Zamorozhennye*

4

La discusión

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No estaba seguro pero algo le decía que podría ser una gran tontería el ir a la cabaña de la chica, algo en lo profundo de su mente no dejaba de repetirle que estaba a punto de cometer una gran estupidez. Ahora estaba haciendo algo que quería hacer y no que debía hacer aunque el haber ido hasta Siberia pasando por Europa Central también fue algo que él quiso hacer y no algo que debería haber hecho.

Tras reflexionar eso se sintió algo mejor aunque el problema con Viktoria no era solamente el ir a visitarla por querer hacerlo, sino un conflicto mental que no lo dejaba estar en paz, tenía la duda en la cabeza y no dejaba de darle vueltas.

Iría a verla para resolver sus dudas y comprobar si realmente estaba interesado en ella o era simple fascinación por ser una chica a la que nunca había visto y, por lo mismo, le llamaba la atención y, de no ser así, la conclusión era que necesitaba alguien más en su círculo de conocidos, aparte de Cristal, el discípulo de este y Milo, una amiga le vendría bien.

Se sentía como si estuviera contradiciéndose a sí mismo o bien traicionándose a sí mismo.

El principio de "no sentimentalismo" lo había forjado en su corazón con mucho trabajo. Le había costado deshacerse de la depresión provocada por aquella chica tiempo atrás, y además le había costado el rencor que le guardaba a su maestro por castigarlo de tal forma que fue un milagro que sobreviviera. Sobreponerse a esas dos situaciones había sido todo un logro para él y le dejó como resultado ese principio que tan bien llevaba a cabo en su día a día.

El ir a visitar a Viktoria seria todo un reto. Ahí se daría cuenta de que tan arraigados tenía sus principios por lo que sin más se puso en marcha.

El pequeño pueblo de Daleko solo tenía una calle principal en donde estaban todos los comercios de la ciudad, alrededor de esta estaban las cabañas de sus habitantes y al final del pueblo estaba la iglesia y una fuente justo frente a esta. El poblado no tenía ningún otro encanto.

Camus se puso las botas para la nieve ya que esta empezaba a cubrir el camino al pueblo y en cuanto entrara el invierno habría mucha más, la primera gran nevada dejaría una capa mucho más gruesa. El camino hasta allá le tomaba casi treinta minutos andando con paso veloz.

Al final de la calle principal estaba la farmacia ahí giró a la izquierda y pudo ver el camino que llevaba hasta la iglesia. Viktoria vivía en la primera cabaña del camino. Se acercó a la pequeña construcción y vio que era muy parecida a la de Cristal, salvo que tenía cortinas rojas las cuales se veían con un ligero brillo, ella estaba en casa.

Había mucho silencio alrededor así que tocó la puerta con cuidado para no hacer tanto ruido. La joven salió casi de inmediato y sonrió ampliamente al verlo.

—Me alegra que haya aceptado venir —dijo ella alegremente—. Pase por favor.

—Gracias.

Camus se sorprendió al ver el interior de la cabaña de Viktoria, esta era igual de pequeña que otras de la zona pero estaba decorada de tal forma que el ambiente dentro se sentía acogedor; los muebles tallados en madera, los cuadros en la pared, las cortinas, la chimenea encendida. A Él le parecía estar dentro de un dibujo o una pintura.

—Es muy linda tu cabaña —le dijo sin dejar de mirar alrededor quitándose el parka y dejándolo sobre un sillón.

—Gracias, la decoré yo misma —dijo ella orgullosamente esbozando una sonrisa.

Los muebles estaban ricamente tallados a pesar de no saber mucho sobre esas cosas Camus se dio cuenta de que no los había comprado cerca de la región. Se veían muy finos como los que venden en los almacenes de las grandes ciudades.

— ¿También compraste los muebles? —pregunto él.

—No —respondió ella sin darle importancia—. Mi ex esposo los tallo por su propia mano.

