Henry daba un sorbo de su chocolate caliente esperando a que Emma finalmente se caiga de la cama y se prepare para su primer día de trabajo. Normalmente, hoy sería un día muy especial si no le trajera recuerdos y gracias a ello que trajera culpa. No quería sentir cosas negativas en un día especial.
«Hey, chico» su madre biológica lo saludó dándole un beso en la cabeza. «Feliz cumpleaños».
El niño torció el gesto. Justo lo que no quería recordar. Una imágen de Regina y él en el bosque llegó directo al corazón. Eligió ignorarlo.
¿Cómo sabía Emma que cumplía años? Ah, claro, ella estuvo allí el día de su nacimiento. Ella dió a luz. Como no estuvo con él los primeros diez años de su vida lo olvidó, meditó Henry amargamente, para luego abofetearse mentalmente. Él no le guardaba ninguna bronca a Emma. Ella lo dió a luz. Ella era su madre. Por eso estaban allí, dónde debían.
«Gracias» él respondió tímidamente, enfocándose en la bebida.
«¿Ni vas a a mirar?» dijo Emma divertida.
Henry levantó la mirada y luego cayó a la bolsa en las manos de Emma. Un regalo de cumpleaños. Dió una sonrisa honesta y tomó la bolsa.
«Gracias» repitió y quiso ver el interior.
«Pensaba en hacer algo, como una fiesta...».
El muchacho tragó en seco, recordando la fiesta de disfraces de su cumpleaños ocho. Había hecho algunos amigos y su madre—adoptiva—decidió que podrían ir a casa en su cumpleaños. Hasta los dejó solos por gran parte del acontecimiento para no arruinar las primeras amistades que hizo en mucho tiempo. Al final, cuando se fueron los chicos, Regina se acercó y lo llenó a besos, cantó el feliz cumpleaños y le prepararía chocolate caliente antes de ir a dormir. Ese era uno de los mejores cumpleaños que podía recordar.
«...pero como recién llegamos no conocemos a nadie aún. Así que tal vez otro año» completó la rubia. «A menos que quieras una fiesta... ¿tú qué dices?».
Henry salió de su ensimismamiento y le dió una sonrisa poco convencida. «Quizás otro año» y dirigió los ojos al regalo otra vez.
«¿Y?» Emma saltó emocionada. «¿No lo vas a abrir?».
El chico dejó salir una risita. Emma parecía más entusiasmada que él, y ella no era la que recibía el regalo. Eso le subía los ánimos, en realidad lo hizo feliz. Se empezaba a comportar como un mocoso desagradecido. Tenía todo lo que deseaba pero aún así se quejaba. No podía continuar. A partir de entonces, debía ser feliz como debía.
Metió la mano en la bolsa y sonrió radiante cuando sacó un manojo de cómics. ¡Pero qué fácil era romper las promesas que se hacían a una mismo! La simple visión de la Liga de la Justicia en la portada le recordaba a su madr- a Regina comprándolo en la farmacia para él. Ella siempre los elegía, y por alguna razón lo hacía bien. Henry sospechaba que secretamente los leía y era fanática también.
La radiante sonrisa se volvió nostálgica, y todo lo que quería era quitarse la actitud y cara de idiota y disfrutar de la madre que tenía ahora.
«¡Gracias, Emma!» exclamó saltando a abrazar su cuello. Respiró profundamente contra la mujer.
«Wow, ok, chico» se sorprendió Emma y devolvió la pequeña sonrisa. «Entonces... ¿al colegio?».
«¿Puedo faltar? Por mi cumpleaños...» hizo pucheros y ojitos de perrito.
«Buen intento, chico. Eso no va a funcionar, el colegio va primero» fingió firmeza.
«Ok...» dijo y corrió a buscar su mochila.
Fue acompañado como siempre, ya que Emma presenció varias de sus escapadas del colegio, aunque no sería capaz en una ciudad con la magnitud de Londres.
Se sentó en su usual banco y esperó a la maestra. Veía como cada alumno se acomodaba en su asiento, junto a sus amigos. Cada uno con su grupo, compartiendo risas e historias. Él siempre había sido un chico solitario; normalmente lo culpaba a la maldición y decía que le tenían miedo a su madre, lo que era cierto usualmente, pero estaba vez vio algo diferente. Desde que estaba en ese colegio, notó que no tenía idea de cómo socializar de forma apropiada, y no tenía nadie a quién culpar excepto a sí mismo.
