ni todas las estrellas del mundo se podrían comparar con la hermosura y esplendor de la luna: su luz pálida y hermosa, que sirve como testigo confiable de los más puros actos de amor y de cariño y como amiga en los momentos de soledad y tristeza en donde se necesita a un amigo fiel que nunca te abandone.
La mujer se paró de donde estaba sentada y se fue a la ventana, hasta afincarse en el marco de la ventana, mirando nostálgicamente las manchas del satélite, en donde a cada segundo veía la cara de Remus riéndole o simplemente viéndola con añoranza, como queriendo llegar hasta ella, aunque siempre estaba con ella.
Sus lágrimas caían sin ningún pudor, sus mejillas mojadas y enrojecidas estaban caídas y su boca simplemente formaba una fina línea que sólo estaba allí por estar, pues en lo últimos minutos la mujer no abierto la boca, ni siquiera para lanzar un sollozo: ahora que Remus le estaba haciendo esto, no dejaría que él escuchase un solo sollozo debido a él. Sólo lágrimas solitarias que terminarían secándose y ella lentamente olvidándolas.
—Tonks, la verdad l-lo siento —volvía a repetir el hombre—. Pero tú y yo no podemos seguir, y ahora mucho menos —dijo mirando el vientre naciente de la joven chica—, prefiero que nunca conozca al hombre que le desgració la vida al marcarlo por siempre.
El hombre dio la vuelta y se dirigió lentamente a la salida, dando por terminada la charla: no quería que su hijo lo conociese, y mucho menos con la maldita guerra que cada día cobraba más y más vida y en donde el bando opositor cada día ganaba más y más terreno. Había momentos en los que pensaba seriamente que estaba todos perdidos, y que sólo debía esperar a que Voldemort encontrase a cada uno de los que quedaban y los matara para terminar de alzarse siendo dueño de todo.
Remus llegó a la puerta y se volteó para ver por última vez a la mujer, quien ahora si estaba llorando sin ningún tipo de pudor. Volvió a su antigua postura, y se resigno a vivir con esa carga de por vida.
—¿Pero es que no entiendes? —La frase de la mujer sorprendió tanta a ella como al hombre, quien no se esperaba que ella pudiera hablar en el estado en el que estaba—.Sólo hay un porcentaje de que nazca licántropo, no necesariamente nacerá hombre lobo, Remus, y lo sabes; fue lo que me dijo el medimago que me vino a revisar.
—Pero aun así, el porcentaje de que sea licántropo es muy alto, Tonks. Yo no podría vivir viéndolo sufrir lo que yo sufrí, y el hecho de que yo halla conseguido amigos tan buenos como… —el hombre paró un momento, pensando amargamente en sus amigos muertos en la guerra, y el único vivo era un traidor—… el hecho de que yo consiguiera buenos amigos no significa que él o ella lo hará —corrigió.
—Pero la familia Weasley, Harry y todos ellos lo aceptarán como nazca. ¿Qué importan los demás?
—Si están vivos para cuando nazca —se le escapó a Remus, y viendo lo que había hecho no dijo anda más y simplemente se marchó de allí, dejando a Tonks destrozada con el último comentario.
Y, aunque ella estaba segura que todos vivirían, que todos lo conocerían y tendría muchos amigos en la familia Weasley, las palabras de Remus hicieron mella en ella. Comenzó a pensar en el si su hijo crecerían sin un padre y una madre por el hecho de perderlos en una guerra.
Sola lloró sentada en un rincón imaginándose lo peor, esperando que llegase su madre para que la consolase.
Pensando en eso no pudo evitar soltar una lágrima solitaria, recordando amargamente la escena en la que Remus la había abandonado a su suerte con el hijo de ambos. Y, aunque Harry lo convenció de volver con ella, Remus no estuvo alegre hasta que descubrió que el pequeño no era licántropo.
—¿En serio? —repitió la chica por quinta vez.
Su cabello había vuelto a su habitual tono rosa chicle y tenía una hermosa sonrisa de oreja a oreja; miraba a un hombre que estaba también sonriendo delante de ella, pero a diferencia de la chica, el hombre estaba un poco más demacrado, el efecto de la cercanía de la luna llena se hacia cada vez más notorio.
—Sí… Tonks, por favor no me hagas repetirlo: sí me quedo contigo, sí me voy a casar contigo y sí vamos a tener a nuestro hijo —repitió el hombre con los brazos abiertos.
Tonks no se hizo esperar y fue corriendo hasta Remus, abrazándolo y besándolo mientras él la levantaba unos metros del suelo. El hombre la bajó después de unos segundos, y ambos quedaron viéndose, contemplándose, como si fuese la última vez que se verían, como queriendo absorber la esencia del otro, para tener parte del otro en su ser.
…
Tonks cayó rendida sin darse cuenta, quedó dormida sentada en el marco de la ventana viendo la luna. Durmió plácidamente, aunque al día siguiente el cuello la mataba por el dolor. Sin embargo, en su sueño miles de caras de Remus aparecían y desaparecían, diciéndole que sí a todo; y justo antes de despertarse, la cara de Remus del centro le dijo: "oye, ¿cierto que soy el más apuesto?" causando que la mujer riera a carcajadas.
Sí, lo sé; no merezco el perdón de Dios. No sé por qué olvidé seguir publicando esto a pesar de que ya está más que lista. Muchas gracias por leer.
