Disclaimer: Los Juegos del Hambre y sus personajes no me pertenecen, todo es propiedad de Suzanne Collins. Esta adaptación es toditita de mi autoria.


Llevo un par de horas en el Centro de Renovación, después de nuestro arribo al Capitolio nos trajeron aquí; aún no conozco a mi estilista, eso no será sino hasta que mi equipo de preparación -dos personas exageradamente extravagantes y de las que ni siquiera me tomé la molestia de memorizar sus nombres- no se hayan ocupado de dejarme "presentable". No sé que es lo que entienden por presentable en este lugar pero espero que no se les ocurra pintarrajearme el cuerpo con esos colores tan estridentes que utilizan ni querer incrustarme joyas en la cara; sé que le dije a Prim que pusiera de su parte y no rechistara, pero no estoy muy seguro de seguir mi propio consejo.

Me restriegan el cuerpo para quitarme la suciedad y me lavan el cabello con no sé cuántos tratamientos que ya no soporto el dolor de cabeza. Me secan completamente; me levantan de la mesa y me quitan la delgada bata que me proporcionaron. Y sí, estoy completamente desnudo ante personas del Capitolio, quién lo hubiera dicho. No es que me avergüence, sólo que no puedo evitar pensar en que están tramando qué modificaciones hacerle a mi cuerpo. Miles de ideas me cruzan por la cabeza: desde teñir mi cuerpo de todos los colores habidos y por haber, modificar mis orejas por unas de gato, hasta pintarme el pelo al estilo de Effie Trinket. Aunque la idea me desagrada por completo, no puedo dejar de imaginarme que, si hacen eso, al menos, Effie se preocupará por mí en la arena; más bien, se preocupará por mi cabello y el maltrato al que estará expuesto. Quizá, cuando necesite algo de comida o un arma, ella me lo proporcione.

Sacudo un poco la cabeza para borrar lo absurdo de mis pensamientos. Es tanto el miedo y nerviosismo que mi mente no da para más.

Después de observarme un buen rato, me dicen que puedo ponerme la bata de nuevo y que irán por Portia, mi estilista. Me quedo a solas en ese cuarto blanco… y frío, que no puedo evitar pensar que así es como me siento en estos momentos: en blanco y frío, no siento sensación alguna; ni siquiera me provoca algo al pensar en mi inminente muerte. Creo que estoy más que resignado. No es que no vaya a intentarlo, es sólo que no quiero pensar ni sentir, para eso tendré suficiente tiempo en la arena. No quiero que me dé un ataque de llanto y empezar a revolcarme en mi miseria, maldiciendo mi suerte. Y la de Prim.

De repente, la puerta se abre y entran dos personas: una mujer demasiado extravagante, piel morena, cabello rubio, labios llamativamente rojos, enormes pestañas, un vestido azul con holanes por todos lados y una bolsa con algo dentro; el otro, un hombre que, sorprendentemente, parece normal. Lleva el pelo corto, camisa y pantalones negros sencillos, lo único extravagante es tener delineados los ojos de un color dorado. Es… raro.

-Hola, Peeta. Soy Portia, tu estilista –me dice la mujer extravagante, sonriendo, al mismo tiempo que me planta un beso en la mejilla. ¿Qué demonios fue eso?, pienso. Mi cara debe haber sido muy graciosa porque los dos sueltan una risita discreta.

-H…hola –respondo, incrédulo.

-¿Podrías quitarte la bata un momento, Peeta? –me dice la otra persona, de la cual no sé su nombre ni qué hace aquí. ¿No se supone que es sólo un estilista por Tributo? Esto no me está gustando, pero accedo. Tengo que recordarme el consejo que le di a Prim… por cierto, ¿cómo le estará yendo con sus estilistas?

Mi estilista y "el Otro" caminan un momento a mí alrededor, observan mi cuerpo y toman notas de cada centímetro.