Se sentó solo, intentando prestarle atención a las palabras de la Srta. López en lugar de la soledad que le ardía en el pecho al ver que no había chicos para hablar con él.
Regina se aferraba con todas sus fuerzas a la almohada de Henry, enterrando su nariz en ella. A pesar de las lágrimas derramadas y las veces que recurrió a ella, aún llevaba el aroma del pequeño.
Era 20 de enero, su cumpleaños número 11. Estuvo con él por diez años juntos, aunque no fueron muy unidos en los últimos dos, y ahora se perdía su onceavo cumpleaños. Sintió una pequeña punzada en pecho al pensar que perdería muchos, muchos más.
Tres meses y un día habían transcurrido desde que su niño desapareció, sin dejar un rastro ni señales de vida. Lo único que tenía claro, era que Emma tenía que ver con ello. Henry no estaba en "peligro inminente", eso lo sabía. Bueno, no completamente. Emma Swan secuestró a su hijo, lo alejó de su hogar y única familia, y lo condenó a un estilo de vida... ¿quién sabe qué estilo de vida llevaban?
Ya dudaba si alguna vez volvería a ver a su pequeño príncipe. Ella estaba sola, la policía era inútil, y empezaba a perder las pocas esperanzas que estaba programada a tener.
Cargando ese aire depresivo a su alrededor, decidió separarse un momento de las cosas de Henry y bajar a la cocina. El silencio y vacío de la mansión le daban una punzada en el pecho, sin él no parecía su hogar. Se hizo una taza de café, intentando tomar todo el calor de la bebida hacia ella, cuando el teléfono empezó a sonar.
Se dirigió hasta la sala, ya que había aplastado su celular como a un insecto, y atendió a llamada.
—¿Quién habla?— contestó sin demasiada amabilidad en su voz.
—¿Este es el número de Regina Mills?
—Sí, ¿quién es?
—La llamamos desde el Hospital de Storybrooke, tenemos novedades sobre Mary Margaret Blanchard.
Su corazón dió un salto. ¿Algo malo sucedió? Últimamente las desgracias eran lo único que era capaz de esperar. Mary Margaret había saltado frente a una bala por ella. La había salvado de un maniático. Desde ese momento, encontró imposible despreciar a la mujer en lo más mínimo. Se llevaban como perro y gato, pero la salvó igualmente.
La acompañó hasta el hospital, donde extrajeron la bala y esperó. Esperó a que la notificaran diciendo que despertó y podía recibir noticias, aunque el médico le advirtió que el trauma era grave. Mary Margaret entró en coma. Entonces con todo su poder ordenó a Whale que le avisaran por cualquier cambio en su estado.
Recibió visitas hasta de las ratas de alcantarilla pero especialmente de parte de ella y David, lo cual no fue un problema dado a que no se llevaban nada mal a pesar de sus dramas románticos con Kathryn y Mary Margaret. David era un amigo.
Y ahora, por fin la llamaron.
—¿Sí?— intentó tener paciencia, sin éxito. —Hable, ¡ya!
—La señorita Blanchard despertó.
—Voy camino allí— dijo después de una pausa y cortó antes de recibir una respuesta.
Por primera vez en meses, Regina en realidad se veía emocionada, mostraba algo más que tristeza. Aceleró todo lo que la ley le permitió y fue a paso rápido—y un poco peligroso para tacones de tal altura— por los pasillos de hospital hasta detenerse en la puerta de la maestra.
Se detuvo en el marco de la puerta y vió a la mujer comer gelatina verde. Levantó la vista, y luego las cejas al ver quién la visitaba.
«¿Alcaldesa?» cuestionó ladeando la cabeza. «¿Qué hace aquí?».
Entonces Regina se encontró sin palabras. ¿Qué pensaba decirle? ¿"Estaba preocupada"? ¿"Vine a hablar con la persona que salvó mi vida"? Negó internamente, sonaba simplemente ridículo.
«Quería... saber cómo está» respondió Regina un poco insegura de sí misma.
Mary Margaret parpadeó sorprendida. «Eso es... dulce. Estoy bien, gracias».
«Me alegro, me alegro...».
Ambas sólo tenían algo seguro en mente: ese encuentro era incómodo.
«Alcaldesa, ¿por qué está aquí?» preguntó.
«Como ya mencioné, quería saber cómo está».