— ¿Ex esposo? —estaba sorprendido por esa respuesta ya que no se la esperaba. Jamás le hubiera pasado por la mente que ella pudiera haber estado casada.

—Sí, estuve casada hace tiempo pero me separé cuando él decidió marcharse a Alaska a trabajar.

—Lamento escuchar eso —le dijo él muy apenado.

—No se preocupe, yo sé que me case muy joven. Solo tenía diecisiete años, creí que él era algo así como un príncipe azul pero al final… no lo fue. Me entristecí cuando me dijo que cruzaría el Mar de Bering para buscar oportunidades en Alaska y me sentí peor cuando, los familiares que tengo allá, me notificaron que él salía con otra chica.

Noto que estaba muy seria al narrarle todo lo sucedido y no supo que decir. No sabía que decirle que mostrara empatía por la joven.

—Hablemos de otra cosa, ¿quiere? —dijo ella.

—De acuerdo.

Los adornos de la mesa no le eran familiares, no era nativo de la región pero sabía cuándo algo era extranjero. Eran unas muñecas que se metían una dentro de la otra y al final de guardarlas todas quedaba la más grande. Le parecía haberla visto en otro sitio. También Viktoria vestía una rubashka, sin duda un atuendo raro en la región de Sajá, era una especie de vestido rojo de lino que le llegaba hasta las piernas.

— ¿Viajas mucho Viktoria? —le preguntó tratando de no parecer entrometido señalándole las muñecas de la mesa.

—No, yo nunca he salido del pueblo. Esas matrioshkas y el rubashka me los enviaron mis hermanos que viven en San Petersburgo —le dijo ella desde la pequeña cocina señalando las muñecas y su ropa —. De hecho, todos los adornos que tengo me los han enviado ellos. Siempre me invitan allá a pasar uno días pero no he encontrado la oportunidad para ir.

El tampoco conocía San Petersburgo y jamás se había planteado ir allá.

—Preparé chocolate caliente; enviado desde la ciudad —acotó ella sonriendo—. Venga y le sirvo un poco.

Camus nunca había conocido a una persona tan expresiva como Viktoria quien hacía muecas y ponía caras graciosas mientras hablaba, todo eso iba acompañado de gesticulaciones con las manos. No podía más que reír a lo que ella decía. Siempre tratando de no excederse para no parecer grosero.

—Mire nada más. No es un gruñón después de todo —comentó ella.

— ¿Yo gruñón? No lo soy —se defendió él—. Seguramente el que dijo eso debió ser Cristal. Fui estricto con él pero no soy gruñón.

—Cristal no me dijo nada. Yo sola me di cuenta. Cuando lo vi por primera vez me dio la impresión de que usted siempre estaba molesto. Siempre tiene esa cara de enojo —ella trató de imitar su cara, él la encontró graciosa y ocurrente ya que nadie lo había tratado de imitar antes— pero veo que debajo de ese rostro hay una persona muy simpática.

— ¿Tú crees que soy simpático? —no dejaba de mirar la taza que tenía enfrente. Se imaginaba la respuesta, seguramente le diría que realmente bromeaba y él era un amargado.

—Claro, no ha dejado de reír de todo lo que estoy diciendo pero lo ha hecho de una forma muy educada. Y ha estado sonriente desde que llegó, para mí eso es ser simpático. Aunque me pregunto el por qué le gusta verse como si estuviera todo el tiempo de mal humor. Como si quisiera asustar a los demás para que no se le acerquen o piensen que usted es muy estricto.

Ella lo observó sin decir nada sumida en sus pensamientos tratando de encontrar la respuesta a ese enigma. A Camus le llamo la atención la pregunta: ¿por qué le gusta verse como si estuviera todo el tiempo de mal humor? No le gustaba que lo vieran como un gruñón amargado porque realmente no lo era. Más bien le decían que era un insensible o que era muy serio.

—Creo que me parezco a mi maestro —dijo al fin—, él era muy serio y estricto también, puedo decir que él si era un gruñón. Había comportamientos que para él no eran aceptables y todo el tiempo decía que los caballeros de los hielos no debían mostrarse sensibles sino ecuánimes.