-¿Por qué no te cambias y hablamos un rato? –me dice Portia, sacando el contenido de su bolsa. Es ropa… y, extrañamente, no es algo pintoresco, es sólo un pantalón negro delgado y una playera azul claro; algo sencillo. No pongo objeción alguna y me visto lo más rápido que puedo.

Me hacen señas de que los siga, salimos de la blanca habitación, Portia le entrega a mi equipo de preparación, que estaba afuera, la pequeña hoja donde anotó mis medidas, los despide y seguimos caminando hasta llegar a un pequeño balcón solitario y demasiado sencillo, incluso parece que casi nadie viene por aquí, ni los sirvientes. Parece abandonado.

-Disculpa el lugar, espero no te incomode, pero Portia y yo creemos que aquí nadie nos escuchará –me dice el sujeto extraño. Yo sólo asiento, la verdad el lujo es lo de menos, viniendo del Distrito 12 uno se acostumbra-. Peeta, permíteme presentarme, mi nombre es Cinna y soy el estilista de tu compañera de Distrito. -¡¿Qué?! ¿Cinna? ¿Prim? ¿Qué hace aquí?

-Tal vez te preguntes qué hago aquí… -asiento-. Bueno, Portia y yo, antes de pasar a conocerlos, hablamos con Haymitch y nos dijo que lo golpeaste, ¿es cierto eso?

-Si –respondo, avergonzado. ¿Cómo se atrevió a decirles eso? Lo más seguro es que no les dijo que fue porque se comportó como un completo imbécil. Maldito Haymitch.

-No te preocupes, no tienes de qué avergonzarte, supongo que si lo hiciste fue porque se lo merecía, ¿no? –-asiento, con una leve sonrisa-. Me parece bien. También me enteré que le pediste a Prim que fuera amable con nosotros y que, cualquier cosa, por muy desagradable que fuera, no protestara. También le dijiste que sonriera y saludará al público que la quiere ver muerta, ¿o me equivoco? –me suelta, sin rodeos. Eso me toma completamente por sorpresa, ¿quién le dijo eso? Pregunta estúpida, yo sé quién. Pero, ¿por qué Prim se lo habrá contado? Es más, ¿por qué también Haymitch lo hizo? No puedo evitar pensar que, tal vez, estamos en problemas. Realmente no veo por qué, pero nunca se sabe con los del Capitolio.

-Sí, así fue. Aunque no entiendo el porqué del interrogatorio, no dije nada que no fuera cierto: ustedes nos preparan para la muerte y los demás apuestan por ello sin importarles que sea una débil niña que no tiene culpa de nada. Así son Los Juegos, ¿no? ¿Qué de raro tiene lo que dije? Es la verdad. –le digo, acusándolo y con los sentimientos a flor de piel; y aunque trato de sonar indiferente, no lo logro. Se me quiebra la voz.

Genial. Puedo apostar que ahora sí estamos en problemas al ver como los dos estilistas me miran con el ceño fruncido. Hubiera sido mejor decir que Prim mentía, que tal vez lo dijo porque estaba asustada… o porque quería difamarme para ella tener una oportunidad en Los Juegos, ganarse su confianza y, en la primera oportunidad, clavarme un cuchillo en la espalda y… y ahora, estoy desvariando de nuevo, ¿la malvada y despiadada Prim planeando mi muerte? Ni en sueños. Creo que toda está situación de estrés, nerviosismo y desesperación ya está causando estragos en mi cerebro. Me estoy volviendo loco.