«Sí, pero... ¿por qué?» insistió frunciendo el ceño. «¿Por qué le importa?».
«Mire» empezó ella con una expresión ligeramente ofendida. «Sé que todos piensan que no tengo corazón».
«Yo nunca creí eso» negó Mary Margaret, pero Regina la ignoró.
«Pero, el problema aquí es que sí me importa» admitió un poco avergonzada. «Por razones que están fuera de mi conocimiento, usted saltó frente un demente armado y me salvó a mí» dijo señalándose con ambos índices a sí misma, con una expresión desconocida para ella. Ante esa declaración, la maestra se vió atontada. «Así que es sólo justo que le agradezca».
«¿Qué?» parpadeó atónita.
«Gracias».
Después de que Regina se fue, Mary Margaret aún seguía lidiando con lo que provocó su conversación. Regina, la persona más difícil y fría que había conocido, acababa de tratarla amablemente y agradecerle. Tenía la sensación de que nunca antes la escuchó agradecer a alguien.
Unos minutos más tarde, escuchó a alguien dar suaves golpecitos a la puerta y luego la abrió. Una enfermera entró en la habitación, empezando a acomodar la cama vacía a su lado y dejó una bandeja con más comida de hospital, la cual extrañamente le encantaba.
«Gracias» le dijo con una sonrisa honesta y empezó a atacar la nueva gelatina, luego seguiría con el resto.
La mujer asintió y le preguntó cómo de sentía. Después de comentarle que se sentía un poco adolorida, además de cansada, dijo que le avisaría al doctor Whale para ver que hacer al respecto.
Mary Margaret esperaba que le den drogas de las buenas.
Una vez que la enfermera se fue, intentó disfrutar el silencio y soledad de la habitación. Necesitaba procesar lo ocurrido en las últimas horas. Le acababan de confirmar que estuvo en un coma por tres meses, recuperándose de la herida de bala. La dura alcaldesa Mills pasó por un cambió de corazón y en realidad fue amable y quizá un poco incómoda con ella.
Recordaba a August; mirar en esos ojos llenos de locura y reconocer que el hombre no estaba allí; ver el revólver alto y firme, acercándose a Regina. Era como si la heroína dentro suyo decidiera despertar después de un descanso de toda una vida. No podía evitar sentirse un poco orgullosa consigo misma.
Recordaba oír un pequeño sollozo, pero no sabía a quién pertenecía; el sonido de las sirenas que pertenecían al hospital. Originalmente, llegaron a llevarse a August, pero terminaron con ella también. Hizo una nota mental de preguntar sobre el estado de su atacante.
«Permiso» dijo una voz conocida desde la entrada.
«David» reconoció ella. «Pasa».
El hombre asintió agradecido, dando unos pasos al interior y mirando a sus pies dudosamente mientras intentaba averiguar qué palabras utilizar.
«Así que...» carraspeó David. «¿Cómo te sientes?».
Mary Margaret reprimió el deseo de rodar los ojos. Era lindo que sientan esa cuidado hacia ella, pero la cansaba oír la misma pregunta una y otra vez.
«Estoy bien» le regaló una sonrisa apretada. «Un poco adolorida, pero ya me van a traer algo para eso».
«Claro».
«David, ¿qué haces aquí?» cuestionó la morena con una expresión cansada.
«Quería saber cómo estabas antes de irme» admitió.
«¿Cómo?».
«No hay mucho más aquí para mí, Kathryn aún tiene ese apartamento en NY que no va a usar y creo que es momento de seguir adelante» le explicó el rubio. «Vine a despedirme».
«Oh» musitó un poco sorprendida y tragó saliva. «Bien por ti. Espero que te vaya bien en tu nueva vida» forzó que las palabras salieran de su boca.
«Lo mismo digo. ¿Estamos bien?» preguntó él balanceándose en sus talones.
«Sí» Mary Margaret asintió con la cabeza, y lo hizo de todo corazón. «Adiós, David».
«Chau, Mary Margaret».
Y con eso, Mary Margaret vió a su ex amante salir de su habitación y de su vida. A su pesar, sabía que una parte suya lo iba a extrañar aunque no hayan funcionado como pareja.
Vió a la enfermera entrar en la habitación, con un pequeño vasito de plástico que sospechaba que llevaba pastillas. Estaba en lo correcto. Las tomó en seco y deseó con todas sus fuerzas volver a su vida.
