- Señor Castle, ¡aquí por favor!

- Castle… Aquí… Sonría.

- ¡Castle!

- ¡Señor Castle!

Gritos. Mi nombre. Miles de flashes ciegan mis ojos. Voces que parecen ecos unas de otras, me obligan a mirar a un lado y a otro. Debo de salir en todas las fotos con los ojos cerrados. Con la boca abierta. No deseo ver esas fotos. La sonrisa de mis labios se cansa de posar. Los primeros cinco minutos están bien. Los siguientes cinco minutos son eternos. Este pasillo de cámaras se hace interminable. El arsenal de mis mejores posturas frente a la cámara se ha acabado: serio, burlón, graciosillo, juguetón, sexy… Incluso les he hecho fotos con mi iPhone.

En estos momentos me pregunto por qué decidí venir a la gala benéfica del Alcalde. Ya no busco nada. No quiero fama. No quiero reconocimiento. No quiero flashes en la cara. No quiero mujeres. Solo la quiero a ella.

Ella. Está esperándome al final de este pasadizo de la tortura. Oculta por la tranquilidad de la oscuridad. Alejada del alboroto. El Alcalde tuvo la cortesía de invitarla. No hemos venido como pareja. Nadie sabe que lo somos. Eso le da cierta emoción.

- ¡Señor Castle! ¿Dónde está Nikki Heat?

Las palabras mágicas. Y la multitud se revoluciona. Ahora todos gritan lo mismo. Levanto una mano, intentando ocultar mi cara de algunos flashes. Miro hacia donde está ella. Me está haciendo un gesto negativo con el dedo. Le di mi palabra de Scout de que no la sacaría frente a las cámaras. Todos sabemos que nunca fui un Scout. Me dirijo hacia ellos. Les hago un gesto con la mano para que esperen. Ando. Ando como un tonto. Esquivando a otras celebridades, también invitadas por el alcalde. Llego hasta ella.

- Ni se te ocurra –me murmura entre dientes.

- Entendido.

Miento y la cojo de la mano. Intenta esconderla. Sus ojos se mantienen fijos en los míos. "Te odio" me dicen con todo el cariño del mundo. Una última mirada y la convenzo. La guío lentamente. Vuelvo al pasillo interminable, pero acompañado. No tardan en salir los primeros flashes hacía nosotros. Los sonidos de miles de fotos. Sonrío porque sí. Sin ninguna pose. Seguimos andando. Ella al principio miraba al suelo. Vergonzosa. Con elegancia. Entonces nos paramos a medio camino, donde no hay nadie. Acompasados nos pasamos un brazo por la cintura. En ese instante dejo de mirar a los objetivos. Solo la miro a ella. Lleva el pelo recogido con una trenza… No sé qué clase de peinado es, pero está perfecta. Ahora el photocall tiene color. Color morado. Observo cómo con un ligero movimiento, ella posa la mirada en cada una de las cámaras. Una mirada penetrante y muy femenina. Katherine Beckett vale para esto.

Nuestros ojos se encuentran. No pestañeamos. Me dice, sin palabras, que esta jugada me la va a devolver. Algo más potente que el resto de flashes me deslumbra. Su sonrisa. Esos dientes bien colocados. Esos labios. Ejerzo cierta presión con mi mano que se posa en su cintura. La arrimo más a mi cuerpo. Volvemos la vista al frente. Apoyo mi mejilla sobre el perfil de su cara. Para mi sorpresa, Kate lleva la otra mano a mi pecho. Ahora ella es quién aprieta su mano sobre mi cintura. No sé cómo estará mirando a aquellas cámaras, pero parece que les gusta. Y demasiado. Entonces el tiempo se para o soy yo. No lo sé. Lo único que puedo decir es que esos labios que admiro, están besando mi mejilla. Abro la boca, mostrando mi asombro. Los periodistas están disfrutando con el gesto cariñoso.

Se separa con una carcajada. Me susurra al oído que esto no ha acabado aquí. Entrecierro los ojos, curioso. Frunce los labios.

- ¡Queremos un beso!

Ahora es cuando Beckett los mira mal y yo me río. Los otros sujetos, objeto del resto de fotos, nos pisan los talones. Decidimos que ya es hora de acabar con las fotos. Salimos cogidos de la cintura.

Creo que ha sido el mejor photocall de toda mi vida. Siempre pensé que a todas las fiestas les faltaba algo. Cuando era yo el que estaba incompleto. Mis vagos pensamientos, sobre cómo me siento, se ven interrumpidos cuando ella se deshace de mi brazo una vez que llegamos a la oscuridad y a la tranquilidad de la fiesta. Sin embargo, nuestros caminos no se separan. Vamos cogidos de la mano. Enganchados de los dedos. Ni muy fuerte, ni muy débil. Como una leve caricia.

Querida Katherine Beckett, me digo mientras la miro de reojo, gracias por aceptar la invitación. Gracias por tener el valor de salir ahí fuera conmigo. Gracias por poner color a mi vida. Gracias por regalarme tus miradas, tus palabras escritas por el brillo de tus ojos. Gracias por alumbrar la oscuridad con tu sonrisa. Gracias por demostrar con un simple beso, que quieres lo que yo quiero. Gracias por guiarme con una caricia.

- Aún estoy enfadada contigo –me susurra.

Gracias por ser cómo eres.


Ha sido algo más 'meloso' que el resto. Espero volver a teneros como lectores en el próximo capítulo. Muchas gracias por leer :)