—Y Usted ¿está de acuerdo con esa idea? —preguntó ella sin dejar de mirarlo mientras Camus hacía lo posible por no apartar su mirada de la taza y evadir los ojos de Viktoria.

—No estoy de acuerdo pero tampoco en desacuerdo, simplemente así se me enseño y ya —dijo él calmadamente.

De hecho, Camus empezó a recordar que hubo otra persona antes que su maestro que le metió una idea en la cabeza que jamás pudo olvidar. Aquel hombre era realmente estricto y lo quería educar con puño de hierro. Se trataba de su padre. En los pocos años que vivió con sus padres recibió muchos regaños y castigos tanto físicos como verbales por parte de su progenitor, quien solo le repetía una y otra vez "No seas débil niño. Los hombres no lloran" y eso fue todo, con esas palabras le dio a entender que era débil por ser muy sensible y llorón.

Su madre, por el contrario, era una mujer increíblemente dulce. Ella le curaba los golpes que el padre le daba sin piedad y le decía palabras cariñosas. La quería de verdad aunque ya no pudiera recordar su rostro. Lamentablemente la vida de su madre terminó un día por la mañana; el pequeño escuchó un grito ahogado y al ir a ver qué ocurría se encontró con la atroz escena: había sido asesinada por el padre. Él le había quitado la vida sin sentir el menor remordimiento.

—Vete a la escuela —le dijo al pequeño para que se fuera de ahí.

El pequeño Camus no sabiendo que hacer o que decir ante el padre, ya que podría desquitar su furia contra él, simplemente tomo sus libros y salió con paso rápido sin decir nada más ni voltear atrás para ver a su madre por última vez. En su camino conoció al hombre que le cambiaría su destino.

—Oye chiquillo vi lo que pasó en tu casa. Ya llamé a las autoridades.

—Gracias.

—Creo que te mereces una vida distinta lejos de ese sujeto tan agresivo. Ven conmigo, vamos a Grecia. Te daré una buena razón para vivir y para morir.

Como Camus era muy inocente e ingenuo se confió de aquel hombre y lo siguió hasta Grecia. Esa fue la última vez que vio a su padre, su ciudad Dijon y a su difunta madre. Aunque no fue la última vez que recibió golpes o regaños. El hombre que se convirtió en su maestro era igual de estricto y mano dura que su padre.

Consideraba que era inaceptable ser sentimental; llorar, mostrar empatía o cualquier otro sentimiento innato en una persona. A través de los años Camus tuvo que reprimir cualquier emoción delante del maestro y posteriormente delante de todos los demás. Quería ser aceptado por su mentor y con el paso del tiempo el pequeño y sensible Camus se perdió debajo de la coraza de indiferencia construida por él mismo. Quedo en el olvido por no ser una personalidad aceptable.

En realidad a los demás en el Santuario no les importaba pero al maestro si ya que todos los caballeros de acuario se habían caracterizado por ser ecuánimes y serios según decía el maestro.

— ¿En qué piensa? —la voz de Viktoria se oía desde lo lejos. No se había dado cuenta de que estaba sumido en sus pensamientos delante de ella.

—Disculpa, en nada importante —le dijo mirándola mientras ella tenía la cabeza apoyada sobre sus manos, ese gesto le gustó.

No podía dejar de contemplarla, sus ojos claros estaban clavados en él y viceversa. Ella le tomo el rostro y antes de que Camus pudiera hacer o decir algo Viktora lo besó profundamente, podía sentir los labios de ella, su olor y su calidez pero no podía aceptarle ese beso. Reunió todas sus fuerzas y lo más suave y cortes que pudo le tomo las manos apartándola de él.

—De verdad perdóname —le dijo él respirando agitadamente—. Pero esto no podría ser, no podría resultar, no.