-Esto debe parecerte despreciable… –afirma, más que preguntar. Me sorprende lo tranquilo que parece, por un momento creí que empezaría a gritar a algún Agente de la Paz y exigirle que me diera un castigo ejemplar por criticar al Capitolio y los nada despreciables Juegos del Hambre. Sin embargo, quizá me lo imagine, pero, me parece ver un atisbo de tristeza en sus ojos… y en los de Portia-. Pero ya que nos estamos sincerando, Peeta Mellark, dime, ¿qué pretendes con tu compañera de Distrito? A cualquier otro le hubiese importado menos que nada lo que hiciera o dejara de hacer su compañero, pero tú la aconsejaste y golpeaste a tu mentor por hacerla sentir mal. Eso sin contar que le dijiste que es bonita y agradable, y que por esa razón puede tener una oportunidad. ¿Es verdad todo eso? ¿O sólo forma parte de tu plan para ganarte su confianza y después asesinarla salvajemente? ¿Pretendes utilizarla para tu beneficio? Porque vaya que tienes razón, es demasiado adorable y puede hacer fácilmente que el público la quiera. Así que dime, ¿cuál es tu juego? –me suelta, directamente, sin titubear, en un tono tranquilo pero mortal.

Por segunda vez me ha tomado por sorpresa y me enfurecen sus preguntas, ¿cómo se le ocurre pensar eso de mí? Yo jamás me aprovecharía de Prim de esa manera; ni siquiera pasó por mi mente. Aunque, bueno, eso él no lo sabe, es fácil para ellos suponer ese tipo de perversidades. Aprieto los puños y trato de pensar lo más rápido y sensato que pueda. ¿Qué le digo? ¿Que sí, que estoy tratando de ganarme su confianza para luego utilizar su encanto para mi beneficio y cuando sienta que ya no me sirva, la mataré? ¿Servirá para algo en este interrogatorio tan… tan raro? ¿Qué pretenden?

-Estoy enamorado de la hermana de Prim, Katniss –suelto, sin pensar, dejando que mi cuerpo y mis sentimientos controlen a mi mente cuando no deberían. Como siempre-. Llevo enamorado de ella muchos años y nunca tuve el valor de decírselo. Tenía planeado acercarme a ella cuando cumpliéramos los dieciocho años, para ya no tener la presión de la Cosecha pero, obviamente, la suerte no estuvo de mi parte. Y nunca podré hacerlo. Sí, pienso que Prim es adorable y le gustará a la gente; pretendo hacer lo que su hermana no puede: protegerla, porque ella me agrada y, sobre todo, porque no es justo que esté aquí, en Los Juegos.

Inhalo y exhalo para calmarme. Ya no importa. Lo dije y no me arrepiento. Es la verdad, ¿no? Dentro de este juego retorcido siempre habrá una parte de mi que no les pertenezca y pretendo que siga siendo así. Diga lo que diga no cambiará nada, no dejo de estar en esta situación, no dejaré de ir a la Arena y no dejaré de ser yo. Suspiro, resignado. No puedo hacer nada.

-Y golpeé a Haymitch porque es un idiota. –no sé porque dije eso. ¡Bah! Es la verdad.

-Muy bien, Peeta… –me dice el tal Cinna, con una gran sonrisa-. Dijiste más de lo que esperé y me agrada. Si eso es lo que quieres, así será. Portia y yo te vamos a ayudar a darle una oportunidad a Prim… y a ti.

Me quedo en shock, ¿en serio lo harán? No sé qué pensar, estoy confundido. Es demasiado bueno para ser verdad.

-Pe… pero… ¿Por qué?... ¿Cómo?... ¿Cuándo? –pregunto, en un hilo de voz.

-El por qué, no importa. Cuándo y cómo: será hoy, en el desfile de tributos. Así que hablemos de tu traje para la ceremonia de inauguración…

-Supongo que será un atuendo de minero. –le interrumpo.

-No del todo. –contesta Portia, que hasta ahora no había dicho nada. ¿Cinna será su jefe?— Cinna y yo creemos que el tema del minero está muy trillado y es poco atractivo. Nadie se acordará de ustedes si llevan eso, y nuestro trabajo es hacer que ustedes sean inolvidables. En eso consiste nuestra ayuda.

-Así que, en vez de centrarnos en la minería, nos vamos a centrar en el carbón. -dice Cinna.-No te da miedo el fuego, ¿verdad, Peeta? –ve mi expresión y sonríe.

