Sabor a...

#4.Dulzura

Susan sabe que no hay otra chica como Hannah. Y lo sabe bien.

Porque luego de la primera vez que se besaron, y se separaron aturdidas momentos después, ella probó varias veces con otras personas. Chicos, chicas, ¿qué más da? Lo intentó.

Adentró su lengua en muchos túneles oscuros ansiosos de sentir sus labios contra ellos y recorrió, buscó. Intentó encontrar esa sensación de un salto en el estómago, la cabeza girando y el corazón latiendo a mil por segundo (no hora, fue mucho más intenso).

Intentó convencerse de que había sido su primer beso con una mujer y de que no había nada que temer, que sólo había sentido que le temblaba el mundo por culpa del choque.

Aunque, en el fondo, sabía que no era así.

Habían sido escasos segundos. Momentos de exploración y para saciar la curiosidad.

Pero había sido lo más maravilloso del mundo y que sólo se repetía cuando Hannah cierra lentamente los ojos y la besa con toda la dulzura que es capaz.

Le costó entenderlo. Pero al final lo hizo.

Llegó a la conclusión de que en realidad no hay nadie que le haga sentir como Hannah, no porque ella es una mujer, sino porque la quiere. Y ninguna de las dos se había dado cuenta, pero esa cercanía extraña había levantado sospechas.

Cuando las encontraron besándose en la Sala Común, fue un pequeño escándalo por los de Primero. Pero nada de sorpresas.

Susan Bones y Hannah Abbott sólo saben dar dulzura –pero esa especial, esa única, esa que das sólo a una persona en toda tu vida-, a la otra.