—Pero ¿por qué? —Ella estaba alterada y sorprendida, no parecía entenderlo— No es justo que me diga que no podría ser si ni siquiera me ha dado la oportunidad de demostrarle nada. Lo que yo siento es real, no piense que lo estoy engañando.

El tono de su voz estaba cambiando. No solo tenía el corazón roto sino que Camus veía que se estaba enfadando así que se puso de pie por si ella intentaba algo así como agredirlo.

— ¡No es justo! Ni siquiera me conoces y me estás prejuzgando.

—Yo no dije algo así, oye…

— ¡No es Usted más que un cobarde! —Tras decir eso ella se encerró en la habitación azotando la puerta dejándolo estupefacto porque aquella reacción jamás la vio venir.

El corazón le latía con fuerza debido a la impresión y el azotón de la puerta seguía retumbando en su cabeza y sus palabras también.

No sabía si debía irse o quedarse hasta que ella saliera. No quería irse de Siberia dejándola molesta y odiándole por lo que esperó un poco a ver si ella salía de nuevo. Tomo asiento una vez más delante de la mesa y esperó un poco. Estaría preparado por si ella le decía o hacía alguna cosa horrible o agresiva. Se sentía mal después de todo, tenía miedo de haberla perdido por aquel malentendido.

Tampoco quería reconocer que aquel beso le había gustado, como si hubiera reactivado algo dentro de su ser y aun no quería reprimirlo como todo lo demás.

Pasaron varios minutos y como ella no salía se levanto, estaba caminando hacia la puerta cuando escuchó como la puerta de la habitación se abrió detrás de él. Viktoia salió del interior y camino hacia él. La observo y noto que ella también lo miraba gravemente. Se acomodó el cabello y rápidamente se acercó a él.

—De verdad. Le pido me perdone, no fue mi intensión gritarle o agredirle. A veces exploto y suelo decir o hacer tonterías —decía ella mirando para todas partes, Camus veía que estaba siendo sincera y además estaba muy apenada. No podía ni siquiera verlo a los ojos.

—No hay nada que disculpar. Lo lamento también.

—Escuche… Olvide lo que paso antes. Yo se aceptar un "no" por respuesta. Le prometo que… no lo volveré a buscar o a molestar. Estará bien si nos encontramos por la calle cuando pase por el pueblo o cuando yo tenga que ir a dejarles cosas.

Estaba resuelta en lo que decía. Él la miraba gravemente y le dolía el pecho.

—De acuerdo Viktoria. Debo irme. Hasta luego —dijo rápidamente y salió de la cabaña.

—Adiós.

Cuando salió la vio cerrando la puerta sin decir más, sin sonreír ni nada. La presión en el pecho se hacía más fuerte mientras caminaba a la calle principal. No le costó encontrar la causa: las palabras de Viktoria le habían dolido.

"… no lo volveré a buscar o a molestar"

No estaba preparado para eso. Se sentía rechazado como una mala persona y también creía que había sido muy drástica. Pensó en regresar y hablar con ella pero se detuvo, había sido suficiente y lo mejor era dejar el asunto por la paz y evaluar la situación.

Mientras caminaba de vuelta pensó que lo mejor era volver a Grecia y olvidarse de todo. Cristal lo mantendría al día con respecto al entrenamiento del alumno y con eso bastaría. No le comentaría a nadie lo ocurrido con la chica.

Miro una vez más en dirección a la pequeña cabaña de Viktoria, como si tuviera la vaga esperanza de verla ahí parada pero no, ella no estaba ahí. Siguió su camino sin mirar atrás. Respiro hondo y se dijo así mismo.

—Los hombres no lloran. Soy un hombre y no debo llorar —aunque no podía contenerse se sentía como un estúpido por haber ido y por todo lo que había pasado.

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Continuará…

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Notas:

La verdad, ya lo tenía en la mente y no podía esperar más para escribirlo. Creo que el siguiente será el último pero aún no lo he decidido bien.

Por cierto, gracias por su reviews. Fue por esas dos notitas que me dejaron que decidí subirlo hoy mismo.