-Es mejor que vayas a comer, después de eso te iré a buscar para prepararte para la ceremonia. Tenemos mucho que hacer. –me aconseja Portia. No me había dado cuenta de lo hambriento que estoy.

-Yo… yo realmente quiero agradecerles por la ayuda. Siento mucho si en algún momento dije algo… inapropiado. Es sólo que…

-Nada. No te preocupes, Peeta. Aunque no lo creas, te entendemos. Solamente una cosa: relájate. Sé que la situación no es fácil pero de nada te va a servir estresarte ni estar a la defensiva, con eso no ayudaras ni a tu compañera ni a ti. Necesito que me prometas que de ahora en adelante serás tú mismo, ¿sí? Confía en nosotros.

Asiento. Y de repente siento como si me quitaran un peso de encima; ligero. Tal vez sea estúpido pero pienso que la pequeña Prim y yo, ya no estamos solos, es como si nos encontráramos en casa, con gente que nos quiere y se preocupa por nosotros. Nos están dando esperanza. Y bien sé cuánta falta nos hace.

Unas cuantas horas después, estoy vestido con un traje demasiado simple, considerando los estándares capitolescos. Llevo una sencilla malla negra que me cubre del cuello a los tobillos, con unas botas de cuero brillante. Apenas llevo unos toquecitos de maquillaje, dice Portia que para iluminar mi cara. Mi pelo no sufrió mucho cambio, sólo acomodaron mis rizos y pusieron un poco de un raro spray para que no se mueva de su lugar. El único detalle que sobresale son mis ojos, a los que remarcaron de color negro. Y ya.

Realmente estoy sorprendido. Pensé que el atuendo sería… diferente. No esto. Pero me recuerdo que tengo que confiar en Cinna y Portia. Ellos saben lo que hacen. O eso creo.

Portia me conduce al nivel inferior del Centro de Renovación, que es, básicamente, un establo gigantesco donde aguardan los Tributos antes de la ceremonia inaugural. Veo a Prim, que usa el mismo atuendo que yo pero en pequeño, su larga cabellera rubia, suelta, acompañada de una pequeña corona negra, a mitad de su cabeza.

La ceremonia ya no tarda en comenzar y están subiendo a las parejas de Tributos en unos carros tirados por grupos de cuatro caballos. Los nuestros son negros; Cinna y Portia nos conducen a nuestro carro, y es en ese momento cuando nos sueltan su plan: Pretenden prendernos fuego justo antes de que nuestro carro recorra las calles.

-No es fuego de verdad, por supuesto, sólo es fuego sintético que Portia y yo hemos inventado. Estarán completamente a salvo –asegura Cinna. Veo a Prim que está nerviosa.

-Queremos que el público los reconozca cuando estén en el escenario, y después de eso, que no los olviden –nos dice Portia, claramente emocionada. No sé cómo decirle que está completamente loca, de una manera que no se ofenda, pero ya es tarde.

Empieza la música de apertura.

Unas puertas corredizas enormes se abren a las calles llenas de gente. El desfile durará unos veinte minutos y terminará en el Círculo de la Ciudad, donde nos recibirán, tocarán el himno y nos escoltarán hasta el Centro de Entrenamiento, que será nuestro "hogar" hasta que empiecen Los Juegos.

Los Tributos del Distrito 1 van en un carro tirado por caballos blancos como la nieve. Se ven muy bien, rociados de pintura plateada y vestidos con túnicas cubiertas de piedras preciosas. Oímos el rugido del público; siempre son los favoritos.

Después sigue el Distrito 2. En pocos minutos nos encontramos acercándonos a la puerta. Quiero hacer un pequeño intento por convencer a nuestros estilistas de que cesen sobre la idea de prendernos fuego, pero no hay tiempo. Los Tributos del Distrito 11 acaban de salir y es cuando Cinna aparece con una pequeña antorcha encendida.

-Allá vamos –dice Portia, y antes de poder reaccionar, prende fuego a mi espalda. Cierro los ojos, nervioso, esperando que llegue el calor, pero nada; sólo siento un ligero cosquilleo-. Recuerda: sé tú mismo. – me dice.

Veo cómo Cinna se coloca delante de Prim y prende su corona; ella sólo traga saliva, asustada-. Funciona. –dice Cinna y suelta un suspiro de alivio. Después toma de la barbilla a Prim, con cariño y le dice-: Recuerda el consejo de Peeta. Te van a adorar.

Cinna se baja del carro de un salto y nos dice que nos tomemos de la mano pero yo lo ignoro. Tengo una mejor idea.

Me agacho hasta tocar el suelo con mis rodillas y le digo a Prim que suba a mi hombro derecho. Ella me mira confundida. No entiende.

-Prim, apúrate, necesito que subas. Siéntate en mi hombro; no te preocupes, no te tiraré ni me vas a lastimar. Es parte del show.

Se sienta en mi hombro, insegura, y se agarra a mi cuello con sus dos manitas al momento de erguirme. No pesa casi nada. Tenía razón, es frágil. Eso me ayuda y logro acomodarme: abrazo sus piernas, que cuelgan sobre el lado derecho de mi pecho, y retiro sus pequeñas y asustadizas manos de mi cuello, que estaban apretando con demasiada fuerza. Tomo su mano izquierda y la entrelazo con la mía para darle seguridad, para decirle que no está sola. Brevemente volteo a ver a nuestros estilistas, quienes asienten y sonríen; es lo último que veo antes de que entremos en la ciudad.

La alarma inicial del público al vernos aparecer se transforma rápidamente en vítores y gritos de ¡Distrito 12!. Todos se vuelven para mirarnos y apartan su atención de los carros que tenemos adelante. Sonrió, lo logramos, pienso. Después nos veo en una enorme pantalla de televisión y nuestro aspecto me deja helado. Con la escaza luz del crepúsculo, el fuego nos ilumina las caras y veo, por primera vez, el trabajo de nuestros estilistas: al prender fuego sobre mi espalda, no pretendían hacer como si fuese una antorcha humana y llamar la atención alarmantemente; es como si tuviese una capa… una capa de fuego que ondea y brilla con intensidad mientras avanzamos. Mis ojos realmente son sorprendentes; el toque de color negro hace que mi mirada se vea fiera, penetrante. Y Prim, ¡cielos!, se ve espectacular. Su pequeña corona envuelta en fuego artificial le favorece con su cabello rubio, suelto, ondeando… la hace brillar más. ¡Es increíble!

No pudo haber sido mejor: los dos estamos bastante atractivos. Siento cómo Prim se relaja, sonríe y comienza a saludar con la mano que tiene libre. La emoción hace que sienta una adrenalina que me corre por las venas. Esbozo mi mejor sonrisa para ellos, para esas personas que nos quieren ver muertos, aunque por dentro yo sepa que es porque Cinna y Portia nos han dado una oportunidad: nadie nos olvidará. Mi esperanza está renovada.


Quiero agradecer a todas las personas que le han dado una oportunidad a esta historia, incluidos los lectores anonimos. ¡Muchas gracias! Realmente me sorprende la cantidad de veces que se ha leído este fic y como forma de agradecimiento, les informo que el siguiente capítulo será especial: desde el punto de vista de Katniss.

Pero eso no es todo, les dejo un pequeño adelanto. Espero les guste y les intrigue.

Sin más:

"(..) Suena el gong. Ya no hay tiempo.

Prim se queda parada en la plataforma mirando de un lado a otro, claramente se ve que no sabe qué hacer, mientras se da el tan característico y popular baño de sangre en la Cornucopia. Corre, Prim, corre le grito, a través del viejo televisor que tenemos, con la esperanza de que me escuche. Pero no lo hace. Se deja caer sobre la plataforma y se suelta a llorar.

No puedo evitar ponerme a llorar yo también mientras me acerco al televisor, acariciando su imagen. Siempre traté de protegerla de todas las formas posibles, está vez no pude hacer nada (...)"